PELUSO

Recuerdo bien aquella dorada tarde en la que eclosionaron los huevos de una muy especial camada de la gallina Pepa. Uno a uno, los pollitos fueron abriéndose paso a la vida desde el interior de sus fracturados cascarones. Eran todos blancos como la leche, excepto uno que salió de un color pardo amarillento y con un plumón tan generoso y suave que al pequeñín le pusimos por nombre “Peluso”.
No pareció gustarle mucho a Pepa ese tono de plumón que tenía el recién nacido y fue apartándolo poco a poco del resto de la prole a base de severos picotazos en la cabeza del pequeñín. De alguna manera la gallina intuía que el polluelo no procedía de uno de sus huevos y que alguna desvergonzada vecina quería aprovecharse de sus maternales virtudes.
Yo por entonces, dedicaba buena parte de mi tiempo libre a observar el comportamiento de los animales que teníamos en el campito, fascinado sin duda por sus patrones de conducta, no tan distintos de los humanos. Preocupado por el destino del pobre Peluso, no dudé en ningún momento en consultarle el grave problema a D. Juan Antonio Arbosa, un entrañable marianista y querido profesor de Biología, que con su impoluta bata blanca seguirá impartiendo clases en el cielo. Con absoluto convencimiento y una sonrisa de sabiduría, me aconsejó que blanqueara su plumón con polvos de talco para engañar así los recelos de la disoluta gallina. Aunque el remedio causaba espasmos y estornudos en el desdichado animalito, como por arte de magia, la gallina dejó de castigar al pollito durante un tiempo. Pero el viento se llevaba el polvo tarde o temprano y la muy pícara de Pepa, volvía a sus crueles andadas al sospechar de Juanita, una gallina despendolada a la que le importaba un comino la suerte que corrieran sus huevos.
Para evitar que el desgraciado polluelo muriera a picotazos, finalmente Peluso se vino a vivir a nuestra casa y pasó a ser alimentado directamente por mis hermanas y, especialmente por mí. Crecía sano y feliz degustando los mejores y más ricos manjares que pudiera soñar un pollo. Su plumón pardo fue dando paso a un hermoso plumaje de vivos colores y, con el paso del tiempo, su inicial fragilidad se convirtió en una envidiable fortaleza. Cuando, ya crecido, lo devolvimos al gallinero, poco a poco fue ganándose el respeto de sus congéneres, bien por sus encantos con las damas, bien por su pose guerrera que no dejaba cresta sin merecido castigo. Ni siquiera Pepa o Juanita rechistaban cuando Peluso se decantaba por la Matahari a la que hacía suya ante la envidia y resignación de los gallos blancos.
A la caída de la tarde, después de una dura jornada poniendo orden en el corral, Peluso saltaba volando la valla del gallinero y, orgulloso, se acercaba feliz al porche de la casa desde donde veíamos la puesta del sol. Allí compartía con nosotros un delicioso ratito en familia y, para acompañarnos en la merienda, no despreciaba su platito de alpiste mojado en ron. Desde pequeño le encantaba esta especialidad mía que le preparaba con cariño y es que cuando terminaba su ración, batía vigorosamente las alas y se balanceaba eructando de un lado a otro como muestra de sincero agradecimiento.

Peluso se casó con Pelusa, el amor de su vida, sobrevivió a una descumunal riada y murió de viejo, dejando una enorme descendencia que llevaba en sus plumas y en sus garras la grandeza del abuelo, que superó con tanto pundonor las trabas que le puso la vida.
Como le sucedió a Peluso, las personas muchas veces somos valoradas por una fina capa de apariencia que distingue a los buenos de los malos, a los capaces de los incapaces, a los listos de los torpes, a ojos de gente superflua. Una capa de polvo que engaña a los simples e insensibles que juzgan por el envoltorio que cubre nuestras grandezas o nuestras miserias y no por lo que realmente somos. Desprovistos, por el soplido de Dios, de esa capa engañosa, de esa máscara de falsa protección, somos lo que somos a sus divinos ojos; ojos con los que deberíamos vernos a nosotros mismos.
Ya lo dijo el grande de Thomas de Kempis; No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.
Desnuda el alma y viéndola hermosa reflejada en el espejo de nuestra propia existencia, una vida maravillosa nos espera si sabemos aceptarla, respetarla y amarla tal cual es.

Paco Zurita
Mayo 2021

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