EL GUARDIA DEL CIELO

Las almas hermosas que vienen al mundo en cuerpos imperfectos, vuelven gloriosas al cielo que las envió. Son esas almas nobles, de espíritu alegre y dócil que, por saberse hijas de Dios, ajenas a  las envolturas  que les permiten vivir en este mundo pasajero, traslucen generosas su belleza interior.

Quizás porque la naturaleza fue menos amable con ellas, negándoles esa apariencia o aptitudes que tanto se exaltan en esta vida terrenal, Dios quiso compensarlas con la preciosa luz interior que con fulgor irradian. Una luz que contiene en sí misma todos los valores que ansiamos y que no logramos alcanzar la mayoría de los mortales.

Y pensaba en todo esto cuando me acordé de Emilio, ese personaje jerezano de alma limpia como la de un niño, de corazón noble y bondadoso, de mirada de paz y espíritu sosegado que se creía policía y consiguió serlo.  No fue agraciado con esa envoltura que dota a los más inteligentes, a los más apuestos, a los que se creen más afortunados; nació con una discapacidad por una lesión cerebral durante el embarazo de su madre. Pero,  precisamente,  su fortuna fue la ser feliz con lo que Dios le dio, y con todo ello, consiguió de la vida más de lo que ansiaba. No le faltó determinación para conseguir sus sueños, no desfalleció ante las dificultades, no dudó ni un momento de sí mismo.

Era un niño cuando, extasiado por la uniformidad de unos guardias,  decidió ser uno de ellos y en el fondo de sus entrañas,  estaba convencido de serlo.  Aquellos, que aún no lo conocían, miraban extrañados  a un loco o quizás a un tonto con un afán tan singular.  Y  él,  con sus guantes blancos, con corbata y chaqueta gris impoluta y su inseparable silbato,  saludando marcialmente mientras sonaba el himno nacional,  no dudaba en exigir respeto y silencio a los verdaderos tontos que no guardaban la necesaria compostura.

No faltaba a un desfile procesional, ni a una cabalgata,  ni a  cualquier evento donde se requiriera su “presencia policial”. Envejeció fiel a su abnegada misión en la que no cejó tras tantos años de servicio constante y desprendido.  Y dejó de ser un loco,  para convertirse en un héroe a los ojos de tantos hijos de este mundo; y es que no había policía más conocido, más querido ni  más respetado que “Emilio el Guardia”.

Cuántos de nosotros, abatidos y desnortados cuando la vida nos pone las primeras zancadillas, sucumbimos ante los obstáculos para cumplir nuestros sueños.  Cuántos de nosotros, a los que la naturaleza nos ha regalado un envoltorio más hermoso, más capaz, más perfecto que el de Emilio, tenemos el alma dormida porque no creemos en nosotros mismos y renunciamos a seguir luchando por nuestras aspiraciones.

Vivimos tiempo de desazón y desconcierto, de temor y adversidades, de falta de fe y de valor. Vivimos tiempos en los que nos hace falta enfrentar la vida con la determinación del querido y añorado guardia de los guantes blancos. Por eso hoy, acordándome de él, encuentro motivos para la esperanza de que podremos superar las muchas dificultades que nos esperan.

En 2007, cuando contaba unos 70 años de edad, la asociación del Santo Ángel de la Policía Nacional, homenajeó al bueno de Emilio Guerrero por tantos años de “servicio”.  Diez años más tarde, después de habérnoslo prestado tanto tiempo, Dios se llevó a Emilio allá a lo alto para que siguiera haciendo de guardia en el cielo.

Paco Zurita

Enero 2020

SONETO A UN ANCIANO

 
 
 Sentado, cabizbajo, mira ausente.
 Una colilla se muere entre su mano.
 Dora la tarde de un tórrido verano
 las arrugas marcadas en su frente.
  
 No siente la ceniza incandescente
 ni el sol que abrasa su cabello cano.
 Quieto en el banco desde muy temprano,
 levanta  al cielo  su rostro lentamente.
  
