EL PELUQUERO DE OBISPOS

En este Jerez nuestro,  dormidas en la nostalgia del tiempo que se nos fue,  aún quedan en el recuerdo las imágenes de  aquellas viejas barberías de brocha, navaja y jabón, en las que mi amigo Pepe aprendió a abrirse camino en la vida.

No era más que un niño cuando en una vieja barbería de la calle Bizcocheros, continuó el oficio que le había enseñado su padre; ser maestro  de las tijeras y saber entender el alma del que  pone la cabeza en sus manos. Y digo cabeza, porque en aquellos viejos establecimientos en los que los hombres recortaban sus pelos y acicalaban sus barbas, se confesaban los más íntimos sentimientos, abriendo el corazón de par en par entre corte y corte de la tijera y pasada y pasada  de la navaja.

Mientras los clientes esperaban  su turno para  ser atendidos por el maestro peluquero, las conversaciones llenaban el tiempo de un tiempo en el que no había televisión, ni móviles ni prisas y no había temas que escaparan a  aquellas apasionantes tertulias que eran, sobre todo,  íntimas y sinceras. Y siendo Jerez la patria chica de nuestro peluquero,  en esas conversaciones no faltaba el Flamenco,  ni los Toros, ni  el vino,  ni la Feria y ni ese Jesús Nazareno que llevó en su alma desde que correteaba por la plaza San Andrés y por la Alameda Cristina.

Con el paso del tiempo, Pepe pudo abrir su propio establecimiento, siempre agradecido a aquel buen hombre  de la calle Bizcocheros que le enseñó el oficio de las tijeras. Por sus manos de artista pasaron varias generaciones de jerezanos que dejaban sus pelos en el suelo de la barbería pero también buena parte de sus preocupaciones entre sus cuatro paredes, sólo con el espejo como único testigo de la confesión, porque el peluquero se las guardaba como si de un cura se tratase.

Quizás por ese arte de  saber escuchar mientras aligeraba la cabeza de cabellos, todos los obispos que han regido la diócesis jerezana han puesto sus pelos y muchas de sus preocupaciones en las manos de mi amigo. Porque hasta los que confiesan por profesión y por vocación necesitan ser escuchados por un hombre bueno y sincero que diga lo que piensa sin tapujos  y  aconseje de corazón lo que conviene al que lo escucha.

Y es que,  de los quince minutos que Pepe empleaba con cada cliente, sólo necesitaba cinco para cortarle el pelo y le sobraban los otros hermosos y valiosos  diez  para hablar de de la vida, de la fe, de su último libro….

Y esa forma de vivir la vida, de entregarla por los demás, de degustarla, es la que lo llevó a ser Hermano Mayor del Nazareno, a fundar la asociación Rafael Bellido, a escribir decenas de libros para donarla a los pobres, a ser Rey Mago, a ser pregonero de la Semana Santa y a tantas y tantas cosas que no dan dinero pero ganan un tesoro en el cielo.

Podría haber amasado una elevada fortuna de haber dedicado su valioso tiempo sólo a cortar el pelo, pero tiene la fortuna de haberse granjeado el cariño de todo Jerez que, en justicia lo hizo hijo predilecto de la ciudad en 2012.

Y como ya está bien de acordarnos de las grandes personas cuando ya no están con nosotros hoy me he acordado de mi amigo José Castaño Rubiales porque aún tenemos la suerte de tenerlo y espero que por muchos años en este Jerez nuestro.

Paco Zurita

Febrero 2021

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