La ermita de la Algaida

Hoy, aburrido del letargo veraniego y expectante de luz en mi alma sombría, salí en coche sin rumbo fijo, dejando que el azar o mi oculta voluntad eligiera cada calle, cada camino, cada encrucijada. Remontado el río desde la Calzada sanluqueña y serpenteando por senderos escondidos para los foráneos, llegué a Bonanza y la dejé atrás por donde el Guadalquivir se viste de verde de Doñana y de blanco de Salinas. Me detuve a tomar café en una taberna de la Algaida y, sin mucha demora, proseguí mi camino sin saber bien lo que buscaba o hasta dónde llegaría en mi ansiosa búsqueda.
Llegué a los pinares hermanos de aquellos al otro lado del río, siguiendo por un camino abrupto y polvoriento que partía en dos el verde paraje y, al final del mismo, me encontré una ermita cerrada y solitaria a la que se llegaba ascendiendo por una escalinata que atrajo mi anhelante alma. Como la ermita, esa alma mía se encontraba sola buscando una voz que la despertara de su embriaguez y hastío.
Me detuve en una de sus ventanas, acercando mis ojos a la oxidada celosía para que mis pupilas se acostumbran a la oscuridad interior y pudieran ver qué había tras esos muros.
Olía a flores frescas pero también marchitas y a ese inconfundible aroma de un lugar de culto donde aún quedaban recuerdos de inciensos quemados y de velas encendidas y apagadas hacía ya mucho tiempo. Y, poco a poco, fue haciéndose visible la imagen de una Virgen con un niño y lo que parecía un crucifijo tumbado sobre la mesa de altar. Oré un rato a través de la celosía y me marché de allí sin encontrar eco a mis retóricas plegarias.
Salí de los Pinares por la maltrecha carretera del práctico hasta llegar a un embarcadero ya en tierras de Trebujena. Aún bajaba la marea y la corriente erosionaba los lodos de las riberas tiñendo como de chocolate los bordes del gran espejo azul del río. La belleza y soledad que imperaban me acercarían a buen seguro a la luz que andaba buscando. Y allí estuve un buen rato contemplando esa belleza y rebuscando en ella la paz de mi alma, pero no encontré nada. Me volví a Sanlúcar decepcionado una vez más por no haber hallado lo que buscaba.
Pensando en mi aciaga jornada, pero ansioso por saber más de aquella capilla, busqué en internet algo sobre esa emita. Me enteré que está consagrada a la Virgen de la Algaida y que desde tiempos ancestrales todo aquel lugar se consideraba sagrado. En la antigüedad, el río bañaba los pinares y las dunas, formando islas y, en una de ellas, los fenicios levantaron un santuario. Los pobladores, marineros y pescadores en su mayoría, buscarían a su amparo un bálsamo para sus preocupaciones e inquietudes. Sin saber por qué, busqué en aquel lugar lo mismo que el ser humano ansía desde que tiene conciencia; A DIOS.
A aquel lugar me llevó su suerte como una marioneta que mueve con sus dedos. Torpe, pasé de largo y seguí absurdamente buscando, sin percatarme entonces que Él me llevaba todo el tiempo y que Él estaba conmigo. Me dejé embriagar por el recuerdo del manso fluir del río y sentí un profundo bienestar imaginándome en sueños que esa corriente me abrazaba y me llevaba.

Sonreí.

Paco Zurita
Agosto 2021. Sanlúcar

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