 Mirando al infinito ensimismado
 quizás piensa  en la vida pasajera
 y, al rescatar recuerdos olvidados,
  
 esboza una sonrisa verdadera
 viendo a un niño correr tras la paloma
 que se escapa volando de su vera.
   

PACO ZURITA

ENERO 2021

LA MUCHACHA CIEGA

Esa mañana iba con el firme propósito de encontrar a Dios y algo de paz en asuntos que me atribulaban. Entré en la iglesia de  San Francisco y recorrí su larga nave buscando su sagrario, pasando por delante de esa Virgen  que lleva grabado en su corona el nombre de mi madre. Mi abuelo, que tanto añoraba su Virgen de las Angustias de Ayamonte, le rezaba por su gran parecido y  se la regaló por un gran favor alcanzado para su hija y que, intuitivamente, agradezco en su nombre todavía.

Me fui en blanco del sagrario con mi espíritu desanimado, incapaz de conectar con Dios. Alertado por la hermosura de un crucifijo que habían colocado en el altar mayor iluminado por dos velas, me senté en uno de los primeros bancos de la nave principal.

Me dejé llevar por su hermosura y me sumergí en mis pensamientos mientras contemplaba su elegancia, su esbeltez, su mensaje de dolor y de paz a la vez.  Pensé que estaba llegando a ese punto en el que el diálogo con Dios se abre camino de forma inconsciente cuando un tintineante ruido que venía desde el fondo de la iglesia, interrumpió mi concentración. Miré hacia atrás y descubrí que se trataba de una muchacha ciega que se movía con cierta dificultad y avanzaba por el pasillo central con la ayuda de un bastón que movía a derecha e izquierda para no chocar contra las bancas. Rompía el silencio del templo y también de mi alma, expectante porque no llegaba el eco de mis pensamientos.

Cuando llegó al primer banco, guardó su bastón y se sentó justo delante del crucifijo al que parecía mirar como si realmente pudiera verlo.  Allí estuvo breves instantes porque, casi enseguida, volvió a coger su bastón y volvió  sonriente hasta la última banca, donde continuó rezando un largo rato.

Dejé de rezar y comprendí que no hay más ciego que el que no quiere ver; yo realmente estaba más ciego que ella.  Esa pobre muchacha había sido capaz de sentir la presencia de Dios y hasta Él llegó movida por una fuerza que yo buscaba en la belleza de aquel crucificado que contemplaba con mi perfecta vista. Ella, que era ciega de nacimiento, lo estaba contemplando con los ojos del alma y había conectado con él con la naturalidad de encender la luz de una habitación.

En nuestra vida, cuando lamentamos nuestra suerte, nuestros pequeños sacrificios diarios, nuestras derrotas, nuestras lágrimas y buscamos la ayuda de Dios,  muchas veces deberíamos cerrar los ojos y tratar de pensar en aquellas personas que no pueden ver con sus ojos pero son capaces de hacerlo con el alma. Para llegar a Él, hemos de abstraernos del mundo que nos rodea, cerrar nuestros sentidos a la aparente realidad y  ver su luz, escuchar su voz, sentir su presencia….

Desde entonces, cuando voy a un sagrario, cierro los ojos y escucho inconsciente ese tintineo del bastón de la muchacha ciega mientras dejo que mis preocupaciones se evaporen en la divina presencia. Después de un rato los vuelvo a abrir y regreso a mi rutina convencido de la suerte que tengo de ver también con los ojos.

PACO ZURITA

ENERO 2021

FELIZ 2021

Dos mil veinte fue ese año

que hizo añicos nuestros sueños;

viéndonos del mundo dueños

nos despertó un ser extraño.

A nuestro orgullo hizo daño

un virus inoportuno.

Y ahora sin pudor alguno

pido para mis hermanos

que lleves, Dios, en tus manos,

a este DOS MIL VEINTIUNO.

