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FERNANDO MARTÍN, IN MEMORIAM

FERNANDO MARTÍN, IN MEMORIAM

 

Cuando alguien se nos marcha de esta vida, buena parte del dolor que sentimos es por nosotros mismos, víctimas  de la soledad y de los vacíos que el ser querido deja en nuestra alma y en nuestro día a día.

Hoy se nos ha marchado alguien que va a dejar muchas almas huérfanas de bondad y que, en el silencio de la noche, se acostarán con su recuerdo.

Fernando Martín era de esas personas que siempre tenía un hombro para el que necesitara reclinar la cabeza sufiriente, oídos fieles y pacientes para escuchar al sediento de consuelo y, sobre todo, palabras generosas y sinceras que calmaban los anhelos de los que buscaban los más sabios y mejores  consejos.

No llamaba la atención,  ni rompía el silencio con palabras huecas o estridentes;  más bien su discreción rayaba lo insultante para un mundo que busca la notoriedad y el reconocimiento como su bien más preciado. Le bastaba saber que cumplía con su obligación..

Defendía la verdad y la justicia, el bien común y el amor fraterno,  aunque ese empeño incesante le generara problemas con su corazón y la incomprensión, al menos inicial, de los que no compartían sus postulados.

Era el ejemplo perfecto de cofrade entregado y convencido que sabía poner cada cosa y a cada cual en su sitio,  de paciencia infinita, de misericordia plena.  Un cofrade que siempre resaltaba nuestra condición de mensajeros de Cristo, testigos de su palabra y que era, por encima de todo,  devoto fiel de nuestros Sagrados Titulares en los que veía el camino hasta Dios.

Y es que era fiel consigo mismo y también con los demás, que es decir lo mismo que ser fiel a Dios. Y siendo fiel a Dios, se es fiel con todos los que compartimos este viaje terrenal.

Fernando era calma en la tormenta, un oasis en la inmensidad del desierto, una bocanada de agua fresca en el fragor de de las discusiones, la roca firme a la que agarrarse cuando los contratiempos y sinsabores de la vida hacen tambalearse los cimientos de nuestras propias creencias.

Compartimos muchos momentos buenos y también menos buenos de nuestra etapa a cargo de la Hermandad del Desconsuelo y, hoy, con la clarividencia que otorga la pátina del tiempo, puedo afirmar con rotundidad que sin Fernando nada hubiera sido igual…..¡De bueno!

Porque sin él, los logros hubieran sido menos logros, y los fracasos habrían resultado más estrepitosos. Ante ellos siempre respondía con una serena sonrisa que confirmaba que todo lo que hacíamos era por amor a la Hermandad y hacia aquellos a los que servíamos.

¡Yo lo sé, Fernando!. Y  lo saben muchos de nuestros hermanos, pero sobre todo lo sabe la Virgen del Desconsuelo y ese Señor de las Penas, que para recibir a su querido hermano, ha trocado sus penas en alegrías y  ha desatado sus manos para abrazarte  en el cielo.

No lloro por ti, Fernando. Lloro por tus hijos, por tu esposa, por tus hermanos, por toda la familia rojinegra que tanto te quería y te admiraba.  Y desde lo más profundo de mi corazón, lloro por mí, querido amigo, querido hermano, porque te voy a echar mucho de menos.

Besa ya las manos de tu Virgen y los pies de tu Señor de las Penas hasta que, cuando  Él lo disponga,  pueda hacerlo contigo.

 

Tu amigo y hermano

Paco Zurita

Diciembre 2025

 

 

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PREGÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

El latido del corazón de una madre es quizás el recuerdo más entrañable y auténtico que puede tener el ser humano.
Ese cordón umbilical que nos une a ella antes de nuestra venida al mundo es un nexo que conforma una relación indeleble con la mujer que nos llevó en su seno.
El mismo Dios, autor de la creación y de la vida, quiso venir a este mundo a través del vientre de una virgen a la que el Espíritu Santo cubrió con su sombra. No podría escoger el Creador una doncella más pura y llena de Gracia que aquella que se ofreció como esclava del Señor ante el anuncio del arcángel San Gabriel.
Jesús, antes de nacer en Belén, recibió de María todo el sustento y amor que una madre entrega al hijo que crece en su vientre, sabiendo además como sabía, que ese ser que crecía en su seno y cuyo diminuto corazón ya empezaba a palpitar en su interior,  era el hijo de Dios.
¿Qué oraciones en forma de susurros amorosos podría haber más hermosas y cercanas que aquellas que dirigiera la Virgen María al Dios que crecía en su vientre?
¿Qué respuestas podría haber acaso más intensas y reales que los latidos del pequeño corazón de Jesús a las palabras amorosas de su Madre?
Un corazón que late es signo de vida y es símbolo de amor. Un corazón que ama ardientemente, late con fuerza cuando siente cerca al amado, cuando sufre por él, cuando se entrega por él.
María se entregó en cuerpo y alma para hacer posible la obra redentora del Salvador y ese nexo de unión  con la criatura de su vientre es el latido unísono de dos corazones que amaban profundamente al creador del mundo.
Quizás por ello, no hay camino más directo y certero a Dios que dirigir nuestra mirada a nuestra Madre del Cielo, aquella que hizo posible que Cristo viniera al mundo, aquella que puso tantas veces su mano en el pecho de Jesús para sentir el latido de la vida eterna y del amor de Dios.

Este corazón ardiente
que te susurra su amor
es el corazón, Señor,
de tu esclava penitente
al sentir que la simiente
que el mismo Dios puso en ella
es hoy la feliz doncella
del sagrado corazón.
¿Hay acaso mejor don
o gracia alguna más bella?

Mi susurro es oración
y mi oración es susurro
pues para hablarte recurro
al regalo y bendición
que en aquella anunciación
sembraste, Dios, en mi seno.
El diálogo sereno
Que al sentirte en mi interior
oye el latido de amor
de tu hijo, Padre bueno.




No os voy a revelar, queridos alumnos de este entrañable colegio, ningún secreto que no os haya revelado vuestro corazón ni os hayan transmitido vuestros padres o  estas entregadas monjas que tanto os quieren.
Esos corazones amantes de la Virgen del Sagrado Corazón, palpitan de amor de Dios y de amor a sus hermanos que practican cada día de  su vida a través de pizarras y oraciones. Esa entrega por los demás y por sus alumnos es la que les inspira la Virgen del Sagrado corazón para que, tras vuestro paso por el colegio, estéis   preparados para el mundo que os espera, siendo mejores cristianos y, por ende, mejores personas.
En estos años de incipiente juventud, el alma corre bulliciosa en busca de verdades existenciales  y  de planes de futuro.  En esta época de la vida que os toca vivir ahora  surgen las dudas más profundas pero también se cimientan las verdades más fundamentales y la fe más verdadera.
Seguro que muchos de vosotros habéis  pasado largas horas en el Sagrario bajo la atenta mirada de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, buscando ayuda para vuestros estudios, consuelo para vuestras frustraciones, consejos para vuestras dudas o fuerzas para vuestros retos.
Y en ese orden de cosas seguro que tendréis preciosos testimonios en los que la fe se comporta como ese granito de mostaza de la parábola....
Esas pequeñas historias que, la mayoría de las veces, quedan ocultas en la pudorosa intimidad de la fe de cada uno, son las que realmente nos confirman que Dios existe y que está dentro de cada uno de nosotros.
Por eso, queridos hermanos en la fe, no os voy a desvelar nada que no os haya sido revelado por ese corazón que palpita en brazos de esta hermosa imagen. Al fin y al cabo esas experiencias las inspira el Señor a  la medida  de cada corazón humano y es difícil trasladarlas a otros escenarios o circunstancias.
Aun así, cuando las hermanas me pidieron que os hablara de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, no puede menos que sonreír al recordar aquellos momentos de mi vida en los que esa bendita imagen salió a mi encuentro en un momento  de tribulación.
Permitidme que os hable de la experiencia de este humilde cristiano que en un momento de su vida también se encontró con Ella.
Y aunque también soy celoso y reservado a la hora de desvelar aquellos encuentros con Dios que atañen a la más profunda intimidad del ser humano, quizás la madurez que otorga el tiempo y la insistencia de estas benditas hermanas a la hora de pedírmelo (bien sabéis lo insistentes que pueden llegar a ser)  doblegaron mi inicial resistencia e hicieron que pidiera a la Virgen el tiempo que no tengo para escribir esta historia.  Al fin y al cabo, pensé mientras me lo pedían ante una imagen de esa advocación, las cosas no suceden por casualidad y Dios se toma su tiempo y sus medios para cumplir sus planes.
Así que aquí me tenéis, en vuestro colegio, ante ellas, ante Ella y ante vosotros para desvelaros una historia verdadera en la que las que la Virgen vino a mi rescate cuando las dudas de fe invaden las más firmes creencias.

A veces llegan las dudas
entre mares de tormentas
y la fe se resquebraja
buscando vanas respuestas.

Primero llega el silencio
cuando esas dudas acechan
y después la rebeldía
con el alma que se agrieta.

Se pregunta a Dios en vano
con la fe ya casi muerta
por qué nos ha abandonado
en una isla desierta.

Son las dudas de la fe
mas Dios te dice “despierta”
Ven a mí sobre las aguas
caminando con certeza
que yo no te dejo solo
aunque me cierres la puerta.




No era mucho mayor que vosotros, tan solo ese puñado de años que marcan el salto del colegio  a la Universidad. Por aquel entonces yo cursaba el cuarto curso de Empresariales en la Facultad de Sevilla. Era mi primer año en aquella preciosa ciudad, tras haber realizado los tres primeros en Jerez.
La carrera de Económicas constaba de cinco cursos así que tendría que pasar en Sevilla, si todo iba bien, otros dos años hasta obtener la licenciatura.
La experiencia de estudiar fuera era, como poco, ilusionante pero, sin saber por qué, las aguas de mi alma andaban revueltas. Tampoco ayudó aquel piso de estudiantes en el que recalé y, no por los compañeros, con los que hice buenas amistades, sino por un ambiente que hacía difícil el estudio. Éramos 11 y de varias nacionalidades, edades y planes de estudio, pero todos con ganas de diversión y juerga.
Por otra parte, siendo como era cofrade, Sevilla era la ciudad ideal para disfrutar de hermandades centenarias de incuestionable categoría y belleza.
Triana quedaba cerca,  pero la Facultad quedaba lejos de aquel piso de la calle Arjona que, durante los dos primeros meses de estancia allí, fue testigo de intensas vivencias, muchas veces contrarias a los criterios que debe seguir un buen estudiante.
Entre las variopintas personas con las que compartía piso, había una pareja americana cuya chavala me llegaba a mí al hombro y al chaval había que ponerle una mesita supletoria para que sacara los pies de la cama.
Vivía con nosotros un esforzado estudiante de Ingeniería que repetía primero por quinta vez, un francés que se declaraba ateo y que vengaba su aversión a los taxistas lanzándoles huevos desde el balcón. En una ocasión la Policía subió a buscar al culpable porque uno de los huevos impactó contra el parabrisas de un taxi y casi provocó un accidente.
También pasaron por allí varios chavales de intercambios culturales que aprovecharon bien la cultura de la diversión andaluza….y un almeriense  que, como yo, luchaba contra los elementos para sacar provecho del esfuerzo que hacían nuestros padres para pagarnos los estudios.
Así las cosas, algunas veces dejándome llevar por la corriente y otras frustrado por las circunstancias adversas, entre el poco dormir y el exceso de ganas de juerga de la mayoría de los habitantes del piso, acabé pagando el cansancio y caí en un profundo desánimo y frustración.
Desánimo que se sumaba al que ya tenía por diversos motivos que me hacían dudar de la misma existencia de Dios. Crisis de fe que Santa Teresa de Calcuta llamó “noches oscuras del alma” y que hacen tambalearse los fundamentos más importantes de la propia existencia.
Desde niño había tenido una especial relevancia en mi vida la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En cada rincón de mi casa y en la de mis abuelas había un cuadro, una figura, un bajorrelieve que te recibía sobre la mirilla del portón de entrada.
En mi dormitorio, sobre la cama, había un cuadro de fondo oscuro sobre el que resaltaba ese corazón ardiente de un niño Jesús sonriente flanqueado por sus padres en la tierra; María y José.
Mi padre, que formó parte de la congregación de los Luises, tenía cuadros del Corazón de Jesús que su querido  padre Maldonado, de la Compañía de Jesús, pintaba para su entrañable discípulo.
Aunque de forma tardía,  salí de aquel entorno familiar  y, sin darme cuenta, fui alejándome de esa vida y de Dios viendo cómo mi propia vida se desdibujaba entre la neblina de la apasionada juventud que trataba de encontrar respuestas a todas las cosas incluyendo la propia existencia humana.
Llegó noviembre, gris y ventoso como de costumbre pero con especiales ráfagas de pesimismo  sobre el habitual clima de nostalgia y recuerdos hacia aquellos que ya no estaban entre nosotros.
Llegó cargado de sentimientos reivindicativos sembrando de dudas los resortes sobre los que había construido mi realidad existencial.
Llegó movido por una búsqueda de la justicia universal que me desvelara las razones del sufrimiento humano, de las injusticias y de la propia muerte que a todos nos espera.
Y en ese mar de dudas y búsqueda incesante de la verdad, la tierra rugió al otro  lado del mundo.
El Nevado del Ruiz, el más septentrional de los volcanes del cinturón volcánico de los Andes entró en erupción y provocó una de las mayores catástrofes de la historia en  Colombia.
Concretamente, el trece de noviembre de 1985 la mencionada erupción desencadenó un enorme lahar (flujo de lodo volcánico que se compone de una mezcla de materiales volcánicos finos y agua). Dicha masa de lodo y otros materiales enterró la cabecera urbana de Armero, una localidad de 40.000 habitantes del departamento de Tolima. De la avalancha de piedras y lodo pudieron escapan apenas 15.000 personas, pereciendo un total de 25.000.
La conocida como “la tragedia de Armero” era una más de tantas desgracias naturales que siegan la vida de miles de seres humanos cada año, pero hubo un hecho que la hizo inolvidable para siempre.
Omayra Sánchez Garzón, era una niña de 13 años cuya imagen de serena paz y esperanza en la Virgen dio la vuelta al mundo, mientras su vida se apagaba sumergida del cuello para abajo en aquellas aguas turbulentas.
Después de que el lahar demoliese su casa, quedó atrapada bajo los escombros sostenida sobre el brazo de su tía ya fallecida, permaneciendo en medio del lodo durante tres días. Su valentía y dignidad conmovió a los periodistas y socorristas, quienes pusieron gran empeño en reconfortarla.
A pesar de aquella angustiosa situación en la que se encontraba la chiquilla, Omayra se mantuvo relativamente positiva, incluso entonó canciones a un famoso periodista de Colombia. Llegó a pedir comida y dulces antes de pronunciar sus últimas palabras que dirigió a su propia madre; «Madre, si me escuchas, quiero que reces por mí para que todo salga bien».
En medio de su sufrimiento,  la pobre niña alternaba momentos de miedo, de oración y llanto, pero nunca perdió su fe en Dios.
En la tercera noche comenzó a tener alucinaciones, diciendo que no quería llegar tarde a la escuela porque tenía un examen de matemáticas.
Cerca del final de su vida, se le enrojecieron los ojos, se le hinchó la cara y las manos se  le quedaron blancas. En un momento pidió a las personas dejarla, para que pudiera descansar. Horas más tarde, los trabajadores regresaron con una bomba y trataron de salvarla, pero sus piernas estaban dobladas en el hormigón inundado  como si estuviera de rodillas, y era imposible liberarla sin cortar sus piernas. Careciendo del equipo quirúrgico para salvarla de los efectos de una amputación, los doctores presentes estuvieron de acuerdo en que sería más humano dejarla morir. En total, Omayra sufrió durante casi tres noches antes de fallecer a las 10:05 del 16 de noviembre de 1985,  probablemente debido a la gangrena o hipotermia.
Todos contemplábamos con el corazón en un puño  aquellas imágenes de Omayra con la que televisiones del mundo entero abrían telediarios y programas especiales.
Todos rezábamos a Dios en distintas lenguas, sin importar razas, religiones o creencias. Todos veíamos reflejado en el rostro de esa niña, nuestros propios sufrimientos y frustraciones ante la certeza de la muerte que nos espera.
Era sábado y  parecían romperse los pocos lazos que creía que aún me unían a Dios. En mi búsqueda de la justicia divina no podía entender que algo así sucediera. Que el Padre todopoderoso dejara así morir a una niña que imploraba su ayuda y a la que permitía sufrir hasta el extremo durante tres días…
Al día siguiente tomé el último tren para Sevilla para empezar una nueva semana en la Universidad. Llegué al piso cabizbajo y confundido, con un gran vacío de convicciones y de fe.
La semana fue a peor, acumulándose fracasos académicos y personales y un enorme hastío de seguir estudiando para una vida que era tan miserable e injusta.
No sé si era enfado lo que sentía hacia ese Dios en el que había puesto mi confianza o quizás era la aceptación de la idea de que sencillamente ese Dios no existía.
Sentado en la oscuridad de mi habitación, sin ventanas y con el penetrante olor a fritanga que procedía de la anexa cocina, me senté en la mesita de estudio, iluminada por la pobre luz de un viejo flexo,  y me llevé las manos a la cadena que colgaba de mi pecho.
Era una sencilla cruz que una querida tía abuela me había regalado por mi Primera Comunión. La cogí en mi mano y estuve un buen rato apretándola sin saber bien qué hacer. No tenía sentido que siguiera llevándola puesta porque no era más que un trozo de metal que representaba a un Dios que me había fallado y, sin embargo, mientras la apretaba pensaba en todas las personas que formaban parte de mi vida. Pensé en mis padres, en mis abuelos, en mis hermanas, en mi hermandad. Pensé en todo lo que aquella cruz representaba y con los ojos humedecidos, me la descolgué y la puse sobre la mesa.
La contemplaba absorto, como quien contempla su propia vida fracasada y caduca pasar en una procesión fúnebre camino de un camposanto.
Extenuado quizás por la intensidad de aquel momento, me quedé dormido durante un buen rato porque, al despertarme,  ya casi no entraba luz por el ya de por sí lúgubre patio al que daba mi ventana.  Encendí la luz y, en la confusión del momento,  no conseguí recordar qué hacía mi cruz sobre la mesa.
Junto a ella, en uno de los extremos de la mesita, había un montón de libros apilados y entre ellos, una vieja biblia que mi madre me compró para la comunión.
Sin saber por qué, no había reparado hasta entonces en que me la había traído a Sevilla junto a libros de estudio y otros temas que amenizaran mis horas ociosas.
También sin entender por qué la tomé de entre el montón de libros y la puse ante mí. No sabía bien qué hacer con ella y así estuve un buen rato. Empecé a recordar las cuitas que antecedieron a mi profundo sueño. No tenía sentido que la abriera y, sin embargo, algo me empujaba a hacerlo.
La cogí entre mis manos y acerqué el mazo de hojas apretadas a mi boca. Era una de esas biblias de bolsillo de hojillas tan finas  que casi se pegaban  unas con otras. Soplé con fuerza y se fueron separando unas de otras por el soplido enérgico y continuo de mis pulmones. Y al cabo de unos segundos de incesante y loco movimiento de sus ajetreadas hojas se abrió por el libro de los salmos…
Era el salmo 22, que preconizaba las últimas palabras de Cristo en la Cruz, que en cierto modo me hablaba de Omayra y todos los sufrimientos que padecen tantos seres humanos…
Dice así:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Lejos de socorrerme las palabras de mi lamento,
Dios mío, de día clamo y no contestas,
De noche y no hay respuesta para mí,
Y tú con todo te sientas en el santuario en medio de las laudes de Israel.
En ti esperaron nuestros padres,
A ti clamaron y quedaron salvos
En ti esperaron y no quedaron confundidos.
Y yo gusano, que no hombre, todos los que me ven hacen mofa de mí.
Tuercen la boca, menean la cabeza.
“Se confió a Yahvé, le ponga a salvo ya que en él se complace”
Tú fuiste quien del seno me sacaste
Me pusiste a los pechos de mi madre.
A ti fui confiado desde el seno
Desde el vientre de mi madre eres mi Dios.
No andes lejos que en angustia estoy
Ven junto a mí pues nadie me socorre.

Y hasta ahí leí, aunque el salmo seguía describiendo con impactante exactitud los padecimientos de Cristo en la cruz. Me quedé ahí porque  quizás  hasta esa frase creí recibir las respuestas que buscaba… Y empecé de nuevo y lo repetí, una vez, dos, tres, no sé cuántas veces más. Me sentí reconfortado, entendido, como si el mismo Dios me trasladara que él también se sintió abandonado e incomprendido. Como si esas vivencias que yo sentía en mi alma él las comprendiera mejor que yo.
Mi vieja Biblia estaba llena de estampitas y oraciones y, de entre todas ellas, mientras volvía a colocarla entre el montón de libros, se cayó un pequeño recorte de un periódico que mi madre me recortó un buen día. Era una oración al Espíritu Santo, junto a una estampita del Corazón de Jesús.  Aquella tarde la entoné con el alma expectante de respuestas. La llevé conmigo mientras seguía repitiendo el salmo, que ya me había aprendido de memoria,  y salí del piso  escaleras abajo en busca de un sagrario donde rezarla.

Llegué a la iglesia de la Magdalena y, nada más entrar, me cautivó una hermosa imagen del Sagrado Corazón. Me paré un ratito, sobrecogido por su belleza y continué mi camino hasta la capilla del Sagrario. Me senté en el último banco en silencio y contemplé el hermoso tabernáculo sobre el que había una portentosa Inmaculada que me sonreía. En parte más alta del retablo del Sagrario, había un lienzo en el que se representaba la Santísima Trinidad con el Espíritu Santo en forma de paloma en medio del Padre y del Hijo.
Aún seguía repitiendo el salmo de memoria hasta que esa alegoría de la Santísima Trinidad que había sobre el altar me llevó a recordar la oración al Espíritu Santo del recorte del periódico de mi madre y que me había traído conmigo. 
Instintivamente me llevé la mano al bolsillo de mi cazadora y saqué el recorte con la oración.
Empecé a leerla despacio, saboreando cada una de sus palabras, que un alma agradecida por un favor alcanzado había publicado en el periódico  al tercer día de su lectura consecutiva.  Decía Así:



Espíritu Santo,
Tú que me aclaras todo,
que iluminas todos los caminos para que yo alcance mi ideal.
Tú que me das el don Divino de perdonar y olvidar el mal que me hacen y que en todos los instantes de mi vida estas conmigo.
Yo quiero en este corto diálogo agradecerte por todo
y confirmarte una vez más
que nunca quiero separarme de Ti,
por mayor que sea la ilusión material.
Deseo estar contigo
y todos mis seres queridos
en la Gracia perpetua.
Gracias por tu misericordia
para conmigo y para con  los míos.

Me sentí bien. Me sentí nuevo, renovado. Me sentí que el Espíritu Santo me escuchó, atendió mis súplicas ocultas y desconocidas y habitó en mí.
Estuve un buen rato más en aquel banco de sosiego y paz del alma, ausente de todo lo humano y reafirmado en unas creencias que creía pérdidas, lleno de un Dios del que dudé y deseoso de ponerme en sus manos una vez más.
Así lo susurré en el alma mientras contemplaba una imagen de aquella doncella que lo trajo al mundo que, de alguna manera, me había traído también a mí a aquel lugar en el que recuperé la fe en su hijo.
Recé la misma oración los dos días siguientes según se indicaba en aquel recorte del periódico que me dio mi madre. No lo hacía por nada en concreto, también eso lo dejé a la voluntad de Dios.
Y su voluntad se empezó a manifestar al tercer día….
El viernes, de forma inesperada me llamaron mis padres y me dijeron que venían camino de Sevilla y que  me esperaban a la salida de la Facultad. Habían recibido una llamada de una persona cercana que  había tenido conocimiento de que a una buena mujer se le había quedado una habitación vacía.
La señora vivía en Nervión y disponía de un pequeño piso de tres habitaciones compartiendo dos con estudiantes para completar su baja pensión.
Ella se encargaba de preparar la comida y de todo lo demás que una madre haría, dejando a su “hijo adoptivo” con la única obligación de  estudiar.
El piso estaba  cerca de la Facultad y fuimos a verlo sobre la marcha.
Nada más entrar en la habitación, sobre el cabecero de la cama había un cuadro de la Virgen del Sagrado Corazón.
Sentí como un pellizco en el mío, cuando vi aquella imagen en la que puse mi destino.
No había dudas de lo que Ella quería, de lo que Él quería  y de lo que, según mi palabra dada, quería yo.
Aprovechando que mi padre llevaba el coche, de allí partimos a recoger mis cosas del piso de estudiantes y las dejé en la nueva casa.

Aquel día, el cielo respondió con una fina lluvia. Es una de las respuestas divinas que se repiten cada vez que rezo esa oración desde aquella primera vez.

El lunes, cuando llegué al piso de Margarita, que así se llamaba la señora, sentí que empezaba un nuevo camino en mi vida.
Volví a deleitarme con esa imagen que me había devuelto la alegría y la confianza en el que sostenía en sus brazos.
La Virgen me sonría como aquella Inmaculada de la Magdalena y, como ella, también  sonreía al niño que llevaba en sus brazos. No sé por qué pero,  siguiendo sus ojos, que miraban hacia abajo y al niño que sostenía en sus brazos, tuve la poderosa inclinación de abrir el cajón de la mesilla de noche. Como era de esperar, estaba vacío,  y el fondo estaba alfombrado por una cartulina blanca que no lo cubría totalmente. También sin saber por qué, sin dudarlo, utilizando las uñas para separarar la cartulina del fondo del cajón, le di la vuelta.
El corazón me dio un brinco cuando, para mi sorpresa, apareció ante mis ojos una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Ese Sagrado corazón que desde niño me ha acompañado siempre y que había formado parte de mi vida.
Suspiré hondo y comprendí; Ella me llevó hasta Él para darme a entender que siempre estuvo a mi lado, está y estará. Me acordé de aquella frase que el mismo Jesús dirigió a sus discípulos antes de elevarse al Padre; “Y recordad que estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”.
Desde aquel día una felicidad y dicha indescriptibles me acompañaron en mi caminar diario. El cielo parecía ser del color del manto de aquella Inmaculada y fui en busca del templo más cercano a mi nueva casa.
Al final de la empinada calle, cerquita de la Gran Plaza, se erguía majestuosa la iglesia de la Inmaculada Concepción y, cómo no, otra portentosa imagen del Sagrado corazón presidía el retablo.
Precisamente muy cerquita de la Gran Plaza estaba el taller de Juan Araújo que perdió un hijo tras una larga enfermedad.  Y fue por aquel lugar donde se produjo uno de esos hechos insólitos que sólo se pueden explicar desde la óptica de la fe y que quedó recogido en un libro que se titula “Donde llora Sevilla”. Esta es la historia:
El protagonista de la misma es Juan Araújo, antiguo futbolista del Sevilla FC. El buen hombre, tras una larga enfermedad del muchacho, perdió a su hijo en 1965.
Durante la enfermedad y agonía de su hijo,  Juan Araújo, que era gran devoto del Gran Poder, le pidió al Señor de Sevilla encarecidamente que sanara a su hijo y lo librara de la anunciada muerte.
Pero finalmente su hijo murió y, tras su muerte, el pobre de Juan Araujo, roto de dolor, renegó de su fe y le dijo al Gran Poder que jamás volvería a pisar su templo y que,  sólo se volverían a ver si era el Gran Poder el que viniera a visitarlo a su taller de la Gran Plaza. Era algo harto improbable pues Nervión está muy lejos de San Lorenzo y, aún más, tratándose de un taller.

Pero aquel mismo año se celebraron las Misiones Populares, en las que varias imágenes de la Semana Santa salieron del casco histórico para hacer un recorrido extraordinario por los distritos de la ciudad. No muy lejos de la Gran Plaza está el hospital de San Juan de Dios, que lleva el nombre de Jesús del Gran Poder.  Y a la hermandad del Gran Poder le correspondió la zona de Nervión, precisamente el barrio donde Juan Araújo había instalado  su taller.
El día de la procesión, la lluvia sorprendió a la cofradía por aquella zona y la hermandad buscó refugio en un templo cercano, pero se percataron de que había una nave con una puerta de grandes dimensiones. Llamaron a la puerta para buscar cobijo porque el templo más cercano no quedaba cerca y así evitar que el Señor de Sevilla se mojara. 
Juan estaba trabajando dentro del taller y acudió a abrir la puerta. Al ver ante sus ojos la portentosa imagen de Jesús del Gran Poder esperando a la entrada del taller, cayó rostro en tierra arrodillado en el suelo.
Cosas del Señor…
Los dos años que pasé en Sevilla en aquella casa pasaron volando y mi sueño y mis sueños lo velaba la imagen de la Virgen del Sagrado Corazón.
A Ella confiaba mis secretos, mis preocupaciones, mis anhelos, mis penas y mis alegrías y, cómo no, le pedí de forma muy especial que me pusiera en mi camino a una persona con la que compartir mi vida cuando acabara mis estudios y empezara a trabajar.
Sí, se lo pedía todas las noches y ella me sonreía.

Acabé mis estudios y, mientras hacía el Servicio Militar, conocí a una muchacha que también era de mi hermandad. Estaba cursando el último año de bachillerato, que se le había atragantado un poco y ya se planteaba ir a estudiar fuera aunque no con mucho convencimiento.
Algo la retenía porque se resitía a irse del colegio y de Jerez  y el tiempo también le explicó el por qué.
Me enteré en qué colegio estudiaba y la esperé a la salida, cosa que tardó tiempo en perdonarme pero, como tantas cosas, una Virgen con un niño en brazos urdió el plan de futuro y me llevó hasta allí.
El colegio se llamaba El Perpetuo Socorro y la imagen que allí se veneraba no era otra que la del Sagrado Corazón.
Yo sonreí una vez más, viendo cómo el plan de Dios llega a su debido tiempo aunque muchas veces ni sabemos, ni queremos verlo.

La fe es un grano dormido
Que a veces damos por muerto
y en el alma en su desierto
se escucha como un gemido;
Es el dolor contenido
de la soledad que añora
al Dios que no encuentra ahora
y en el que quiere creer
Y así por volverlo a ver
En ese desierto implora

Lo más profundo del ser
De ese grano de mostaza
A la esperanza se abraza
Para volverlo a tener
Y aquel  que quiso nacer
De una Virgen nazarena
Oye esa voz que resuena
Moribunda de su amor
Y atendiendo a su clamor
Quiere aliviarle las penas

Y las alivia el Señor
Entre los mares de dudas
Y las almas, ya desnudas,
De sufrimiento y dolor
Se vuelven al Redentor
Comprendiendo ya por el qué
Que es más ciego el que no ve
Que  el ser humano en su alma
Solo encontrará la calma
Cuando se encientra la fe.



Hoy, queridos jóvenes, he venido a desvelaros un secreto que he guardado celosamente  para esta ocasión. O mejor dicho, un secreto que la Virgen ha querido desvelar en este preciso momento, valiéndose de estos angelitos en forma de monjas, que Dios puso en mi camino.

Al fin y al cabo, cada uno de nosotros guarda en su corazón momentos difíciles pero también hermosos porque, lo realmente bello y portentoso de nuestra existencia es la vivencia de Dios en ella.

Solo os puedo decir que, cada vez que os sintáis solos, desamparados, tristes o hundidos por circunstancias que escapan a vuestro entendimiento humano, dejaos abrazar por esos susurros que llegan de lo más profundo de vuestro interior.  Dejaos seducir por el latido amoroso del corazón de Jesús en el vientre o en los brazos de su Madre.
Dejaos abrazar por Ella, por nuestra Madre del Sagrado Corazón.

Y, por fin, tras muchos años de espera, es posible dejarnos abrazar por ella en la preciosa imagen de mármol blanco inmaculado que reina sobre la rotonda junto a este querido colegio.
Con alegría y, como colofón de este testimonio que he compartido con vosotros quiero recordar aquel hermoso día en el que la estatua de Nuestra Señora del Sagrado Corazón fue colocada en esa rotonda para alegría de Jerez.


Por fin reinas madre mía
en tu rotonda soñada
que forjaron corazones
con dádivas y plegarias.
Por fin reina el mármol blanco
de pureza Inmaculada
y que un artista esculpió
quitando lo que sobraba.
Por fin vivimos el día
Que tanta gente esperaba
Esa imagen que a Jerez
bendiga con tu mirada.
Que no hay tierra que no entienda
que ciudad tan mariana
pueda negar a la Virgen
tan hermosa y bella estatua.
Y es que Jerez la quería
¡ Y pudo al fin  colocarla!
Y que con ella le digas
al caminante que pasa
que encuentre en tu blanca esfinge
socorro, consuelo y calma
Y que bendigas su vida
Y que alivies sin  tardanza
sus temores y sus miedos
y los llenes de esperanza.
Por eso madre querida,
justo fiel de la balanza,
Tú que llevas en tus brazos
a ese hijo de tu alma
a quién regaló por madre
la mas bellas de las almas;
dale  tú la bendición
al pueblo que tanto amas
porque el amor que  derramas
por tu pura concepción
es recibir la alegría
que Dios puso en ti, María
del Sagrado Corazón.







