LO EFÍMERO

De esa foto de la plaza del Arenal de Jerez de principios del siglo XX ya no queda nada; sólo el recuerdo de un tiempo en el que vivieron aquellos jerezanos que también soñaban con un mundo mejor. Los viejos edificios, las pequeñas palmeras, el carro, el borriquillo….. Y las personas que sonreían ante el fotógrafo que creía  inmortalizarlos para la posteridad.

Me quedé absorto mirando la escena de una tarde, quizás de una primavera de hace cien años,  delatada por unas sombras  que empezaban a alargarse y buscaban cansadas la calle Lancería. Miré a las personas que quedaron presas del tiempo en esa instantánea de su existencia. Pensé en lo  que serían sus vidas,  marcadas por una época de incomodidades y privaciones, pero en la que también había momentos para reunirse con amigos en el bar del toldo desvencijado, terminar las tareas de reparto en el carro de grandes ruedas o en el asno de los serones de esparto. Me fijé en el hombre sentado y cabizbajo a  la sombra de una palmera y en las mujeres que se arremolinaban en torno a un banco  de hierro forjado, quizás poniéndose al corriente de los últimos chismorreos, verdaderas telenovelas de la época.

Pensé en todos ellos, ausentes de un futuro de dolor que unos años más tarde rasgaría a España en dos mitades. En aquellos años en los que nuestro país no hacía mucho  tiempo que había perdido Cuba y Filipinas y aún se desangraba en las tierras del Rif, empezaron a sembrase las semillas de dolorosos espinos que desangraría a nuestra patria en una fratricida contienda en la que se enfrentarían, quizás, el del asno con el del carro.

Hoy, más de un siglo después, pasé con mi bicicleta por esa misma plaza, y pensé otra vez en aquellos que la habitaron cuando el  Titanic se hundía una fría noche de abril de 1912. Pensé también en nosotros, en nuestros hijos y  en los hijos de nuestros hijos. En los edificios, en las palmeras, en los negocios que hoy reabren jubilosos en los mismos locales donde, derrotados, cerraron las puertas otros que les precedieron.  Pensé en la vida y en lo poco que dura y en las personas que se creen que perduran dejando huellas en la arena.  Pensé en todas las plazas del mundo…..

Pensé que, cuando pasen otros cien años, quizás nos arrepintamos de  haber vuelto a sembrar semillas de odio y estéril división y enfrentamiento.  Plantas que satisfacen las ansias de poder de algunos,  pero que envenenan con sus hojas a la mayoría de sus coetáneos.  Lo sufrirán las nuevas generaciones, inocentes de la herencia recibida por esa ceguera, como el que posa sonriente ante el fotógrafo, ausente de su propia responsabilidad ante la historia.

Pero, para unos y para otros, al final de los tiempos, no quedará nada en esa plaza,  ni en todas las plazas del mundo, ni personas, ni edificios ni palmeras, ni siquiera la plaza…

¿Quedará el dolor y el sufrimiento que causaron los egoístas e insensatos que se creían que iban a dejar sus nombres grabados en alguna parte que ya no existe? Ni siquiera eso.

Quedará sólo  Dios.

Paco Zurita

Noviembre 2020

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