PACO ZURITA AÑO NUEVO 2021

LA MEJOR NAVIDAD DE NUESTRAS VIDAS

Llegué a casa y se había ido la luz. Sin disgustarme, sonreí acordándome de aquellas tormentas que nos dejaban a oscuras cuando era niño, y encendí una vela que había sobre la mesa.  Mirándola en la oscuridad, pensé en aquella primera Navidad en la que unos pobres pastorcitos se alegraron en su alma por el gran regalo que les llegaba del cielo. Ellos también estaban a oscuras en un mundo difícil como el nuestro.

 Quería sentir la luz de la esperanza que no se enciende con excesos ni derroche, pero sí con el regocijo de saber que existe un Dios que está dispuesto a nacer de una mujer para vivir, sufrir y morir como nosotros.

Pensé que quizás este año no íbamos a tener grandes comidas, ni podríamos  reunirnos con  familiares o seres queridos. Quizás no fuera la Navidad que nos han querido vender y que hemos ido comprando a lo largo de 2.000 años de historia,  más para nuestro deleite y regocijo que por el verdadero sentido que conlleva.

Hoy, más que nunca, tenemos motivos para desear la llegada de ese Niño, que vino pobre, sin techo y muerto de frío en la más pequeña de las aldeas que aquel mundo conocido.

Este año hay muchas razones para sentirnos como esos humildes pastores que celebraban la esperanza que los ángeles les anunciaban. Son muchas las penas y fatalidades que parecen ceñirse sobre nuestro mundo y,  no sólo por la pandemia que nos castiga, sino por tantos Herodes de nuestros días que ponen en riesgo nuestra convivencia y nuestras vidas  sin tener en cuenta la paz que comprometen y las personas que sacrifican en aras de sus propios egoísmos e intereses. Son esos falsos servidores públicos,  ilusos visionarios e  hipócritas líderes que pretenden liberar al hombre de una supuesta esclavitud para llevarnos a servir a sus propias mesas y hacernos creer en un mundo que muere sin remedio.  Herodes se llevó a muchos inocentes por el camino, pero no pudo acabar con la esperanza que acabó triunfando sobre una cruz que representaba todo lo que nos somete.

A solas, contemplado la luz de la vela,  pensé en  todas las cosas buenas que hacemos siguiendo el ejemplo de ese divino Niño que nos trajo la primera Navidad. Reparé en  todos mis hermanos que están trabajando por los más necesitados, no importa  sus creencias o ideas.   No se me olvidaron todos los voluntarios de hermandades, congregaciones religiosas, asociaciones benéficas de nuestra Iglesia o de otras confesiones que creen en el amor al prójimo y en el mensaje de paz que nos trajo ese niño de Belén. Sentí un extraño gozo por  tener motivos para alegrarnos  haciendo de esta Navidad la más hermosa que hayamos conocido jamás, sintiendo que adoramos a Dios con cada persona que recibe nuestra generosidad y amor en su nombre.

Es en el dolor y en las dificultades donde más se necesita la  Navidad como única y verdadera  respuesta de la Humanidad a sus frustraciones, a sus miedos, a sus limitaciones,  a su propia efímera existencia.  Cualquier otra que nos vendan es pasajera y muere como los hermosos lirios que acaban siendo polvo o pasto de las llamas.

Sí, en esta Navidad tenemos motivos para la  alegría porque Dios,  una vez más, nace  de nuevo en nuestras vidas mortales para darnos amor y  traernos esperanza que ningún Herodes logrará arrebatarnos.

Me quedé extasiado mirando la vela encendida y entendí la grandeza de esa pequeña luz en mitad de la oscuridad de la habitación y de nuestra propia  existencia. Me dejé arrebatar por su hermosura y pensé en el amor que Dios nos trae en persona, haciéndose uno de nosotros,  para llevarnos de nuevo a esa Luz que no se apaga nunca.

Es la Navidad en estado puro cuya luz encendemos con el amor que derramamos en cada uno de nuestros hermanos. Lo demás es superfluo e importa poco porque ésta, sin duda,  será la mejor Navidad de nuestras vidas.