El latido del corazón de una madre es quizás el recuerdo más entrañable y auténtico que puede tener el ser humano.
Ese cordón umbilical que nos une a ella antes de nuestra venida al mundo es un nexo que conforma una relación indeleble con la mujer que nos llevó en su seno.
El mismo Dios, autor de la creación y de la vida, quiso venir a este mundo a través del vientre de una virgen a la que el Espíritu Santo cubrió con su sombra. No podría escoger el Creador una doncella más pura y llena de Gracia que aquella que se ofreció como esclava del Señor ante el anuncio del arcángel San Gabriel.
Jesús, antes de nacer en Belén, recibió de María todo el sustento y amor que una madre entrega al hijo que crece en su vientre, sabiendo además como sabía, que ese ser que crecía en su seno y cuyo diminuto corazón ya empezaba a palpitar en su interior,  era el hijo de Dios.
¿Qué oraciones en forma de susurros amorosos podría haber más hermosas y cercanas que aquellas que dirigiera la Virgen María al Dios que crecía en su vientre?
¿Qué respuestas podría haber acaso más intensas y reales que los latidos del pequeño corazón de Jesús a las palabras amorosas de su Madre?
Un corazón que late es signo de vida y es símbolo de amor. Un corazón que ama ardientemente, late con fuerza cuando siente cerca al amado, cuando sufre por él, cuando se entrega por él.
María se entregó en cuerpo y alma para hacer posible la obra redentora del Salvador y ese nexo de unión  con la criatura de su vientre es el latido unísono de dos corazones que amaban profundamente al creador del mundo.
Quizás por ello, no hay camino más directo y certero a Dios que dirigir nuestra mirada a nuestra Madre del Cielo, aquella que hizo posible que Cristo viniera al mundo, aquella que puso tantas veces su mano en el pecho de Jesús para sentir el latido de la vida eterna y del amor de Dios.

Este corazón ardiente
que te susurra su amor
es el corazón, Señor,
de tu esclava penitente
al sentir que la simiente
que el mismo Dios puso en ella
es hoy la feliz doncella
del sagrado corazón.
¿Hay acaso mejor don
o gracia alguna más bella?

Mi susurro es oración
y mi oración es susurro
pues para hablarte recurro
al regalo y bendición
que en aquella anunciación
sembraste, Dios, en mi seno.
El diálogo sereno
Que al sentirte en mi interior
oye el latido de amor
de tu hijo, Padre bueno.




No os voy a revelar, queridos alumnos de este entrañable colegio, ningún secreto que no os haya revelado vuestro corazón ni os hayan transmitido vuestros padres o  estas entregadas monjas que tanto os quieren.
Esos corazones amantes de la Virgen del Sagrado Corazón, palpitan de amor de Dios y de amor a sus hermanos que practican cada día de  su vida a través de pizarras y oraciones. Esa entrega por los demás y por sus alumnos es la que les inspira la Virgen del Sagrado corazón para que, tras vuestro paso por el colegio, estéis   preparados para el mundo que os espera, siendo mejores cristianos y, por ende, mejores personas.
En estos años de incipiente juventud, el alma corre bulliciosa en busca de verdades existenciales  y  de planes de futuro.  En esta época de la vida que os toca vivir ahora  surgen las dudas más profundas pero también se cimientan las verdades más fundamentales y la fe más verdadera.
Seguro que muchos de vosotros habéis  pasado largas horas en el Sagrario bajo la atenta mirada de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, buscando ayuda para vuestros estudios, consuelo para vuestras frustraciones, consejos para vuestras dudas o fuerzas para vuestros retos.
Y en ese orden de cosas seguro que tendréis preciosos testimonios en los que la fe se comporta como ese granito de mostaza de la parábola....
Esas pequeñas historias que, la mayoría de las veces, quedan ocultas en la pudorosa intimidad de la fe de cada uno, son las que realmente nos confirman que Dios existe y que está dentro de cada uno de nosotros.
Por eso, queridos hermanos en la fe, no os voy a desvelar nada que no os haya sido revelado por ese corazón que palpita en brazos de esta hermosa imagen. Al fin y al cabo esas experiencias las inspira el Señor a  la medida  de cada corazón humano y es difícil trasladarlas a otros escenarios o circunstancias.
Aun así, cuando las hermanas me pidieron que os hablara de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, no puede menos que sonreír al recordar aquellos momentos de mi vida en los que esa bendita imagen salió a mi encuentro en un momento  de tribulación.
Permitidme que os hable de la experiencia de este humilde cristiano que en un momento de su vida también se encontró con Ella.
Y aunque también soy celoso y reservado a la hora de desvelar aquellos encuentros con Dios que atañen a la más profunda intimidad del ser humano, quizás la madurez que otorga el tiempo y la insistencia de estas benditas hermanas a la hora de pedírmelo (bien sabéis lo insistentes que pueden llegar a ser)  doblegaron mi inicial resistencia e hicieron que pidiera a la Virgen el tiempo que no tengo para escribir esta historia.  Al fin y al cabo, pensé mientras me lo pedían ante una imagen de esa advocación, las cosas no suceden por casualidad y Dios se toma su tiempo y sus medios para cumplir sus planes.
Así que aquí me tenéis, en vuestro colegio, ante ellas, ante Ella y ante vosotros para desvelaros una historia verdadera en la que las que la Virgen vino a mi rescate cuando las dudas de fe invaden las más firmes creencias.

A veces llegan las dudas
entre mares de tormentas
y la fe se resquebraja
buscando vanas respuestas.

Primero llega el silencio
cuando esas dudas acechan
y después la rebeldía
con el alma que se agrieta.

Se pregunta a Dios en vano
con la fe ya casi muerta
por qué nos ha abandonado
en una isla desierta.

Son las dudas de la fe
mas Dios te dice “despierta”
Ven a mí sobre las aguas
caminando con certeza
que yo no te dejo solo
aunque me cierres la puerta.




No era mucho mayor que vosotros, tan solo ese puñado de años que marcan el salto del colegio  a la Universidad. Por aquel entonces yo cursaba el cuarto curso de Empresariales en la Facultad de Sevilla. Era mi primer año en aquella preciosa ciudad, tras haber realizado los tres primeros en Jerez.
La carrera de Económicas constaba de cinco cursos así que tendría que pasar en Sevilla, si todo iba bien, otros dos años hasta obtener la licenciatura.
La experiencia de estudiar fuera era, como poco, ilusionante pero, sin saber por qué, las aguas de mi alma andaban revueltas. Tampoco ayudó aquel piso de estudiantes en el que recalé y, no por los compañeros, con los que hice buenas amistades, sino por un ambiente que hacía difícil el estudio. Éramos 11 y de varias nacionalidades, edades y planes de estudio, pero todos con ganas de diversión y juerga.
Por otra parte, siendo como era cofrade, Sevilla era la ciudad ideal para disfrutar de hermandades centenarias de incuestionable categoría y belleza.
Triana quedaba cerca,  pero la Facultad quedaba lejos de aquel piso de la calle Arjona que, durante los dos primeros meses de estancia allí, fue testigo de intensas vivencias, muchas veces contrarias a los criterios que debe seguir un buen estudiante.
Entre las variopintas personas con las que compartía piso, había una pareja americana cuya chavala me llegaba a mí al hombro y al chaval había que ponerle una mesita supletoria para que sacara los pies de la cama.
Vivía con nosotros un esforzado estudiante de Ingeniería que repetía primero por quinta vez, un francés que se declaraba ateo y que vengaba su aversión a los taxistas lanzándoles huevos desde el balcón. En una ocasión la Policía subió a buscar al culpable porque uno de los huevos impactó contra el parabrisas de un taxi y casi provocó un accidente.
También pasaron por allí varios chavales de intercambios culturales que aprovecharon bien la cultura de la diversión andaluza….y un almeriense  que, como yo, luchaba contra los elementos para sacar provecho del esfuerzo que hacían nuestros padres para pagarnos los estudios.
Así las cosas, algunas veces dejándome llevar por la corriente y otras frustrado por las circunstancias adversas, entre el poco dormir y el exceso de ganas de juerga de la mayoría de los habitantes del piso, acabé pagando el cansancio y caí en un profundo desánimo y frustración.
Desánimo que se sumaba al que ya tenía por diversos motivos que me hacían dudar de la misma existencia de Dios. Crisis de fe que Santa Teresa de Calcuta llamó “noches oscuras del alma” y que hacen tambalearse los fundamentos más importantes de la propia existencia.
Desde niño había tenido una especial relevancia en mi vida la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En cada rincón de mi casa y en la de mis abuelas había un cuadro, una figura, un bajorrelieve que te recibía sobre la mirilla del portón de entrada.
En mi dormitorio, sobre la cama, había un cuadro de fondo oscuro sobre el que resaltaba ese corazón ardiente de un niño Jesús sonriente flanqueado por sus padres en la tierra; María y José.
Mi padre, que formó parte de la congregación de los Luises, tenía cuadros del Corazón de Jesús que su querido  padre Maldonado, de la Compañía de Jesús, pintaba para su entrañable discípulo.
Aunque de forma tardía,  salí de aquel entorno familiar  y, sin darme cuenta, fui alejándome de esa vida y de Dios viendo cómo mi propia vida se desdibujaba entre la neblina de la apasionada juventud que trataba de encontrar respuestas a todas las cosas incluyendo la propia existencia humana.
Llegó noviembre, gris y ventoso como de costumbre pero con especiales ráfagas de pesimismo  sobre el habitual clima de nostalgia y recuerdos hacia aquellos que ya no estaban entre nosotros.
Llegó cargado de sentimientos reivindicativos sembrando de dudas los resortes sobre los que había construido mi realidad existencial.
Llegó movido por una búsqueda de la justicia universal que me desvelara las razones del sufrimiento humano, de las injusticias y de la propia muerte que a todos nos espera.
Y en ese mar de dudas y búsqueda incesante de la verdad, la tierra rugió al otro  lado del mundo.
El Nevado del Ruiz, el más septentrional de los volcanes del cinturón volcánico de los Andes entró en erupción y provocó una de las mayores catástrofes de la historia en  Colombia.
Concretamente, el trece de noviembre de 1985 la mencionada erupción desencadenó un enorme lahar (flujo de lodo volcánico que se compone de una mezcla de materiales volcánicos finos y agua). Dicha masa de lodo y otros materiales enterró la cabecera urbana de Armero, una localidad de 40.000 habitantes del departamento de Tolima. De la avalancha de piedras y lodo pudieron escapan apenas 15.000 personas, pereciendo un total de 25.000.
La conocida como “la tragedia de Armero” era una más de tantas desgracias naturales que siegan la vida de miles de seres humanos cada año, pero hubo un hecho que la hizo inolvidable para siempre.
Omayra Sánchez Garzón, era una niña de 13 años cuya imagen de serena paz y esperanza en la Virgen dio la vuelta al mundo, mientras su vida se apagaba sumergida del cuello para abajo en aquellas aguas turbulentas.
Después de que el lahar demoliese su casa, quedó atrapada bajo los escombros sostenida sobre el brazo de su tía ya fallecida, permaneciendo en medio del lodo durante tres días. Su valentía y dignidad conmovió a los periodistas y socorristas, quienes pusieron gran empeño en reconfortarla.
A pesar de aquella angustiosa situación en la que se encontraba la chiquilla, Omayra se mantuvo relativamente positiva, incluso entonó canciones a un famoso periodista de Colombia. Llegó a pedir comida y dulces antes de pronunciar sus últimas palabras que dirigió a su propia madre; «Madre, si me escuchas, quiero que reces por mí para que todo salga bien».
En medio de su sufrimiento,  la pobre niña alternaba momentos de miedo, de oración y llanto, pero nunca perdió su fe en Dios.
En la tercera noche comenzó a tener alucinaciones, diciendo que no quería llegar tarde a la escuela porque tenía un examen de matemáticas.
Cerca del final de su vida, se le enrojecieron los ojos, se le hinchó la cara y las manos se  le quedaron blancas. En un momento pidió a las personas dejarla, para que pudiera descansar. Horas más tarde, los trabajadores regresaron con una bomba y trataron de salvarla, pero sus piernas estaban dobladas en el hormigón inundado  como si estuviera de rodillas, y era imposible liberarla sin cortar sus piernas. Careciendo del equipo quirúrgico para salvarla de los efectos de una amputación, los doctores presentes estuvieron de acuerdo en que sería más humano dejarla morir. En total, Omayra sufrió durante casi tres noches antes de fallecer a las 10:05 del 16 de noviembre de 1985,  probablemente debido a la gangrena o hipotermia.
Todos contemplábamos con el corazón en un puño  aquellas imágenes de Omayra con la que televisiones del mundo entero abrían telediarios y programas especiales.
Todos rezábamos a Dios en distintas lenguas, sin importar razas, religiones o creencias. Todos veíamos reflejado en el rostro de esa niña, nuestros propios sufrimientos y frustraciones ante la certeza de la muerte que nos espera.
Era sábado y  parecían romperse los pocos lazos que creía que aún me unían a Dios. En mi búsqueda de la justicia divina no podía entender que algo así sucediera. Que el Padre todopoderoso dejara así morir a una niña que imploraba su ayuda y a la que permitía sufrir hasta el extremo durante tres días…
Al día siguiente tomé el último tren para Sevilla para empezar una nueva semana en la Universidad. Llegué al piso cabizbajo y confundido, con un gran vacío de convicciones y de fe.
La semana fue a peor, acumulándose fracasos académicos y personales y un enorme hastío de seguir estudiando para una vida que era tan miserable e injusta.
No sé si era enfado lo que sentía hacia ese Dios en el que había puesto mi confianza o quizás era la aceptación de la idea de que sencillamente ese Dios no existía.
Sentado en la oscuridad de mi habitación, sin ventanas y con el penetrante olor a fritanga que procedía de la anexa cocina, me senté en la mesita de estudio, iluminada por la pobre luz de un viejo flexo,  y me llevé las manos a la cadena que colgaba de mi pecho.
Era una sencilla cruz que una querida tía abuela me había regalado por mi Primera Comunión. La cogí en mi mano y estuve un buen rato apretándola sin saber bien qué hacer. No tenía sentido que siguiera llevándola puesta porque no era más que un trozo de metal que representaba a un Dios que me había fallado y, sin embargo, mientras la apretaba pensaba en todas las personas que formaban parte de mi vida. Pensé en mis padres, en mis abuelos, en mis hermanas, en mi hermandad. Pensé en todo lo que aquella cruz representaba y con los ojos humedecidos, me la descolgué y la puse sobre la mesa.
La contemplaba absorto, como quien contempla su propia vida fracasada y caduca pasar en una procesión fúnebre camino de un camposanto.
Extenuado quizás por la intensidad de aquel momento, me quedé dormido durante un buen rato porque, al despertarme,  ya casi no entraba luz por el ya de por sí lúgubre patio al que daba mi ventana.  Encendí la luz y, en la confusión del momento,  no conseguí recordar qué hacía mi cruz sobre la mesa.
Junto a ella, en uno de los extremos de la mesita, había un montón de libros apilados y entre ellos, una vieja biblia que mi madre me compró para la comunión.
Sin saber por qué, no había reparado hasta entonces en que me la había traído a Sevilla junto a libros de estudio y otros temas que amenizaran mis horas ociosas.
También sin entender por qué la tomé de entre el montón de libros y la puse ante mí. No sabía bien qué hacer con ella y así estuve un buen rato. Empecé a recordar las cuitas que antecedieron a mi profundo sueño. No tenía sentido que la abriera y, sin embargo, algo me empujaba a hacerlo.
La cogí entre mis manos y acerqué el mazo de hojas apretadas a mi boca. Era una de esas biblias de bolsillo de hojillas tan finas  que casi se pegaban  unas con otras. Soplé con fuerza y se fueron separando unas de otras por el soplido enérgico y continuo de mis pulmones. Y al cabo de unos segundos de incesante y loco movimiento de sus ajetreadas hojas se abrió por el libro de los salmos…
Era el salmo 22, que preconizaba las últimas palabras de Cristo en la Cruz, que en cierto modo me hablaba de Omayra y todos los sufrimientos que padecen tantos seres humanos…
Dice así:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Lejos de socorrerme las palabras de mi lamento,
Dios mío, de día clamo y no contestas,
De noche y no hay respuesta para mí,
Y tú con todo te sientas en el santuario en medio de las laudes de Israel.
En ti esperaron nuestros padres,
A ti clamaron y quedaron salvos
En ti esperaron y no quedaron confundidos.
Y yo gusano, que no hombre, todos los que me ven hacen mofa de mí.
Tuercen la boca, menean la cabeza.
“Se confió a Yahvé, le ponga a salvo ya que en él se complace”
Tú fuiste quien del seno me sacaste
Me pusiste a los pechos de mi madre.
A ti fui confiado desde el seno
Desde el vientre de mi madre eres mi Dios.
No andes lejos que en angustia estoy
Ven junto a mí pues nadie me socorre.

Y hasta ahí leí, aunque el salmo seguía describiendo con impactante exactitud los padecimientos de Cristo en la cruz. Me quedé ahí porque  quizás  hasta esa frase creí recibir las respuestas que buscaba… Y empecé de nuevo y lo repetí, una vez, dos, tres, no sé cuántas veces más. Me sentí reconfortado, entendido, como si el mismo Dios me trasladara que él también se sintió abandonado e incomprendido. Como si esas vivencias que yo sentía en mi alma él las comprendiera mejor que yo.
Mi vieja Biblia estaba llena de estampitas y oraciones y, de entre todas ellas, mientras volvía a colocarla entre el montón de libros, se cayó un pequeño recorte de un periódico que mi madre me recortó un buen día. Era una oración al Espíritu Santo, junto a una estampita del Corazón de Jesús.  Aquella tarde la entoné con el alma expectante de respuestas. La llevé conmigo mientras seguía repitiendo el salmo, que ya me había aprendido de memoria,  y salí del piso  escaleras abajo en busca de un sagrario donde rezarla.

Llegué a la iglesia de la Magdalena y, nada más entrar, me cautivó una hermosa imagen del Sagrado Corazón. Me paré un ratito, sobrecogido por su belleza y continué mi camino hasta la capilla del Sagrario. Me senté en el último banco en silencio y contemplé el hermoso tabernáculo sobre el que había una portentosa Inmaculada que me sonreía. En parte más alta del retablo del Sagrario, había un lienzo en el que se representaba la Santísima Trinidad con el Espíritu Santo en forma de paloma en medio del Padre y del Hijo.
Aún seguía repitiendo el salmo de memoria hasta que esa alegoría de la Santísima Trinidad que había sobre el altar me llevó a recordar la oración al Espíritu Santo del recorte del periódico de mi madre y que me había traído conmigo. 
Instintivamente me llevé la mano al bolsillo de mi cazadora y saqué el recorte con la oración.
Empecé a leerla despacio, saboreando cada una de sus palabras, que un alma agradecida por un favor alcanzado había publicado en el periódico  al tercer día de su lectura consecutiva.  Decía Así:



Espíritu Santo,
Tú que me aclaras todo,
que iluminas todos los caminos para que yo alcance mi ideal.
Tú que me das el don Divino de perdonar y olvidar el mal que me hacen y que en todos los instantes de mi vida estas conmigo.
Yo quiero en este corto diálogo agradecerte por todo
y confirmarte una vez más
que nunca quiero separarme de Ti,
por mayor que sea la ilusión material.
Deseo estar contigo
y todos mis seres queridos
en la Gracia perpetua.
Gracias por tu misericordia
para conmigo y para con  los míos.

Me sentí bien. Me sentí nuevo, renovado. Me sentí que el Espíritu Santo me escuchó, atendió mis súplicas ocultas y desconocidas y habitó en mí.
Estuve un buen rato más en aquel banco de sosiego y paz del alma, ausente de todo lo humano y reafirmado en unas creencias que creía pérdidas, lleno de un Dios del que dudé y deseoso de ponerme en sus manos una vez más.
Así lo susurré en el alma mientras contemplaba una imagen de aquella doncella que lo trajo al mundo que, de alguna manera, me había traído también a mí a aquel lugar en el que recuperé la fe en su hijo.
Recé la misma oración los dos días siguientes según se indicaba en aquel recorte del periódico que me dio mi madre. No lo hacía por nada en concreto, también eso lo dejé a la voluntad de Dios.
Y su voluntad se empezó a manifestar al tercer día….
El viernes, de forma inesperada me llamaron mis padres y me dijeron que venían camino de Sevilla y que  me esperaban a la salida de la Facultad. Habían recibido una llamada de una persona cercana que  había tenido conocimiento de que a una buena mujer se le había quedado una habitación vacía.
La señora vivía en Nervión y disponía de un pequeño piso de tres habitaciones compartiendo dos con estudiantes para completar su baja pensión.
Ella se encargaba de preparar la comida y de todo lo demás que una madre haría, dejando a su “hijo adoptivo” con la única obligación de  estudiar.
El piso estaba  cerca de la Facultad y fuimos a verlo sobre la marcha.
Nada más entrar en la habitación, sobre el cabecero de la cama había un cuadro de la Virgen del Sagrado Corazón.
Sentí como un pellizco en el mío, cuando vi aquella imagen en la que puse mi destino.
No había dudas de lo que Ella quería, de lo que Él quería  y de lo que, según mi palabra dada, quería yo.
Aprovechando que mi padre llevaba el coche, de allí partimos a recoger mis cosas del piso de estudiantes y las dejé en la nueva casa.

Aquel día, el cielo respondió con una fina lluvia. Es una de las respuestas divinas que se repiten cada vez que rezo esa oración desde aquella primera vez.

El lunes, cuando llegué al piso de Margarita, que así se llamaba la señora, sentí que empezaba un nuevo camino en mi vida.
Volví a deleitarme con esa imagen que me había devuelto la alegría y la confianza en el que sostenía en sus brazos.
La Virgen me sonría como aquella Inmaculada de la Magdalena y, como ella, también  sonreía al niño que llevaba en sus brazos. No sé por qué pero,  siguiendo sus ojos, que miraban hacia abajo y al niño que sostenía en sus brazos, tuve la poderosa inclinación de abrir el cajón de la mesilla de noche. Como era de esperar, estaba vacío,  y el fondo estaba alfombrado por una cartulina blanca que no lo cubría totalmente. También sin saber por qué, sin dudarlo, utilizando las uñas para separarar la cartulina del fondo del cajón, le di la vuelta.
El corazón me dio un brinco cuando, para mi sorpresa, apareció ante mis ojos una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Ese Sagrado corazón que desde niño me ha acompañado siempre y que había formado parte de mi vida.
Suspiré hondo y comprendí; Ella me llevó hasta Él para darme a entender que siempre estuvo a mi lado, está y estará. Me acordé de aquella frase que el mismo Jesús dirigió a sus discípulos antes de elevarse al Padre; “Y recordad que estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”.
Desde aquel día una felicidad y dicha indescriptibles me acompañaron en mi caminar diario. El cielo parecía ser del color del manto de aquella Inmaculada y fui en busca del templo más cercano a mi nueva casa.
Al final de la empinada calle, cerquita de la Gran Plaza, se erguía majestuosa la iglesia de la Inmaculada Concepción y, cómo no, otra portentosa imagen del Sagrado corazón presidía el retablo.
Precisamente muy cerquita de la Gran Plaza estaba el taller de Juan Araújo que perdió un hijo tras una larga enfermedad.  Y fue por aquel lugar donde se produjo uno de esos hechos insólitos que sólo se pueden explicar desde la óptica de la fe y que quedó recogido en un libro que se titula “Donde llora Sevilla”. Esta es la historia:
El protagonista de la misma es Juan Araújo, antiguo futbolista del Sevilla FC. El buen hombre, tras una larga enfermedad del muchacho, perdió a su hijo en 1965.
Durante la enfermedad y agonía de su hijo,  Juan Araújo, que era gran devoto del Gran Poder, le pidió al Señor de Sevilla encarecidamente que sanara a su hijo y lo librara de la anunciada muerte.
Pero finalmente su hijo murió y, tras su muerte, el pobre de Juan Araujo, roto de dolor, renegó de su fe y le dijo al Gran Poder que jamás volvería a pisar su templo y que,  sólo se volverían a ver si era el Gran Poder el que viniera a visitarlo a su taller de la Gran Plaza. Era algo harto improbable pues Nervión está muy lejos de San Lorenzo y, aún más, tratándose de un taller.

Pero aquel mismo año se celebraron las Misiones Populares, en las que varias imágenes de la Semana Santa salieron del casco histórico para hacer un recorrido extraordinario por los distritos de la ciudad. No muy lejos de la Gran Plaza está el hospital de San Juan de Dios, que lleva el nombre de Jesús del Gran Poder.  Y a la hermandad del Gran Poder le correspondió la zona de Nervión, precisamente el barrio donde Juan Araújo había instalado  su taller.
El día de la procesión, la lluvia sorprendió a la cofradía por aquella zona y la hermandad buscó refugio en un templo cercano, pero se percataron de que había una nave con una puerta de grandes dimensiones. Llamaron a la puerta para buscar cobijo porque el templo más cercano no quedaba cerca y así evitar que el Señor de Sevilla se mojara. 
Juan estaba trabajando dentro del taller y acudió a abrir la puerta. Al ver ante sus ojos la portentosa imagen de Jesús del Gran Poder esperando a la entrada del taller, cayó rostro en tierra arrodillado en el suelo.
Cosas del Señor…
Los dos años que pasé en Sevilla en aquella casa pasaron volando y mi sueño y mis sueños lo velaba la imagen de la Virgen del Sagrado Corazón.
A Ella confiaba mis secretos, mis preocupaciones, mis anhelos, mis penas y mis alegrías y, cómo no, le pedí de forma muy especial que me pusiera en mi camino a una persona con la que compartir mi vida cuando acabara mis estudios y empezara a trabajar.
Sí, se lo pedía todas las noches y ella me sonreía.

Acabé mis estudios y, mientras hacía el Servicio Militar, conocí a una muchacha que también era de mi hermandad. Estaba cursando el último año de bachillerato, que se le había atragantado un poco y ya se planteaba ir a estudiar fuera aunque no con mucho convencimiento.
Algo la retenía porque se resitía a irse del colegio y de Jerez  y el tiempo también le explicó el por qué.
Me enteré en qué colegio estudiaba y la esperé a la salida, cosa que tardó tiempo en perdonarme pero, como tantas cosas, una Virgen con un niño en brazos urdió el plan de futuro y me llevó hasta allí.
El colegio se llamaba El Perpetuo Socorro y la imagen que allí se veneraba no era otra que la del Sagrado Corazón.
Yo sonreí una vez más, viendo cómo el plan de Dios llega a su debido tiempo aunque muchas veces ni sabemos, ni queremos verlo.

La fe es un grano dormido
Que a veces damos por muerto
y en el alma en su desierto
se escucha como un gemido;
Es el dolor contenido
de la soledad que añora
al Dios que no encuentra ahora
y en el que quiere creer
Y así por volverlo a ver
En ese desierto implora

Lo más profundo del ser
De ese grano de mostaza
A la esperanza se abraza
Para volverlo a tener
Y aquel  que quiso nacer
De una Virgen nazarena
Oye esa voz que resuena
Moribunda de su amor
Y atendiendo a su clamor
Quiere aliviarle las penas

Y las alivia el Señor
Entre los mares de dudas
Y las almas, ya desnudas,
De sufrimiento y dolor
Se vuelven al Redentor
Comprendiendo ya por el qué
Que es más ciego el que no ve
Que  el ser humano en su alma
Solo encontrará la calma
Cuando se encientra la fe.



Hoy, queridos jóvenes, he venido a desvelaros un secreto que he guardado celosamente  para esta ocasión. O mejor dicho, un secreto que la Virgen ha querido desvelar en este preciso momento, valiéndose de estos angelitos en forma de monjas, que Dios puso en mi camino.

Al fin y al cabo, cada uno de nosotros guarda en su corazón momentos difíciles pero también hermosos porque, lo realmente bello y portentoso de nuestra existencia es la vivencia de Dios en ella.

Solo os puedo decir que, cada vez que os sintáis solos, desamparados, tristes o hundidos por circunstancias que escapan a vuestro entendimiento humano, dejaos abrazar por esos susurros que llegan de lo más profundo de vuestro interior.  Dejaos seducir por el latido amoroso del corazón de Jesús en el vientre o en los brazos de su Madre.
Dejaos abrazar por Ella, por nuestra Madre del Sagrado Corazón.

Y, por fin, tras muchos años de espera, es posible dejarnos abrazar por ella en la preciosa imagen de mármol blanco inmaculado que reina sobre la rotonda junto a este querido colegio.
Con alegría y, como colofón de este testimonio que he compartido con vosotros quiero recordar aquel hermoso día en el que la estatua de Nuestra Señora del Sagrado Corazón fue colocada en esa rotonda para alegría de Jerez.


Por fin reinas madre mía
en tu rotonda soñada
que forjaron corazones
con dádivas y plegarias.
Por fin reina el mármol blanco
de pureza Inmaculada
y que un artista esculpió
quitando lo que sobraba.
Por fin vivimos el día
Que tanta gente esperaba
Esa imagen que a Jerez
bendiga con tu mirada.
Que no hay tierra que no entienda
que ciudad tan mariana
pueda negar a la Virgen
tan hermosa y bella estatua.
Y es que Jerez la quería
¡ Y pudo al fin  colocarla!
Y que con ella le digas
al caminante que pasa
que encuentre en tu blanca esfinge
socorro, consuelo y calma
Y que bendigas su vida
Y que alivies sin  tardanza
sus temores y sus miedos
y los llenes de esperanza.
Por eso madre querida,
justo fiel de la balanza,
Tú que llevas en tus brazos
a ese hijo de tu alma
a quién regaló por madre
la mas bellas de las almas;
dale  tú la bendición
al pueblo que tanto amas
porque el amor que  derramas
por tu pura concepción
es recibir la alegría
que Dios puso en ti, María
del Sagrado Corazón.



Paco



Destacada

Ante el lecho de muerte de mi madre

Ya no te lo puedo decir con los labios, mientras duermes el tránsito de esta vida a la eterna. Te miro y contemplo ese rostro amoroso de una madre que, aún marcado por el paso de los años, expresa aun la belleza de un alma buena como la tuya.

¡Te quiero decir tantas cosas ….!  Y, como desde niño, surge en mi la necesidad vital de escribir los sentimientos   que brotan del alma cuando la boca no se atreve.

Esta mañana cantaban los pájaros como en aquel poema de Juan Ramón que tanto de gustaba;  “ Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando..”  Pero cantan de alegría por ti, madre, porque allá arriba te esperan tus queridos padres,  mamá Pepa y mi abuelo ayamontino.  Allí esperan también ansiosos la tata Rosario y la tata Ton y el tío Paco y tantos seres queridos  a los que tanto quisiste y a los que te entregaste en cuerpo y alma.

Te has ido, como tú anhelabas, el mismo día en que viniste al mundo, en el que recibiste por primera vez a Jesús sacramentado y en en que te uniste para siempre a mi padre. ¡Cosas del Señor!

Papá te tiene en su pensamiento, como en estos últimos sesenta años en los que unió su vida a la tuya para dar vida de la buena. No hay amor más limpio y puro que aquel que se desprende de todo lo superfluo para entregarse al otro.  

Sé que nos estás diciendo que cuidemos de él;  bien sabes que así lo haremos. De todas las almas del mundo encontraste la más buena y noble, tu querido Santiago.

El piano está callado porque solo tú sabías escuchar mis torpes notas y ahora se perderían en mis manos temblorosas,huérfanas de tus benévolos oídos agradecidos.

Hablar no puedo porque la voz se me quiebra y sólo atino a escribir estas palabras para que las escuches en el silencio de tu  sueño.

Aunque ahora lamento no habértelo dicho más veces, ya sabes lo mucho te quiero,  bien lo sabías  desde el primer día en que nací. Me repetías una y otra vez que era el vivo retrato de tu padre y el fiel reflejo de la nobleza de tu esposo;  tú siempre tan exagerada con mis virtudes y tan parca en palabras con mis defectos.

Pero ni a ellos, ni a ti,  ni a ninguna de las personas con las que hemos amado en este mundo defraudarán las gotas de sangre que fluye por mis venas.

Escucho en el silencio tu voz y vislumbro tu sonrisa, sabedora de que estamos juntos, que siempre lo estaremos, como esas veces que nos reuníamos bajo la sombra de la enorme mimosa junto al brocal del pozo.

Y tú escuchas los ecos de nuestrasvoces,  de cada uno  de tus hijos, de los que llevaste en tu seno, de los que se unieron a ellos para darte la alegría de tus nietos, de tu querida prima Concha y del que compartió contigo toda una vida enamorado siempre de ti.

Escucho tus consejos, tus sanos reproches, tus palabras de amor y consuelo y me sigues hablando desde aquel manantial de amor eterno que es el corazón de una madre.

Me consuela decirte estas cosas, quizás a destiempo para el mundo terreno, pero no para la eternidad del amor que no perece.

El amor de Dios no muere nunca y dio mucho fruto en Beli, en Saluli y en este hijo tuyo que nació moreno como tu padre. En Pepe, en Irene, en Santi y en Juanma y todas los seres que, unidos a ellos, den fruto de bondad abundante.

Seguimos caminando por esta vida hasta que Dios quiera llevarnos a una de esas moradas donde no ya no existe llanto, ni dolor y celebremos con alegría su amor eterno.

Espéranos, madre, en ese jardín del cielo para seguir compartiendo allí la alegría que sembraste en este mundo.

Contigo siempre.

Tu hijo Paco

25 de mayo de 2024

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PODER Y HUMILDAD

Siempre he acudido a él cuando algún cambio trascendente se asomaba a mi vida, quizás tratando de recordar que la verdadera virtud que el santo de Lima nos enseña es que, ante el éxito o el fracaso,  la humildad nos abre todas las puertas.

