A DON JUAN DEL RIO MARTÍN

Querido D. Juan,

Ahora que ya está en el cielo junto a mi abuelo, hijo de Ayamonte como usted, dígale de mi parte que lo quiero. Yo que no tuve la suerte de conocerlo, llevo esas gotas de sangre ayamontina que me lleva a la tierra de donde procedo.  Él encontró en Jerez su destino y el destino quiso que los jerezanos tuviéramos la suerte de tenerlo a usted como obispo. 

Imagino cómo la Virgen de las Angustias, patrona de esa hermosa tierra que también considero como mía, le habrá recibido sonriente a las puertas del Paraíso. Ya no importa los días de agonía por la enfermedad, por el sufrimiento, por el llanto. Porque Ella, que sostenía en sus brazos a su hijo muerto bajado de la cruz, ya no siente dolor humano, sino gozo eterno por tenerlo vivo eternamente.

No quedarán en vano, querido obispo, la entrega de una vida dedicada a curar las almas de los que peregrinamos por este mundo. No serán inútiles las palabras de aliento, las de perdón, las de misericordia del siervo de Dios que consagró su vida a servir a sus hermanos. No dejarán de dar fruto las horas, lo días, los años, dedicados sin descanso a pastorear el rebaño que Cristo le encomendó.

Aún resuenan en mis oídos como un eco que recuerda mi alma, las últimas palabras que pronunciara en San Mateo cuanto tuvo la gentileza de dedicarnos esa Solemne Función Principal de Instituto del 18 de marzo de 2018.   Ese templo que tanto nos costó levantar de sus ruinas y para el que siempre contamos con su apoyo y entrega, recibió jubiloso al que fue nuestro prelado durante ocho grandiosos años. Bien sabemos que guardaba  en su despacho con cariño ese cuadro con nuestros Titulares que le entregamos aquel día.  Le aseguro que sabremos poner en práctica todo lo que nos encomendó y seguiremos llevando nuestra hermandad, todas nuestras hermandades, por el verdadero camino que lleva a la salvación.

Quiero que sepa, D. Juan, que aquí queda mucha gente que lo quiere y que llora su partida, especialmente un peluquero de obispos y de miles de jerezanos que aún tenemos la suerte de tener entre nosotros.  Pero quédese tranquilo, que no lloramos de pena, sino de alegría porque, como usted nos dijo “Hay que encajar las sorpresas buenas y malas que nos da la vida” y, con usted allá arriba, será más fácil encajarlas a los que aún caminamos por este valle de llanto.

Ya que ahora podremos rezarle, pídale  al Señor de nuestra parte que nos ayude a andar el camino que usted nos mostró. Así volveremos a vernos cuando su Virgen de las Angustias nos reciba en la puerta del Cielo.

Paco Zurita

Enero 2021

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