EL ARMONIO CALLADO

Aquella tarde, en el viejo templo, reinaba un sepulcral silencio. El  vetusto y cansado armonio de San Mateo sólo se dejaba manejar por las manos de Agustín que, como buen amo que conoce a su criatura, le sacaba con infinita paciencia algunas notas provechosas para acompañar la misa de cada lunes. Quizás por ello, celoso de su amo y sin palabras que decir por la dolorosa ausencia, permaneció callado junto al féretro de aquel hombre que durante tanto tiempo lo hizo sonar con tanto cariño.

Miré el ramo de flores sobre la banqueta vacía que también contenía el aliento para no hacer sonar el aire que llenaba de música los tubos huecos de aquella antigualla. Y en el silencio, como ecos que resuenan en nuestra memoria y se van apagando lentamente, podíamos intuir con asombrosa realidad aquellas notas, a veces intrusas, pero siempre sinceras y llenas de pasión que el droguero de San Mateo arrancaba al cansado instrumento.

Aquel buen hombre era el alma del barrio que desde muy joven habitó entre sus muros, ganándose la vida en la pequeña y coqueta droguería donde artistas de toda la comarca buscaban productos únicos para sus lienzos. Y en la puerta del negocio, alumbradas por el sol de primavera, una a una iba dando a luz sus propias pinturas llenas de estampas nostálgicas de un Jerez de otros tiempos.

El alcalde del barrio, como cariñosamente se le conocía, soñaba con verlo bullir de nuevo, lleno de la vida de antaño en la que cientos de niños jugaban en la plaza del Mercado ante un palacio de Riquelme que aún conservaba sus techumbres. Y luchó incansablemente cada día de su vida porque así fuera, dando lo mejor de sí en compañía de su esposa María para hacer la vida de su gente más fácil, más alegre, más humana…

Pensaba en todo aquello y miré de nuevo la escena de aquella conmovedora despedida. Las velas encendidas sobre el altar consumían lentamente los trazos de colores con los que el pintor las estampaba cada Cuaresma. Y el retrato de Santa Ángela de la Cruz y una de las estaciones de penitencia que dejó con su firma parecían contestar a las letanías del Rosario que él rezaba cada lunes.

Son las ausencias de esos seres que se han hecho querer en este mundo las que se hacen dolorosamente patentes cuando nos damos cuenta del vacío que dejan en nuestras vidas.  Son esas ausencias las que nos recuerdan nuestra efímera y pasajera  existencia. Son esas ausencias las que nos hacen darnos cuenta de que cuando nos marchamos de este mundo, tan desnudos como nacemos, sólo llevamos en el equipaje el amor que hemos regalado en esta tierra.

Y así, reconociendo los que allí estábamos ese profuso equipaje de amor que se llevaba Agustín Pérez González a su droguería eterna, no había mejor música que ese silencio que lo  decía todo, que lo llenaba todo, que expresaba, como un coro de almas calladas de emoción lo mucho que queríamos a Agustín.

Queda su obra, su tenaz y abnegada lucha por el barrio, su bondadosa y humilde entrega por los demás y, sobre todo, queda el ejemplo de un cristiano que supo, con su cariño,  ganarse un barrio nuevo en el San Mateo de los cielos.

Paco Zurita

Febrero 2022

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