Cuando era niño, mi madre me solía llevar a la iglesia de Santo Domingo para poner en manos de  San Martín de Porres,  un santo muy querido en Jerez, cuitas y otros asuntos que requerían de su intercesión divina. En una de sus capillas, junto a la de Santa Rosa de Lima,  se venera una talla del limeño y entrañable fraile morenito que pasó a la historia como “fray Escoba”, tras pasar una vida con ese utensilio en sus manos haciendo portentosas curaciones y practicando insólitas ubicuidades.

Pero, al margen de esa talla, mi madre siempre me enseñó a fijarme en el lienzo que hay en el lateral de esa capilla que, desde aquellos tiempos, aprendí a admirar por su simbolismo y profundo significado.

Perdonadme que, en mi ignorancia, no pueda daros detalles de su autor. Casi no puede leerse por el paso de los años y, me azora reconocerlo, siempre extasiado por el mensaje que me evoca, no me he preocupado de saber más de él. Lo que sí sé es que la paz y luz que dimana de la escoba, la humildad en sentido figurado, hace que unos gatos miren pacíficamente a un ratón que se encuentra ante sus garras y, a su vez, estos felinos sean ignorados por un pacífico perro que mira al infinito.

Vivimos en un mundo convulso y no sólo por las guerras que azotan medio mundo y que pueden acabar con las vidas de tantos inocentes. Nuestra propia sociedad está viviendo momentos de tensión, desencuentros y frustraciones que pueden truncar nuestra convivencia y el futuro de nuestros hijos.

Es realmente triste que las ansias de poder, las ambiciones territoriales, el supremacismo racial, los extremismos ideológicos, los fanatismos religiosos, el adoctrinamiento interesado, o cualquier otra forma de ejercicio de poder egoísta, quiebren la paz y la convivencia de tantas y tantas personas que solo quieren de aquellos que ostenten algún tipo de poder, lo pongan al servicio de la colectividad.

Pensando en todo ello y en las causas que provocan todos esos males indeseados me acordé de ese lienzo del santo de la escoba. Me pregunté por qué no podemos vivir los seres humanos en un mundo en paz como esos eternos enemigos del mundo animal que aparcan sus ancestrales disputas al verse transformados por esa luz que calma sus instintos destructivos.

Pensé en la escoba, esa escoba de humildad que agarraba San Martín ante la ambición de unos y la soberbia de otros y que es la que puede transformar el mundo. Ese sencillo utensilio de limpieza  que hace que nos demos cuenta de que no somos más que esos ratones, o que esos gatos o que ese perro que aparecen en el lienzo. Y aunque la ambición nos lleve a pasar por encima de los demás para enaltecer nuestros propios egos, en la alegoría del cuadro tan sólo podemos aspirar a ser como el perro del cuadro, que también tiene los días contados…

Los personajes del lienzo, de no estar influidos por la luz que emana del Santo,  no son muy distintos a los que conforman nuestro mundo que, en definitiva, anteponen sus ambiciones e intereses personales a los de la sociedad a la que deben servir.

Tras esos personajes, ante la luz de un horizonte infinito, se apoya la humilde escoba en la pared de una habitación misteriosa.

Y es que, sin duda, si cada una de las personas llamadas a dirigir desde cualquier estamento o posición los destinos de nuestra sociedad blandiera una escoba de ejemplo y humildad, este mundo sería un lugar más digno donde vivir.

Paco Zurita

Octubre 2023

Destacada

A MI HERMANO ISAAC CAMACHO

Acababan de diagnosticarle la misma enfermedad que se llevó a su padre junto a la Virgen del Rocío;  el mismo que le enseñara a amarla y a rezar al Señor de las Penas.

Esa misma tarde, me lo encontré en Aladro ante el monumento que recuerda el amor que Jerez siente por la reina de las marismas y le pregunté;  ¿cómo estás hermano?

¡Cómo Dios quiera!, me dijo con la tranquilidad y bondad que solo un corazón puro y limpio puede hacer de su boca reflejo de lo que el alma siente.

Al sonreírle,  añadió mirando a la Virgen; ¡Aquí no nos vamos a quedar y sé que Ella nos espera!

Bien sabía el bueno de Isaac que ese Pastorcito Divino, que sonríe en los brazos de su Madre, acabaría sufriendo las Penas de ese Señor de su amada cofradía del Martes Santo, penas que ahora llevaría por Él.

Pero también sabía que ese mismo Señor, crucificado en la cruz que preparan los judíos y vencedor en ella de la misma muerte,  nos espera en las marismas eternas al final de nuestro caminar peregrino.

Y de camino, mi hermano en la fe era todo un experto veterano. No sólo sobre las arenas y pinares que le llevaba cada Pentecostés  hasta su querida aldea almonteña, sino en ese camino de la vida que hay que recorrer haciendo el bien y siguiendo los pasos del que dijo; “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Y ese camino lo recorrió cada día de su vida con la fe de un verdadero rociero cuyo mayor baluarte es esa Virgen que nos muestra la salvación del mundo.

Con la lógica pena que nos produce despedirnos por un tiempo de aquel ser querido, de aquel amigo, de aquel hermano, no puedo dejar de sonreír al mirar al cielo, azul como las marismas de Doñana, donde Isaac ya mira a la Virgen del Rocío y al Señor de las Penas resucitado.

¡Espéranos, hermano, que ya sabemos el camino!

Paco Zurita

Un hermano del Desconsuelo

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DIGNOS DE LÁSTIMA

En el fondo me dan lástima, como esos desesperados que se queman a lo Bonzo acorralados por sus miserias, como esos activistas que se desnudan en calles y plazas como extremo recurso para llamar la atención, como tantos mediocres que ocultan su falta de talento en atrevidas y osadas expresiones que provocan la risa fácil de otros como ellos y la repulsa de la mayoría.

En el fondo, no deja de ser el fruto de la ignominiosa pasividad con la que esta sociedad enferma contempla anonadada estos espectáculos bochornosos demasiadas veces y no eleva su voz contra quienes los hacen, promueven y consienten.

En el fondo, en una cuestión del respeto perdido hacia los demás y hacia ellos mismos, hacia los sentimientos y creencias, hacia los pueblos y razas, hacia esa sociedad que queremos construir sobre fundamento de tolerancia y paz y destruimos nada más comenzar a cavar sus cimientos.

Sí, en el fondo son dignos de lástima porque se creen brillantes y aclamados aunque la flauta que tocan, como la de Hamelin, solo es seguida por ratas que acaban despeñándose por el barranco de su ignorancia. Y la Televisión Catalana no merece ser el foco del desprecio de las personas de buena voluntad por unos pocos necios que se erigen en portavoces de todos ellos.

Y son tan poca cosa que ni siquiera merecen que la parodia que hicieron de la Virgen del Rocio que es la de la Almudena, la de Montserrat, la de Częstochowa o la que hoy nos contempla desde el cielo, la reproduzca en este blog que trata de ser espacio de tolerancia y respeto. Dejo mejor su imagen de bondadosa mirada hacia la humanidad porque, antes de morir su hijo por todos nosotros en la cruz de nuestras culpas, ese Dios hecho hombre que esos pobres diablos representaron con un muñeco, perdonó a los que se mofaban de Él diciendo, ¡Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Pero la Virgen a la que parodiaron ignominiosamente está feliz porque ese hijo ha resucitado. Y también está feliz por esos ignorantes por los que Cristo también murió.

Suenan campanas de alegría en el Rocío, en Montserrat, en la tierra y en el cielo y los que creen en Ella también se alegran por ello.

Feliz Pascua de Resurrección para todos.

Paco Zurita

Domingo de Resurrección 2023




































	
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MIGUEL EL PICONERO

Empieza a hacer fío y, con la luz por las nubes, muchos tememos darle al botón del aire acondicionado o del brasero, tras habernos quedado helados con la cuenta pagada en el supermercado y la carta del banco anunciando la nueva cuota del préstamo.

En ello pensaba cuando me fijé en un viejo brasero dorado que ahora reina melancólico sobre un aparador de la casa. Sonreí mientras me acordé de Miguel, ese viejo piconero que, a cambio de limpiarnos cada otoño los olivos y los pinos de la finca,  se llevaba el picón que allí mismo elaboraba con sus ramas retiradas.

En aquellos años, aquella laboriosa y artesanal empresa de convertir la verde madera en negras virutas de carbón, atraía mi curiosidad de niño y absorbía mi atención durante las largas horas que llevaba aquel proceso.

Tras amontonar cuidadosamente las ramas y los troncos formando un cono que me recordaba las tiendas  de los indios,  Miguel prendía  a esa montaña fuego que sofocaba con tierra y ramajes verdes para que el oxígeno no penetrara en el interior candente y consumiera la madera sin quemarla.

Al cabo de muchas horas de combustión silente, retiraba la tierra de aquel montículo y, como por arte de magia, llenaba sacos y sacos de negro Picón.

Con ese oro negro de la época, Miguel pasaba el invierno calentito y aun le sobraba algunos  sacos que vendía para sacarse unas perritas y seguir tirando en la vida. Una vida sencilla, carente de todo lujo y forjada con esfuerzo y con sudor. Una vida abnegada que permitió que nuestra sociedad de hoy lo tenga todo más fácil y cómodo aunque tiemble solo con pensar que se vaya la luz o nos corten el agua si no llueve.  

Casi instintivamente, cuando la necesidad aprieta, solemos mirar atrás y tratar de recordar lo que hacían nuestros abuelos en tiempos de una vida más dura y con menos comodidades. De lo que no estoy seguro es si estamos preparados para afrontarlas con la misma determinación y entereza de aquel viejo piconero.

Por si acaso, no perderé de vista el dorado brasero por si tiene que servir para llenarlo de picón y afrontar estos difíciles tiempos.

Paco Zurita

Noviembre 2022

Destacada

SAL DE LA TIERRA PARA LA MERCED

Hoy, día de la Merced, en la que tantos jóvenes de hermandades jerezanas  emplean sal teñida de colores diversos para tejerle de cariño alfombras a su Patrona, me he  acordado de ese versículo del evangelio de  San Mateo: 

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo”  

Ayer, precisamente en la plaza de San Mateo, bajo la protectora mirada de nuestra Madre de la Merced que presidía el balcón de la casa de hermandad,  fueron muchos los granos de sal que hicieron posible que una sencilla verbena se transformara en esa luz que a la que se refería nuestro Salvador. Y no me refiero al destello de los cientos de bombillas que conformaban las guirnaldas, ni a los focos que iluminaban la remozada espadaña, ni a las coloridas ráfagas que acompasaban la música que sonaba;  me refiero a todas esas personas que dieron lo mejor de sí mismas para mucha gente viviera y entendiera que los cristianos debemos dar luz a este mundo. 

Porque a pesar de tantos medios y comodidades, supuestos avances en derechos y libertades, conquistas médicas y científicas, culto al cuerpo y la efímera belleza y a tantos otros valores en los creemos basar nuestra felicidad, muchos seres humanos sienten que su vida está vacía y le falta “sal”. 

Y es que este mundo está falto de esas pequeñas cosas, de esos pequeños gestos y detalles que llenan la vida de sentido y hace que la amemos en toda su extensión.  Porque es precisamente cuando se echan de menos esas cosas cuando en verdad se valora lo que hemos perdido y lo mucho que las añoramos.   Y ayer las miles de personas,  que pasaron  por la recoleta plaza del barrio de San Mateo, pudieron decirle a sus hijos que esa era la “sabrosa” época que llenó sus vidas. 

Familias reunidas alrededor de una mesa con clásicas viandas de siempre, niños deseosos de obtener ese regalo en la tómbola o de pescar algún punto en el barreño de los patitos. Abuelos, con sus hijos y sus nietos recordando sus verbenas de antaño, padres agradecidos de ver a sus hijos saltando en las colchonetas sin móviles en las manos…  Todos comentaban lo mismo; ¡Qué bien lo hemos pasado! 

Sal de la tierra y luz de almas necesitadas de esos valores perdidos que ayer conformaron tantos granos anónimos que, para evitar dejarme a muchos en el tintero, prefiero no nombrar.   Cada uno de esos granos lo sabe en su corazón y vieron que su esfuerzo mereció la pena y el reconocimiento de los demás.  Bien puede sentirse orgulloso de haber cumplido con lo que Jesucristo nos pedía para este mundo y yo, como hermano mayor de esta Hermandad sólo puedo darle las gracias en nombre de Él.  

Esta tarde cuando nuestra Patrona,  la Virgen de la Merced, salga por las calles de Jerez,  sabrá que más allá de esas alfombras de colores que encontrará a su paso, hay muchos granitos de sal que a lo largo de todo el año van desparramando por esta tierra tantos cofrades jerezanos. Es el vino de las Boda de Caná, el perfume de nardo de María, el agua fresca del pozo de la samaritana. Es el amor desprendido de un cristiano que le da  sentido a su propias vida entregándolo a los demás.  

Sin duda, no habrá mejor alfombra para la Virgen morena ni mejor luz para nuestro mundo que amar y entregar lo mejor de nosotros mismos al hijo que lleva en sus brazos. 

Paco Zurita 

Día de la Merced 2022 

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UN REGALO DE DIOS

Todavía con el dulce regusto de los hermosos momentos vividos que impregnaron mis sentidos, pero ya desde el sosiego de la razonada calma tras esos intensos días,  aún me conmueve la imagen de ver el cielo en la tierra.

Quizás porque el regalo más hermoso es el que se ofrece,  he descubierto el secreto escondite de donde mana la felicidad en los rostros de las Hermanas de la Cruz. Porque en nuestro afán de hacerles el  regalo de llevarles a la Virgen del Desconsuelo por el LXXV aniversario de su llegada a Jerez, nos hemos llevado la alegría de dar felicidad y recibirla al mismo tiempo quintuplicada.

Es como el milagro de la multiplicación de  los panes y los peces, como la cesta interminable de fray Leopoldo, como esa frase de San Francisco  que decía que “Dando se recibe”…. O el hermoso verso de Santa Teresa “Quien a Dios tiene, nada la falta”.   Es la constatación empírica de la frase profética de Jesús al enviar a sus discípulos al mundo; No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias….   Es el día a Día de las hermanas de la Cruz que ante la adversidad, las dificultades y los imprevistos de la vida responden con una sonrisa en la boca “Dios proveerá”… ¡Y siempre provee!

En nuestros miedos y ansiedades por el futuro, no nos fiamos de esa promesa de Cristo de proveernos con lo necesario para el camino; bien al contrario, preferimos prever, ser precavidos, cicateros y acaparadores. Nos gusta llenar bien las alforjas y no regalar zapatillas que no utilizamos por si se nos rompen en el corto caminar por esta vida.

Al verlas tan llenas de gozo vistiendo a la Virgen, besando sus manos, mirando su rostro, me preguntaba si realmente sabemos qué es amar, si realmente sabemos ver en las mejillas de María el ardor y la entrega que ven las hermanitas en cada una de las ancianas que cuidan, que miman y que aman, como si se tratara de la mismísima madre del Señor… Y, observando aquella escena de verdadera pasión, no nos quedaba más remedio que rendirnos a esa lección de humildad y plenitud al mismo tiempo, de sosegada calma de espíritu y felicidad en el alma.

Como una catarsis de amor incontenido, nos marchamos del convento con las almas elevadas, mirando al prójimo de otra manera, tratando de repartir el infinito cariño que habíamos recibido tan gratuitamente. Volvíamos radiantes, generosos, satisfechos, sumergidos en un sueño de hermandad.

Después de los bellos días vividos al arrullo de sus cantos, de sus atenciones y sonrisas, de sus desvelos e infinitas respuestas de “Que Dios se lo pague”, los componentes de esta vieja cofradía recibimos, en respuesta a nuestro sencillo pero sincero presente a las Hermanas de la Compañía de la Cruz, el regalo más hermoso; saber encontrar a Dios por medio de la Virgen. Saber admirar, como lo hacen ellas, el espejo impoluto de aquel bendito ser que llevó a Cristo en su vientre y lo recibió al pie de la cruz para devolvérselo al Padre. Entender el camino que nos debe llevar por esta vida para llegar hasta Él. 

Después de la experiencia vivida, ya no podré volver a mirar a la Virgen del Desconsuelo de la misma manera. Las Hermanas de la Cruz nos hicieron el inmenso regalo de saber ver en sus ojos el camino que lleva a Dios.

Paco Zurita

Julio 2022

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TERMITAS EXPLOSIVAS Y VALORES CRISTIANOS

Hay una especie de termitas endémica de la Guayana Francesa, la Neocapritermes taracua, de la que los humanos deberíamos aprender en gran medida. Y es que nuestra especie, culmen de la civilización más avanzada, compendio de valores y  orgullo de la creación se está convirtiendo cada vez más en la antítesis de la sociedad que forman esos diminutos insectos.

Fue buscando en la red información sobre las temibles termitas donde me saltó al azar “explosives termites” y, sucumbiendo a mi insaciable curiosidad, abrí el sugerente enlace.  Cuanto más leía, más información ansiaba, sorprendido sin duda por la ejemplar muestra de sacrificio que esos bichitos están dispuestos a asumir en aras del bien común. Un bien que es comúnmente escaso en la avanzada sociedad humana.

En la colonia termitera son las “termitas soldado” las que defienden a su comunidad pero, cuando las cosas se ponen feas, hasta las obreras se emplean en su defensa. Son curiosamente las obreras de avanzada edad las que desarrollan unos cristales que, unidos a una sustancia segregada dentro de su organismo, produce una reacción química que es letal para intrusos y enemigos impertinentes. Basta tan solo con hacer estallar su propio abdomen, que causa la muerte de la termita,  para que los compuestos químicos reaccionen y acabar con los enemigos en un santiamén.  Dicho de otra forma, el individuo muere para que los congéneres vivan.

La historia está llena de casos de seres humanos que han dado su vida por los demás, normalmente movidos por los hoy tan perseguidos, denostados y calumniados valores cristianos. Recuérdense los casos de Ignacio Echeverría, Gaetano Nicosia,  Maximiliano Kolbe, Arnau Beltrame, Helena Agnieszka y una interminable lista  de personas que, siguiendo el ejemplo del que se dejó crucificar por todos nosotros, sacrificaron sus propias vidas para salvar las de otros muchos.

Pero desgraciadamente muchos de los de nuestra especie, quizás tratando de esconder sus propias miserias, manifiesta mediocridad, escaso bagaje cultural y laboral y profundo desprecio por los que no opinan como ellos,  desdeñan los valores cristianos sobre los que se cimenta nuestro mundo y ensalzan otros que tampoco conocen en su integridad. Y así  comprenden, admiran y promueven culturas que amparan la mutilación genital de las niñas, la limitación de su acceso a la educación, las discriminatorias y carceleras prendas que ocultan sus rostros, la esclavitud sexual que llega al vil asesinato por negarse a matrimonios indeseados.  Muchos de estos personajes buscan en la política punta de lanza de sus pobres carreras en la vida civil.  Políticos advenedizos que se vanaglorian de legalizar abortos a los dieciséis años y sienten orgullo por indultar a una “madre defensora” que, negando la educación más elemental a su hija, la tenía como un animal salvaje apartada de la civilización.  Feministas de escaparate y de lenguaje retorcido e imposible de soportar en el que tantas veces se enredan pero que muchos mojigatos y peleles de lo políticamente correcto imitan como gesto de estúpido intento hacia la igualdad de género.  Dirigentes que sacrifican a servidores públicos de brillante trayectoria e integridad profesional para contentar a sinvergüenzas y asegurarse la continuidad en el poder. Gente que banaliza el aborto y la eutanasia como iconos de libertad y que no enseñan ni ayudan a crear alternativas que posibiliten apostar por la vida.

Corruptos y vividores de las empresas que les da de comer y que se venden por un puestecito a la sombra. Parásitos  y chupaculos que ascienden en el trabajo y  en la vida sin dar un palo al agua o dando un palo cuando nadie se dé cuenta. Políticos de pacotilla que se nutren del seguidismo aborregado de crías amamantadas en el individualismo, en el egoísmo y en posturas transgresoras que venden como progresía y libertad.  Mutación dominante en la especie “Homo Sapiens” que evoluciona en el “ande yo caliente” que les permite vivir mejor a costa de la inacción y el entreguismo de sus adoctrinados ciudadanos y votantes.

Y mientras ocurre todo esto y no nos falte una media de gambas, sea como sea la fuente de donde vengan, esta panda de charlatanes y mangantes seguirá vendiendo su discurso al pueblo fiel y sumiso que no hace nada para evitarlo. Al menos hasta que los entregados ciudadanos, adormecidos por tanta libertad lograda, se den cuenta, como  en el viejo Oeste,  que la pócima mágica para recuperar el pelo que vendían los feriantes, era agua tintada y la media de gambas gratis la acaben pagando con el sudor de su frente.

Seguí leyendo entusiasmado el artículo de las termitas explosivas mientras soñaba con una sociedad distinta, sin ambiciones, sin miedos, sin injusticias, sin imposiciones. Una sociedad en la que los mejores son aquellos que se sacrifican por los demás y no los que sacrifican a los demás para seguir viviendo de lujo. Una sociedad que muchos se empeñan en hacer desaparecer para no poner en peligro su mortal paraíso terrenal, pero que pervivirá mientras haya un ser humano que tome el testigo del que aquel carpintero que murió por lograrla y perpetuarla en el cielo.

Paco Zurita

Mayo 2022

Destacada

ALMA COFRADE RENOVADA

El pasado domingo fue uno de esos días en los que mi alma cofrade se recarga de ilusión y  de ganas de seguir trabajando por la Iglesia desde una hermandad.  Y es que,  también impregnado de la fuerza del Espíritu Santo que quince hermanos recibieron por medio de nuestro obispo durante su confirmación, me sentí renovado y fortalecido por esa misma fuerza que hace muchos años, siendo aún muy joven, recibí de manos de D. Rafael.

En este mundo nuestro en el que prima la desacralización y las banalidades mundanas, me llena de orgullo que en el seno de mi hermandad haya personas que quieran vivir su fe en Cristo y trabajar por su Iglesia. Me llena de profunda satisfacción y entusiasmo que, más allá de la Cuaresma, de la salida del Martes Santo, de esa belleza exterior que tiene nuestro mundo cofrade, encuentren en la palabra de Dios un camino de servicio al prójimo y un modelo de vida que mostrar a los demás.  Me llena de motivos y de ganas de seguir trabajando que,  de esta tierra, muchas veces incomprendida, menospreciada y criticada  por tantos, haya espigas que germinen y den mucho fruto.

Y así, disfrutando de ese momento sublime en el que esos hermanos recibían con gozo la fuerza del Espíritu, contemplaba con pasión inusitada el fruto del amor de Dios. Un amor transmitido a sus preparadores, que cada viernes no han faltado a la cita. Un amor transmitido a nuestro obispo D. José, a nuestro párroco D. Carlos y  a los sacerdotes y diáconos que concelebraron el acto. Un amor transmitido a los confirmandos cuyos rostros reflejaban la alegría del regalo recibido tras dos años de preparación. Un amor repartido a manos llenas a cuantos participaron en ese momento mágico que evocaba a aquel primer Pentecostés.

Fue un verdadero regalo ver a un padre y a un hijo confirmarse juntos. Fue una verdadera delicia ver un  joven, confirmado el pasado año, ser el padrino de su madre. Fue una inigualable dádiva ver a dos costaleros portando sus molías de plata en la solapa confirmando con alegría su fe en Dios.

Apagados ya los ecos de cornetas y tambores, de las crónicas pasajeras y vanaglorias mundanas de la pasada Semana Santa, junto a mi alma cofrade renovada, fueron muchos los miembros de la Junta de Gobierno y hermanos en general que sintieron como propios los soplos del Espíritu Santo que nos recordaban para qué trabajamos, para qué somos miembros de una hermandad, para qué nos quiere Dios en el seno de las cofradías.

La Virgen del Desconsuelo, como aquel día del Pentecostés, nos miraba y nos guiaba desde arriba.  Y yo la miré a Ella y a esos quince…. Y sonreí pensando en el hermoso futuro que aún le espera a este mundo.

Paco Zurita

Mayo 2022

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PREGÓN FLAMENCO DE LA SEMANA SANTA DE JEREZ

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A MI PADRE

Quiso Dios que yo naciera un día de San José que, además, era Domingo de Ramos. Me llamaron Francisco por aquel abuelo al  que, desgraciadamente,  no pude  conocer y José por haber llegado al mundo en tan señalado día.

Era demasiada tentación para mi padre poder bautizar a su primer hijo ante su Virgen del Desconsuelo la mañana de un Martes Santo de 1967. Y esa misma  tarde mi padre vistió la túnica rojinegra orgulloso de tener a un hijo, ya bautizado,  al que transmitirle todo el amor que sentía por su Hermandad.  ¡Y vaya si lo consiguió…!

Hoy, siete de abril de 2022, en el que mi padre cumple 83 años y yo paso de los 55, no siento el menor rubor en reconocer el profundo amor y admiración que siento por él, por su ejemplo, por su legado. Porque es de esas personas que lleva en su sangre la nobleza y la elegancia de dar sin pedir nada a cambio.  De transformar el mundo que le rodea para hacerlo más justo y mejor.

De saber ver lo bueno que existe en cada corazón humano sin importarle el daño que le han causado muchas veces.

De aceptar la voluntad de Dios y los malos momentos con determinación y  una sonrisa.

De ver felicidad en las ocasiones en los que otros ven martirios

De mirar a los ojos cara a cara  a cualquiera que se cruce en su camino sabiendo que tiene el alma limpia y el corazón puro.

De saber decir las cosas sin ofender y de escuchar las ofensas sin guardarse reproches…

El tiempo pasa y con su magistral lección de vida, todos vamos comprendiendo los desvelos y enseñanzas de aquellos que guiaron nuestros primeros pasos y nos mostraron el camino que debemos seguir en nuestro peregrinar. Y sonrío al comprobar que cada día, aún sigue mi padre dándome la mano cuando las cañadas se vuelven estrechas y oscuras.

Mirándome en su espejo, trato con todas mis fuerzas de hacer lo mismo con mis hijos para que algún día, ellos también lo hagan con los suyos.

Muchos me llaman Santiago. No me importa; No los corrijo, sonrío y contesto. Él no me dio su nombre porque quiso que mi madre tuviera un hijo que se llamara como el padre que tan joven perdió. Y, sabiendo que Dios siempre está detrás de todo, yo también sonrío al  saber que pareciéndome a mi abuelo, llamándome Paco Zurita, me llevo un trocito de cada uno. Al fin y al cabo, con orgullo indisimulado de hijo, pregono a los cuatro vientos que SANTIAGO ZURITA, sólo puede haber uno.

Paco Zurita

Abril 2022

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VERGÜENZA

No sé por qué cuando empecé a leer en el Diario aquella impactante noticia de la paliza que cuatro individuos propinaron a un indefenso discapacitado mental, enseguida pensé que se trataría de jóvenes de corta edad. Supongo que tal deducción tendría que ver con la proliferación en redes sociales de vergonzosos videos de casos similares protagonizados precisamente por adolescentes.  Pero conforme fui avanzando en la lectura, identificados y detenidos los autores, mi sorpresa fue mayúscula al saber que la edad del más joven era de 20 años y el mayor tenía 47.

Y al ver la foto del pobre muchacho, cubierto su rostro de vendas  y postrado ausente en la cama de un hospital, sentí la  lógica pena por su sufrimiento y un profundo sentimiento de repugnancia y también de tristeza por los autores. Porque, de alguna manera, toda la sociedad en su conjunto es responsable de esta ola de maldad y  de violencia que está engendrando tantas alimañas entre niños que nacieron humanos.

Llegados a este punto, es lógico y normal que se les aparte de la sociedad por el tiempo que la Justicia determine. Pero, desgraciadamente, el mal que se les ha inoculado seguirá germinando en sus dañados corazones para seguir haciendo daño a su salida de la cárcel.

El problema es mucho más profundo y tiene más que ver con la falta de valores  con los que muchos adultos de hoy fueron educados y tratados  cuando eran niños. Son esos hijos de la violencia vivida en sus hogares, de injusticias consentidas en los colegios, de comportamientos no corregidos a tiempo por los mayores y de la confusión generada en los valores que deben imperar en cualquier sociedad que se considere civilizada.

En el afán por promover libertades en esa juventud que empieza a vivir, hemos hecho dejación de nuestras obligaciones  al no inculcar el respeto a los mayores, a los profesores que son ninguneados por los niños, por los padres y por los responsables políticos. Hemos de ser especialmente persistentes en la defensa de los desfavorecidos, de los discapacitados, de los diferentes en ideologías, credos o culturas.  Hemos mirado para otra parte cuando hemos dejado que esos abusos inoculados en sus incipientes conciencias se hayan traducido en comportamientos violentos e inasumibles para cualquier sociedad que se considere justa y solidaria.

Hay que dejar aparte posicionamientos interesados y egoístas, más tendentes a adoctrinar que a educar. Hemos de respetar la libertad del individuo en todo aquello que concierne a su conciencia pero, al mismo tiempo, ser tajantes en la defensa de la dignidad y  del respeto que merecen los demás. Es imprescindible detectar desde pequeño cualquier atisbo de violencia física, verbal o de cualquier  otro tipo que practique un niño contra otro, máxime cuando ese otro no ha sido tan bien tratado por la naturaleza o convierta el acoso por sus debilidades en acoso futuro a los demás.  Y está claro que estamos fallando cuando aumentan sin cesar los casos de violencia, abusos, maltratos, lo que violaciones y falta de la más absoluta misericordia con los que sufren.

Por eso siento de veras el dolor que ha recibido ese pobre muchacho golpeado por todos los que han ejecutado, propiciado y consentido un comportamiento tan vil y cobarde. Y también siento de veras que hayamos forjado seres frustrados que tengan que recurrir a ese execrable acto de violencia para llenar de sentido su existencia.

Nos queda la esperanza de buscar un mundo mejor aprendiendo de nuestros errores y así luchar sin descanso para alcanzarlo algún día, con palabras, con ejemplo, con determinación. Mientras tanto, compartiendo en la distancia el dolor de la víctima y de su familia, pido a Dios que le haga llegar al menos el aprecio y cariño de todas las personas de buena voluntad que sufren con él por lo acontecido.

Paco Zurita

Febrero 2022

Destacada

EL ARMONIO CALLADO

Aquella tarde, en el viejo templo, reinaba un sepulcral silencio. El  vetusto y cansado armonio de San Mateo sólo se dejaba manejar por las manos de Agustín que, como buen amo que conoce a su criatura, le sacaba con infinita paciencia algunas notas provechosas para acompañar la misa de cada lunes. Quizás por ello, celoso de su amo y sin palabras que decir por la dolorosa ausencia, permaneció callado junto al féretro de aquel hombre que durante tanto tiempo lo hizo sonar con tanto cariño.

Miré el ramo de flores sobre la banqueta vacía que también contenía el aliento para no hacer sonar el aire que llenaba de música los tubos huecos de aquella antigualla. Y en el silencio, como ecos que resuenan en nuestra memoria y se van apagando lentamente, podíamos intuir con asombrosa realidad aquellas notas, a veces intrusas, pero siempre sinceras y llenas de pasión que el droguero de San Mateo arrancaba al cansado instrumento.

Aquel buen hombre era el alma del barrio que desde muy joven habitó entre sus muros, ganándose la vida en la pequeña y coqueta droguería donde artistas de toda la comarca buscaban productos únicos para sus lienzos. Y en la puerta del negocio, alumbradas por el sol de primavera, una a una iba dando a luz sus propias pinturas llenas de estampas nostálgicas de un Jerez de otros tiempos.

El alcalde del barrio, como cariñosamente se le conocía, soñaba con verlo bullir de nuevo, lleno de la vida de antaño en la que cientos de niños jugaban en la plaza del Mercado ante un palacio de Riquelme que aún conservaba sus techumbres. Y luchó incansablemente cada día de su vida porque así fuera, dando lo mejor de sí en compañía de su esposa María para hacer la vida de su gente más fácil, más alegre, más humana…

Pensaba en todo aquello y miré de nuevo la escena de aquella conmovedora despedida. Las velas encendidas sobre el altar consumían lentamente los trazos de colores con los que el pintor las estampaba cada Cuaresma. Y el retrato de Santa Ángela de la Cruz y una de las estaciones de penitencia que dejó con su firma parecían contestar a las letanías del Rosario que él rezaba cada lunes.

Son las ausencias de esos seres que se han hecho querer en este mundo las que se hacen dolorosamente patentes cuando nos damos cuenta del vacío que dejan en nuestras vidas.  Son esas ausencias las que nos recuerdan nuestra efímera y pasajera  existencia. Son esas ausencias las que nos hacen darnos cuenta de que cuando nos marchamos de este mundo, tan desnudos como nacemos, sólo llevamos en el equipaje el amor que hemos regalado en esta tierra.

Y así, reconociendo los que allí estábamos ese profuso equipaje de amor que se llevaba Agustín Pérez González a su droguería eterna, no había mejor música que ese silencio que lo  decía todo, que lo llenaba todo, que expresaba, como un coro de almas calladas de emoción lo mucho que queríamos a Agustín.

Queda su obra, su tenaz y abnegada lucha por el barrio, su bondadosa y humilde entrega por los demás y, sobre todo, queda el ejemplo de un cristiano que supo, con su cariño,  ganarse un barrio nuevo en el San Mateo de los cielos.

