LA SOLE

Aún no están puestas ni las calles cuando, en la de Doña Blanca, Sole ya está montando su puesto de tagarninas, esa planta herbácea que los científicos llaman  “Scolymus hispanicus” pero  que  solo las sabias y expertas manos de las abuelas de Jerez convierten en verdadero manjar cocinándolas  en sus cazuelas de barro.

Solía acompañar a su madre en ese mismo puesto cuando sólo tenía dos años. Allí recibió las primeras lecciones de su vida en el arte de vender los productos que daba el campo de su padre.  La menor de nueve hermanos, no pudo ir al colegio y me confesaba hoy con cierto rubor,  pero con una noble sonrisa en sus labios,  que no aprendió ni a leer y ni a escribir.

A su madre la perdió muy prontito y ella siguió ocupándose del puesto cuando aún era una niña, día  tras día, año tras año, hasta esos cuarenta y siete que tiene ahora aunque no lo parezca;  El tiempo pasa deprisa por la piel de aquellas personas que tienen que ganarse la vida desde muy temprana edad en trabajos duros y abnegados bajo el calor del verano o ante  frío del invierno.

Se levanta a las seis de la mañana y su padre la deja a las siete en la plaza de abastos con todos los trastos y  una partida de tagarninas, de rábanos, de lechugas, de cardos  de caracoles… No importa que llueva, que la queme el sol o la congele el frío de enero. Prepara los hierros y los tablones, para exponer el género  y empieza la faena de limpiar las duras herbáceas de espinos, dejándolas listas para que,  por unos  pocos cuartos, podamos hacerlas “esparragás” y cuajarles un huevo en nuestros hogares.

Ya es abuela de una hija que tuvo de muy joven y cuida de dos hermanos y de su padre cuyos lomos están ya rotos de tantos años cultivando la huerta.  Ella sonríe, satisfecha y orgullosa de tirar del carro con tanta gente encima y de la pequeña fortuna de su puesto que hace el milagro de levantar un dinerito del que viven todos .  A las dos de la tarde, la recoge de  nuevo el viejo hortelano para llevarla de vuelta, y ya en casa, aun le espera a mi amiga una larga jornada de trabajo y tareas domésticas.

No  hay espacio para el descanso ni para desayunar en este oficio pero,  afortunadamente, junto al puesto de Churros de Antonio, sirven café de los buenos y no tiene ni que dejar el puesto para tomar algo calentito. En todo caso, siempre hay quien puede echarle un ojito al género por si hay que ausentarse para alguna tarea inexcusable.

En otros puestos, se ven ancianas de rodete de pelos canos e impolutos delantales, que ofrecen sus delicias a los que quieran comprar lo mejor de la huerta jerezana. Ya casi no quedan jóvenes que estén dispuestos a dejarse los mejores años de su vida en un trabajo tan duro pero, gracias a Dios, aún quedan muchas personas que saben apreciar la calidad  de estos manjares y la bondad  insuperable de quienes los venden. Si hay gente que se merece nuestro aprecio y apoyo  en esta sociedad es la que se esfuerza por ganarse la vida y aquí no caben dudas. Y, como dijo el Maestro;   ¡El que tenga oídos que oiga!

En la plaza de abastos de Jerez, todos forman una gran familia y viven con pasión el bullicio del centro neurálgico de la ciudad. Se respira alegría a pesar de la dureza y las penurias que, a veces, tiene este trabajo de tantas y tantas horas…. Si queréis saber lo que es bueno, compradle unas tagarninas que han dejado libre de espinas las mejores manos,  desde que con dos añitos lo aprendiera de su madre. Sólo tenéis que preguntar por “La Sole”. En el mercado  la conoce todo el mundo.

Paco Zurita

Febrero 2021

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