Paco Zurita

Navidad 2020

CARPE DIEM

Reconozco que no lo sabía pero me encanta aprender cosas nuevas aunque sea algo que, por cercano y consustancial a lo que debería saber, desconocía. Enseñaba el paso del Señor de las Penas a una amiga que hace de la Cultura y del Arte una regla de vida cuando me preguntó, mientras contemplaba la magnífica obra de Manuel Guzmán Bejarano; ¿Sabes lo que significan las frutas que hay rematando la talla?. Tuve que reconocer que no lo sabía,  a pesar de las vece que había contemplado el paso de mi hermandad.

Me contó mi amiga que el cardenal Cisneros, ese franciscano y primado de España que vivió en la segunda mitad del siglo XV, tenía como regla de vida la expresión latina “Carpe Diem” y que no puede representarse mejor que con una fruta; sencillamente porque hay que disfrutarla en el momento justo. Si la tomamos demasiado pronto estará dura. Si lo hacemos demasiado tarde estará pasada.  

Pensé en mi manía de guardar vinos buenos que me han regalado a lo largo de mi vida y que reservo como un tesoro para cuando llegue una ocasión especial. Pensé en esa frase latina  y abrí una botella  al azar. El corcho estaba podrido y tuve que sacarlo a trocitos y,  el vino agriado dejó mi boca y mi alma de ese mismo sabor. Pasó el tiempo de descorcharlo en su grandeza, y el valioso vino se fue por el sumidero de mi estupidez.

Así es la vida, como el vino, como la fruta, como nosotros mismos que creemos que existe un futuro infinito en este mundo y se nos escapa de las manos la vida misma pensando que llegarán mejores momentos. Así somos nosotros que nos creemos que vamos a estar aquí  eternamente cuando la vida es un suspiro que ya empieza a exhalar el aire que acaba de inspirar.

Pensé en San Agustín y sus confesiones, en su medida del tiempo, en su concepto de la eternidad. Pensé en aquel estado en el que una jugosa fruta siempre está carnosa, dulce y deliciosa porque el tiempo no existe para que no haya madurado o para poderla pudrir. Es ese estado que supongo alcanzaremos cuando hayamos pasado de esta vida.

Mientas tanto….     ¿Qué sentido tiene hacer grandes acopios de bienes perecederos, o regocijarse con vanidades que se disiparán con el tiempo, o preocuparse por dolores pasajeros? Mejor no haber nacido.

Es la terrible paradoja de aquellos que piensan que la vida tiene sentido mientras se pueda disfrutar, porque creen que más allá de ésta no queda nada.  No vinimos a este mundo intencionadamente ni debemos abandonarlo de forma intencionada. Hay que vivir cada momento, cada segundo, con toda intensidad. Dejar que el tiempo carcoma ese instante en que creemos estar vivos sabiendo que lo que nos llega es un regalo del cielo para abrirlo de forma inmediata.

En esta vida hay que tomarse la fruta en el momento justo, dejando en manos de Dios que la provea generosamente mientras nos lata el corazón  y hasta que nos lleve a aquel lugar donde el tiempo no existe porque la vida es eterna.

No ser tan cortos de mente ni tan parcos de espíritu al pensar que, cortando esta vida a nuestro antojo, nos ahorramos sufrimientos innecesarios, como si sólo mereciera la pena la vida que conocemos; sin pasado, sin futuro, sin presente……

Me acordé de muchos que piensan que aún tienen tiempo para acumular más riquezas, más futuro, más estériles proyectos. Pensé en todas las cosas que podría vivir hasta el momento en el que el tiempo no pase; despreocupado de todo lo superfluo y pasajero. Abrí otra botella de vino que me acababan de regalar y estaba delicioso.

¡Carpe diem!

Paco Zurita

Diciembre 2020

CÓMO NOS DIVERTÍAMOS ENTONCES

Encontré la vieja foto y vinieron a mí recuerdos imborrables de aquella niñez feliz que se forjó sin grandes lujos ni sofisticados aparatos electrónicos, pero con mucha imaginación. En ese mundo que nos hacíamos a la medida de nuestras posibilidades y de nuestros sueños, bastaban cuatro cosas baratas para convertir esos sueños en una realidad al alcance de muy pocos.

