ESTE NIÑO TIENE LOMBRICES

Aquella noche descubrí las maravillas de la medicina tradicional puesta en práctica por mis abuelas y que estaba basada en remedios ancestrales y en el moderno asesoramiento de D. José, mi viejo pediatra que ya rondaba los 90 años de edad.  Aunque ahora pueda resultar difícil creerlo, cuando era niño era más delgado que Olivia, la abnegada y fiel esposa de Popeye, hecho que dejaba sin sueño a mi abuela y a mis tías abuelas que creían firmemente que me iría prontito para el otro barrio si no actuaban de inmediato.  La dilatada y contrastada experiencia de esta cohorte de mujeres,  que se desvivía por mí,  parecía ya intuir el origen de mi mal.

                Me veían inquieto y nervioso, me rechinaban los dientes y, con demasiada frecuencia para ellas, surgía en mí la imperante necesidad de aliviar un picor surgido en una recóndita parte de mi cuerpo.  No lo achacaban en absoluto a aquel añorado e ineficaz papel “Elefante”, parecido a un trozo de periódico sin letras. De extremada dureza y de tacto rasposo, no hacía correctamente el trabajo para el que estaba pensado pero,  en aquellos tiempos,  era  el único que se podía adquirir en los ultramarinos de Jerez.  En nuestra España  de los años 70 aún no habían llegado los sedosos papeles de ahora,  ni mucho menos las toallitas perfumadas que utilizan nuestros hijos para las faenas más íntimas.

                El cuadro médico que advertían las “doctoras en ejercicio”, reconocido hábilmente por una sabiduría heredada de madres y abuelas,  no les albergaba ninguna duda y fue suficiente para  lograr convencer a D. José de la necesidad de hacer la “prueba del algodón”. Con ella constatarían  lo que a todas luces parecían ya saber.

 Ante la preocupada mirada de mi madre, que aún era novata en estas lides, mi tío abuelo mantenía un sepulcral  silencio,  mientras observaba por encima del periódico la deliberación de sus sabias hermanas. Hombre de pocas pero certeras palabras,  buen conocedor en sus carnes de la dichosa prueba del algodoncito,   dijo a mi madre;  “Salud, tu niño tiene lombrices”

                Yo,  ajeno a la  gravedad del mal y a la desagradable prueba para diagnosticarlo, me fui sin darle importancia alguna  a hacer alguna trastada que me hiciera olvidar la próxima ingesta de comida a punta de pistola que me había sido impuesta por el directorio militar. Ya rendido por el sueño,  dormía plácidamente en mi cama  cuando el equipo médico entró en mi habitación para hacer la  artesana e infame prueba.

                En un algodoncito habían puesto una pócima bien trabajada, cuya composición no recuerdo,  pero cuyo olor y textura aceitosa me dejó una huella imborrable en mi memoria y, sobre todo,  en  mi culo.  Deseoso de volverme a dormir, traté de olvidarme de ese pegajoso e incómodo  tapón en lugar tan sensible y  que me colocaron a modo de cebo para que durante la noche,  las lombrices, atraídas por tan exquisito manjar, se quedaran pegadas en el algodón con el ungüento.

                A la mañana siguiente, bien tempranito,  no se olvidaron de retirar el sofisticado dispositivo,  que tan sólo me supuso un alivio temporal porque,  horas más tarde, ajeno al resultado del test,  mi ya por entonces delicada apetencia gastronómica,  descubrió amargamente que podía haber cosas que supieran  mucho peor que la comida.  No podía ni sospechar  cuan duro puede resultar para un niño tragarse un brebaje que acabaría seguro con esos parásitos para toda la eternidad.  Y es que mi madre vino de la farmacia con un bote de grandes dimensiones y amenazador aspecto. Contenía un jarabe cuyo color ya me producía sudores de espanto y al tragarme el primer buche, entre espasmos de puro asco y desesperación,   no me quedó ninguna duda de que acabaría con los gusanos, con mi lengua,  con  mi garganta y  con buena parte de mis tripas.  Me consolaron diciendo que el método tradicional hubiera sido mucho peor porque  consistía en ingerir hierbabuena a palo seco hasta regurgitar verde y rumiarlo como una vaca. Sistema que, a buen seguro,  hubiera matado de pura asfixia  a los gusanos y, desde luego,  me  hubiera  hecho aborrecer para toda mi vida el fresco sabor a menta que exhala la verde hierbabuena.

Ya libre de gusanos y con el tracto digestivo como si me hubiera tragado una una espuerta de piedra pómez, seguí inapetente e igual de flaco, pero tuve especial cuidado en aliviar mis picores más íntimos sin que  la sagaz vista  de mis abuelas y tías abuelas lo detectara. No tenía duda alguna de que,   siempre preocupadas por mí, volverían a la carga y me harían una nueva prueba del algodón y todo  cuanto estuviera en sus manos para quitarme las penas.

                Hoy, tantos años después de que  partieran de este mundo, sigo acordándome de ellas todos los días  y, cada vez que la vida me golpea, como si fuera un niño, les pido  allá donde estén, me echen una manita con algún brebaje celestial para el problema que desvele mis sueños en la soledad de la noche.  Allá arriba,  seguro que habrán departido con  Santa Ana y,  esa abnegada madre de María,  les habrá desvelado alguna receta milagrosa que practicara con su nieto que, aunque era el mismísimo hijo de Dios, también fue niño y tuvo madre y abuela.

Paco Zurita

Febrero 2021

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