MANUÉ

Apartados del  bombardeo mediático al que nos someten en Halloween con sangrientos cadáveres y de niños martilleando de forma inmisericorde los timbres de nuestras puertas hasta fundirle los plomos, aún quedamos muchos a los que nos sigue apeteciendo celebrar con frutos secos el día de todos los Santos.  Y así, con el deseo de celebrar la vida de los que están allá arriba y no los muertos vivientes que nos fastidian aquí abajo,  tras tantos meses de pandemia, este pasado día 1 de noviembre disfrutamos en nuestra casa de hermandad de una  entrañable convivencia que rematamos con unas deliciosas castañas asadas.

En Jerez, en esta época del año, proliferan los asadores de castañas que inundan de humo y de aroma las calles y plazas de nuestra ciudad. Fruto de un arte heredado de los mayores, los castañeros jerezanos utilizan una técnica que convierte la áspera textura del fruto  crudo del castaño  en un manjar exquisito.  Y aunque parezca sencillo a simple vista, sólo los más experimentados consiguen el asado perfecto que hacen del proceso una verdadera obra de arte.

Ávidos de disfrutar del manjar en nuestra propia hermandad, me dispuse a buscar a uno de estos artistas de la castaña que estuviera dispuesto a llevarnos a domicilio los artilugios y su destreza para deleite de pequeños y mayores. Y con ese propósito recorrí calles y plazas recibiendo corteses negativas por respuesta. Ninguno quería perder el sitio que se había ganado a pulso en cada rincón de Jerez. Todos menos…. MANUÉ.

Era ya de noche,  víspera de Todos los Santos y Manué estaba en su humeante puesto meneando hábilmente la cazuela con las castañas que asaba cuando paré mi coche para jugar mi última carta.  Me acerqué decidido y, tras escuchar mi honesta proposición, me miró con ojos bondadosos y me preguntó; ¿A qué hora queréis las castañas porque aquí tengo que estar de vuelta a las seis de la tarde?  

Pues a las cuatro estará bien, le dije, deseoso de fichar al artesano para  que nos preparara el manjar tras la comida.

Y como un clavo, a las tres de la tarde llegó Manué, con el tubo y el carbón, la cajas y las rejillas, las castañas y su arte para que  a las cuatro todo estuviera a punto para convertir los ásperos frutos en manjar de dioses.

Me decía mientras trabajaba que nunca le ha faltado la faena. Que en los setenta y tantos años que tiene de vida, ha hecho de todo; coger higos chumbos por las mañanas y venderlos pelados  en una playa,  peinar los campos en busca de tagarninas  y venderlas limpias en  la plaza  al alba. Recolectar montañas de azufaifas que hacían las delicias en la feria. Hacer picón en invierno y la vendimia en otoño, vender cacahuetes y almendrados en primavera o camarones en el tórrido verano. Y así desde que era un niño, sin saber leer ni escribir pero “bien puesto” en cuestión de cuentas para no lo engañara nadie como me dijo orgulloso y sonriente. Y añadió, el quiere trabajar… trabaja. Y esta tierra, añado yo, la gente trabaja un montón.

La sobremesa fue deliciosa gracias a Manué, a sus historias y a sus castañas. Y mientras compartíamos cartuchos de esas delicias calentitas,  nos acordamos de todos los seres queridos que ya están en el  cielo y que, a buen seguro, se alegran en la distancia con nosotros.

Paco Zurita

Noviembre 2021

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