A pesar de los muchos años transcurridos, recuerdo perfectamente aquella escena y aquellas entrañables aventuras forjadas alrededor de tan sencillas cosas. Y lo recuerdo, quizás, porque esas cosas cobran con el tiempo más valor e importancia cuando miro a los valores que priman hoy en día.

Sobre la mesa había una vieja caja de un Meccano, desgastada de tanto uso más allá de los modelos que venían propuestos por el fabricante. Seguro que,  entre sus múltiples y versátiles piezas, habría encontrado lo necesario para terminar aquella tienda de indios que salía en la película de Sesión de Tarde de cada sábado.  Los materiales eran abundantes y muy a la mano de unos niños que sabían sacar partido a los recursos disponibles, siempre y cuando contaran con la comprensión de los mayores que, a veces,  no lo  veían igual.  Pero, al fin y al cabo, los palos de escoba y de fregona servían para algo más que fregar y barrer los suelos y el mantel con el que cubríamos los palos era más que apropiado para emular las pieles que utilizaban los indios Sioux para sus tiendas de campaña.

Los jerseys de lana eran ideales para que se quedaran en ellos prendidos las espigas silvestres y la avena loca que abundaban en el campito y que hacían de improvisadas fechas que hasta el mismo Toro Sentado hubiera envidiado. Faltaba la pipa de la Paz, pero mi tendencia a jugar con fuego era rápidamente abortada por mis vigilantes padres que sabían hasta dónde podría llegar mi  peligrosa imaginación.

En aquellos tiempos los ordenadores no habían llegado aún a nuestros hogares y los niños éramos dueños de nuestras propias aventuras. Y viendo a tanta juventud pegada a un mundo virtual que muchas veces no controlan,  me pregunto si esta sociedad de avances informáticos increíbles no puede resultar una cárcel  para su libertad como ser humano y un freno para su desarrollo emocional.

Viendo la cara de felicidad del futuro santo Carlo Acutis,  que supo utilizar estos avances sabiamente y para el bien de los demás puede que esté la respuesta a mi inquietud. Es la sonrisa que se dibuja en su rostro y que se dibujaba en los nuestros  alrededor de esa improvisada tienda de campaña la que marca la diferencia. Una sonrisa que no veo reflejada en muchos niños y jóvenes a los que le produce ansiedad no acabar a tiempo con marcianos o enemigos virtuales y que son reos de una dependencia excesiva de un mundo intangible. La sonrisa es la respuesta espontánea del cuerpo al bienestar que siente el alma, al igual que la frustración interior se deja sentir también el rostro.

Quizás por ello, real mejor, o virtual en su defecto,  deberíamos seguir incentivando en nuestros niños aquellos juegos que provocan una hermosa sonrisa.

Paco Zurita

diciembre 2020

A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

PASAJE DEL PREGÓN DE NAVIDAD DE ARCOS DE 2017

 
 
 
 Dios que de amor rebosaba
 en su reino de los cielos
 viendo tantos desconsuelos
 en ese pueblo al que amaba
 a una Virgen anunciaba
 que a ese mundo al que quería
 como un hombre nacería
 para salvar sus pecados.
 Y ese Dios enamorado
 se enamoró de María.
  
  
  
 Ese pueblo se moría
 de nuevo en su desconcierto.
 Si lo sacó del desierto,
 ¿qué por su pueblo no haría?
 Y Dios tanto lo quería
 que quiso venir al mundo
 por un amor tan profundo
 que nadie logró entender;
 solamente una mujer
 no lo dudó ni un segundo.
  
  
 Tenía que suceder;
 esperaban al Mesías
 pero pasaban los días
 sin llegarlo a conocer.
 El que pudiera vencer
 a la nación opresora
 y soñaban con la hora
 de su llegada a Israel,
 sin saber quién era él
 ni el porqué de su demora.
  
  
 Mas su fuerza creadora
 le muestra sus maravillas
 a las personas sencillas
 y al poderoso lo ignora.
 Y a una joven que lo adora
 Dios le anuncia su venida
 y María, decidida
 fue de Dios la intercesora.
  