Paco Zurita

Febrero 2022

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UNA RETABLO EN LA CALLE JUSTICIA

La calle Justicia, según el libro del académico y prestigioso archivero del Ayuntamiento de Jerez “Noticia histórica de las calles y plazas de Xerez de la Frontera” publicado en 1903, ya aparece así nombrada en 1581, debiéndose suponer que tomaba ese nombre porque allí tenía su domicilio el “Corregidor y Justicia mayor de la ciudad”.  También es cierto que a mediados del s. XIX fue ejecutado un reo en la plaza del Mercado esquina a  esta calle, habiendo existido en una esquina de la casa del número 12 una cruz de hierro en recuerdo de este hecho. Otras calles “Justicia” existieron en Jerez a lo largo de la historia que tuvieron relación con este poder del Estado que tantas veces olvidamos,  pero es la que cruza buena parte del intramuros jerezano desde San Mateo hasta San Juan la que pervive hasta nuestros días.

Amante como soy de pasear, dejándome embriagar de historia, por las viejas calles y callejuelas del Jerez más rancio, no hace mucho alertó mi curiosidad el remozado lienzo de un viejo casco de bodega.  Avanzaba, ya de noche, desde la monumental plaza del Mercado cuando, a la altura de Alcaidesa, la vieja y casi abandonada bodega que allí se levantaba estaba recién restaurada y blanqueada.  Una sonrisa de satisfacción se fue dibujando en mi rostro al ver cómo hay personas que apuestan por recuperar esos tesoros escondidos que  alberga el centro histórico de nuestra ciudad.  Subí encandilado el ligero repecho hacia donde la calle se ensancha y allí, flanqueado por dos coquetos farolitos, un retablo cerámico recién puesto me llenó de gozo. Era de mi Señor de las Penas que tantas veces ha pasado por esta calle a lo largo de sus más de 300 años de historia de su hermandad.

Sonreí al verlo y recé un ratito fijando mi mirada en la profundidad inmensa de la suya. Y le pedí por ese señor que ha tenido el coraje, pero también el enorme acierto, de apostar por el patrimonio de su tierra, por su cultura, por  su economía y bienestar.   Le pedí de corazón que tenga éxito en su empresa, que lleva un nombre tan ligado al mundo del vino y que bendijera a cada persona que trabaje entre sus viejos muros.

Aunque la justicia de los hombres no siempre está a la altura de lo que se espera de ella, no ocurre lo mismo con la divina. Y ya reinando en ese tramo de la vieja calle, el Señor de las Penas la derramará en abundancia para todos aquellos que pasen por allí y, cómo no, para aquel que se acordó de Dios en esta apasionante empresa que ahora comienza.

Paco Zurita

Enero 2022

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UNA MARIPOSA POR LOS QUE ESTÁN EN EL CIELO

Hoy que sigo empeñado en hacer limpieza de papeles, cacharros y otros enseres, que he ido guardando sin reparo a lo largo de muchos años, he encontrado una cajita de mariposas. Recuerdo que se la compré, aunque he olvidado cuánto tiempo hace de ello,  a Carmen, la entrañable propietaria de la añorada droguería España en la plaza de Plateros.

No pude resistir en aquel momento la tentación de adquirir un cajita de esos pequeños “pabilos flotantes”, que me evocaban  lejanos tiempos en los que,    por la fiesta de Todos los Santos, mis abuelas y tías encendían mariposas por los difuntos a la Virgen del Carmen.  Y, aunque no era el mes de los difuntos ni tampoco el día  de la Virgen del Carmen,  no pude resistir la tentación de encender una de esas mariposas  para revivir aquellos queridos recuerdos.

Bastaba un vasito o recipiente de cristal donde se vertía agua y aceite, esos dos elementos que, no pudiéndose mezclar, toma cada uno el lugar que le ha destinado la naturaleza,  dejando al menos denso óleo en la parte más elevada.  Una vez se separaban ambos elementos, bastaba con dejar flotar un circulito de corcho con un papel de aluminio en su parte superior y encender el pabilo,  que atravesaba a uno y a otro, sobre el aceite del que bebía la llama.

No quería que mi intención quedara en el mero capricho de recordar cómo era aquel sencillo y familiar proceso y me acordé también de las verdaderas intenciones que llevaba el acto. Y pensé  en tantas cosas que nos preocupan cada día, en tantas personas que necesitan de nuestras buenas intenciones, en tantas necesidades que pasan los desfavorecidos de esta sociedad, en tantas y tantas cosas que no se pueden lograr de otra manera que encendiendo  una lámpara a Dios. Y me acordé también de los que ya no están entre nosotros pero, aunque no los veamos, siguen estando de alguna manera representados en esa luz encendida.

Puse la mariposa ante esa Sagrada Familia que sigue recordándonos en casa que hoy sigue siendo Navidad.

Puse esa diminuta pero brillante luz ante ese Niño que nos recuerda que la vida es eterna para todos los que cree en él.

Puse esa luz ante su madre y ante ese San José que nos repite cada día que hay que confiar en ese Niño a pesar de las dificultades que nos pone la vida.

Y puse esa mariposa por todos aquellos seres queridos que la encendieron en su día y hoy la contemplan cara a cara. Ellos siguen velando por nosotros e interceden ante Dios por nuestras intenciones.  Sin duda nos estarán animando para que nunca dejemos de encender esas mariposas que ellos encendieron en este mundo porque saben en verdad cómo es  la verdadera luz que evocamos y que ellos ya contemplan en el cielo.

Paco Zurita

Enero 2022

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2022; UN NUEVO COMIENZO

Muchas veces tenemos la tentación, incluso la necesidad de buscar en el pasado un tiempo al que aferrarnos……

Posiblemente porque me faltaba poco para cerrar mi etapa de treinta años en el banco, el mes pasado me escapé con mi esposa en busca de un tiempo y  de un lugar que dejamos atrás tratando así, inútilmente, de agarrarme a ellos.

Calatayud fue mi primer destino como director en la entonces Caja Madrid y con veintisiete años y recién casados, la vida nos sonreía. Lejos de nuestras familias pero llenos de ilusiones, en aquella ciudad aragonesa forjamos nuestro matrimonio y nuestro porvenir. No exenta de renuncias y sacrificios, aquella etapa dejó entrañables recuerdos en nuestras vidas. Quizás por ello, próximo al omega de esa parte de mi existencia, busqué el alfa….¡En vano! Y digo en vano porque tantos años después de aquel comienzo, no fuimos capaces de revivir nada de lo que vivimos entonces.

Ya no existía el  bar donde compartíamos buenos ratos, ni la confitería donde comprábamos turrones.  El viejo convento derruido frente a casa era ahora un lujoso hotel y mi antigua oficina se había convertido en   un bazar chino. Ya no estaban las personas que conocimos, ni Tomás, el viejo párroco de San Juan, ni nadie recordaba a aquel muchacho andaluz que llegó cargado de ilusiones. Pero sobre todo, nosotros ya no éramos los mismos que fuimos entonces.

Nos miramos a los ojos y lo entendimos al instante. Al día siguiente nos despedimos de Calatayud y de aquella etapa de nuestra vida y regresamos a Jerez por una ruta inexplorada y desconocida que atravesaba tierras inhóspitas del alto Tajo, tratando de evocar con este gesto la búsqueda de un nuevo comienzo, de una nueva etapa llena de incertidumbre pero al mismo tiempo retadora e ilusionante.

Quizás era necesario que viviera esa experiencia para darme cuenta de la inutilidad de aferrarse al pasado sintiendo  nostalgia por todo lo bueno que dejamos atrás. Quizás Dios me abrió los ojos para que reconociera cuán falaz es querer parar el reloj de la existencia cuando sigue corriendo y renunciamos así a vivirla.

Cuando llegamos a Jerez eché en falta mi bufanda y traté de recordar dónde me la había puesto por última vez.  Busqué entre las fotos del móvil  y me percaté enseguida. Fue en el mirador de la Virgen de la Peña, la patrona de Calatayud. Allí se me cayó al montarme en el coche antes de iniciar el camino de regreso.  Y allí también  me dejé  una parte de mi vida de la que guardo gratos recuerdos que no quisiera manchar de vanos deseos.  Era una bonita bufanda que me  regaló mi esposa, como  también me regala hermosos momentos cada día, cada hora, cada instante que aún Dios nos permita vivir. Y aún me podrá regalar otras que pueda lucir en lugares nuevos, en tiempos nuevos, en experiencias nuevas.

Acaba el año 2021 y con él termina una gran etapa en el banco y en mi vida que tuve la suerte de vivir intensamente. Empieza 2022 y con él una  oportunidad de vivir nuevos comienzos, nuevas ilusiones, nuevas historias por escribir. Acaba una etapa y comienza otra y aquí sigo yo mientras Dios quiera cargado de buenos deseos, ganas renovadas y firme propósito de no mirar atrás para buscar lo que ya no existe.

¡Feliz Año Nuevo!

Paco Zurita

Destacada

FELIZ NAVIDAD

Paco Zurita
Navidad 2021

Puede que esperes, hermano,
salud, riquezas y amor.
Si no lo quiere el Señor,
sabes que esperas en vano.
Pero si vas de su mano
y confías de verdad
hallarás felicidad
en aquello que Dios quiere
porque fuere lo que fuere
Él te espera en Navidad

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PICCOLO

Hay personas que convierten la calle en un lugar más hermoso, más placentero, más humano. Son aquellas almas únicas que disfrutan de la vida y hacen de ella una pasión y un arte que transmiten de forma natural  a los demás. Y hoy,  que ansiaba un rato de evasión y dejarme embriagar por  la preciosa mañana de otoño jerezano, me escapé fugazmente de mi oficina deambulando por calles aledañas. Ya de vuelta,  quizás resistiéndome a volver a la rutina, me paré un buen rato a charlar  con mi amigo Manolo Romero Barragán.

En plena calle Larga, frente al arco de la de Gravina, mi amigo se planta cada mañana con su caballete y su ristra de pinceles para dibujar con acuarelas el alma de Jerez. Tan bien  la retrata con sus prodigiosos  trazos de colores que, no sólo cautivan a nuestros ojos, sino a los cinco sentidos de todos aquellos que reconocemos  a qué sabe, a qué huele, cómo suena y cómo eriza la piel  la magia  y el hechizo  de nuestra tierra.

Cada lámina pintada por Piccolo, que así firma sus obras adoptando el segundo apellido de su madre, es un diálogo vivo entre sus personajes y evoca lugares, tiempos y vivencias que afloran generosas desde lo más profundo del propio ser. Son escenas que cobran vida y que se salen de la propia obra para compartir con quienes las contemplan innumerables recuerdos, palabras y sensaciones  que Piccolo expresa con cada trazo.  Escenas que aprendió a amar de niño de la bodega donde trabajaba su padre, del tabanco que regentaba su abuelo, de toros y de Flamenco, de doradas albarizas y de azul Guadalquivir de su Sanlúcar paterna.

De ascendencia  italiana lleva ese apellido  “Piccolo” que significa “pequeño”y  que él  ha hecho “grande” con cada una de sus obras; un prodigio de arte y de puro ensueño pictórico.  Y como  uno de tantos artistas jerezanos que rebosan talento que emana de una manantial de grandeza ancestral, sólo rascando un poco en su piel de inocente modestia, quedé aún más absorto y perplejo cuando, móvil en la mano, fue mostrándome los óleos que lleva cincuenta años pintando; Y era un tesoro escondido…… Lienzos de oscuros grises donde surgen con fuerza luminosa aquellos elementos principales que el artista resalta con armonía portentosa.   Mientras yo me admiraba, él me confesó con pasmosa humildad que ya había expuesto en varias ocasiones  pero que prefiere la calle y las láminas de acuarelas que, al pesar menos que los incómodos lienzos, lleva y vende con mayor facilidad.  Y si los ingresos de su pintura flojean, retoma su trabajo de guardia de seguridad para salir del bache.

Caprichos de un ciclista  de la quinta de Perico Delgado  que obtuvo grandes premios con las dos ruedas y que sigue pedaleando por la vida a golpe de pincel, libre ante el viento y siempre con una sonrisa en la cara. Excepcional cualidad de los bohemios que viven con lo justo y hacen justo lo que quieren para ser felices.

Me volví a mi rutina entre las cuatro paredes  de mi oficina, alumbrada con neones y ventilada por las rejillas del aire acondicionado. Me quedé pensando en él, en la vida y en lo que verdaderamente importa. En ese deseo de prolongar la placentera sensación de respirar aire fresco y naranjos en plena recolección, abrí el rollo de acuarela que me regaló minutos antes; un trozo de Jerez y de su vida, dibujados por un verdadero artista que algún día valdrá un imperio.

Paco Zurita

Noviembre 2021

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MANUÉ

Apartados del  bombardeo mediático al que nos someten en Halloween con sangrientos cadáveres y de niños martilleando de forma inmisericorde los timbres de nuestras puertas hasta fundirle los plomos, aún quedamos muchos a los que nos sigue apeteciendo celebrar con frutos secos el día de todos los Santos.  Y así, con el deseo de celebrar la vida de los que están allá arriba y no los muertos vivientes que nos fastidian aquí abajo,  tras tantos meses de pandemia, este pasado día 1 de noviembre disfrutamos en nuestra casa de hermandad de una  entrañable convivencia que rematamos con unas deliciosas castañas asadas.

En Jerez, en esta época del año, proliferan los asadores de castañas que inundan de humo y de aroma las calles y plazas de nuestra ciudad. Fruto de un arte heredado de los mayores, los castañeros jerezanos utilizan una técnica que convierte la áspera textura del fruto  crudo del castaño  en un manjar exquisito.  Y aunque parezca sencillo a simple vista, sólo los más experimentados consiguen el asado perfecto que hacen del proceso una verdadera obra de arte.

Ávidos de disfrutar del manjar en nuestra propia hermandad, me dispuse a buscar a uno de estos artistas de la castaña que estuviera dispuesto a llevarnos a domicilio los artilugios y su destreza para deleite de pequeños y mayores. Y con ese propósito recorrí calles y plazas recibiendo corteses negativas por respuesta. Ninguno quería perder el sitio que se había ganado a pulso en cada rincón de Jerez. Todos menos…. MANUÉ.

Era ya de noche,  víspera de Todos los Santos y Manué estaba en su humeante puesto meneando hábilmente la cazuela con las castañas que asaba cuando paré mi coche para jugar mi última carta.  Me acerqué decidido y, tras escuchar mi honesta proposición, me miró con ojos bondadosos y me preguntó; ¿A qué hora queréis las castañas porque aquí tengo que estar de vuelta a las seis de la tarde?  

Pues a las cuatro estará bien, le dije, deseoso de fichar al artesano para  que nos preparara el manjar tras la comida.

Y como un clavo, a las tres de la tarde llegó Manué, con el tubo y el carbón, la cajas y las rejillas, las castañas y su arte para que  a las cuatro todo estuviera a punto para convertir los ásperos frutos en manjar de dioses.

Me decía mientras trabajaba que nunca le ha faltado la faena. Que en los setenta y tantos años que tiene de vida, ha hecho de todo; coger higos chumbos por las mañanas y venderlos pelados  en una playa,  peinar los campos en busca de tagarninas  y venderlas limpias en  la plaza  al alba. Recolectar montañas de azufaifas que hacían las delicias en la feria. Hacer picón en invierno y la vendimia en otoño, vender cacahuetes y almendrados en primavera o camarones en el tórrido verano. Y así desde que era un niño, sin saber leer ni escribir pero “bien puesto” en cuestión de cuentas para no lo engañara nadie como me dijo orgulloso y sonriente. Y añadió, el quiere trabajar… trabaja. Y esta tierra, añado yo, la gente trabaja un montón.

La sobremesa fue deliciosa gracias a Manué, a sus historias y a sus castañas. Y mientras compartíamos cartuchos de esas delicias calentitas,  nos acordamos de todos los seres queridos que ya están en el  cielo y que, a buen seguro, se alegran en la distancia con nosotros.

Paco Zurita

Noviembre 2021

Destacada

A ti, Mercedes

La naturaleza le regaló una extraordinaria belleza y la vida bienes y posición social al alcance de muy pocos. Pero el regalo más hermoso que recibió Mercedes fue el que el mismo Dios le hizo; un corazón puro y limpio con el que saber disfrutar de los dos anteriores. Y es que no todos saben aprovechar los talentos que hemos recibido en la vida y devolverlos al Señor multiplicados como él espera de nosotros.
De la afabilidad y del saber estar en cada momento y circunstancia hacía Mercedes la quintaesencia de la elegancia, sin importar si era “grande” o si era “chico” el ser humano que se cruzara en su camino. Simplemente se sumergía en el mundo que la rodeaba y con él entablaba una relación fácil y prodigiosa, haciendo de su interlocutor un ser afortunado. Y así la recuerdo siendo yo muy niño; limpiando plata en la casa de hermandad, preparando bocadillos para un acto benéfico o dejándose las manos en las púas de los cardos que adornaban el paso del Señor de las Penas. De igual manera atendía a dignatarios, ministros, obispos o personas de alta alcurnia que aún se sentían más importantes y dichosos por conocer su talento y gozar se su amistad.
Los bienes materiales que nos tocan en esta vida son un instrumento que adquieren su verdadero valor cuando se saben emplear bien. Porque hay unos que hacen de lo poco, mucho, y otros de lo mucho, poco. Y sólo aquellos que saben valorar al ser humano por lo que es y no por lo que tiene, son los que poseen el verdadero tesoro de verse reconocidos por lo que son.
Y cuando se para el reloj de esta vida basta mirar a nuestro alrededor para hacer balance de la misma. En ese último adiós estaba todo un elenco de almas expectantes que supieron verse amadas por su riqueza interior y que tan naturalmente ella sabía apreciar. La de la voz quebrada que le cantaba por bulerías, el del capote templado de medias verónicas, el del fino humor de alegres veladas, el que se sentía honrado cuando probaba sus tapas, el de impoluta chaqueta que admiraba su clase o el de porte desgarbado y humilde que también compartió su mesa. Allí estaban todos…. Y los que no estaban en la iglesia de San Mateo, porque no se cabía, lloraban en silencio sus recuerdos de aquel hermoso ser humano que se nos marchaba.
Y es que Mercedes Domecq Ybarra rompía las barreras que la sociedad impone a los que son esclavos de sus supuestas grandezas, y ella se hacía aún más grande haciéndose más pequeña, dándoles su sitio a todos, regalándoles cariño y confianza adornadas con su hermosa y encantadora sonrisa.
Pues sí, Dios le dio muchos talentos a esta gran mujer y bien sabía Él a quien se los daba porque al término de sus setenta años de vida, compartió buena parte de ellos con los que menos habían recibido, repartió amistad y alegría, fue esposa de su esposo, madre de sus hijos y señora, siempre señora en su hermandad y en la vida. Y tras repartir la mayor parte de esos talentos entre tantos hermanos, aún le quedaron los justos para el Señor de las Penas. Los que Cristo, en la desnudez del Calvario, sólo espera y desea que le devolvamos el día de nuestra partida; un simple manojo de cardos florecidos para ponerle a los pies de su peña eterna.

octubre 2021

Paco Zurita

Destacada

LA CULTURA DE LOS TOROS

Con la gracia única y universal de la gente de mi tierra, me quedé pensando en la imagen de un toro luciendo flamenca mascarilla en el bar “Las Banderillas” de Jerez.  Y es que ignorantes de nuestra historia o  temerosos de nuestra fuerza en común,  muchos preferirían que fuera bozal para que no hable y diga lo que piensa.

Probablemente el llamado toro de lidia o toro bravo (Bos primigenius taurus) sea el mayor punto en común que tenemos, no sólo los españoles, sino todos los pueblos que conforman   la península ibérica. Y es que es difícil no encontrar su huella e influencia en cualquier pueblo de nuestra geografía peninsular.  Quizás por ello, a pesar de estar enraizada en las costumbres y fiestas populares de cada rincón de España, independentistas y alérgicos a cualquier cosa que nos una, hacen cuanto esté en sus manos por acabar con él. Eso sí, de cara a la galería,  porque se siguen celebrando más de 450 “correbous” en Cataluña demandados y aclamados por muchos catalanes.

El emblemático toro bravo tiene en las tierras hispanas el último reducto de supervivencia de una especie desaparecida en el resto de Europa, que prefiere bovinos más tranquilos, de carne más tierna y, sobre todo, más barata de producir.  Al fin y al cabo, los toros de lidia viven en libertad a “cuerpo de rey” pastando en grandes dehesas de verdes pastos.

Es la fiereza  y orgullo de ese toro bravo el que ha cautivado  a nuestra España a lo largo de la historia y que ha llevado a muchas generaciones a preservar su especie, constituyendo el culto al toro, elemento privilegiado en  nuestra cultura y arte populares.

Nos guste o no nos guste, ese casi mitológico animal forma parte de nuestra vida cotidiana hasta en los más mínimos detalles.  El toro es ensalzado por pintores, poetas, escultores, músicos o actores. Su presencia se deja sentir en bares, restaurantes, museos, prendas de vestir, marcas, emblemas, recuerdos turísticos, publicidad… Y  hasta ha sido “indultado” de nuestras carreteras el famoso toro de Osborne, como única publicidad permitida en los campos de España.  De su mundo viven miles de personas que encuentran en torno a él un modo de vida que sitúa a nuestro país como destino turístico por sus muchas fiestas en torno al toro reconocidas internacionalmente.  No son pocos los artistas e intelectuales de todo el mundo (de izquierdas o de derechas) que han ensalzado su cultura y han mostrado su admiración por su mundo.

Pero claro, con la excusa de la barbarie que representa su lidia, muchos ignorantes se muestran beligerantes contra la tauromaquia y no tienen los “bemoles del toro” para denunciar verdaderas aberraciones y barbaries que se comenten contra seres humanos aduciendo motivos de respeto a otras culturas o religiones. Y, así, mujeres  son sometidas a mutilaciones genitales, privaciones de libertad, discriminación, sometimiento sexual y otras atrocidades que harían vomitar al mismísimo toro bravo que, al fin y al cabo, tiene más honor y vergüenza que esos mudos aquiescentes .  Y creyéndose los únicos jueces de lo que es Cultura o lo que no, excluyendo los espectáculos taurinos del lote cultural, apuestan por unos productivos bonos para jóvenes que, saliendo de nuestros maltrechos bolsillos, prometen pingües beneficios electorales. Quizás algunos de esos jóvenes tengan la nobleza del toro y embistan contra tan burda manipulación de sus conciencias porque el orgullo ibérico sigue fluyendo por sus venas.

Antes que morir como un pato al que revientan el hígado a base de sobrealimentación para hacer el mejor foie gras, el toro preferirá morir luchando en una plaza tras años de buena vida en libertad. Y es que su existencia depende de la admiración y respeto que siente la mayoría de los españoles por ese bello y noble animal.

Paco Zurita

Octubre 2021

Destacada

AQUELLOS FIEROS CALZONCILLOS

Gracias a Dios empezamos a recuperar la normalidad en nuestras vidas y este pasado fin de semana pudimos disfrutar de las Bodas de Plata de unos queridos amigos. Ávidos de buenos ratos y risas, reprimidas durante tanto tiempo, gozamos en la mesa compartiendo viejas historias y contando anécdotas de aquella época vivida veinticinco años atrás.
El vino de Jerez, además de bueno, rico y saludable, hace aflorar recuerdos entrañables y secretos inconfesables, que bebedores de otros líquidos más insípidos, como decía Shakespeare, nunca podrán entender. Y, con sus prodigiosas propiedades coadyuvantes de la locuacidad, uno tras otro fue escarbando en los recuerdos de aquella época…… Y, así, enlazando temas, empezamos hablando del desaparecido y añorado Cine Jerezano, para acabar haciéndolo… ¡¡¡De los calzoncillos de mi noche de bodas!!!
El cine jerezano se inauguró en 1948 y, a pesar de estar protegido por la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía, languidece entre telarañas de olvido. Antes de cerrar sus puertas en 1998, era un lugar de obligada visita para los amantes de la gran pantalla y acogía los estrenos más esperados. En 1993 muchos jerezanos acudíamos a su sala para para la ver la proyección de la famosa película de Steven Spielberg “Jurassic Park”, que marcó toda una época y ejerció una notable influencia en la sociedad y cultura de aquel entonces. Por lo menos en la mía… Y es que hasta que contraje matrimonio en 1995, los únicos calzoncillos que había llevado puestos en mi vida eran aquellos clásicos “Ocean” de impoluto color blanco e ingeniosa abertura cruzada que facilitaba enormemente las maniobras propias de la micción masculina.
Quizás pensando que para una noche de bodas no eran los más apropiados, mi abuela y tías abuelas, siempre pendientes de mi felicidad, quisieron asegurar el éxito de tan novedosa empresa para mí. Y con estas intenciones salieron de compras para actualizar mi vetusto vestuario íntimo y, aconsejadas por el dependiente de turno, optaron, muy a pesar suyo, por adquirir unos modernos y sugerentes calzoncillos estampados con los simpáticos animales de la película de Spielberg. Apretados al contorno y más largos que mis cómodos Ocean, todo el Cretácico animal poblaba aquella prenda ajustada e incómoda pero que, según las promesas del vendedor, eran la última moda y haría las delicias de la expectante novia.
No estaba yo muy convencido del resultado, pero mi absoluta fe en las acciones de mis queridas abuelas, hizo que me abandonara ciegamente en su sabiduría femenina y dejé en sus manos el destino y éxito de la noche más esperada. Dispuesta mi maleta para el viaje de novios en la casa que iba a ser nuestro hogar, mi aún novia no pudo reprimir la curiosidad de inspeccionar el contenido del equipaje y, según me confesó años más tarde, descubrió con horror aquellos calzoncillos que no hacían presagiar nada bueno. Y es que aún frescos en su memoria los terribles recuerdos de la película, todo ese muestrario estampado del Jurásico le infundía ansiosos temores y presentimientos en forma de gigantescos Diplodocus, enormes y aguerridos Tyrannosaurus Rex o fieros y agresivos Velociraptores dispuestos a cazar y a comerse cualquier ser vivo, «o parte de él», que se le pusiera por delante. Bien es cierto que también había Microraptores y Epidendrosauros de menor tamaño incluso que un camaleón y que le permitía albergar ciertas esperanzas de no ser devorada viva…
Pasada la noche de bodas y aliviada de que aquellos negros presagios fueran sólo eso, mis flamantes calzoncillos fueron cayendo en el olvido y convertidos oportunamente en trapos para limpiar metales, prueba infalible de que no eran del gusto de mi esposa. Tampoco volví a usar mis antiguos Ocean porque, ya convencida de que los dinosaurios de Spielberg no existían en la vida real, renovó mi ropa interior con estampados más relajantes para sus gustos y más acordes con la realidad que había encontrado tras ellos. Y , como buen marido,
acataba sus designios sin rechistar y sonreía por dentro porque tenía la alegría de disfrutar de una esposa, del deseo de formar una familia y de emprender una vida llena de ilusiones y proyectos. Y hoy sonreímos los dos, emocionados por esos imborrables recuerdos y conmovidos de que aquellas ilusiones de entonces, bendecidas por Aquel que nos unió, no se hayan apagado veintiséis años después.
Paco Zurita
octubre 2021

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LOS LIBERTADORES DE CAUTIVOS

No hay bien más preciado en este mundo que la vida, pero… ¿Qué vida merece ser vivida si carece de libertad? Es por ello, por ese deseo irrenunciable a ser libres,  por el que muchos hombres están dispuestos a perder la vida en aras de alcanzar la libertad.

Antes de que el siglo XII apagara sus luces, un aquitano de nacimiento y barcelonés desde su infancia, ya había sentido en sus entrañas el amor por aquellos hermanos cautivos de otros que rezaban al mismo Dios pero al que nombraban de formas distintas.  Pedro Nolasco era un próspero comerciante que entendió que las riquezas no iban a garantizarnos un tesoro en el cielo y, aprovechando sus continuos viajes a tierras moriscas, empleó buena parte de su patrimonio en liberar a esclavos y cautivos que habían sido hechos prisioneros. En 1218 se le apareció la Virgen como respuesta a sus plegarias, en búsqueda incesante por encontrar el camino que su corazón ansiaba. Y así, la Virgen de la Merced le pidió que fundara una orden para redimir a aquellos seres humanos que, aun conservando sus vidas, habían perdido la libertad.

Muchos fueron los liberados por Pedro y por todos aquellos seguidores suyos que formaron la orden de los Mercedarios quienes, una vez que agotaban todos sus recursos materiales, se ofrecían ellos mismos a cambio de sus hermanos presos.

800 años después, parecen lejanas aquellas mazmorras donde la podredumbre y el hedor de los desdichados eran peor aún que sus cadenas.  Y aunque todavía hay lugares en el mundo donde la miseria y maldad humanas no tienen límites, la mayoría de los países respetan la dignidad de los privados de libertad. Y, sin embargo, más que nunca, estamos necesitados de esas almas nobles mercedarias que renuncian a sí mismos para darse a los demás.

Porque siguen siendo muchas las cadenas y cárceles que nos privan de la libertad que cualquier ser humano merece si no pone en peligro la de los demás. Y no son de hierro sus barrotes o de acero sus cadenas, sino de casi imperceptibles telas de araña que tejen los carceleros del siglo XXI.

Las drogas y las dependencias (móviles incluidos ), la desacralización del alma humana que la lleva a vivir de forma hedonista nuestra vida pasajera, la manipulación interesada a través de medios de comunicación, los poderes públicos que no obedecen al deber de buscar el bien común sino sus propias ambiciones,  el abominable adoctrinamiento ideológico de la infancia, la prostitución y explotación de mujeres por redes de cobardes y viles proxenetas que sacan tajada de nuestros vicios y silencios, los abusos de menores por personas sin escrúpulos pero que muchos conocen y callan, las redes sociales manipuladoras de las conciencias más débiles y tantos y tantos ejemplos de privación del derecho a ser uno mismo y a forjarse su propia vida. ¿Acaso no siguen existiendo cárceles y cadenas en este mundo nuestro?.

Hoy, festividad de la Virgen de la Merced, redentora de cautivos y patrona de mi tierra, le pido con fervor que siga haciendo de nosotros un mercedario más y nos unamos a aquella monumental obra de S. Pedro Nolasco de dar libertad para dar vida.  Que sepamos, como él, como ellos,  ver los barrotes y las cadenas que siguen encarcelando a tantos y tantos hermanos. Que también nosotros, con las palabras de Cristo impregnando nuestros corazones, seamos capaces de romperlos y abrirlos de par en par. Y que ayudando a nuestro prójimo a liberarse de sus cadenas, nos liberemos así de las nuestras hasta alcanzar la libertad eterna de Dios.

Paco Zurita

Día de la Merced  2021

Destacada

LA PRÓXIMA SEMANA SANTA

Ojeando viejas fotos encontré una de mi padre en la que ofrecía al  papa Juan Pablo un cariñoso detalle de nuestra Semana Santa.  Sentí  un cierto pellizco y regocijo, porque estos días hemos empezado a oír voces de optimismo con las primeras procesiones en la calle. Cada vez cobra más fuerza el convencimiento de que nuestras hermandades volverán a procesionar en Semana Santa.

Siento en mi corazón una mezcla de escepticismo  y de alegre esperanza ante la ilusión de volver a ver a nuestras hermandades haciendo estación de penitencia. Pero  a la vez tengo fundados temores de perder todo lo bueno que hemos sabido sacar de la situación provocada por la pandemia.

Y es que ha sido tan grande y generoso el bien que han hecho nuestras cofradías por los más débiles y necesitados. Ha sido tan memorable la unión y fraternidad demostradas por todos los cofrades para con los demás y entre nosotros mismos. Ha sido tan patente nuestra entrega y pasión por hacer de nuestros hermanos el verdadero sentido de la Semana Santa, que habiendo gozado del verdadero sentido de nuestra razón de ser, tengo miedo a perderlo.

Disfrutaremos y volveremos a sentir el latido del nuestros corazones vistiendo la túnica nazarena, llevando en nuestros hombros a nuestros Sagrados Titulares, oyendo desgarradas saetas, asistiendo en los templos a triduos  y septenarios, viviendo la Pasión de Cristo en cada paso, en cada esquina, en cada rincón de nuestra ciudad.

Diremos con voz en grito que vamos a recuperar nuestra Semana Santa y yo gritaré en silencio desde fondo de mi corazón si,  finalmente, quiere Dios que así sea.

Pero también meditaré en mi alma y le pediré a Dios que nunca permita que nos olvidemos de todo aquello que nos hizo más cristianos, más solidarios, más unidos, más iguales, más misericordiosos, generosos y abnegados; más cofrades en definitiva que no es otra cosa que imitar a Cristo hasta donde nuestra pobre naturaleza humana nos permita.  Le pediré a Dios que aprovechemos lo sufrido, lo aprendido, lo vivido…. Y que recordando todas esas experiencias sepamos valorar lo que realmente somos, para qué estamos, qué significamos en el seno de la Iglesia.

Bellas por dentro, como lo hemos demostrado, no dejaremos que esa belleza interior de nuestras cofradías se marchite con el paso del tiempo, víctima de nuestros egoísmos, de nuestras envidias y rencillas, de nuestros errores y miserias humanas.

Sólo desde esa belleza interior podremos deslumbrar los ojos de todos aquellos que nos contemplen en las calles y que aún no conocen la grandeza de Cristo en sus corazones.

Sólo con la ilusión de ser misioneros de fe y esperanza podremos portar la túnica nazarena o de lacerarnos el cuello con la molía con el orgullo del deber cumplido.

