EL GUARDIA DEL CIELO

Las almas hermosas que vienen al mundo en cuerpos imperfectos, vuelven gloriosas al cielo que las envió. Son esas almas nobles, de espíritu alegre y dócil que, por saberse hijas de Dios, ajenas a  las envolturas  que les permiten vivir en este mundo pasajero, traslucen generosas su belleza interior.

Quizás porque la naturaleza fue menos amable con ellas, negándoles esa apariencia o aptitudes que tanto se exaltan en esta vida terrenal, Dios quiso compensarlas con la preciosa luz interior que con fulgor irradian. Una luz que contiene en sí misma todos los valores que ansiamos y que no logramos alcanzar la mayoría de los mortales.

Y pensaba en todo esto cuando me acordé de Emilio, ese personaje jerezano de alma limpia como la de un niño, de corazón noble y bondadoso, de mirada de paz y espíritu sosegado que se creía policía y consiguió serlo.  No fue agraciado con esa envoltura que dota a los más inteligentes, a los más apuestos, a los que se creen más afortunados; nació con una discapacidad por una lesión cerebral durante el embarazo de su madre. Pero,  precisamente,  su fortuna fue la ser feliz con lo que Dios le dio, y con todo ello, consiguió de la vida más de lo que ansiaba. No le faltó determinación para conseguir sus sueños, no desfalleció ante las dificultades, no dudó ni un momento de sí mismo.

Era un niño cuando, extasiado por la uniformidad de unos guardias,  decidió ser uno de ellos y en el fondo de sus entrañas,  estaba convencido de serlo.  Aquellos, que aún no lo conocían, miraban extrañados  a un loco o quizás a un tonto con un afán tan singular.  Y  él,  con sus guantes blancos, con corbata y chaqueta gris impoluta y su inseparable silbato,  saludando marcialmente mientras sonaba el himno nacional,  no dudaba en exigir respeto y silencio a los verdaderos tontos que no guardaban la necesaria compostura.

No faltaba a un desfile procesional, ni a una cabalgata,  ni a  cualquier evento donde se requiriera su “presencia policial”. Envejeció fiel a su abnegada misión en la que no cejó tras tantos años de servicio constante y desprendido.  Y dejó de ser un loco,  para convertirse en un héroe a los ojos de tantos hijos de este mundo; y es que no había policía más conocido, más querido ni  más respetado que “Emilio el Guardia”.

Cuántos de nosotros, abatidos y desnortados cuando la vida nos pone las primeras zancadillas, sucumbimos ante los obstáculos para cumplir nuestros sueños.  Cuántos de nosotros, a los que la naturaleza nos ha regalado un envoltorio más hermoso, más capaz, más perfecto que el de Emilio, tenemos el alma dormida porque no creemos en nosotros mismos y renunciamos a seguir luchando por nuestras aspiraciones.

Vivimos tiempo de desazón y desconcierto, de temor y adversidades, de falta de fe y de valor. Vivimos tiempos en los que nos hace falta enfrentar la vida con la determinación del querido y añorado guardia de los guantes blancos. Por eso hoy, acordándome de él, encuentro motivos para la esperanza de que podremos superar las muchas dificultades que nos esperan.

En 2007, cuando contaba unos 70 años de edad, la asociación del Santo Ángel de la Policía Nacional, homenajeó al bueno de Emilio Guerrero por tantos años de “servicio”.  Diez años más tarde, después de habérnoslo prestado tanto tiempo, Dios se llevó a Emilio allá a lo alto para que siguiera haciendo de guardia en el cielo.

Paco Zurita

Enero 2020

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