  
  
  
 De Dios se quedó prendida
 acogiéndolo en su seno.
 Su espíritu de Dios lleno
 engendró una nueva vida,
 su llegada prometida
 a este mundo misionero,
 para que entienda certero                      
 cómo se alcanza la gloria,
 cómo comenzó la historia
 del  amor  más verdadero.
  
  
 El que entrega al mundo entero
 un Dios que por amor muere
 y que, amando así, prefiere
 ser Él el manso cordero
 que clavado en un madero
 muera por la libertad.
 No existe mayor verdad,
 ni existirá tanto  amor
 que el que regala el Señor
 naciendo en la Navidad.



Extracto del pregón de la Navidad de Arcos
Paco Zurita, diciembre 2017
   

UNA COPITA EN EL CIELO

En memoria del Dr. Antonio Valencia

En Jerez hay una plaza que lleva su nombre y, sin saber por qué, esta noche me desvelé y me acordé de él. Quizás el origen de mis desvelos tiene que ver con estos tiempos que nos está tocando vivir, en mitad de esta maldita pandemia y desnortado en espíritu un país que no se reconoce a sí mismo y anda sin rumbo hacia un incierto futuro.
Hace ya más de 15 años que se nos fue Antonio Valencia Jaen y aun resuena en la plaza del Clavo la última saeta que le cantara a Jesús del Prendimiento que lo reclamó allá arriba para que le cuidara las gargantas a tantos gitanos buenos que se marcharon con él.
El Dr. Valencia fue médico de muchos jerezanos y, más que médico, hacía de la Medicina un arte y un ejemplo de vida. Quizás como ese Natural prodigioso y mágico de Rafael de Paula, o como el inigualable torrente de voz de la Paquera o como el desgarrado cante de Fernando Terremoto.
Como testigos fieles de su noble paso por la vida y del amor que sentía por su Jerez, aún recuerdo cada rincón de su consulta, plagado de cuadros de cantaores célebres, gitanos eternos y recuerdos de una vida intensa y sencilla centrada en el arte de curar. Hasta esa caricatura que retrataba con claridad pasmosa el alma de este buen hombre que se entregó en cuerpo y alma a amar la vida dándose a los demás.
No le hacían falta al bueno de Antonio sofisticados aparatos médicos ni moderna tecnología para diagnosticar, inclinándose sobre su mesa y con una intensa mirada por encima de sus gafas, al enfermo que tenía enfrente. En esa radiografía ocular que hacía con sus experimentados ojos, leía la enfermedad del cuerpo y del alma del paciente y aplicaba su mejor medicina para sanarlo como Dios manda. No hay mejor medicina para un enfermo que la humanidad del médico que hace suyo el sufrimiento del que lo padece.
Fue médico militar, de la Seguridad Social, atendía en su casa en la Barriada de España y también fue médico ambulante en su viejo Citroën ZX que aguantó sin rechistar más de veinte años de misiones a domicilio. ¿Qué necesidad tenía de un coche mejor si ése cascarón lo llevaba a todas partes?
No hizo dinero con la Medicina, pero se hizo rico en el aprecio y en el cariño de muchos jerezanos que iban a su consulta, muchas veces sin pagar un duro. Trabajó sin descanso por los demás y por todo aquello en lo creía y en lo que, desgraciadamente creen muy pocos de los que hoy tienen en sus manos el futuro de nuestro país.
Amaba Jerez y su querida España, el cante flamenco del que dominaba muchos palos, los toros, una caña de cerveza y un cartucho de camarones en aquella cervecería de la esquina, o una copita de Oloroso en la Moderna. Era feliz con un barquito de pesca en el que le costaba más llenar el depósito que el valor de las mojarritas que pescaba. Su casa, siempre abierta, era la sala de espera en la que Tere, su amada esposa, hacía de abnegada enfermera atendiendo un teléfono que no paraba.
Amaba a sus tres hijos a los que legó el ejemplo de la entrega en el trabajo por los demás. Pero sobre todo amaba a Dios, que le decía cada día que no podía ser un buen médico sin amar al prójimo y sin saborear esas pequeñas cosas de la vida. Una vida, su vida, que no sólo merece una plaza, sino que su ejemplo cale en muchos ilusos e insensatos que desprecian los valores sobre los que se construye una sociedad justa. Harían mejor en seguir su ejemplo y trabajar por el bien de aquellos a los que pretenden representar o defender.
Me volví a quedar dormido pensando en su sincera y profunda sonrisa con una copa de vino de Jerez en su mano. Si vais al cementerio un día de San Antonio y veis una copita de oloroso sobre su lápida, dejadla allí que la consuma la brisa que envían los ángeles en su nombre. Se la pone cada año su hijo Kino para que el Dr. Valencia siga disfrutando en el cielo de aquellas cosas que tanto amó en la vida.