Quizás como ese niño Jesús de la foto que viste la túnica rojinegra de los “Judíos” y que hizo sonreír al anciano papa, debemos hacer sonreír a Cristo. Ya sabemos cómo hacerlo y si no lo olvidamos nunca……  ¡Qué hermosas Semanas Santas nos esperan!

Paco Zurita

Septiembre 2021

Destacada

La ermita de la Algaida

Hoy, aburrido del letargo veraniego y expectante de luz en mi alma sombría, salí en coche sin rumbo fijo, dejando que el azar o mi oculta voluntad eligiera cada calle, cada camino, cada encrucijada. Remontado el río desde la Calzada sanluqueña y serpenteando por senderos escondidos para los foráneos, llegué a Bonanza y la dejé atrás por donde el Guadalquivir se viste de verde de Doñana y de blanco de Salinas. Me detuve a tomar café en una taberna de la Algaida y, sin mucha demora, proseguí mi camino sin saber bien lo que buscaba o hasta dónde llegaría en mi ansiosa búsqueda.
Llegué a los pinares hermanos de aquellos al otro lado del río, siguiendo por un camino abrupto y polvoriento que partía en dos el verde paraje y, al final del mismo, me encontré una ermita cerrada y solitaria a la que se llegaba ascendiendo por una escalinata que atrajo mi anhelante alma. Como la ermita, esa alma mía se encontraba sola buscando una voz que la despertara de su embriaguez y hastío.
Me detuve en una de sus ventanas, acercando mis ojos a la oxidada celosía para que mis pupilas se acostumbran a la oscuridad interior y pudieran ver qué había tras esos muros.
Olía a flores frescas pero también marchitas y a ese inconfundible aroma de un lugar de culto donde aún quedaban recuerdos de inciensos quemados y de velas encendidas y apagadas hacía ya mucho tiempo. Y, poco a poco, fue haciéndose visible la imagen de una Virgen con un niño y lo que parecía un crucifijo tumbado sobre la mesa de altar. Oré un rato a través de la celosía y me marché de allí sin encontrar eco a mis retóricas plegarias.
Salí de los Pinares por la maltrecha carretera del práctico hasta llegar a un embarcadero ya en tierras de Trebujena. Aún bajaba la marea y la corriente erosionaba los lodos de las riberas tiñendo como de chocolate los bordes del gran espejo azul del río. La belleza y soledad que imperaban me acercarían a buen seguro a la luz que andaba buscando. Y allí estuve un buen rato contemplando esa belleza y rebuscando en ella la paz de mi alma, pero no encontré nada. Me volví a Sanlúcar decepcionado una vez más por no haber hallado lo que buscaba.
Pensando en mi aciaga jornada, pero ansioso por saber más de aquella capilla, busqué en internet algo sobre esa emita. Me enteré que está consagrada a la Virgen de la Algaida y que desde tiempos ancestrales todo aquel lugar se consideraba sagrado. En la antigüedad, el río bañaba los pinares y las dunas, formando islas y, en una de ellas, los fenicios levantaron un santuario. Los pobladores, marineros y pescadores en su mayoría, buscarían a su amparo un bálsamo para sus preocupaciones e inquietudes. Sin saber por qué, busqué en aquel lugar lo mismo que el ser humano ansía desde que tiene conciencia; A DIOS.
A aquel lugar me llevó su suerte como una marioneta que mueve con sus dedos. Torpe, pasé de largo y seguí absurdamente buscando, sin percatarme entonces que Él me llevaba todo el tiempo y que Él estaba conmigo. Me dejé embriagar por el recuerdo del manso fluir del río y sentí un profundo bienestar imaginándome en sueños que esa corriente me abrazaba y me llevaba.

Sonreí.

Paco Zurita
Agosto 2021. Sanlúcar

Destacada

MURALLAS DE ARENA

La playa era para mí una tediosa obligación que había que soportar de la manera más liviana posible. Y eso implicaba poner a trabajar mis sueños de ingeniería que incluían pozos, carreteras, castillos y, sobre todo….”murallas de arena”.

Provistos de elementos y manjares que me hacían presagiar una larga jornada en aquel insoportable martirio, mis padres buscaban algún despejado lugar  en el que pudieran mantenerse a salvo de la marea,  pero fuera de la abrasadora arena seca.  Eso implicaba que tarde o temprano, tendríamos que mudarnos más arriba cuando las olas se acercaran a nuestra sombrilla.

Pero ahí estaba yo, maestro constructor e iluso perseguidor de causas imposibles.

”No hace falta que nos mudemos papá”, le dije a mi padre con seguridad y determinación,  cubo y pala en mano.

“Voy a hacer una muralla que nos proteja de la marea”.

 Mi padre, que estaba seguro del fatal destino de aquel ambicioso proyecto, no dudó ni un instante en saciar mi inagotable hiperactividad y accedió encantado a darme consejos para elevar recios muros. Era estupendo tenerme ocupado……

“Cuanta más piedras y más altura, mejor”, me dijo sonriente….

Mis pobres hermanas, una vez más, se convirtieron en fieles seguidoras de mis locos sueños y nos pusimos todos manos a la obra.

Ingentes cantidades de cubos de arena y  de piedras fueron levantando una muralla alrededor de nuestra sombrilla que causaba la admiración de los niños y la curiosidad de los padres que paseaban por la playa.

La marea se acercaba amenazante,  pero seguro de  sus sólidos cimientos y de su altas almenas, la esperábamos deseosos e impacientes, convencidos de disfrutar a su abrigo de las tortillas de patatas que había preparado mi tía.

Poco a poco, las avanzadillas de la invasión marina fueron besando los muros y, al poco rato, las andanadas de agua resbalaban gráciles hacia la retaguardia de nuestro fortín. Ya habían sucumbido las  defensas de otros vecinos que se mudaban derrotados hacia posiciones más seguras, pero la nuestra resistía orgullosa. Fue entonces cuando, ya rodeadados totalmente por el agua,  vi a mi  abuela y a mi tía coger los bolsos de la comida,  seguida por mi madre con a nevera y  a mi padre con la sombrilla, tres sillas y la mesa de playa, que salían a escape de aquella peligrosa isla.

Y allí nos quedamos los tres, asombrados por la falta de confianza de nuestra familia, pero al pie del cañón como “Los últimos de Filipinas”.

El suelo de nuestro castillo inexpugnable empezó a humedecerse, y las férreas masas de arena y piedra a desvanecerse como un helado de chocolate que se funde bajo el sol abrasador. En un inesperado envite, una ola pasó por encima de la poderosa fortaleza. El agua empezó a entrar por todas partes y tratábamos con nuestros propios cuerpos de taponar las cada vez más numerosas brechas del castillo mientras veíamos a nuestra familia comer tranquilamente la deliciosa tortilla y los filetes empanados al apacible resguardo de la sombrilla.

Derrotados en nuestro loco empeño, subíamos cabizbajos a tomarnos las viandas, que nos alegraban sobradamente las penas. Mirábamos soñolientos, ya a la caída de la tarde, los casi imperceptibles restos de nuestra portentosa muralla; las duras piedras esparcidas por la brava marea que se retiraba vencedora.

En la vida, nos sentimos poderosos cuando la marea está lejos. Creemos que somos invencibles y que estamos preparados para afrontar todas las olas que nos golpeen. Pero cuando llegan los verdaderos problemas, aunque soportemos los primeros envites, nos derrumbamos abrumados porque no sabemos cómo tapar las brechas de nuestro refugio interior.   Hemos de asumir que no somos invencibles, pero sí humanos e hijos de Dios. 

Hay una lección que obviaba entonces pero que ahora, con el paso del tiempo, empiezo  a entender.  La marea, como en mis sueños de niño, acaba retirándose y nos deja tras de sí una arena limpia y virgen en la que podemos empezar de nuevo, en la que debemos construir nuevas ilusiones.

Hoy, quizás, día de Patrona de los Mares, me otorgue Dios la oportunidad de empezar un nuevo sueño y, si me da tiempo y fuerzas para ello, puede que sea esta vez…. ¡El más hermoso!

Paco Zurita

Junio 2021

Destacada

LA SEMILLA DEL MAL

Pocas son las personas que estos pasados días no han sentido repulsa, incomprensión y dolor por el vil asesinato de dos niñas inocentes a manos de su propio padre.  Pocos serán los que no se han hecho preguntas sobre la fuerza que mueve a un hombre a matar a sus propias hijas de forma premeditada, despiadada y cruel.  Todos hemos visto cómo, una vez más, se llenan las calles de protestas y los medios de declaraciones vanas pidiendo justicia y medidas para que no se vuelvan a repetir actos tan viles de violencia y muerte.

Pasada la tormenta de furia y duelo, volveremos desgraciadamente a vivir nuevos asesinatos de inocentes y llegarán nuevos lamentos por la impasividad de una sociedad que no sabe poner remedio a esta situación. Y es que, para erradicar el mal de forma definitiva,  hay que ir a la raíz del problema, al embrión que acaba convirtiéndose en planta carnívora, a la semilla del mal……

Un mal que se forja en la más tierna infancia, que se hereda en algunos casos o que se cultiva y riega en otros con la inconsciencia de los padres o la permisividad de una sociedad que mira para otro lado. Un mal que fomenta el odio, la intransigencia, la superioridad moral, ética o cultural,  el individualismo disgregador, el desprecio a los valores morales o religiosos, la permisividad desmesurada, la relativización de todo lo trascendente que habita en el corazón del ser humano. Es la obra silente y perniciosa del príncipe de este mundo que quiere acabar con Dios a toda costa, alejándonos de todo lo bueno que alberga el corazón del ser humano.

Este mal es tan fuerte que pasa por encima de cualquier otro gesto o atisbo de humanidad, sacrificando vidas o sociedades enteras para seguir alimentando el odio que bulle potente en sus venas. Es un mal oportunista, movido por intereses ocultos y egoístas que llevan a la colectividad aborregada a un barranco de desgracias y calamidades.

Podremos endurecer las leyes, prejuzgar a todos los hombres como culpables, hablar de violencia machista como el origen del mal….. Pero no solucionaremos el problema porque ese mal sigue habitando en el interior de esos seres que se han amamantado de esos vicios que hemos fomentado y consentido. No importa los años de cárcel que se le impongan a estos demonios terrestres;  cuando salgan volverán a hacerlo con más saña,  alentados por el odio acumulado en sus años de cautiverio.   

Lo que sí podemos hacer es recuperar aquellos valores que hacen de la sociedad un mundo mejor, donde primen la concordia, el bien común, el sacrificio, la solidaridad y la entrega por los demás. Un mundo donde se ahogue en amor el odio que sembramos en tantos niños que mañana se pueden convertir en maltratadores y asesinos.

De momento, con los que ya son plantas adultas y dan frutos de odio y dolor, habrá que apartarlos indefinidamente de la sociedad hasta que se encuentre un remedio al mal que padecen. Mientras tanto seguiré rezando por ellos y por todos los seres humanos para que encuentren en sus corazones el bien que hemos despreciado y perdido por el camino…..

Paco Zurita

Junio 2021

Destacada

EL COMERCIO TRADICIONAL

No seré quien niegue que el progreso y un futuro prometedor son aspiraciones legítimas de una humanidad que ansía mejorar su calidad de vida y la de las generaciones venideras. Si en los seres humanos no imperara esa voluntad de progreso, seguiríamos viviendo en cuevas y cubiertos por pieles de animales para protegernos del frío.

Pero, en esa evolución histórica que nos ha llevado hasta el bienestar de nuestros días, hemos ido dejando por el camino muchos tesoros que se han perdido en aras de ese progreso alcanzado.

Pensaba en todo ello cuando pasé por delante de la desaparecida “droguería España”, uno de tantos comercios tradiciones que han cerrado sus puertas víctimas de los centros comerciales y de la desidia y comodidad de todos nosotros. Ese entrañable comercio de la plaza Plateros, fue el último en desaparecer de otros de su gremio, como la de Quirós, o la  Agustín el la plaza del Mercado.

Sentí una profunda nostalgia, no solo de sus peculiares aromas que mezclaban olores de jabones, inciensos, tintes y almizcles, talcos y betunes, colonias y áloes, ceras y barnices, talcos perfumados, cosméticos exclusivos, brea, alcanfor, estropajo, colonias…. Pero sobre todo, atención y cariño de unas personas que te encontraban el producto y el remedio justo y necesario que andabas buscando.

Aún me acuerdo de Carmen, ya anciana pero enamorada de su oficio que,  tras el viejo mostrador de su droguería “España”, sonreía cuando facilitaba la solución perfecta que hallaba entre sus centenarias estanterías de donde colgaban escobas, fregonas y utensilios que ya utilizaban nuestras abuelas.  O la de Agustín que,  en su reducida estancia de la plaza del Mercado, tenía los mejores óleos y utensilios para artistas y pintores. O de tantos y tantos profesionales de comercios tradicionales que daban un valor añadido insustituible a sus productos que, hoy en día, venden empaquetados y por lotes inseparables en unas despersonalizadas estanterías de algún gran centro comercial.

Ese factor humano, cercano y cariñoso, profesional y experto, preciso e insustituible, es uno de esos tesoros que nos vamos dejando por el camino en aras de un supuesto progreso.

Por supuesto que no podemos renunciar a esos grandes centros donde se ofrece de todo, en un lugar concreto, que nos ahorra tiempo y puede que dinero. Por descontado que el progreso implica renuncia a viejos usos y costumbres que van quedando obsoletos.  Sin duda que el futuro implica dejar atrás muchas cosas que se sacrifican en favor del progreso.

Pero hemos de ser conscientes que, engullidos por ese progreso, hemos perdido y seguimos perdiendo muchas cosas que,  no sólo cubrían y cubren  nuestras necesidades, sino también el puro placer de adquirir esas cosas que necesitamos y el trato y consejo humano de quienes nos las proporcionan.

Leyendo esta semana en la prensa local que siguen cerrando comercios en el centro de nuestra ciudad, me imaginaba amargamente cómo sería Jerez dentro de algunos años. Pensaba en los propietarios de esos comercios tradicionales, en sus familias, en sus sabios y desapercibidos consejos para una población acomodada y presa de las prisas y egoísmos. Pensaba en que no es necesario comprar un lote completo de puntillas cuando sólo se necesita un mero clavo que vende encantado, tras un viejo mostrador y con una bata azul, el amable empleado de una ferretería de toda la vida.

Quizás por ellos, pero también por nosotros mismos, deberíamos recapacitar seriamente sobre la necesidad de contar con estos comercios tradicionales que, no sólo satisfacen nuestras necesidades materiales, sino  que  también nos elevan a la categoría de seres humanos cuando añaden a esos productos que adquirimos su saber, su experiencia, su cariño…… y su HUMANIDAD.

Paco Zurita

Mayo 2021

Destacada

PELUSO

Recuerdo bien aquella dorada tarde en la que eclosionaron los huevos de una muy especial camada de la gallina Pepa. Uno a uno, los pollitos fueron abriéndose paso a la vida desde el interior de sus fracturados cascarones. Eran todos blancos como la leche, excepto uno que salió de un color pardo amarillento y con un plumón tan generoso y suave que al pequeñín le pusimos por nombre “Peluso”.
No pareció gustarle mucho a Pepa ese tono de plumón que tenía el recién nacido y fue apartándolo poco a poco del resto de la prole a base de severos picotazos en la cabeza del pequeñín. De alguna manera la gallina intuía que el polluelo no procedía de uno de sus huevos y que alguna desvergonzada vecina quería aprovecharse de sus maternales virtudes.
Yo por entonces, dedicaba buena parte de mi tiempo libre a observar el comportamiento de los animales que teníamos en el campito, fascinado sin duda por sus patrones de conducta, no tan distintos de los humanos. Preocupado por el destino del pobre Peluso, no dudé en ningún momento en consultarle el grave problema a D. Juan Antonio Arbosa, un entrañable marianista y querido profesor de Biología, que con su impoluta bata blanca seguirá impartiendo clases en el cielo. Con absoluto convencimiento y una sonrisa de sabiduría, me aconsejó que blanqueara su plumón con polvos de talco para engañar así los recelos de la disoluta gallina. Aunque el remedio causaba espasmos y estornudos en el desdichado animalito, como por arte de magia, la gallina dejó de castigar al pollito durante un tiempo. Pero el viento se llevaba el polvo tarde o temprano y la muy pícara de Pepa, volvía a sus crueles andadas al sospechar de Juanita, una gallina despendolada a la que le importaba un comino la suerte que corrieran sus huevos.
Para evitar que el desgraciado polluelo muriera a picotazos, finalmente Peluso se vino a vivir a nuestra casa y pasó a ser alimentado directamente por mis hermanas y, especialmente por mí. Crecía sano y feliz degustando los mejores y más ricos manjares que pudiera soñar un pollo. Su plumón pardo fue dando paso a un hermoso plumaje de vivos colores y, con el paso del tiempo, su inicial fragilidad se convirtió en una envidiable fortaleza. Cuando, ya crecido, lo devolvimos al gallinero, poco a poco fue ganándose el respeto de sus congéneres, bien por sus encantos con las damas, bien por su pose guerrera que no dejaba cresta sin merecido castigo. Ni siquiera Pepa o Juanita rechistaban cuando Peluso se decantaba por la Matahari a la que hacía suya ante la envidia y resignación de los gallos blancos.
A la caída de la tarde, después de una dura jornada poniendo orden en el corral, Peluso saltaba volando la valla del gallinero y, orgulloso, se acercaba feliz al porche de la casa desde donde veíamos la puesta del sol. Allí compartía con nosotros un delicioso ratito en familia y, para acompañarnos en la merienda, no despreciaba su platito de alpiste mojado en ron. Desde pequeño le encantaba esta especialidad mía que le preparaba con cariño y es que cuando terminaba su ración, batía vigorosamente las alas y se balanceaba eructando de un lado a otro como muestra de sincero agradecimiento.

Peluso se casó con Pelusa, el amor de su vida, sobrevivió a una descumunal riada y murió de viejo, dejando una enorme descendencia que llevaba en sus plumas y en sus garras la grandeza del abuelo, que superó con tanto pundonor las trabas que le puso la vida.
Como le sucedió a Peluso, las personas muchas veces somos valoradas por una fina capa de apariencia que distingue a los buenos de los malos, a los capaces de los incapaces, a los listos de los torpes, a ojos de gente superflua. Una capa de polvo que engaña a los simples e insensibles que juzgan por el envoltorio que cubre nuestras grandezas o nuestras miserias y no por lo que realmente somos. Desprovistos, por el soplido de Dios, de esa capa engañosa, de esa máscara de falsa protección, somos lo que somos a sus divinos ojos; ojos con los que deberíamos vernos a nosotros mismos.
Ya lo dijo el grande de Thomas de Kempis; No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.
Desnuda el alma y viéndola hermosa reflejada en el espejo de nuestra propia existencia, una vida maravillosa nos espera si sabemos aceptarla, respetarla y amarla tal cual es.

Paco Zurita
Mayo 2021

Destacada

La carretilla de la vida


Muchas veces me he preguntado qué significa realmente ser padre. Qué espera Dios de nosotros para hacer las veces de Él en la tierra con cada uno de sus hijos. Y me seguía preguntando todo esto mientras tomaba café con mi octogenario padre y contemplaba orgulloso su insaciable necesidad de seguir estando conmigo cada rato que la vida nos deja. Y mientras lo hacía, veía en él la misma entrega y efusivo entusiasmo por seguir estando cerca de mi cada instante de su existencia. Y, de la misma manera, también me preguntaba qué poderosa razón me lleva a seguir demandando y disfrutando de su vida cuando ya vislumbro el atardecer de la mía.
Ese misterio insondable del amor filial, no es otra cosa que la gracia, en forma de amor divino, que recibimos del cielo y que transmitimos generosa a nuestros hijos. Gracia regalada que no guardamos para nosotros mismos, ni escatimamos cuando no vence el egoísmo o la maldad humana.
Ese misterio es desprenderse de todo para, renunciando a nuestro propio ser, tenerlo todo. Es la semilla que muere para engendrar nuevos frutos que crecen abundantes en el árbol de la vida.
Cuando el amor fluye y se entrega generoso, deja una huella imborrable y teje un lazo irrompible que va desde la tierra al cielo y que nos une a esas personas que lo han dado todo por nosotros y que, quizás ahora, tengamos que devolverles un poquito de lo que nos han dado. Cuando se ha cumplido bien con este mandato divino, el amor recibido del cielo se ha dejado fluir hacia los hijos y éstos lo han recibido en abundancia, de tal manera que verán en él una gracia que se sólo se disfruta realmente cuando se vuelve a dar.
Es sentirse llevados, como en esa carretilla de la foto, por el mismo Dios que la levanta con los brazos de nuestro padre en la tierra y tomar decididos su relevo cuando seamos nosotros quienes llevemos la de nuestros hijos o la silla de ruedas de nuestros padres.
Buena parte de los males que nos aquejan en este mundo tienen sus raíces en el egoísmo de muchos seres que, creyéndose buenos padres, han fallado a la hora de ser generosos con sus hijos, no dando suficiente de cuanto han recibido. Y esos desdichados hijos a los que se les ha escatimado el amor recibido y no han tenido mucho para repartir lo tendrán mucho más difícil. Aún así, las almas nobles que aspiran a ser buenos padres, aún recibiendo poco, saben multiplicar lo recibido cuando lo han sabido dar con generosidad.
La vida es como esa carretilla. Hay momentos es los que debemos dejarnos llevar amados por otros, y momentos en los que la debemos llevar amando a los demás. Dejarla a un lado, oxidada y olvidada es el egoísmo que corroe su acero. Hacer que ruede y que funcione, es sonreír a la vida y saber ganarse una que lleve el mismo Dios en el cielo.

Paco Zurita
Mayo 2021

Destacada

UN DÍA DE FERIA

Era una tarde preciosa de abril y a mi mujer y a mí algo nos empujaba a encaminarnos hacia el parque González Hontoria, quizás pensando que los duendes que allí habitan nos llevarían a otros tiempos de jolgorio y bulería.

En nuestra tierra, cuando llega mayo, la luz lo va inundando todo, el calor aparece de improviso y nuestro reloj biológico nos dice que ya huele a feria. Pero esta pandemia se ha llevado por delante buena parte de nuestra vida y muchas vidas que ya no la volverán a ver, al menos con los ojos de este mundo.
Cruzamos el parque casi desierto, desnudo de casetas y alumbrados, hambriento de personas y bullicio y desprovisto de vida y ajetreo. Una extraña sensación de nostalgia nos recorrió el alma, confusa por la ausencia de otra Feria del Caballo. Pero cruzamos aprisa y sin mirar atrás, quizás por el oculto pero firme deseo de que fuera la última Feria pérdida.
Casi por inercia, cogí mi móvil y rebusqué entre sus entrañas alguna foto que acaso tuviera de otros años en el Real. Y, como por arte de magia, encontré una imagen que tomé hace tiempo de una foto que dormía en una vieja caja de bombones guardada celosamente por mis padres.
No sabría decir a ciencia cierta si era una Feria del caballo o una Feria de la Vendimia, pero a juzgar por el jersey que llevaba puesto, juraría que hacía fresquito aquella tarde de primavera o de otoño jerezano. Esbocé al instante una regocijante sonrisa y empecé a recordar aquella hermosa jornada que viví de niño en el real jerezano.
Recuerdo que aquel día llegamos muy temprano y aparcamos el Popeye, nuestro fiel Cuatro Latas, en la misma Feria. La caseta del Casino Jerezano lucía esplendorosa con sus grandes cortinas blancas y azules, farolillos de colores y señorial templete. Un grupo de artistas cantaba sevillanas melodiosas mientras tomábamos pimientos y calamares fritos en una mesa sevillana. A diferencia de hoy en día, se podía hablar cómodamente sin acabar con la garganta rota o con los tímpanos traspasados de dolor. ¡Qué ferias tan bellas y placenteras! ¡Qué frescor bajo los plátanos orientales del parque!
Ya con esa edad empecé a darme cuenta de lo hermosas que están las niñas vestidas de flamenca, del deseo de bailar con una preciosa rubia y de lo rico que debía de estar un vino de color pajizo que mi padre degustaba con pasión. Nosotros sorbíamos con una pajita el dulce pero insípido naranja de las Mirindas…. Yo ya ansiaba bailar con la preciosa rubia y probar esa copita de Fino, pero todo lleva su tiempo y el mío aún estaba en otras cosas. Afortunadamente, después llegaría nuestra hora y mis hermanas y yo podríamos disfrutar de lo lindo.
Después de comer nos llevaron a los cacharritos, a la tómbola, a los puestos de algodón, a tenderetes donde vendían juguetes de otros mundos…… Mi padre se paró por el camino a comprar vino del “Tío de la Bota”, que corría generoso de un lagar en el que pisan uva sin descanso dos remangados viticultores de cartón. ¡Qué rico se veía ese Tinto y quién me iba a decir entonces que el destino me llevaría a trabajar a Calatayud cerca de Cariñena, de donde ese vino venía!
Cuando el sol caía y ya íbamos de vuelta a casa nos hicimos esa foto que ha removido estos recuerdos entrañables. El caballo parecía imponente y con ayuda de mis padres nos encaramos valientes en sus lomos. Mi hermana sonreía, segura de que no la tiraría al suelo, más confiada en la nobleza del corcel que en mis habilidades como jinete; y eso que practicaba en la mula de Domingo….. Y el buen hombre, que venía Feria tras Feria con la cámara y con el trabajado animal de mentira, nos inmortalizó para siempre en ese instante de inocencia y felicidad.
Son esas pequeñas cosas de la vida que echamos de menos cuando no las tenemos, o cuando van quedando atrás. Son esos deliciosos instantes que nos colman de alegría cuando los compartimos exultantes de gozo con los seres queridos.
Y pensé, con los ojos empañados, que este virus nos podrá quitar muchas cosas, pero nunca los instantes vividos y los recuerdos que de nuevo forjaremos con la ayuda de Dios.
Paco Zurita
Abril 2021

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MI EMAÚS

En estos días posteriores a la Semana Santa, recuerdo vagamente los detalles de aquella madrugada; sólo sé que sentí la sobrecogedora presencia de Alguien que me acompañaba en la soledad y en el silencio de la noche.  No era la primera vez que sentía algo así, pero el recuerdo de aquella indescriptible y hermosa experiencia me dejó una huella que recuerdo hasta el día de hoy.  Y aunque digo bien cuando la defino como “indescriptible”, trataré de hacer ver con palabras humanas lo que sólo puede conocer el espíritu que llevamos  dentro cada de uno de nosotros.

Tendría catorce, quizás quince años, cuando me desvelé aquella madrugada de primavera. Me asomé a la ventana de mi habitación que daba al viejo pozo. La luna llena iluminaba las copas de los pinos, plateados por su intensa luz. Buscando saciar la sed que me invadía, atravesé toda la vieja casa de campo hasta llegar a la cocina que quedaba al otro lado de la misma. Sin saber por qué, abrí la puerta que daba al exterior y empecé a caminar en medio del sepulcral silencio y la oscuridad bajo los árboles. Sentí un cierto temor cuando me dispuse a rodear el edificio quizás pensando que alguien acechaba tras los setos buscando la oportunidad, como en otras ocasiones, de llevarse algunos aperos o animales del gallinero. Pero seguí caminando, mitad asustado, mitad expectante ante la llamada que me llevaba a continuar. Me sobrecogí cuando, en la tranquilidad de la noche de árboles y arbustos de copas inertes, una ráfaga de viento movió las hojas secas que se extendían ante mis pasos. Me sentí extrañamente confortado con la sensación de estar acompañado por alguien que me llevaba de la mano a algún lugar de su agrado.

La pérgola donde estaba el azulejo, que mi abuelo colocó en su pared cuarenta años atrás, era mi lugar predilecto de la finca y donde me refugiaba cuando necesitaba consuelo, fuerza, ánimo… Y allí llegué esa noche guiado por el soplo que movía las hojas a mi paso. Me senté, contemplando la imagen de la Virgen sosteniendo el cuerpo inerte de su hijo. También miré a las estrellas y a la luna y a las hojas que habían encontrado reposo bajo mis pies una vez que me senté. Y oré mirando  a esa imagen que me respondía con la mirada y que se fue difuminando en una luz que sentía no sé dónde. No tuve sensación más placentera ni más gratificante en mi vida. Esa extraña y única experiencia que nos lleva lejos de cualquier lugar y cerca del vacío que lo llena todo. Los sentidos se abstraen, el alma se sacia y la sed que no se calmó con el vaso de agua, se sació en aquel estado de plenitud. Sólo estaba yo y ese acompañante secreto que me protegía de cualquier peligro y disipaba mis temores.  Y el tiempo se detuvo y todo mi ser quedó inmóvil en aquel instante mágico y precioso.

No sé cuánto tiempo estuve allí,  porque dejó de existir al igual que desapareció  el miedo, el frío y la oscuridad.  Ni siquiera sé cómo regresé,  ni puedo recordar  lo que hice a la mañana siguiente. Sólo me quedó el imborrable recuerdo de aquella madrugada y el ardor de haber sentido tan cerca la presencia de Dios.

En estos días, que celebramos la Pascua de Resurrección y que Dios ha vuelto a resucitar en tantos y tantos corazones que lo buscan,  sueño con sentirme tan cerca de Él como aquella noche.  Y leyendo una vez más el pasaje del Camino de Emaús, puedo imaginarme la hermosa experiencia que sentirían los discípulos del Señor al encontrárselo por el camino. Al igual que entonces,  salgamos a su encuentro con fe y con confianza. Él nos espera y seguro que lo encontramos y lo reconocemos cuando sintamos que arden nuestros corazones.

Paco Zurita

Abril 2021

Destacada

ETERNO VIERNES SANTO

Hoy, a la hora nona de los romanos, hora de la Misericordia para los cristianos y,  casi las tres de la tarde para el resto de los mortales, se conmemora la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. No había muerte más cruel ni tormentos más espantosos que aquellos que eligió para sí el mismísimo hijo de Dios. Quizás por el hecho de cargar con las culpas de tantos y tantos, reunió en ese trono de tortura y muerte todo el dolor y sufrimiento que nos acompañan desde los albores de nuestros días.

Pero ese Viernes Santo de dolor y llanto es cualquier día del sufrimiento que cualquier ser humano padece desde que nace hasta que muere y que lleva sobre sus hombros el mismo Dios que  vino a sufrir y a morir por todos nosotros.

A esa misma hora nona,  en cualquier lugar del mundo, habrá muchas personas muriendo de cáncer,   de Covid, o de tantos y tantos males  que nos azotan y subyugan.   A esa hora en la que el sol ya empieza a languidecer en los horizontes del mundo, muchas madres, embriagadas de falsos consejos e intereses mundanos, habrán acabado con las  vidas de los  inocentes  que llevan en sus vientres. A esa misma hora,  abandonadas  las ilusiones por vivir, muchos ancianos olvidados por los suyos,  habrán abrazado la eutanasia. A esa hora en la que Cristo moría por nosotros, muchos inocentes habrán sido asesinados por fanáticos iluminados, se habrán ahogado en el mar tratando de escapar del hambre o habrán perecido en su intento de huir de la persecución política, de las guerras o de tantas injusticias y males que nos asolan.

A esa hora, o a cualquier otra hora; en este día o en cualquier otro día;  en este año,  o  en cualquier otro año, Cristo sigue muriendo donde el dolor y la muerte estén presentes en cada uno de nosotros.  Porque en ese Calvario de nuestros días, junto a ese ser humano  que sufre y muere, hay un Dios hecho hombre que comparte nuestro sufrimiento, dolor y muerte.

En ese momento supremo en el que nos tengamos que enfrentar al espejo de nuestra efímera existencia, próxima la hora de expirar el aliento,  no hay mayor consuelo ni mayor esperanza que volver el rostro desde nuestra cruz y encontrarnos con el de Dios. Ser ese Dimas que encontró en ese rostro las puertas del cielo y puso su destino en  sus ojos misericordiosos.

Buscaba Gestas, el mal ladrón,  entre burlas e incredulidad,  que Jesús lo bajara de aquel tormento, que le demostrara que era el hijo de Dios dándole más tiempo de vida. Un tiempo que acaba en este mundo, como se le acabó a Lázaro, como se nos acabará a todos algún día.  Esa vida, que no perdura, se la restituyó por compasión humana a su amigo y a su familia. La eterna, la verdadera vida, se la explicó Jesús con una sola frase a María, la hermana de Lázaro; YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. 

Sí;  hoy rememoramos la muerte de Cristo en un cruz de madera pero, en realidad, estamos celebrando que, con su muerte y resurrección, cuando nos llegue ese momento supremo a cada uno de nosotros, estaremos clavados también en la cruz que habremos llevado a lo largo de nuestra vida. En ese momento, ya sabemos que podremos girar nuestro rostro a un lado donde estará Él nuevamente susurrándonos al oído del alma:

TE ASEGURO QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO.

Paco Zurita

Viernes Santo 2021

Destacada

VIVIR LA CUARESMA COMO UN NIÑO

Como cualquiera que albergue deseos de ser mejor persona, vivo la Cuaresma con la sana intención de renovar mi espíritu y tratar de acercarme a Dios una vez más y, por ende, a todos mis hermanos. Y con esa sana intención repasaba en mi mente lo que tendría que hacer para conseguirlo,   cuando,  por esos caprichos del destino o respuesta de Dios a mis peticiones, me llegó uno de tantos whatsapps que solemos pasar por alto hastiados de tanto bombardeo insustancial.  Cogía velocidad mi dedo borrando mensajes inservibles cuando una foto con halo de encanto y de profunda espiritualidad  me dejó absorto. De forma providencial, la foto de un niño que miraba cara a cara a un Cristo de rostro ensangrentado, me dejó sin palabras y con el dedo suspendido sobre el teclado del móvil. No podía venir más a propósito esa sobrecogedora fotografía para  responder a las cuestiones que me planteaba y, desarmado de mi primera intención,  la observé con gozo.

Me acordé inmediatamente de las palabras de Jesús cuando, poniendo un niño en medio de sus discípulos,  dijo:

  «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Y es que viendo la encandilada mirada del niño de la foto y la de ese Jesús que se despoja de sus vestiduras de grandeza por puro amor al ser humano, comprendí al instante esas palabras del Maestro.

Toda la transformación que pretende la Cuaresma en nosotros, construida  sobre los pilares de ayuno, caridad y oración y que tanto nos cuesta a las mayoría de los cristianos,  emanan de forma natural del alma de ese niño porque, si la cara es el espejo del alma, su mirada confirma que cumple holgadamente con los tres.

Y es que hay caridad en sus ojos al contemplar el rostro ensangrentado de aquel hombre al que ya ama  y admira sin saber quién es.  Que parece que le quiere decir ¿Cómo te puedo aliviar? Amor recíproco que se deja ver en el rostro de ese Cristo por encima de su dolor y que parece contestar  “Todo lo hago por ti”.  Y así se deja arrastrar sin temor a las profundidades de un amor sin medida. De nada nos sirve desprendernos de bienes materiales si no lo hacemos por amor al prójimo, si no lo vemos con la fe de ese niño.

También hay ayuno en su mirada, porque esa pequeña criatura parece saciarse al contemplar aquella imagen. Ayunar no es sólo dejar de comer carne, ni abstenernos de otras cosas;   es desprendernos de todo lo superfluo que no sacia nuestro espíritu y alimentarnos de la palabra de Dios. Es llenarnos de Él como se llena ese niño.

Y qué hablar de la oración. Cuántas veces repetimos jaculatorias sin saber lo que estamos diciendo y no llegamos al corazón de Dios. Ver ese cruce de miradas de los dos protagonistas de la foto basta para darnos cuenta de que uno y otro se lo dicen todo sin hablar. Es la unión intima de dos almas que se entienden con la mirada. ¿Hay oración más hermosa?

Es el amor el que mueve todo lo bueno de este mundo y en el que se basa la Buena Noticia de Cristo. Entendiendo y aprehendiendo ese amor en nuestro corazón, podemos transformar nuestro interior y, por extensión,   la sociedad en la que vivimos.

En nuestro laberinto interior que busca desesperadamente a Dios, la salida es seguir con sencillez los consejos del Maestro y ser y comportarnos  en esta Cuaresma como el niño de esa foto.  No hay nada más sencillo ni más difícil a la vez. ¡Son las cosas de Dios!

Paco Zurita

Marzo 2021

Destacada

ELLAS TAMBIÉN SON MUJERES

Amanece y regresan al convento, tras pasar la noche en vela junto a una anciana enferma, dos hermanas de la Cruz. Nacieron mujeres y renunciaron a la maternidad para ser madres de muchos desfavorecidos. Ayudan sin importarles a quién,  aun a sabiendas de ser muchas veces engañadas por gente que se aprovecha de su buena voluntad.  No reclaman ni enarbolan sus derechos,  pero luchan y trabajan por los de los demás sin buscar culpables para defenderlos. No tienen un trabajo remunerado,  ni sindicatos que las defiendan, ni exigen nada a cambio,  pero trabajan sin descanso día y noche, privándose de  horas de sueño para que descansen otras personas.  Recogen las zurrapas  del café que otros tiramos y con ellas hacen el suyo,  dejando los granos recién molidos para las ancianas que cuidan con esmero y que muchos abandonamos y olvidamos. Defienden la vida ayudando a jóvenes que, huyendo de una sociedad que les aconseja abortar, buscan refugio en ellas para darle una oportunidad a los seres indefensos que crecen inocentes en sus vientres.  Regalan oportunidades a muchas parejas jóvenes a los que otros insensatos inoculan la falacia de  que el aborto es un derecho de las madres y la solución a sus embarazos indeseados cuando, ese ser que se abre camino  en sus entrañas,  afecta a la vida de tres. 

Mujeres que acogen a familias rotas por la violencia cruel y sin sentido de algunos que se creen hombres pero que, haciendo daño a mujeres indefensas, demuestran su pura cobardía olvidándose que también nacieron de  mujer.  Que auxilian a enfermos en sus casas, a familias sin recursos, a madres solteras, a viudas, a huérfanos, a ex presidiarios, a proscritos…  Que irradian amor y rezuman esperanza que entregan generosas a tantas ancianas que otros pretenden ayudar acortando sus “inútiles”  días con la muerte inducida a la que llaman eutanasia.  Que renuncian a todo lo que no sea esencial para vivir, pero viven una vida plena porque sólo Dios les basta para ser libres y felices en esta vida y alcanzar el gozo eterno en la otra.

Pero sobre todo rezan, rezan sin descanso, para que Dios escuche sus plegarias y alivie las penas de la humanidad y de todas las almas perdidas que no encuentran otros hombros donde llorar sus penas.

Son mujeres, sólo mujeres y nada más que mujeres…… Mujeres que reúnen el coraje y la fuerza interior necesarias para, libremente, regalar la verdadera libertad a tantos desfavorecidos y desheredados de una sociedad que les marca,  interesadamente,  su destino. Que dejan en sus celdas sus debilidades humanas para, con la ayuda de Dios, repartir fortaleza a los que ya no la tienen.  Mujeres que no juzgan, ni critican, ni rechazan las peticiones de ningún necesitado. Que sólo ayudan en nombre de Dios a todo aquel que  llame a sus puertas y que aceptan para los necesitados cuántos donativos les llueva del cielo. Piden para dar y lo agradecen con una sonrisa y  con un  amoroso “que Dios se lo pague” que resuena imponente en el alma de todo aquel que puede desprenderse de unas monedas.

Hoy, cercano el día internacional de la mujer, me he acordado de ellas, de esas Hermanas de la Cruz y de tantas y tantas siervas de Dios que trabajan sin descanso en todo el orbe conocido en favor de los demás.  De esas madres sin hijos que han reservado ese instinto maternal para amar a tantos descarriados y desfavorecidos que comparten la vida con nosotros.

Por ellas brindo y por todas las mujeres de este mundo que lo han hecho más grande y más justo;   trabajadoras,  servidoras públicas, directivas, científicas, artistas, maestras, voluntarias, sanitarias, madres  y defensoras en general de una sociedad más próspera y solidaria. Brindo por ellas,  que no necesitan gritar, ni provocar,  ni manifestarse con tambores y panderetas de estupidez para que la sociedad aprecie lo que vale la mujer. Que, en silencio y con constancia, luchan por una igualdad que se han ganado a pulso y para que, rendidos ante su grandeza, entendamos todos por qué   nacemos de mujer.  Una sociedad que no se sostendría sin el valor de esos seres premiados por la naturaleza a las que Dios ha encomendado la sublime tarea de dar vida,  de protegerla y de  perpetuarla. 

Por todas vosotras.

Paco Zurita

marzo 2021

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LA SOLE

Aún no están puestas ni las calles cuando, en la de Doña Blanca, Sole ya está montando su puesto de tagarninas, esa planta herbácea que los científicos llaman  “Scolymus hispanicus” pero  que  solo las sabias y expertas manos de las abuelas de Jerez convierten en verdadero manjar cocinándolas  en sus cazuelas de barro.

Solía acompañar a su madre en ese mismo puesto cuando sólo tenía dos años. Allí recibió las primeras lecciones de su vida en el arte de vender los productos que daba el campo de su padre.  La menor de nueve hermanos, no pudo ir al colegio y me confesaba hoy con cierto rubor,  pero con una noble sonrisa en sus labios,  que no aprendió ni a leer y ni a escribir.

A su madre la perdió muy prontito y ella siguió ocupándose del puesto cuando aún era una niña, día  tras día, año tras año, hasta esos cuarenta y siete que tiene ahora aunque no lo parezca;  El tiempo pasa deprisa por la piel de aquellas personas que tienen que ganarse la vida desde muy temprana edad en trabajos duros y abnegados bajo el calor del verano o ante  frío del invierno.

Se levanta a las seis de la mañana y su padre la deja a las siete en la plaza de abastos con todos los trastos y  una partida de tagarninas, de rábanos, de lechugas, de cardos  de caracoles… No importa que llueva, que la queme el sol o la congele el frío de enero. Prepara los hierros y los tablones, para exponer el género  y empieza la faena de limpiar las duras herbáceas de espinos, dejándolas listas para que,  por unos  pocos cuartos, podamos hacerlas “esparragás” y cuajarles un huevo en nuestros hogares.

Ya es abuela de una hija que tuvo de muy joven y cuida de dos hermanos y de su padre cuyos lomos están ya rotos de tantos años cultivando la huerta.  Ella sonríe, satisfecha y orgullosa de tirar del carro con tanta gente encima y de la pequeña fortuna de su puesto que hace el milagro de levantar un dinerito del que viven todos .  A las dos de la tarde, la recoge de  nuevo el viejo hortelano para llevarla de vuelta, y ya en casa, aun le espera a mi amiga una larga jornada de trabajo y tareas domésticas.

No  hay espacio para el descanso ni para desayunar en este oficio pero,  afortunadamente, junto al puesto de Churros de Antonio, sirven café de los buenos y no tiene ni que dejar el puesto para tomar algo calentito. En todo caso, siempre hay quien puede echarle un ojito al género por si hay que ausentarse para alguna tarea inexcusable.

En otros puestos, se ven ancianas de rodete de pelos canos e impolutos delantales, que ofrecen sus delicias a los que quieran comprar lo mejor de la huerta jerezana. Ya casi no quedan jóvenes que estén dispuestos a dejarse los mejores años de su vida en un trabajo tan duro pero, gracias a Dios, aún quedan muchas personas que saben apreciar la calidad  de estos manjares y la bondad  insuperable de quienes los venden. Si hay gente que se merece nuestro aprecio y apoyo  en esta sociedad es la que se esfuerza por ganarse la vida y aquí no caben dudas. Y, como dijo el Maestro;   ¡El que tenga oídos que oiga!

En la plaza de abastos de Jerez, todos forman una gran familia y viven con pasión el bullicio del centro neurálgico de la ciudad. Se respira alegría a pesar de la dureza y las penurias que, a veces, tiene este trabajo de tantas y tantas horas…. Si queréis saber lo que es bueno, compradle unas tagarninas que han dejado libre de espinas las mejores manos,  desde que con dos añitos lo aprendiera de su madre. Sólo tenéis que preguntar por “La Sole”. En el mercado  la conoce todo el mundo.

Paco Zurita

Febrero 2021

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ESTE NIÑO TIENE LOMBRICES

Aquella noche descubrí las maravillas de la medicina tradicional puesta en práctica por mis abuelas y que estaba basada en remedios ancestrales y en el moderno asesoramiento de D. José, mi viejo pediatra que ya rondaba los 90 años de edad.  Aunque ahora pueda resultar difícil creerlo, cuando era niño era más delgado que Olivia, la abnegada y fiel esposa de Popeye, hecho que dejaba sin sueño a mi abuela y a mis tías abuelas que creían firmemente que me iría prontito para el otro barrio si no actuaban de inmediato.  La dilatada y contrastada experiencia de esta cohorte de mujeres,  que se desvivía por mí,  parecía ya intuir el origen de mi mal.

                Me veían inquieto y nervioso, me rechinaban los dientes y, con demasiada frecuencia para ellas, surgía en mí la imperante necesidad de aliviar un picor surgido en una recóndita parte de mi cuerpo.  No lo achacaban en absoluto a aquel añorado e ineficaz papel “Elefante”, parecido a un trozo de periódico sin letras. De extremada dureza y de tacto rasposo, no hacía correctamente el trabajo para el que estaba pensado pero,  en aquellos tiempos,  era  el único que se podía adquirir en los ultramarinos de Jerez.  En nuestra España  de los años 70 aún no habían llegado los sedosos papeles de ahora,  ni mucho menos las toallitas perfumadas que utilizan nuestros hijos para las faenas más íntimas.

                El cuadro médico que advertían las “doctoras en ejercicio”, reconocido hábilmente por una sabiduría heredada de madres y abuelas,  no les albergaba ninguna duda y fue suficiente para  lograr convencer a D. José de la necesidad de hacer la “prueba del algodón”. Con ella constatarían  lo que a todas luces parecían ya saber.

 Ante la preocupada mirada de mi madre, que aún era novata en estas lides, mi tío abuelo mantenía un sepulcral  silencio,  mientras observaba por encima del periódico la deliberación de sus sabias hermanas. Hombre de pocas pero certeras palabras,  buen conocedor en sus carnes de la dichosa prueba del algodoncito,   dijo a mi madre;  “Salud, tu niño tiene lombrices”

                Yo,  ajeno a la  gravedad del mal y a la desagradable prueba para diagnosticarlo, me fui sin darle importancia alguna  a hacer alguna trastada que me hiciera olvidar la próxima ingesta de comida a punta de pistola que me había sido impuesta por el directorio militar. Ya rendido por el sueño,  dormía plácidamente en mi cama  cuando el equipo médico entró en mi habitación para hacer la  artesana e infame prueba.

                En un algodoncito habían puesto una pócima bien trabajada, cuya composición no recuerdo,  pero cuyo olor y textura aceitosa me dejó una huella imborrable en mi memoria y, sobre todo,  en  mi culo.  Deseoso de volverme a dormir, traté de olvidarme de ese pegajoso e incómodo  tapón en lugar tan sensible y  que me colocaron a modo de cebo para que durante la noche,  las lombrices, atraídas por tan exquisito manjar, se quedaran pegadas en el algodón con el ungüento.

                A la mañana siguiente, bien tempranito,  no se olvidaron de retirar el sofisticado dispositivo,  que tan sólo me supuso un alivio temporal porque,  horas más tarde, ajeno al resultado del test,  mi ya por entonces delicada apetencia gastronómica,  descubrió amargamente que podía haber cosas que supieran  mucho peor que la comida.  No podía ni sospechar  cuan duro puede resultar para un niño tragarse un brebaje que acabaría seguro con esos parásitos para toda la eternidad.  Y es que mi madre vino de la farmacia con un bote de grandes dimensiones y amenazador aspecto. Contenía un jarabe cuyo color ya me producía sudores de espanto y al tragarme el primer buche, entre espasmos de puro asco y desesperación,   no me quedó ninguna duda de que acabaría con los gusanos, con mi lengua,  con  mi garganta y  con buena parte de mis tripas.  Me consolaron diciendo que el método tradicional hubiera sido mucho peor porque  consistía en ingerir hierbabuena a palo seco hasta regurgitar verde y rumiarlo como una vaca. Sistema que, a buen seguro,  hubiera matado de pura asfixia  a los gusanos y, desde luego,  me  hubiera  hecho aborrecer para toda mi vida el fresco sabor a menta que exhala la verde hierbabuena.

Ya libre de gusanos y con el tracto digestivo como si me hubiera tragado una una espuerta de piedra pómez, seguí inapetente e igual de flaco, pero tuve especial cuidado en aliviar mis picores más íntimos sin que  la sagaz vista  de mis abuelas y tías abuelas lo detectara. No tenía duda alguna de que,   siempre preocupadas por mí, volverían a la carga y me harían una nueva prueba del algodón y todo  cuanto estuviera en sus manos para quitarme las penas.

                Hoy, tantos años después de que  partieran de este mundo, sigo acordándome de ellas todos los días  y, cada vez que la vida me golpea, como si fuera un niño, les pido  allá donde estén, me echen una manita con algún brebaje celestial para el problema que desvele mis sueños en la soledad de la noche.  Allá arriba,  seguro que habrán departido con  Santa Ana y,  esa abnegada madre de María,  les habrá desvelado alguna receta milagrosa que practicara con su nieto que, aunque era el mismísimo hijo de Dios, también fue niño y tuvo madre y abuela.

Paco Zurita

Febrero 2021

Destacada

EL PELUQUERO DE OBISPOS

En este Jerez nuestro,  dormidas en la nostalgia del tiempo que se nos fue,  aún quedan en el recuerdo las imágenes de  aquellas viejas barberías de brocha, navaja y jabón, en las que mi amigo Pepe aprendió a abrirse camino en la vida.

No era más que un niño cuando en una vieja barbería de la calle Bizcocheros, continuó el oficio que le había enseñado su padre; ser maestro  de las tijeras y saber entender el alma del que  pone la cabeza en sus manos. Y digo cabeza, porque en aquellos viejos establecimientos en los que los hombres recortaban sus pelos y acicalaban sus barbas, se confesaban los más íntimos sentimientos, abriendo el corazón de par en par entre corte y corte de la tijera y pasada y pasada  de la navaja.

Mientras los clientes esperaban  su turno para  ser atendidos por el maestro peluquero, las conversaciones llenaban el tiempo de un tiempo en el que no había televisión, ni móviles ni prisas y no había temas que escaparan a  aquellas apasionantes tertulias que eran, sobre todo,  íntimas y sinceras. Y siendo Jerez la patria chica de nuestro peluquero,  en esas conversaciones no faltaba el Flamenco,  ni los Toros, ni  el vino,  ni la Feria y ni ese Jesús Nazareno que llevó en su alma desde que correteaba por la plaza San Andrés y por la Alameda Cristina.

Con el paso del tiempo, Pepe pudo abrir su propio establecimiento, siempre agradecido a aquel buen hombre  de la calle Bizcocheros que le enseñó el oficio de las tijeras. Por sus manos de artista pasaron varias generaciones de jerezanos que dejaban sus pelos en el suelo de la barbería pero también buena parte de sus preocupaciones entre sus cuatro paredes, sólo con el espejo como único testigo de la confesión, porque el peluquero se las guardaba como si de un cura se tratase.

Quizás por ese arte de  saber escuchar mientras aligeraba la cabeza de cabellos, todos los obispos que han regido la diócesis jerezana han puesto sus pelos y muchas de sus preocupaciones en las manos de mi amigo. Porque hasta los que confiesan por profesión y por vocación necesitan ser escuchados por un hombre bueno y sincero que diga lo que piensa sin tapujos  y  aconseje de corazón lo que conviene al que lo escucha.

Y es que,  de los quince minutos que Pepe empleaba con cada cliente, sólo necesitaba cinco para cortarle el pelo y le sobraban los otros hermosos y valiosos  diez  para hablar de de la vida, de la fe, de su último libro….

Y esa forma de vivir la vida, de entregarla por los demás, de degustarla, es la que lo llevó a ser Hermano Mayor del Nazareno, a fundar la asociación Rafael Bellido, a escribir decenas de libros para donarla a los pobres, a ser Rey Mago, a ser pregonero de la Semana Santa y a tantas y tantas cosas que no dan dinero pero ganan un tesoro en el cielo.

Podría haber amasado una elevada fortuna de haber dedicado su valioso tiempo sólo a cortar el pelo, pero tiene la fortuna de haberse granjeado el cariño de todo Jerez que, en justicia lo hizo hijo predilecto de la ciudad en 2012.

Y como ya está bien de acordarnos de las grandes personas cuando ya no están con nosotros hoy me he acordado de mi amigo José Castaño Rubiales porque aún tenemos la suerte de tenerlo y espero que por muchos años en este Jerez nuestro.

Paco Zurita

Febrero 2021

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POR TODOS LOS QUE SE HAN MARCHADO….

Cuando el gran pintor jerezano Juan Lucena realizó un lienzo dedicado a las víctimas del Covid 19, ni él mismo podría imaginarse el verdadero  alcance que llegaría a tener en nuestras vidas esta maldita pandemia pero, quizás guiado por una voz divina, lo describió magistralmente con sus pinceles….

Al otro lado de la pantalla de cristal que dibuja el artista, se pude ver cómo se van marchando los seres queridos hacia lo desconocido, contemplados por los impotentes familiares y amigos  que no pueden romper esa metafórica pantalla invisible. Sólo los gestos y los rostros de unos y de otros bastan para expresar todo lo que llevan en sus almas.

Quizás porque muchas veces el silencio lo dice todo,  hace unos días en la Basílica de la Merced, no necesitábamos palabras, ni siguiera gestos para saber qué pensamos, qué sentíamos, qué anhelábamos….

La muerte jugó su baza con una querida familia que tiene a Dios siempre presente en su vida. Golpeó con dureza el corazón que late en nuestra mortal existencia y sonrió indisimuladamente sabedora del daño que causaba a los que aman con ella.

Truncó prematuramente la vida de Ana y también la postrera existencia terrenal de su querida madre que partieron casi de la mano hacia ese destino que se pierde en el arco de luz del lienzo de Lucena.

Habló el padre Felipe, que lloraba como hombre y rezaba y hablaba  como  fiel y enamorado siervo de Dios. Cantó  el padre Enrique, que tenía el corazón quebrado pero la voz prestada por algún ángel del cielo que lo guiaba, leyó  emocionado el Evangelio el padre David, compañero de Tacho desde la  más tierna infancia, y  que sabía con él lo que duele una madre, una hermana. Rezaban y miraban en silencio el padre Juan Carlos y el padre Patrick, que vivieron en sus carnes el dolor y la muerte en las lejanas y olvidadas  tierras de Africa….

Callábamos todos, pensando en el dolor y en el vacío por la ausencia de los que ayer estaban sentados día tras día ante la imagen de  la Santísima Virgen de la Merced.   

Un móvil hacía de improvisada cámara remota para sus hijos, para sus nietos y para tantas personas que querían pero no podían estar en la basílica y que,  como nosotros, mascaban desde sus hogares, el espeso silencio que nos tocaba el alma.

Y a través de esa magia de la tecnología, María, Tacho, Fermín y tantas personas que tenían a Ana María y a Ana bien dentro de su corazón, pudo el padre Felipe recordarles las palabras que Tacho le dijera unas horas antes… ”Dios es más sabio que nosotros y sabe bien lo que  se hace”.

Tras el cristal no sabemos lo que nos espera,  pero todos pasaremos  más tarde o más temprano ese arco de luz que se adivina en la pintura de Juan Lucena. Es cuestión de tiempo y el tiempo de nuestra vida es tan efímero que casi no nos da tiempo a mirar tras ese ilusorio cristal.

Es la fe la que da luz a ese destino y de eso andaban sobradas nuestras Anas y tantos y tantos creyentes  que esperan aún a este lado de la invisible mampara.  Alguien la atravesó  desde el otro lado hace más de dos mil años para decirnos que hay esperanza, que hay muchas estancias  allende el cristal, que su padre ha preparado para nosotros. Y nos lo hizo ver,  sufriendo y muriendo como un ser humano y rompiendo el cristal del miedo a la muerte a la que venció con la cruz de nuestras culpas y miserias.

Nos duele, que nuestros seres queridos se alejen por un tiempo, un tiempo  que sólo Dios sabe cuánto dura, pero que, con la fe de Tacho y de esta familia de Dios, sabemos que llenos de gozo nos esperan en un lugar privilegiado donde pronto podremos volverlos a ver.

Paco Zurita

Febrero 2021

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A DON JUAN DEL RIO MARTÍN

Querido D. Juan,

Ahora que ya está en el cielo junto a mi abuelo, hijo de Ayamonte como usted, dígale de mi parte que lo quiero. Yo que no tuve la suerte de conocerlo, llevo esas gotas de sangre ayamontina que me lleva a la tierra de donde procedo.  Él encontró en Jerez su destino y el destino quiso que los jerezanos tuviéramos la suerte de tenerlo a usted como obispo. 

Imagino cómo la Virgen de las Angustias, patrona de esa hermosa tierra que también considero como mía, le habrá recibido sonriente a las puertas del Paraíso. Ya no importa los días de agonía por la enfermedad, por el sufrimiento, por el llanto. Porque Ella, que sostenía en sus brazos a su hijo muerto bajado de la cruz, ya no siente dolor humano, sino gozo eterno por tenerlo vivo eternamente.

No quedarán en vano, querido obispo, la entrega de una vida dedicada a curar las almas de los que peregrinamos por este mundo. No serán inútiles las palabras de aliento, las de perdón, las de misericordia del siervo de Dios que consagró su vida a servir a sus hermanos. No dejarán de dar fruto las horas, lo días, los años, dedicados sin descanso a pastorear el rebaño que Cristo le encomendó.

Aún resuenan en mis oídos como un eco que recuerda mi alma, las últimas palabras que pronunciara en San Mateo cuanto tuvo la gentileza de dedicarnos esa Solemne Función Principal de Instituto del 18 de marzo de 2018.   Ese templo que tanto nos costó levantar de sus ruinas y para el que siempre contamos con su apoyo y entrega, recibió jubiloso al que fue nuestro prelado durante ocho grandiosos años. Bien sabemos que guardaba  en su despacho con cariño ese cuadro con nuestros Titulares que le entregamos aquel día.  Le aseguro que sabremos poner en práctica todo lo que nos encomendó y seguiremos llevando nuestra hermandad, todas nuestras hermandades, por el verdadero camino que lleva a la salvación.

Quiero que sepa, D. Juan, que aquí queda mucha gente que lo quiere y que llora su partida, especialmente un peluquero de obispos y de miles de jerezanos que aún tenemos la suerte de tener entre nosotros.  Pero quédese tranquilo, que no lloramos de pena, sino de alegría porque, como usted nos dijo “Hay que encajar las sorpresas buenas y malas que nos da la vida” y, con usted allá arriba, será más fácil encajarlas a los que aún caminamos por este valle de llanto.

Ya que ahora podremos rezarle, pídale  al Señor de nuestra parte que nos ayude a andar el camino que usted nos mostró. Así volveremos a vernos cuando su Virgen de las Angustias nos reciba en la puerta del Cielo.

Paco Zurita

Enero 2021

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EL GUARDIA DEL CIELO

Las almas hermosas que vienen al mundo en cuerpos imperfectos, vuelven gloriosas al cielo que las envió. Son esas almas nobles, de espíritu alegre y dócil que, por saberse hijas de Dios, ajenas a  las envolturas  que les permiten vivir en este mundo pasajero, traslucen generosas su belleza interior.

Quizás porque la naturaleza fue menos amable con ellas, negándoles esa apariencia o aptitudes que tanto se exaltan en esta vida terrenal, Dios quiso compensarlas con la preciosa luz interior que con fulgor irradian. Una luz que contiene en sí misma todos los valores que ansiamos y que no logramos alcanzar la mayoría de los mortales.

Y pensaba en todo esto cuando me acordé de Emilio, ese personaje jerezano de alma limpia como la de un niño, de corazón noble y bondadoso, de mirada de paz y espíritu sosegado que se creía policía y consiguió serlo.  No fue agraciado con esa envoltura que dota a los más inteligentes, a los más apuestos, a los que se creen más afortunados; nació con una discapacidad por una lesión cerebral durante el embarazo de su madre. Pero,  precisamente,  su fortuna fue la ser feliz con lo que Dios le dio, y con todo ello, consiguió de la vida más de lo que ansiaba. No le faltó determinación para conseguir sus sueños, no desfalleció ante las dificultades, no dudó ni un momento de sí mismo.

Era un niño cuando, extasiado por la uniformidad de unos guardias,  decidió ser uno de ellos y en el fondo de sus entrañas,  estaba convencido de serlo.  Aquellos, que aún no lo conocían, miraban extrañados  a un loco o quizás a un tonto con un afán tan singular.  Y  él,  con sus guantes blancos, con corbata y chaqueta gris impoluta y su inseparable silbato,  saludando marcialmente mientras sonaba el himno nacional,  no dudaba en exigir respeto y silencio a los verdaderos tontos que no guardaban la necesaria compostura.

No faltaba a un desfile procesional, ni a una cabalgata,  ni a  cualquier evento donde se requiriera su “presencia policial”. Envejeció fiel a su abnegada misión en la que no cejó tras tantos años de servicio constante y desprendido.  Y dejó de ser un loco,  para convertirse en un héroe a los ojos de tantos hijos de este mundo; y es que no había policía más conocido, más querido ni  más respetado que “Emilio el Guardia”.

Cuántos de nosotros, abatidos y desnortados cuando la vida nos pone las primeras zancadillas, sucumbimos ante los obstáculos para cumplir nuestros sueños.  Cuántos de nosotros, a los que la naturaleza nos ha regalado un envoltorio más hermoso, más capaz, más perfecto que el de Emilio, tenemos el alma dormida porque no creemos en nosotros mismos y renunciamos a seguir luchando por nuestras aspiraciones.

Vivimos tiempo de desazón y desconcierto, de temor y adversidades, de falta de fe y de valor. Vivimos tiempos en los que nos hace falta enfrentar la vida con la determinación del querido y añorado guardia de los guantes blancos. Por eso hoy, acordándome de él, encuentro motivos para la esperanza de que podremos superar las muchas dificultades que nos esperan.

En 2007, cuando contaba unos 70 años de edad, la asociación del Santo Ángel de la Policía Nacional, homenajeó al bueno de Emilio Guerrero por tantos años de “servicio”.  Diez años más tarde, después de habérnoslo prestado tanto tiempo, Dios se llevó a Emilio allá a lo alto para que siguiera haciendo de guardia en el cielo.

Paco Zurita

Enero 2020

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SONETO A UN ANCIANO

 
 
 Sentado, cabizbajo, mira ausente.
 Una colilla se muere entre su mano.
 Dora la tarde de un tórrido verano
 las arrugas marcadas en su frente.
  
 No siente la ceniza incandescente
 ni el sol que abrasa su cabello cano.
 Quieto en el banco desde muy temprano,
 levanta  al cielo  su rostro lentamente.
  
 Mirando al infinito ensimismado
 quizás piensa  en la vida pasajera
 y, al rescatar recuerdos olvidados,
  
 esboza una sonrisa verdadera
 viendo a un niño correr tras la paloma
 que se escapa volando de su vera.
   

PACO ZURITA

ENERO 2021

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LA MUCHACHA CIEGA

Esa mañana iba con el firme propósito de encontrar a Dios y algo de paz en asuntos que me atribulaban. Entré en la iglesia de  San Francisco y recorrí su larga nave buscando su sagrario, pasando por delante de esa Virgen  que lleva grabado en su corona el nombre de mi madre. Mi abuelo, que tanto añoraba su Virgen de las Angustias de Ayamonte, le rezaba por su gran parecido y  se la regaló por un gran favor alcanzado para su hija y que, intuitivamente, agradezco en su nombre todavía.

Me fui en blanco del sagrario con mi espíritu desanimado, incapaz de conectar con Dios. Alertado por la hermosura de un crucifijo que habían colocado en el altar mayor iluminado por dos velas, me senté en uno de los primeros bancos de la nave principal.

Me dejé llevar por su hermosura y me sumergí en mis pensamientos mientras contemplaba su elegancia, su esbeltez, su mensaje de dolor y de paz a la vez.  Pensé que estaba llegando a ese punto en el que el diálogo con Dios se abre camino de forma inconsciente cuando un tintineante ruido que venía desde el fondo de la iglesia, interrumpió mi concentración. Miré hacia atrás y descubrí que se trataba de una muchacha ciega que se movía con cierta dificultad y avanzaba por el pasillo central con la ayuda de un bastón que movía a derecha e izquierda para no chocar contra las bancas. Rompía el silencio del templo y también de mi alma, expectante porque no llegaba el eco de mis pensamientos.

Cuando llegó al primer banco, guardó su bastón y se sentó justo delante del crucifijo al que parecía mirar como si realmente pudiera verlo.  Allí estuvo breves instantes porque, casi enseguida, volvió a coger su bastón y volvió  sonriente hasta la última banca, donde continuó rezando un largo rato.

Dejé de rezar y comprendí que no hay más ciego que el que no quiere ver; yo realmente estaba más ciego que ella.  Esa pobre muchacha había sido capaz de sentir la presencia de Dios y hasta Él llegó movida por una fuerza que yo buscaba en la belleza de aquel crucificado que contemplaba con mi perfecta vista. Ella, que era ciega de nacimiento, lo estaba contemplando con los ojos del alma y había conectado con él con la naturalidad de encender la luz de una habitación.

En nuestra vida, cuando lamentamos nuestra suerte, nuestros pequeños sacrificios diarios, nuestras derrotas, nuestras lágrimas y buscamos la ayuda de Dios,  muchas veces deberíamos cerrar los ojos y tratar de pensar en aquellas personas que no pueden ver con sus ojos pero son capaces de hacerlo con el alma. Para llegar a Él, hemos de abstraernos del mundo que nos rodea, cerrar nuestros sentidos a la aparente realidad y  ver su luz, escuchar su voz, sentir su presencia….

Desde entonces, cuando voy a un sagrario, cierro los ojos y escucho inconsciente ese tintineo del bastón de la muchacha ciega mientras dejo que mis preocupaciones se evaporen en la divina presencia. Después de un rato los vuelvo a abrir y regreso a mi rutina convencido de la suerte que tengo de ver también con los ojos.

PACO ZURITA

ENERO 2021

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LA MEJOR NAVIDAD DE NUESTRAS VIDAS

Llegué a casa y se había ido la luz. Sin disgustarme, sonreí acordándome de aquellas tormentas que nos dejaban a oscuras cuando era niño, y encendí una vela que había sobre la mesa.  Mirándola en la oscuridad, pensé en aquella primera Navidad en la que unos pobres pastorcitos se alegraron en su alma por el gran regalo que les llegaba del cielo. Ellos también estaban a oscuras en un mundo difícil como el nuestro.

 Quería sentir la luz de la esperanza que no se enciende con excesos ni derroche, pero sí con el regocijo de saber que existe un Dios que está dispuesto a nacer de una mujer para vivir, sufrir y morir como nosotros.

Pensé que quizás este año no íbamos a tener grandes comidas, ni podríamos  reunirnos con  familiares o seres queridos. Quizás no fuera la Navidad que nos han querido vender y que hemos ido comprando a lo largo de 2.000 años de historia,  más para nuestro deleite y regocijo que por el verdadero sentido que conlleva.

Hoy, más que nunca, tenemos motivos para desear la llegada de ese Niño, que vino pobre, sin techo y muerto de frío en la más pequeña de las aldeas que aquel mundo conocido.

Este año hay muchas razones para sentirnos como esos humildes pastores que celebraban la esperanza que los ángeles les anunciaban. Son muchas las penas y fatalidades que parecen ceñirse sobre nuestro mundo y,  no sólo por la pandemia que nos castiga, sino por tantos Herodes de nuestros días que ponen en riesgo nuestra convivencia y nuestras vidas  sin tener en cuenta la paz que comprometen y las personas que sacrifican en aras de sus propios egoísmos e intereses. Son esos falsos servidores públicos,  ilusos visionarios e  hipócritas líderes que pretenden liberar al hombre de una supuesta esclavitud para llevarnos a servir a sus propias mesas y hacernos creer en un mundo que muere sin remedio.  Herodes se llevó a muchos inocentes por el camino, pero no pudo acabar con la esperanza que acabó triunfando sobre una cruz que representaba todo lo que nos somete.

A solas, contemplado la luz de la vela,  pensé en  todas las cosas buenas que hacemos siguiendo el ejemplo de ese divino Niño que nos trajo la primera Navidad. Reparé en  todos mis hermanos que están trabajando por los más necesitados, no importa  sus creencias o ideas.   No se me olvidaron todos los voluntarios de hermandades, congregaciones religiosas, asociaciones benéficas de nuestra Iglesia o de otras confesiones que creen en el amor al prójimo y en el mensaje de paz que nos trajo ese niño de Belén. Sentí un extraño gozo por  tener motivos para alegrarnos  haciendo de esta Navidad la más hermosa que hayamos conocido jamás, sintiendo que adoramos a Dios con cada persona que recibe nuestra generosidad y amor en su nombre.

Es en el dolor y en las dificultades donde más se necesita la  Navidad como única y verdadera  respuesta de la Humanidad a sus frustraciones, a sus miedos, a sus limitaciones,  a su propia efímera existencia.  Cualquier otra que nos vendan es pasajera y muere como los hermosos lirios que acaban siendo polvo o pasto de las llamas.

Sí, en esta Navidad tenemos motivos para la  alegría porque Dios,  una vez más, nace  de nuevo en nuestras vidas mortales para darnos amor y  traernos esperanza que ningún Herodes logrará arrebatarnos.

Me quedé extasiado mirando la vela encendida y entendí la grandeza de esa pequeña luz en mitad de la oscuridad de la habitación y de nuestra propia  existencia. Me dejé arrebatar por su hermosura y pensé en el amor que Dios nos trae en persona, haciéndose uno de nosotros,  para llevarnos de nuevo a esa Luz que no se apaga nunca.

Es la Navidad en estado puro cuya luz encendemos con el amor que derramamos en cada uno de nuestros hermanos. Lo demás es superfluo e importa poco porque ésta, sin duda,  será la mejor Navidad de nuestras vidas.

Paco Zurita

Navidad 2020

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CARPE DIEM

Reconozco que no lo sabía pero me encanta aprender cosas nuevas aunque sea algo que, por cercano y consustancial a lo que debería saber, desconocía. Enseñaba el paso del Señor de las Penas a una amiga que hace de la Cultura y del Arte una regla de vida cuando me preguntó, mientras contemplaba la magnífica obra de Manuel Guzmán Bejarano; ¿Sabes lo que significan las frutas que hay rematando la talla?. Tuve que reconocer que no lo sabía,  a pesar de las vece que había contemplado el paso de mi hermandad.

Me contó mi amiga que el cardenal Cisneros, ese franciscano y primado de España que vivió en la segunda mitad del siglo XV, tenía como regla de vida la expresión latina “Carpe Diem” y que no puede representarse mejor que con una fruta; sencillamente porque hay que disfrutarla en el momento justo. Si la tomamos demasiado pronto estará dura. Si lo hacemos demasiado tarde estará pasada.  

Pensé en mi manía de guardar vinos buenos que me han regalado a lo largo de mi vida y que reservo como un tesoro para cuando llegue una ocasión especial. Pensé en esa frase latina  y abrí una botella  al azar. El corcho estaba podrido y tuve que sacarlo a trocitos y,  el vino agriado dejó mi boca y mi alma de ese mismo sabor. Pasó el tiempo de descorcharlo en su grandeza, y el valioso vino se fue por el sumidero de mi estupidez.

Así es la vida, como el vino, como la fruta, como nosotros mismos que creemos que existe un futuro infinito en este mundo y se nos escapa de las manos la vida misma pensando que llegarán mejores momentos. Así somos nosotros que nos creemos que vamos a estar aquí  eternamente cuando la vida es un suspiro que ya empieza a exhalar el aire que acaba de inspirar.

Pensé en San Agustín y sus confesiones, en su medida del tiempo, en su concepto de la eternidad. Pensé en aquel estado en el que una jugosa fruta siempre está carnosa, dulce y deliciosa porque el tiempo no existe para que no haya madurado o para poderla pudrir. Es ese estado que supongo alcanzaremos cuando hayamos pasado de esta vida.

Mientas tanto….     ¿Qué sentido tiene hacer grandes acopios de bienes perecederos, o regocijarse con vanidades que se disiparán con el tiempo, o preocuparse por dolores pasajeros? Mejor no haber nacido.

Es la terrible paradoja de aquellos que piensan que la vida tiene sentido mientras se pueda disfrutar, porque creen que más allá de ésta no queda nada.  No vinimos a este mundo intencionadamente ni debemos abandonarlo de forma intencionada. Hay que vivir cada momento, cada segundo, con toda intensidad. Dejar que el tiempo carcoma ese instante en que creemos estar vivos sabiendo que lo que nos llega es un regalo del cielo para abrirlo de forma inmediata.

En esta vida hay que tomarse la fruta en el momento justo, dejando en manos de Dios que la provea generosamente mientras nos lata el corazón  y hasta que nos lleve a aquel lugar donde el tiempo no existe porque la vida es eterna.

No ser tan cortos de mente ni tan parcos de espíritu al pensar que, cortando esta vida a nuestro antojo, nos ahorramos sufrimientos innecesarios, como si sólo mereciera la pena la vida que conocemos; sin pasado, sin futuro, sin presente……

Me acordé de muchos que piensan que aún tienen tiempo para acumular más riquezas, más futuro, más estériles proyectos. Pensé en todas las cosas que podría vivir hasta el momento en el que el tiempo no pase; despreocupado de todo lo superfluo y pasajero. Abrí otra botella de vino que me acababan de regalar y estaba delicioso.

¡Carpe diem!

Paco Zurita

Diciembre 2020

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CÓMO NOS DIVERTÍAMOS ENTONCES

Encontré la vieja foto y vinieron a mí recuerdos imborrables de aquella niñez feliz que se forjó sin grandes lujos ni sofisticados aparatos electrónicos, pero con mucha imaginación. En ese mundo que nos hacíamos a la medida de nuestras posibilidades y de nuestros sueños, bastaban cuatro cosas baratas para convertir esos sueños en una realidad al alcance de muy pocos.

A pesar de los muchos años transcurridos, recuerdo perfectamente aquella escena y aquellas entrañables aventuras forjadas alrededor de tan sencillas cosas. Y lo recuerdo, quizás, porque esas cosas cobran con el tiempo más valor e importancia cuando miro a los valores que priman hoy en día.

Sobre la mesa había una vieja caja de un Meccano, desgastada de tanto uso más allá de los modelos que venían propuestos por el fabricante. Seguro que,  entre sus múltiples y versátiles piezas, habría encontrado lo necesario para terminar aquella tienda de indios que salía en la película de Sesión de Tarde de cada sábado.  Los materiales eran abundantes y muy a la mano de unos niños que sabían sacar partido a los recursos disponibles, siempre y cuando contaran con la comprensión de los mayores que, a veces,  no lo  veían igual.  Pero, al fin y al cabo, los palos de escoba y de fregona servían para algo más que fregar y barrer los suelos y el mantel con el que cubríamos los palos era más que apropiado para emular las pieles que utilizaban los indios Sioux para sus tiendas de campaña.

Los jerseys de lana eran ideales para que se quedaran en ellos prendidos las espigas silvestres y la avena loca que abundaban en el campito y que hacían de improvisadas fechas que hasta el mismo Toro Sentado hubiera envidiado. Faltaba la pipa de la Paz, pero mi tendencia a jugar con fuego era rápidamente abortada por mis vigilantes padres que sabían hasta dónde podría llegar mi  peligrosa imaginación.

En aquellos tiempos los ordenadores no habían llegado aún a nuestros hogares y los niños éramos dueños de nuestras propias aventuras. Y viendo a tanta juventud pegada a un mundo virtual que muchas veces no controlan,  me pregunto si esta sociedad de avances informáticos increíbles no puede resultar una cárcel  para su libertad como ser humano y un freno para su desarrollo emocional.

Viendo la cara de felicidad del futuro santo Carlo Acutis,  que supo utilizar estos avances sabiamente y para el bien de los demás puede que esté la respuesta a mi inquietud. Es la sonrisa que se dibuja en su rostro y que se dibujaba en los nuestros  alrededor de esa improvisada tienda de campaña la que marca la diferencia. Una sonrisa que no veo reflejada en muchos niños y jóvenes a los que le produce ansiedad no acabar a tiempo con marcianos o enemigos virtuales y que son reos de una dependencia excesiva de un mundo intangible. La sonrisa es la respuesta espontánea del cuerpo al bienestar que siente el alma, al igual que la frustración interior se deja sentir también el rostro.

Quizás por ello, real mejor, o virtual en su defecto,  deberíamos seguir incentivando en nuestros niños aquellos juegos que provocan una hermosa sonrisa.

Paco Zurita

diciembre 2020

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UN MATRIMONIO QUE REZA

Allá, en la penumbra de la capilla sacramental de San Mateo, apenas delatado por la luz que emana del camarín,  hay un matrimonio que reza. Jesús sacramentado está perennemente  presente en el precioso sagrario del viejo templo  jerezano, siempre custodiado por su madre, María del Desconsuelo y por su inseparable San Juan, ausente en la foto por un necesario proceso de restauración.

Hace unos años esos cónyuges celebraban sus Bodas de Oro, bendecidas por esa misma Virgen que contempló su unión para siempre. Eran jóvenes entonces y, con toda una vida por delante,  se prometieron eterno y sincero amor en esa misma iglesia.  Ahora,  que son ancianos, él  tiene que empujar la pesada silla de ruedas de ella,  y ella, sintiéndose segura con él, se deja empujar orgullosa por el hombre al que entregó su vida;  A sus más de ochenta años, poco importa que el tiempo haya revestido sus cuerpos de arrugas o se hayan desvanecido el empuje y la belleza de sus años mozos; siguen pidiéndole a la Virgen que los lleve juntos por el trecho que los separa de la otra vida, donde seguirán unidos para toda la eternidad. Quizás le pidan por los que venimos detrás y  que aún no vemos esa meta tan cercana,   pero que se aproxima inexorable con el rápido paso de tiempo.

Una puerta entreabierta en el  hermoso retablo rococó,  que hicieron para la Virgen devotos agradecidos del s. XVIII, deja entrever el flamante columbario, donde reposan las cenizas de muchos fieles y hermanos que ya  han cruzado  al otro lado…. Es providencial que María, sea la vigilante de esa puerta, como una centinela celosa de la obra de Dios pero enamorada de esos seres humanos,   a quienes su hijo dejó a su cuidado.  Esos  infinitos ojos de misericordia y amor, parecen transmitir al que los mira,  la seguridad de alcanzar la gloria que espera al otro lado de esa puerta; gloria que pide la madre a su hijo para todo aquel que refleja su alma es esos ojos de infinita ternura y comprensión.

Me acordé de unos jóvenes que meses antes rezaban en el mismo lugar cogidos de la mano. Miraban fijamente a María, y se encomendaban a Dios, absortos e inmóviles en la bella estampa que contemplaban en la capilla. El tiempo se detuvo para ellos y también para mi…..  Paciente los esperé afuera, incapaz de permanecer callado ante aquella entrañable escena,  y a la salida les dije:

¿Sabéis? Cada vez que mi mujer y yo hemos tenido un problema que ha amenazado nuestra unión, hemos venido a este sagrario cogidos de la mano, como vosotros,  para recordarle a María y a Jesús Sacramentado que fueron precisamente ellos los testigos de nuestra unión y que, por eso, precisamente por eso,  no podían fallarnos en ese momento de debilidad en nuestro matrimonio.

Ellos sonrieron y me confesaron que se casaban la semana siguiente, deseosos de comprometerse  y jurarse mutuo amor ante  los ojos de la Virgen, reafirmándose sin pudor en aquella firme convicción de no separase jamás.

La vida es como un río que fluye incesante hacia el mar.  En un abrir y cerrar de ojos estaremos cerca de la desembocadura de ese río rindiendo cuentas de nuestro paso por todo su curso.   Esas tres escenas  en ese mismo sagrario fueron reproducidas inconscientemente en mi alma;  vi el alegre y cristalino nacimiento del rio, su discurrir por meandros, rápidos y cataratas y  por el lento y manso paso del agua casi a punto de alcanzar el mar.

Quizás en este mundo hedonista y superficial en el que vivimos, carezca de sentido a los ojos de muchos, este testimonio de un hombre casado y agradecido de estarlo con la mujer que Dios le puso en el camino.  No hay amor sin renuncia y compromiso, ni compromiso que no nazca de un sincero y verdadero amor. Quizás pocos lo entiendan, salvo aquellos que lo han saboreado y, celosos del tesoro que han encontrado,  no lo cambian por nada.

Ese amor es eterno, como el mismo Dios del que emana y lo bendice.  Llegará maduro, libre de ataduras y de todo lo superfluo que enmascara su verdadero ser.  Más tarde o más temprano, llegaremos hasta esa puerta a los pies de María que nos mostrará la luz que nos guiaba.  Esperaré yo o esperará ella en el inmenso mar que nos aguarda,  donde ya no hay cataratas, ni rápidos, ni meandros,  ni turbias  desembocaduras,  sino un nuevo nacimiento cristalino; una eternidad azul como el mismo cielo. Nos fundiremos  allí para siempre con el amor  que nos engendró y nos unió en un solo ser.

Paco Zurita

Noviembre 2020

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LO EFÍMERO

De esa foto de la plaza del Arenal de Jerez de principios del siglo XX ya no queda nada; sólo el recuerdo de un tiempo en el que vivieron aquellos jerezanos que también soñaban con un mundo mejor. Los viejos edificios, las pequeñas palmeras, el carro, el borriquillo….. Y las personas que sonreían ante el fotógrafo que creía  inmortalizarlos para la posteridad.

Me quedé absorto mirando la escena de una tarde, quizás de una primavera de hace cien años,  delatada por unas sombras  que empezaban a alargarse y buscaban cansadas la calle Lancería. Miré a las personas que quedaron presas del tiempo en esa instantánea de su existencia. Pensé en lo  que serían sus vidas,  marcadas por una época de incomodidades y privaciones, pero en la que también había momentos para reunirse con amigos en el bar del toldo desvencijado, terminar las tareas de reparto en el carro de grandes ruedas o en el asno de los serones de esparto. Me fijé en el hombre sentado y cabizbajo a  la sombra de una palmera y en las mujeres que se arremolinaban en torno a un banco  de hierro forjado, quizás poniéndose al corriente de los últimos chismorreos, verdaderas telenovelas de la época.

Pensé en todos ellos, ausentes de un futuro de dolor que unos años más tarde rasgaría a España en dos mitades. En aquellos años en los que nuestro país no hacía mucho  tiempo que había perdido Cuba y Filipinas y aún se desangraba en las tierras del Rif, empezaron a sembrase las semillas de dolorosos espinos que desangraría a nuestra patria en una fratricida contienda en la que se enfrentarían, quizás, el del asno con el del carro.

Hoy, más de un siglo después, pasé con mi bicicleta por esa misma plaza, y pensé otra vez en aquellos que la habitaron cuando el  Titanic se hundía una fría noche de abril de 1912. Pensé también en nosotros, en nuestros hijos y  en los hijos de nuestros hijos. En los edificios, en las palmeras, en los negocios que hoy reabren jubilosos en los mismos locales donde, derrotados, cerraron las puertas otros que les precedieron.  Pensé en la vida y en lo poco que dura y en las personas que se creen que perduran dejando huellas en la arena.  Pensé en todas las plazas del mundo…..

Pensé que, cuando pasen otros cien años, quizás nos arrepintamos de  haber vuelto a sembrar semillas de odio y estéril división y enfrentamiento.  Plantas que satisfacen las ansias de poder de algunos,  pero que envenenan con sus hojas a la mayoría de sus coetáneos.  Lo sufrirán las nuevas generaciones, inocentes de la herencia recibida por esa ceguera, como el que posa sonriente ante el fotógrafo, ausente de su propia responsabilidad ante la historia.

Pero, para unos y para otros, al final de los tiempos, no quedará nada en esa plaza,  ni en todas las plazas del mundo, ni personas, ni edificios ni palmeras, ni siquiera la plaza…

¿Quedará el dolor y el sufrimiento que causaron los egoístas e insensatos que se creían que iban a dejar sus nombres grabados en alguna parte que ya no existe? Ni siquiera eso.

Quedará sólo  Dios.

Paco Zurita

Noviembre 2020

A nuestra querida camarera Poti

Muchas veces pienso que el cielo es como un inmenso mar azul en calma al que siempre hemos pertenecido,  pero que el colosal impacto de un astro imponente, desgajó parte  de él y nos convirtió en temporales gotas de agua viajeras por el universo.

Vagabundas en ignotos mundos, algunas de esas gotas se encuentran en ese destierro  y comparten experiencias vitales y sentimientos que evocan el mundo de donde vienen.

Vienen nuevas gotas que llegan a nuestras vidas y se marchan otras que formaron parte en algún momento  de ellas. Sentimos alegría cuando están cerca, como familia, como amigas, como compañeras de destierro. Y sentimos dolor cuando se evaporan y nos dejan solos de nuevo en este desierto terrenal.

Temblamos de miedo y de soledad, despojados de compañeras de aventura y echamos de menos el lugar que ni siquiera recordamos pero al que queremos volver.

Porque,  fieles a su naturaleza,  las gotas errantes ansían la fuente de donde provienen y buscan sin descanso el camino de vuelta a su casa,  en el azul del mar. 

A veces, en ese destierro, cuando se miran dentro de esa diminuta gota, encuentran en ella todo el océano del que proceden. El tiempo se detiene,  sus cuerpos parecen ingrávidos y la sensación de estar en casa recorre cada rincón del ser.

En ese momento de éxtasis trascendental, los seres humanos, cuál gotas de agua, vislumbramos el mar que nos espera y, nuestros rostros, espejos del alma,  no pueden esconder la gloria que vislumbran; la misma gloria que vislumbraron Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor viendo a Cristo transfigurado.

A la muerte de Poti, rebusqué entre mis viejas fotos y me detuve en una que me sobrecogió. En los rostros de los protagonistas vi esa mirada de esperanza y serena alegría de los que se saben  en el camino que nos lleva de regreso al mar.

La enamorada camarera y el que fuera hermano mayor de la hermandad, mi padre,  contemplaban a la Virgen del Desconsuelo una víspera de Domingo de Pasión, con caras encendidas que no disimulaban que en Ella estaba el camino de vuelta al ansiado mar azul.

Ya, mi querida camarera, miras a la Virgen desde el mar de sus ojos misericordiosos que contemplabas aquella tarde junto a mi padre.

Nos duele que se nos vayan esas gotitas de agua con las que tantas vivencias  hemos compartido, pero sabemos que ya están en casa y que nos esperan en la inmensidad azul de Dios.

 

Paco Zurita

Noviembre 2025

UNA NUEVA SÁBANA SANTA

Entre la grandiosa belleza de palacios imponentes, templos sublimes y museos que albergan obras prodigiosas de todas las épocas, una imagen en un parque cercano me hizo detenerme .

Estos primeros días de agosto estaban  siendo especialmente tórridos y las calles casi  desiertas de Turín daban buena cuenta de ello.

Aun así, la hermosa ciudad del Piamonte no nos  hubiera perdonado a mi esposa y a mí desperdiciar nuestra corta estancia entre sus  muros, encerrándonos en algún espacio con aire acondicionado.

Esa mañana, tras recorrer su animado mercado central,  nos dirigíamos al templo que guarda el sudario que, según la tradición, cubrió el cuerpo de Cristo tras bajarlo muerto de la cruz.

Y en  ese recorrido, en un pequeño parque junto a las viejas murallas de la ciudad, cada banco era una tumba viviente de seres humanos que parecían no serlo a los ojos de los transeúntes que por allí pasaban.

No había un solo banco en aquel lugar donde no durmiera, no importa el sofocante calor que reinaba, uno de esos desheredados de la tierra, que a tan poca gente importa.

Me detuve un buen rato y dirigí la cámara de mi móvil hacia aquella impactante estampa que ante mis ojos y  que reflejaba los contrastes de la vida.

Un poco más allá nos esperaba la Sábana Santa y, atendiendo a las propias palabras del que estuvo cubierto por ella, vi que el Señor también  dormía  entre aquellas sabanas improvisadas sobre los bancos del parque.

Cuando llegamos al Duomo, la catedral turinesa que alberga el lienzo de lino del crucificado, entendí que en este mundo habría muchas más  sábanas santas si fuéramos  capaces de “resucitar” a tantas almas perdidas  que duermen a la intemperie cada noche.

Nos fuimos de la catedral de Turín impresionados por todo cuanto vimos y por los signos inequívocos de sufrimiento que padeció  aquel ser humano, plasmados para siempre en el lienzo fúnebre.

Ya de vuelta a casa, recordando todo lo vivido, nos quedamos con la certeza de que si hay algo que podamos hacer para aliviar  los dolores del hombre de la sábana, es convertir las mantas de cada uno de esos olvidados de la tierra en  una nueva sabana santa.

 

Paco Zurita

Agosto 2025

 

 

 

PREGÓN DE MARÍA AXILIADORA

 
PREGÓN DE MARÍA AUXILIADORA
Francisco Zurita Martín


Decid en vuestro corazón lo que decía S. Agustín: Si ille, cur non ego? (Si él, ¿Por qué no yo?)
Si un compañero mío, de mi misma edad, en el mismo lugar, expuesto a los mismos y tal vez mayores peligros, encontró, sin embargo, tiempo y modo de mantenerse fiel seguidor de Jesucristo, ¿por qué no puedo también yo hacer lo mismo?
Recordad que la religión verdadera no consiste solo en palabras; hay que ir a las obras. Por tanto, cuando encontréis alguna cosa digna de admiración, no os contentéis con decir "esto es bonito" o "esto me gusta". Decid más bien: "quiero empeñarme para hacer esas cosas que, leídas de otros, despiertan mi admiración".
Estas palabras las pronunció DON BOSCO en referencia a Domingo Savio y fueron las que inspiraron la obra del santo con los más jóvenes.

Esta historia de amor comenzó en I Becchi un 16 de agosto de 1815. Francisco Luis Bosco y Margarita Occhiena, padres de San Juan Bosco, lo llamaron Giovanni Melchiorre, aunque todo el mundo lo conoce hoy como D. Bosco.

Dios habla a la gente buena y sensible por medio de sueños, a los que susurra a sus oídos lo que deben hacer.
Fue por medio de los sueños cómo José conoció la voluntad de Dios en cada tribulación. Cuando María estaba encinta y José, siendo un hombre justo, decidió repudiarla en secreto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo".
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros".
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

San Juan Bosco era un niño que soñaba desde muy pequeño y, al igual que José, por medio de los sueños Dios le hablaba.
En 1825, cuando Juan contaba 9 años de edad tuvo una experiencia que marcó su vida para siempre. El mismo D. Bosco la describió así:
Cuando tenía nueve años, tuve un sueño... ¡Este sueño me acompañó a lo largo de toda mi vida!
Me pareció estar en un lugar cerca de mi casa, era como un gran patio de juego de la escuela. Había muchos muchachos, algunos de ellos decían malas palabras. Yo me lancé hacia ellos golpeándoles con mis puños. Fue entonces cuando apareció un personaje que me dijo: «No con puños, sino con amabilidad vencerás a estos muchachos» Yo tenía solo nueve años.
¿Quién me estaba pidiendo hacer algo imposible? Él me respondió: «Yo soy el Hijo de Aquella a quien tu madre te enseñó a saludar tres veces al día. Mi Nombre pregúntaselo a mi Madre».
De repente apareció una Mujer de majestuosa presencia. Yo estaba confundido. El me llevó hacia ella y me tomó de la mano. Me di cuenta de que todos los niños habían desaparecido y en su lugar vi todo tipo de animales; perros, gatos, osos, lobos... Ella me dijo: «Hazte humilde, fuerte y robusto… y lo que tú ves que sucede a estos animales, tú lo tendrás que hacer con mis hijos». Miré alrededor y vi que los animales salvajes se habían convertido en mansos corderos... Yo no entendí nada… y pregunté a la Señora que me lo explicara... Ella me dijo: «A su tiempo lo comprenderás todo».
Y este sueño se repitió siete veces a lo largo de su vida…

Era un niño que soñaba
y Dios estaba en sus sueños;
sueños de niños pequeños
que la vida maltrataba.
Su alma se atormentaba
viendo sus rostros mugrientos
y al contemplar sus tormentos
pidió a Dios que le dijera
el camino, la manera
de aliviar sus sufrimientos.

La forma en que condujera
a esas ovejas perdidas
a esas almas doloridas
que el destino maldijera.
Alejarlos de la fiera
de un presente sin futuro
y derribar ese muro
de incomprensión y de olvido
que ese mundo sin sentido
les deparaba seguro.

Y en ese sueño vivido
vio la luz de una doncella;
La mujer más dulce y bella
que el mundo haya conocido
Un susurro en el oído,
una voz como la aurora
le dijo “Confía y ora”.
Yo los haré buenos hombres
si quieres saber mi nombre
¡Soy María Auxiliadora!


Y es que la obra de San Juan Bosco siempre estuvo inspirada por María Auxiliadora. Fueron muchos los milagros que a su amparo, el santo de I Becchi prodigó a lo largo de su vida.
En una ocasión, después de la catequesis y un momento de oración, los que estaban junto a D. Bosco pasaron a la sacristía de la Catedral de San Siro para recibir la bendición del fundador de los salesianos, quien tenía por costumbre obsequiar a cada persona una medallita de María Auxiliadora, advocación que difundió a varios países del mundo.
"Las medallitas que tenía en una pequeña bolsa eran muy pocas y el milagro fue que todos pudieron recibirla, pese a que la bolsita que el secretario le dio a Don Bosco realmente tenía poquísimas".
¡Cuántos milagros ha obrado Dios por medio de tantos y tantos santos que han emulado a lo largo de sus vidas la multiplicación de los panes y los peces! La cesta de San Martín de Porres, la de Fray Leopoldo de Alpandeire o la de aquellos que, como dice el papa Francisco realizan el milagro de compartir lo que tienen con lo demás que es el verdadero milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
Caridad con los más necesitados que, por mediación de la Virgen inspiró la vida de San Juan Bosco y la de miles de salesianos que hoy día siguen su ejemplo. Esa fe que la Virgen le inspiraba es la que es capaz de mover montañas , de hacer caminar sobre las aguas o de llenar las cestas para los que más necesitan de su amor.




¡Auxílianos, Madre Mía!
Sacia nuestra sed de amor.
Pide, Madre, a tu Señor
nuestro pan de cada día.
Que nos llene de alegría,
perdone nuestros pecados
y que de su amor saciados
sintamos latir la vida
que por su sangre vertida
generoso ha regalado.

Cúranos nuestras heridas,
nuestros odios, nuestros daños,
las penas y desengaños,
nuestras almas doloridas.
Y a esas otras confundidas
sin sosiego y sin consuelo
Tú, Madre, puerta del cielo
muéstrales la eterna vida.

Tú de Don Bosco modelo.
Guía y faro de su obra.
Roca firme en la zozobra.
De nuestras Penas, pañuelo.
La luz de nuestros desvelos
y el alivio en la agonía
que contigo, Madre mía,
como Don Bosco soñaba
esta vida no se acaba
¡¡si es con tu auxilo, María!!


Don Bosco decía:
“Alegría, estudio y piedad: es el mejor programa para hacerte feliz y que más beneficiará tu alma.”

Y es que a Don Bosco se le ha llamado con razón «el santo de la alegría». En el año 1975 San Pablo VI publicó «Gaudete in Domino», una carta sobre la “alegría” y en ella nombró a San Juan Bosco como uno de los santos que mejor habían aprendido y comunicado ese precioso carisma.
Don Bosco, cuando era aún estudiante en Chieri, fundó «la Sociedad de la Alegría» dejando clara su apuesta por buscar lo positivo en la vida y evitar toda tristeza. («melancolía, fuera de la casa mía» decía).

Y esa fue una de las claves principales de su pedagogía con los niños y los jóvenes: la vida entendida como fiesta y la fe como felicidad.
Excursiones, música, teatro, deporte y la alegría sobrenatural de la fe. El optimismo, la confianza en Dios y en las personas gozando de los valores que hay en este mundo, sin lamentarse continuamente, son los secretos de su pedagogía humana y religiosa.
Es fácil identificar a un miembro de la familia salesiana porque vive la vida con alegría y con una eterna sonrisa.
Domingo Savio, su discípulo predilecto, lo resumió en una frase: «Nosotros hacemos consistir la santidad en estar alegres».
No es una frase ocurrente y superficial. La alegría, en la pedagogía de don Bosco, es la fórmula magistral de aunar en una pócima milagrosa valores muy profundos, humanos y cristianos a la vez: la conciencia de ser hijos de Dios, el cumplimiento del deber, la piedad eucarística y la devoción a la Virgen, la visión concreta y sencilla del camino de la santidad, los valores de las personas y de la vida.
Y es que nadie entiende mejor la importancia de la alegría como María. Como en esa ocasión en Caná de Galilea en la que estuvo a punto de faltar el vino que simbolizaba la felicidad de aquellos novios…..


Qué importante es enseñar
cómo ganarse un oficio
y que con fe y sacrificio
puedas tu sueño alcanzar.
No hay forma mejor de amar
que a aquellos sin esperanza
regalarles confianza
y una vida merecida
caminando por la vida
como el fiel de la balanza.

Esa lección recibida
por los niños sin futuro
es por ello a buen seguro
una rosa florecida.
Es la promesa cumplida
de Don Bosco a la Señora
a quien en sueños le implora
que le muestre el buen camino
sin temor por el destino
porque es su Auxiliadora.

No hay nada escrito ni sino
que Dios no pueda mover;
Que lo importante es creer
en el susurro divino
que convirtió el agua en vino
en Caná ese insigne día,
cuando la Virgen María
auxilió a dos pobres novios
salvándoles del oprobio
de faltarles la alegría.

Como en la célebre canción “Pescador de hombres” compuesta en 1974 por el sacerdote y compositor español Cesáreo Gabaráin, D. Bosco se convirtió en un verdadero pescador de jóvenes a los que rescataba de un mar de peligros.
En el precioso retablo cerámico a la entrada del Santuario de María Auxiliadora del Colegio Lora Tamayo, se representa de forma hermosa y alegórica a ese santo pescador montándolos en su barco y salvándolos de las orillas de Infierno.
¡Qué importante es rescatar de los peligrosos mares de nuestros días a tantos y tantos jóvenes que necesitan encontrar las orillas de sus conciencias!
También, en esa preciosa canción se dice en una de sus frases; “que mi cansancio a otros descanse”
Siempre con la fuerza y el amor desmedidos que le inspiraba María Auxiliadora, Don Bosco llevó a su máxima expresión esa entrega sin límites hacia el prójimo. Cayó muchas veces enfermo víctima del sobresfuerzo y hasta se quedaba dormido zurciendo calcetines de sus niños hasta altas horas de la madrugada.
¡Cuántas veces nos quejamos de cansancio por el tiempo que dedicamos a nuestras aficiones y no a los demás!

Y se quedaba dormido
zurciendo los calcetines
de esos pobres chavalines

víctimas de tanto olvido.

¿Hay amor más desprendido?
¿Hay amor más noble y puro
que ser refugio seguro
de esos niños olvidados,
sin hogar y desahuciados,
sin esperanza y futuro?

¿Hay amor más abnegado
que, renunciando al descanso,
ser ese cordero manso
por amor sacrificado?
Dando descanso al cansado.
Dando comida al hambriento.
Dándole agua al sediento
y cariño al desvalido.
Oído al incomprendido
y vestido al harapiento.

Se nos quedaba dormido…
Y, durmiendo sonreía
soñando con la alegría
de un niño más acogido
De otro joven redimido
de un nuevo y veraz cristiano.
Y su sueño no fue en vano;
Auxiliado por María
cuando a su encuentro partía
¡dejó un mundo más humano!

Dejar un mundo más humano es una de las mayores aportaciones a las que podemos aspirar como seres humanos. Y D. Bosco cumplió con creces ese cometido que le había encomendado Cristo a través de su Madre, María Auxiliadora.
Cuando en 1860 la Santísima Virgen se aparece a San Juan Bosco le dice expresamente que quiere ser honrada con el título de "Auxiliadora".
Dos años más tarde, marcado incondicionalmente por el amor de la Virgen María, se hace patente de forma clara e irrenunciable su vocación mariana y proclama públicamente que la Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora.
En aquellos tiempos difíciles, especialmente para los más necesitados y los jóvenes de familias sin recursos que veían predestinadas sus vidas a un porvenir sin futuro, D. Bosco descubre en sus sueños que Dios le pide que cuide de ellos.
Y en esos sueños, el mismo Jesucristo pone la obra que le encomienda en las mejores manos, las manos de la mujer que lo trajo al mundo a la misma que confió desde el trono de la cruz el destino de la humanidad; su propia madre.
Siguiendo los deseos de aquella Señora, el nueve de junio de 1868 D. Bosco hace realidad el sueño de abrir un santuario en honor de la Santísima Virgen en el barrio de Valdocco en Turín.
Ese fue el primero de otros cientos de santuarios que en honor de María Auxiliadora se iban a levantar en el mundo, porque D. Bosco no sólo fundó una congregación que ayudó a muchos niños y jóvenes a granjearse un futuro en la convulsa Italia de su época. Su obra se fue extendiendo por todo el mundo y, en nuestros días, llega a 132 países de los cinco continentes. Más de 15.000 salesianos siguen haciendo realidad esos sueños de D. Bosco en nuestros días, teniendo a la Santísima Virgen como auxiliadora de sus obras.
Y nuestra ciudad, amante como ninguna de la Virgen María, recibió también buena parte de esa hermosa herencia que nos dejó el santo. La familia salesiana llegó a Jerez en 1897 hace más de 125 años y actualmente cuenta con cuatro centros que siguen fielmente las enseñanzas del fundador.
¡Qué alegría como jerezano siento al ver hoy aquí reunidas a tantas familias salesianas que sienten el mismo amor por María Auxiliadora!
Y es que en Jerez, los seguidores de D. Bosco y de la Santísima Virgen entendieron que Ella también quería un templo en nuestra ciudad para que tantos y tantos devotos de su advocación pudieran llevarle sus preocupaciones y anhelos.
Y así, con enorme ilusión, entrega y esfuerzo, antiguos alumnos salesianos se pusieron manos a la obra y en el año 2.000 (Año Santo Jubilar), se termina el Santuario de María Auxiliadora de Jerez, siendo bendecido por el entonces obispo de Jerez, D. Rafael Bellido Caro.
Era una nueva casa para Ella y para la que se pronuncian estas palabras de este humilde pregonero que se une a las voces de todos los salesianos que hoy celebran el aniversario de la bendición de su nueva imagen.
No era una tarea fácil ni sencilla, pero tenían la fuerza interior de una
Madre que dirigía sus pasos, al igual que hiciera con San Juan Bosco más de un siglo antes.



Un Santuario en Jerez
sueñan para la señora.
Lleva por nombre María.
Se apellida Auxiliadora

Sus hijos son muchos miles
y muchas miles sus obras,
siguiendo como modelo
a tal celestial pastora.

Pastora de niños huérfanos
de inocentes, de almas rotas.
De los que nadie se acuerda.
A los que tanto se ignora.
Son los hijos del olvido.
Los que a su suerte abandonan
en las prisiones del odio
y en los odios que aprisionan.
Pero encontraron la luz;
¡blanca, hermosa, cegadora!
¡La de esa preciosa madre
que se llama Auxiliadora!

Y porque la quieren tanto
y esta pasión los devora
el templo que le juraron
van a levantarlo ahora
con sus manos, con su brazos
con oraciones hermosas
y con paredes que fraguan
con palabras y con obras.

Ese es el templo que quiere
para Jerez la Señora
donde todo jerezano,
no importa el día o la hora,
le diga con sus plegarias
las penas que lo devoran.
Y mirándola a los ojos
ojos que nunca abandonan
le susurre con los suyos,
sin tristeza ni congojas,
¡Ay Madre ruega por mí!
¡Que eres tú mi Auxiliadora!



Nada puede frenar los deseos de amor de un pueblo cuando tiene por faro los ojos misericordiosos de tan celestial princesa. Esos mismos ojos que guiaron la vida y obra del santo salesiano son los que dirigieron los pasos y esfuerzos de aquellos alumnos salesianos que levantaron el nuevo santuario en el colegio Lora Tamayo para que la preciosa talla de la Virgen presidiera en su altar mayor.
Fueron muchas las dificultades y muchos los contratiempos que tuvieron que vivir hasta oír sonar las campanas de nuevo templo un 25 de mayo del año 2.000. Y hasta se rozó la tragedia cuando un albañil cayó desde lo más alto del casi terminado templo y todos temieron por su vida pocos meses antes de esa inauguración. Era un 31 de enero, Festividad de San Juan Bosco y justo a la hora del Ángelus cuando la mano de la Virgen evitó la tragedia...






Como el cielo son sus ojos
y como el cielo su manto,
y como el sol su corona
de estrellas y haces dorados.
Sonríe y muestra orgullosa
lo que Dios le ha regalado;
La salvación de los hombres,
el perdón de los pecados
ese niño, hijo de Dios
que sostiene entre sus brazos.
El amor de los amores.
El que todo lo ha creado.
Quién nos regaló por Madre
a ese ser inmaculado
que supo decir que sí
al arcángel enviado.

Su vientre fue cofre y puerta,
fue camino, fue Sagrario,
fue baluarte de Dios
de ese Dios enamorado
que siendo Dios se hizo niño
para venir a salvarnos.
Y ese niño somos todos
que en tan maternal abrazo
sostiene a todos los hombres
y los cuida en su regazo.

Por tan celestial regalo
los jerezanos dijeron:
¿Y a ti que te regalamos?
Y ella dijo, sonriente;
"Regaladme un santuario"
Con una columna alta,
bajo blancos lucernarios
para que la luz de Dios
inunde todo su espacio
y se funda con las voces
de miles de jerezanos
que me susurren sus penas
o sus sueños alcanzados.

Y hace veinticuatro años,
escrito está en un Diario,
cumpliendo así sus deseos
entre cantos y rosarios
repicaron las campanas
del flamante campanario.

Faltando ya pocos días
para verlo terminado
sobrevoló la tragedia
en el templo salesiano.
Era la hora del Ángelus,
de Don Bosco Aniversario
y aunque su talla faltaba
la Virgen nunca ha faltado
y auxiliando al que la quiere
en el templo obró el milagro.
Un albañil se cayó
trabajando en un andamio
de lo más alto del templo
rematando el lucernario.
La caída era mortal
¡Nadie podría dudarlo!
porque el suelo retumbó
y en la iglesia se escuchó
¡Pobre hombre! ¡Se ha matado!
Entre gritos de pavor
de los que vieron la escena
el hombre se levantó
aturdido y mareado
sin rasguños, sin lesiones
balbuceando oraciones
y dando gracias a Dios.
Y ante a aquellas reacciones
de los que allí lo miraban
y sin duda se extrañaban
de verlo ileso y de pie
Él les dijo sonriente:
¡Nada tuve que temer!
Me sostuvo una mujer
con sus maternales brazos
y aterricé en su regazo
como habéis podido ver.
Mas nadie pudo ver nada,
ni mujer alguna había
Y ante aquello que decía
la gente se santiguaba.
Y al ver que aún se extrañaban
Quiso zanjar la porfía
del milagro y de su autora:
Esa celestial señora
añadió con alegría,
con su voz me sostenía
¡Creedme por Dios ahora!
Que mientras yo me caía
¡Me dijo que era María!
¡Y ella fue mi Auxiliadora!

Y es que Ella se lo merece todo, porque por ella se ha hecho todo y todo lo ha hecho Ella.
Todo por María, nada sin Ella, es una frase que nuestro obispo pronuncia en cada una de sus homilías y que recalca el cariño, la devoción y la fe que un cristiano debe depositar en la madre de los cielos.
Y precisamente los salesianos son firmes defensores de la confianza que debemos depositar en esta Madre y comprenden como pocos el profundo significado de esa frase que tanto se parece a la que ellos mismos llevan tan adentro; “Ella lo ha hecho todo”.
Y hoy, como muestra de cariño por estos veinticinco años de la bendición de la imagen de María Auxiliadora del Lora Tamayo, Juan Carlos Gamino, un prestigioso compositor jerezano, antiguo alumno de la Salle y que fue director de la banda de música de María Auxiliadora, ha compuesto una preciosa marcha para la Virgen y que lleva precisamente ese icónico título; “Ella lo ha hecho todo”. La marcha va a ser interpretada por este cuarteto de cuerda de la orquesta Campos Andaluces que hoy nos acompaña.
Marcha ELLA LO HA HECHO TODO

Durante más de cien años, muchas generaciones de jerezanos se han formado cristiana y laboralmente en el espíritu salesiano del santo de I Becchi siempre bajo el amparo de María Auxiliadora.
Estas enseñanzas y este modelo de vida han forjado hombres y mujeres que, siguiendo su ejemplo, se han convertido en grandes profesionales de múltiples oficios y con su trabajo y buen hacer, han influido decisivamente en que Jerez sea una ciudad más próspera y solidaria.
Pero sobre todas las cosas, esos hijos de los salesianos jerezanos han aprendido a ser, como D. Bosco decía, buenos cristianos y honrados ciudadanos, bajo la atenta mirada de esta preciosa advocación que dirigió los pasos de Juan Bosco para convertirse en uno de los santos más grandes que tiene la Iglesia.
Hoy, que el destino me ha llevado, bajo las órdenes de mi alcaldesa a estar al servicio de mis conciudadanos, valoro aún más la importancia de esas enseñanzas de D. Bosco que se han seguido transmitiendo de generación en generación para el bien común. Y no hay mejor faro donde mirar que esas enseñanzas pidiéndole a María Auxiliadora que nos ayude en el trabajo, empeño y esfuerzo por el bien de los demás.
Este jerezano agradecido a Dios y a María Auxiliadora por todo el bien que ha derramado sobre nuestra ciudad a través de los más de 80.000 alumnos salesianos que han pasado a lo largo de la historia por sus centros quiere culminar este pregón, como un salesiano adoptivo, con estos humildes versos de acción de gracias…

Gracias a ti, Madre mía
por los momentos vividos
por hacernos más cristianos
por todo cuánto aprendimos.
Gracias a ti, madre buena
por sentirnos protegidos
en los momentos más duros
cuando en la vida sufrimos.
Gracias por tu auxilio, Madre
que cuando a ti recurrimos
siempre encontramos respuestas
a aquello que te pedimos.
Gracias mi reina de cielo
porque al verte sonreímos
mirando en esos tus ojos
lo que de niño vivimos.
Gracias celestial princesa
porque de ti recibimos
ese regalo de Dios
por el que nos redimimos.
Gracias por todo María
por el amor que derramas
inspirando la alegría
que D. Bosco repartía
a los jóvenes que amas.

Gracias, gracias y mil gracias
por consolar al que llora,
por escuchar al que implora,
por disculpar al que yerra
por bendecir a esta tierra
¡Que es tu tierra mi Señora!

Gracias Madre Inmaculada.
Gracias por tu amor de Madre.
Gracias por pedirle al Padre
su auxilio, Virgen amada.

Gracias por ser como eres.
Por tu bondad infinita.
Por el alma más bonita
de entre todas las mujeres.
Pues Dios quiso a la mejor
Y sólo puede el Señor
elegir a quien prefiere
para ser madre en la tierra
de Jesús el Redentor.
Y hoy porque tengo la suerte
de impregnarme de tu amor
seguro ya de tenerte
y contigo al Salvador,
ya no temo por mi suerte
pues tu fuerza me devora
Y cuando llegue la hora
esa hora de la muerte
Yo te diré Madre al verte;
¡María, mi Auxiliadora!






La mano del hermano mayor. A Manolo Soto de la Calle

Me cogiste la mano y me diste fuerzas en aquella ocasión en que las dudas y la soledad quieren hacerse dueñas del alma de un hermano mayor. Porque dar fuerzas y confianza es una de las virtudes que posee el que ha llevado “la vara dorá” en algún momento de su vida, como tú, como mi padre, como Ángel o como todos aquellos que nos precedieron en el privilegio y en la responsabilidad de ser los primeros servidores de nuestra hermandad.

Y tú fuiste un buen servidor, callado y humilde, generoso y buen hermano de todos por igual, fiel cristiano enamorado del Señor de las Penas y de María del Desconsuelo que guiaban tus pasos por la vida.

Te has ido con ellos un día de Reyes,  que han querido regalarte la presencia real de aquel Señor que sufre nuestras Penas y la de una Virgen que llora nuestros  Desconsuelos. ¡Qué gran regalo, Manolo!, aunque los tuyos también sufran penas y desconsuelos hasta que vuelvan a estar contigo allá en lo alto.

Para el resto de tus hermanos también es un regalo haberte tenido entre nosotros y lo es también ahora que estás en la Peña eterna de un cielo tan  azul como el manto de tu Virgen.

Desde allá arriba, cuida de esta hermandad y sigue dándole la mano al que tenga en sus manos sus destinos.  Transmítele la humildad y la sabiduría de ser hermano mayor de todos y de amar a la cofradía como tú la amaste.

Un abrazo de otro que también fue hermano mayor.

Paco Zurita

 

MEDITACIONES SOBRE LOS MISTERIOS DOLOROSOS

Paco Zurita Martín Real Convento de Santo Domingo Jerez. 2-11-2023  

La vida es un suspiro, un abrir y cerrar de ojos casi imperceptible, un desconocido sendero jalonado de luces y tinieblas, de penas y alegrías, de gozos y dolores, de desencantos y esperanzas.

En nuestro peregrinar terreno hemos de recorrer un camino que nos lleva a un mundo nuevo en el que brilla una luz que no se apaga, un gozo que no acaba, una vida que perdura.

Mientras recorremos ese camino, perdidos muchas veces en nuestras debilidades humanas, nos enfrentamos a esos misterios que la mismísima Virgen María experimentó en su corazón de hija de los hombres y de Madre de Dios.

***

Y es que  Tú, Madre del Cielo, supiste vivir con humidad y entrega, con pasión y alegría, con sufrimientos y esperanzas, con obediencia y fe inquebrantable en Dios, ese camino que nos lleva hasta Él.

Y ante esos misterios de gozo, de luz, de gloria y de dolor, nadie como tú, María, puede darnos mejor ejemplo de cómo afrontarlos, de cómo vivirlos, de cómo saciarnos de amor de Dios.

Cuando nos toca sufrir, ver tu ejemplo, tu entereza, tu humildad y tu confianza en Dios, nos ayuda a afrontar esos sufrimientos con esperanza y alegría, sabiendo que en ellos se encuentran las llaves del cielo.

Por eso, María, permíteme que esta noche, ante mis hermanos, me sumerja en aquellos momentos de tu vida en los que el sufrimiento y el dolor no pudieron arrebatarte la luz de la fe y de la esperanza que siempre llevaste contigo.  Deja que cierre los ojos e imagine aquellas vivencias de tu existencia terrenal cargados de ansiedad expectante y de amargura y llanto.  Esos misterios dolorosos que el Santo Rosario nos recuerda cada martes y cada viernes del año para hacernos partícipe de los secretos del amor de Dios que tú viviste como hija del Altísimo, esposa del Espíritu Santo y Madre del Salvador del Mundo.

PRIMER MISTERIO: La Agonía de Jesús en el Huerto.

Salió y fue, según su costumbre, al monte de los Olivos. Sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó al lugar, les dijo: «Orad para no caer en la tentación». Él se apartó de ellos como un tiro de piedra, se arrodilló y se puso a orar, diciendo: «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo reconfortándolo. Entró en agonía, y oraba más intensamente; sudaba como gotas de sangre, que corrían por el suelo.

Atardece ya en la aldea y una suave brisa acaricia las trémulas amapolas que se duermen cansadas entre los verdes trigales de Nazaret.

Jesús, con un cántaro en sus manos, sale de la casa corriendo ladera abajo en busca de agua fresca del rio. Mientras se va alejando en lontananza Tú, María, suspiras embelesada viendo la humildad de Dios, quien en su poder infinito se ha hecho carne en aquel muchacho que nació de tu vientre.

¡Cómo pasa el tiempo!  ¡Aquel regalo venido del cielo ya es todo un muchacho!

Cuando el sol ya se ha acostado,  Jesús aparece jadeante y sudoroso por la puerta de la casa con el cántaro rebosante y, con una sonrisa de satisfacción, te lo deja orgulloso en el zaguán.

¡Limpia y fresquita, madre,  te dice encantado!

Tú lo miras enamorada y, devolviéndole la sonrisa, limpias el sudor de su frente, mientras besas orgullosa sus mejillas.

¡Cómo pasa el tiempo y qué distintos los tiempos y los momentos que Dios te ha deparado en la vida!

Han pasado más de veinte años y hoy no puedes estar con él en ese olivar del Cedrón donde la luna es testigo de su soledad.  Bien sabes que está con sus discípulos pero, aun así,  tu corazón de madre presiente su soledad y  palpita agitado despertándote  en mitad de la  madrugada.

¡Estoy contigo, hijo mío, le susurras con un sordo grito que retumba en tu alma y en el cielo de Jerusalem!

¡Cuánto te duele no estar a su lado!  ¡Cuánto te duele sentir en la distancia el sufrimiento de un hijo que se entrega al mismo Padre que te lo entregó!

Vienen una vez más a tu memoria esas palabras que te dirigió Simeón el día en que José y Tú llevasteis a Jesús al Templo para la Purificación; “Y a ti una espada te atravesará el corazón”.

¡Qué afilada es la espada que brilla en el cielo y que te exige fortaleza!

¡Qué dolor incomparable que agita tu corazón aun sabiendo desde siempre que ese momento llegaría…!

Algo en tu alma te susurra que ese instante de la espada se acerca y respiras angustiada y sudorosa presintiendo su Pasión.  Sin saber por qué, has recordado esa imagen de tu hijo sudoroso y sonriente con los cantaros de agua…

Dios te desvela las cosas a su debido tiempo y de forma misteriosa y, tú siempre esclava de su voluntad, sabes bien que ha llegado el momento que te anunciara Simeón.

Hay un silencio espeso que casi se puede cortar con el dolor de tu aliento y, en tu sensibilidad de madre, vuelves a verlo sudar como en aquella tarde en Nazaret aunque en esta ocasión veas gotas de sangre en su frente y lágrimas encarnadas que vierten sus ojos mirando al cielo.

Tú también miras al cielo y cierras tus manos con fuerza, como tratando de apretar las suyas y aliviar de esta manera su dolor y el tuyo propio. Como un eco que viaja en la distancia del espacio y del tiempo,  susurras unas palabras que se expanden como ondas en un mar de llanto interior.

¡Dios mío, aleja de mí este cáliz, más no se haga tu voluntad sino la tuya!

La voluntad de Dios, Madre; esa voluntad de Dios que siempre acataste humildemente desde el primer día, desde esa primera respuesta:

“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

¡Qué difícil se nos hace tantas veces acatar la voluntad de Dios!

¡Ayúdanos, Madre, a acatarla como lo hiciste tú!

Ayúdanos, María, a aceptar el cáliz de nuestras enfermedades, del paso del tiempo por nuestros seres queridos, del ocaso de nuestras vidas…

Enséñanos, Madre, a ser firmes en la obediencia a Dios por mayores que sean las tentaciones que nos alejen de su divina misericordia.

Enséñanos, Madre, a ser como Tú.

SEGUNDO MISTERIO: LA FLAGELACIÓN DEL SEÑOR

Entonces Pilato mandó azotar a Jesús.

Aquella mañana de otoño se despertó fresca y soleada. Los olivos centenarios rebosaban de aceitunas maduras que ya estaban prestas para la cosecha.

No has esperado a la salida del sol para comenzar la jornada y el pan recién amasado ya está en el horno.   Ellos no lo saben aun, pero se van a volver locos cuando sepan que has preparado puré de berenjenas con que  untar el pan. También llevas miel, dátiles e higos secos.  No falta un poco de vino y un botijo de agua fresca que llevan sonrientes junto a ellos.

Llegando al olivar tras media hora de alegre caminata, José dispuso mantas bajo el viejo olivo junto a la vereda del río y le entregó a Jesús una vara que cogió intrigado. El muchacho, sin saber bien qué hacer con ella, contemplaba extasiado cómo su padre golpeaba las ramas de las que caían a borbotones las olivas. Se divertía alegre al ver cómo rebotaban saltarinas sobre la manta hasta formar una  mosaico de negras y verdes tonalidades.

Jesús,  sonriente, imitando al carpintero, golpeaba también con entusiasmo las viejas ramas del inquieto olivo que respondían, generosas  desprendiendo hojas y olivas.

¡Qué tiempos aquellos,  María, que ahora recuerdas entre lágrimas al ver cómo golpean las carnes de tu hijo esos romanos ignorantes del Dios al que castigan!

Él te mira en la distancia y con sus ojos de infinita misericordia te dice sin pronunciar palabra que todo esto es necesario. Que su sangre derramada fluye para el bien de  todos los hombres y que con ella encuentren la salvación de sus almas.

Y Tú lo sabes, como lo supiste aquella mañana en la que, alegres recolectabais las aceitunas del viejo olivo y él bromeando se golpeaba la espalda con la vara y te miraba… 

¡Siempre lo supo, María, y tú siempre lo supiste!

Desde el día en que nació siempre cumplió  la voluntad de su Padre, sufriendo como hombre los dolores que afligen a este mundo y que ahora, María, soportas tú como madre viendo sus carnes abiertas por la crueldad del flagelo.

Los romanos no dejan que te acerques cuando intentas amargamente recoger su sangre derramada en  aquel enlosado de dolor.  Ves cómo desfallece, casi al límite de sus fuerzas humanas por la infamia cobarde de los lacerantes golpes que aguanta su cuerpo escarnecido.

Miras al cielo pidiendo ayuda y, casi al instante, te percatas que es el mismo Dios al que golpean porque el mismo Dios así lo quiso.  Y tú una vez más aceptas su voluntad y soportas en silencio el dolor indescriptible de una madre al ver tan desgarradora escena.

Él te vuelve a mirar, casi sin fuerzas, pero en la mirada te transmite todo el amor contenido en el cielo. Un escalofrío te recorre el alma al sentirte amada y escarnecida a la Vez.  Y ese amor desgarrado es de repente el de tantas madres afligidas por el sufrimiento de sus propios hijos.

Tú asientes con la cabeza comprendiendo, acatando una vez más la voluntad del Padre, aunque sea tu propio hijo el que se desgarre la piel para entregarla por los demás.

¡Qué duros son los latigazos que tantas veces nos da la vida, Madre mía!

Míranos, Madre, con esos ojos de misericordia y comprensión a la vez para que seamos capaces de afrontar nuestras penas y dolores ante nuestras adversidades.

Permítenos, Madre, que mirando  esos misericordiosos  ojos tuyos seamos capaces de sacrificarnos por los demás como lo hizo tu hijo por todos nosotros.

Haz de nosotros, Madre, ejemplos de fe y de entrega a Dios.

TERCER MISTERIO. La Coronación de espinas.

Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le vistieron un manto de púrpura; se acercaban a él y le decían:

«¡Viva el rey de los judíos!» Y le daban bofetadas…..

José andaba muy atareado en la carpintería y aún le quedaba faena que quería terminar antes de la cena.

En verano las tardes son más largas y la luz permitía a José sacar mucho trabajo adelante. Siempre buscaba afanosamente  nuevos encargos que atendía por toda la comarca para que al Hijo de Dios no le faltara ni gloria…

Apurado por la espera de María y el niño para sentarse a la mesa, el bueno del carpintero insistió a su esposa para que jugara un ratito con Jesús mientras acababa una cunita que le habían encargado unos amigos de Betania.

A Jesús le encantaba jugar al escondite entre los juncos del río y María sonreía con los ojos encandilados  al ver al chiquillo correr hacia el mismo lugar de siempre.  Bien sabía dónde estaba; siempre lo supo, como también sabía que Dios estaba con él en cada momento y que nada malo le sucedería. Bien lo sabía desde aquel día en que se perdió en el templo y charlaba con los doctores.

Pero un llanto desconsolado alertó a María que corrió asustada hacia el lugar secreto de su hijo. El papel de una madre no era distinto ni para la madre de Dios.

Jesús se había enredado entre unas zarzas y sangraba profusamente por la cabeza.

María lo desenredó con amorosa destreza y calmó su llanto abrazándolo con ternura. Unas espinas se le habían clavado en la frente y rojos hilillos de sangre inundaban sus ojos asustados.

¡Son sólo unas espinas, hijo mío, no te asustes!

¡Duelen, Madre, duelen! Le respondió Jesús con una profunda mirada que sobrecogió a María que entendió en silencio.

Una vez más, tuviste un extraño presentimiento que se hizo aún más real cuando el chiquillo, cogiéndote de la mano,  te sobrecogió con su profunda mirada tratando de calmar tu angustia más que la suya.

Esa misma mirada profunda que hoy te dirige, mujer, desde ese trono de burla e infamia en el que vuelve a sentir espinas en su cabeza.

Son espinas de odio, de incomprensión, de desprecio….Son las espinas que seguimos clavándole cada día cuando nos alejamos de su camino.

Pero no son las púas clavándose entre sus cabellos las que más dolor le causan; Es tu propio dolor y el de tantos hermanos los que hacen que te mire de esa manera y busque en ti el consuelo que quiere que derrames sobre nosotros…

Porque son muchas las espinas que se clavan en su frente cada día, cada hora, cada segundo de nuestra existencia. Espinas de pecado, de escarnios, de injusticias, de muerte…

¡Duelen, Madre, duelen! recuerdas compungida sus palabras de aquel atardecer de su infancia.

¡Duelen, Madre, duelen!

Y viéndolo en aquel patio de escarnio…..¡A ti te duele el alma!

Y a nosotros, Madre, que también nos duele el alma por las espinas de la vida, no dejes de mirarnos con tus ojos de ternura mientras las retiras de nuestra frente.

Ayúdanos, Madre, a perdonar las injurias, las burlas, las infamias y tantas y tantas afrentas que recibimos de los demás.

Enséñanos, María, a darnos cuenta del dolor que causamos tantas veces a nuestros hermanos.

No permitas, Madre, que caigamos en la tentación de devolver dolor por dolor, afrenta por afrenta, espina por espina.

Que esas espinas que se clavan en la frente de tu hijo sean besos amorosos que estampemos en las frentes  de aquellos que sufren.

Déjanos sofocar tu dolor y el de tu divino Hijo, aliviando con alegría y sacrificio los dolores de los demás.

Permítenos, Madre, ver las rosas que florecen tras las espinas de la vida.

CUARTO MISTERIO: Jesús con la Cruz a cuestas.

Jesús quedó en manos de los judíos y, cargado con la cruz, salió hacia el lugar llamado «la calavera», en hebreo «Gólgota», donde lo crucificaron.   (Jn 19,17-18).

Cuando era un muchacho, Jesús pasaba largas horas en la carpintería ayudando a su padre.

Le encantaba el aroma a madera aserrada que impregnaba  aquella vieja estancia.

José envejecía inexorablemente y ya notaba que sus fuerzas no eran las mismas que antaño. Mientras,  Jesús,  crecía en sabiduría y fortaleza.  

Viendo a su padre más envejecido, quebrado por la cintura tras tantos años de duro trabajo, él insistía en quitarle las tareas más duras y pesadas. José lo miraba con admiración y orgullo y suspiraba al recordar aquel sueño en el que aceptó sin dudarlo ser el padre en la tierra del hijo del mismo Dios.

¿Qué más orgullo que ser el padre en la tierra del Señor del Cielo?

María los miraba embelesada y sonreía al verlos juntos y, encantada,  aliviaba su sed llevándoles una refrescante limonada del limonero lunero que impregnaba el patio de olor a azahar.

Jesús la miró con ternura y tras beber encantado aquel refrescante elixir, cargó sobre sus hombros una pesada viga hacia la enorme sierra.

La sostenía con fuerza entre sus manos y la llevaba con paso firme y decidido. Deteniéndose a mitad del camino, volvió la mirada a ti, como queriéndote decir algo…

Tú suspiraste angustiada y  entendiste al instante la voluntad de Dios que tu hijo te daba a conocer con ese gesto.

¡Qué carga tan pensada la de aquel enorme tronco que cayó también sobre tu alma!

Y hoy tú vuelves tu mirada atrás, hacia aquella mañana en la carpintería, hacia aquel pasado feliz de aquellos días en el que Jesús te endulzaba con una sonrisa la amargura  que tu corazón de madre presentía.

Hoy tu hijo  vuelve a cargar con un madero, llevando con él las culpas de tantos y tantos hombres por los que se entrega hasta la muerte en ese patíbulo de dolor.

Qué difícil es, Madre, cargar con nuestras cargas de cada día, pequeñas cruces comparadas con la de tu hijo, que representa el peso de todas las nuestras.

Ayúdanos, Madre, a aceptar la carga de nuestras frustraciones, de nuestras penas, de nuestras enfermedades.

Enséñanos a afrontar como tú los sufrimientos de nuestros seres queridos y los de tantos y tantos hermanos.

Que sepamos ver en ellos el camino de salvación que nos mostró Jesús llevando nuestra cruz sobre sus hombros.

Haz de esas cruces nuestras, Madre, camino,  verdad y vida.

Quinto Misterio. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor.

Después de esto, Jesús, sabiendo que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un vaso lleno de vinagre; empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús lo probó, dijo: «Todo está cumplido». E, inclinando la cabeza, expiró.

La tórrida tarde en el Calvario polvoriento seca aún más las gargantas de los condenados y un viento recio hace revolotear las capas y los plumajes de los soldados romanos que han llevado a cabo la crucifixión de tu hijo.

Ese poder terrenal que os llevó hasta Belén a empadronaros cuando el alumbramiento de Jesús se acercaba. Ese mismo poder que os obligó a huir a Egipto cuando Herodes vio amenazado su reino. Ese poder temporal que hoy parece imponerse al del mismo cielo.

Ahora ves a tu hijo, clavado en esa cruz terrenal pidiendo que calmen su sed mientras agoniza entre insoportables dolores. Un fuego abrasador te recorre el alma al ver a tu Jesús amado exhalar su último aliento entre terribles sufrimientos.

Mientras contemplas su dolor viene a tu memoria aquel día en el que Jesús resucitó a Lázaro.  En aquella oscura cripta de muerte y de llanto donde reposaba el cuerpo inerte de su amigo, se hizo de nuevo la luz y resurgió la vida.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” dijo Jesús a aquellos que no creían posible aquel milagro. Y te miró, Madre, una vez más cuando se señalaba a él mismo con la mano en el pecho mientras  pronunciaba aquella frase…

Tú lo miraste y entendiste. Él te lo fue contando todo, te fue desvelando los secretos del Reino y fue preparando tu corazón para que, llegado el momento, lo comprendieras todo y se lo dieras a entender a todos.

Cada instante de su vida era un anuncio de su pasión, un secreto divino desvelado a la madre que llevó en su seno la salvación del mundo.

Y no quería marcharse de él sin dejarte a cargo de tantas ovejas perdidas tras su inminente marcha.  Supiste desde el primer instante que aquella Pasión  llegaría  y que ni siquiera los discípulos entendían cuando se la anunciaba:

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Hoy Dios Padre te reclama el regalo que un arcángel del cielo te anunció en Nazaret. Ese niño, hijo de Dios, hijo tuyo, espíritu divino, carne de tu carne, que de tu vientre en Belén naciera, que amamantaron tus pechos y que arrullaste en tus brazos, lo ves morir clavado de pies y manos en esa árida peña del Calvario.

Dios te lo reclama, María, pues ya cumplió su cometido que ahora tú, madre de todos los hombres por voluntad divina, tienes que continuar para apacentar tantas ovejas confundidas que huyen despavoridas.

Tú bien sabes, María, que esa cruz es otra puerta que abre el sendero del cielo como aquella que Dios abrió en tu vientre para llegar hasta nosotros.

Son tus lágrimas serenas la de una madre que pierde a un hijo pero también las de una hija que ama y confía en el  Padre que se lo envió.

Es tu fe inquebrantable la que nos hace darnos cuenta de que no hay muerte en este mundo que pueda acabar con la vida que llevaste en tu seno y que ahora ves marchar al que te la regaló.

¡Qué misterios de dolor y consuelo! ¡Qué misterios de muerte y de vida! ¡Qué ejemplos de amor y de fe encontramos cada uno de esos misterios dolorosos que recordamos en el Santo Rosario!

Porque cada uno esos misterios dolorosos encuentran su sentido en este momento supremo que ahora vives con entereza. Cada uno de esos momentos de llanto son pasos encaminados hasta esa cruz del calvario en la que ahora muere la carne de tu carne y sobre la que triunfará el hijo de Dios.

Y así, como tú, enséñanos Madre a vivir ese momento de la verdad suprema con la fe con la que tú lo viviste.

Porque eres puerta del cielo, Madre, que no nos falten nunca tus ojos misericordiosos cuando llegue el momento de nuestra partida de este mundo y que al despertar veamos encenderse la luz que tú trajiste al mundo.

Haz de nuestras vidas un rosario de amor, de perdón y de entrega por nuestros hermanos para que, por medio de él, seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestros Señor Jesucristo.

¡Oh Madre del Rosario!

¡¡Ruega por nosotros!!