Paco Zurita
Diciembre 2020

UN MATRIMONIO QUE REZA

Allá, en la penumbra de la capilla sacramental de San Mateo, apenas delatado por la luz que emana del camarín,  hay un matrimonio que reza. Jesús sacramentado está perennemente  presente en el precioso sagrario del viejo templo  jerezano, siempre custodiado por su madre, María del Desconsuelo y por su inseparable San Juan, ausente en la foto por un necesario proceso de restauración.

Hace unos años esos cónyuges celebraban sus Bodas de Oro, bendecidas por esa misma Virgen que contempló su unión para siempre. Eran jóvenes entonces y, con toda una vida por delante,  se prometieron eterno y sincero amor en esa misma iglesia.  Ahora,  que son ancianos, él  tiene que empujar la pesada silla de ruedas de ella,  y ella, sintiéndose segura con él, se deja empujar orgullosa por el hombre al que entregó su vida;  A sus más de ochenta años, poco importa que el tiempo haya revestido sus cuerpos de arrugas o se hayan desvanecido el empuje y la belleza de sus años mozos; siguen pidiéndole a la Virgen que los lleve juntos por el trecho que los separa de la otra vida, donde seguirán unidos para toda la eternidad. Quizás le pidan por los que venimos detrás y  que aún no vemos esa meta tan cercana,   pero que se aproxima inexorable con el rápido paso de tiempo.

Una puerta entreabierta en el  hermoso retablo rococó,  que hicieron para la Virgen devotos agradecidos del s. XVIII, deja entrever el flamante columbario, donde reposan las cenizas de muchos fieles y hermanos que ya  han cruzado  al otro lado…. Es providencial que María, sea la vigilante de esa puerta, como una centinela celosa de la obra de Dios pero enamorada de esos seres humanos,   a quienes su hijo dejó a su cuidado.  Esos  infinitos ojos de misericordia y amor, parecen transmitir al que los mira,  la seguridad de alcanzar la gloria que espera al otro lado de esa puerta; gloria que pide la madre a su hijo para todo aquel que refleja su alma es esos ojos de infinita ternura y comprensión.

Me acordé de unos jóvenes que meses antes rezaban en el mismo lugar cogidos de la mano. Miraban fijamente a María, y se encomendaban a Dios, absortos e inmóviles en la bella estampa que contemplaban en la capilla. El tiempo se detuvo para ellos y también para mi…..  Paciente los esperé afuera, incapaz de permanecer callado ante aquella entrañable escena,  y a la salida les dije:

¿Sabéis? Cada vez que mi mujer y yo hemos tenido un problema que ha amenazado nuestra unión, hemos venido a este sagrario cogidos de la mano, como vosotros,  para recordarle a María y a Jesús Sacramentado que fueron precisamente ellos los testigos de nuestra unión y que, por eso, precisamente por eso,  no podían fallarnos en ese momento de debilidad en nuestro matrimonio.

Ellos sonrieron y me confesaron que se casaban la semana siguiente, deseosos de comprometerse  y jurarse mutuo amor ante  los ojos de la Virgen, reafirmándose sin pudor en aquella firme convicción de no separase jamás.

La vida es como un río que fluye incesante hacia el mar.  En un abrir y cerrar de ojos estaremos cerca de la desembocadura de ese río rindiendo cuentas de nuestro paso por todo su curso.   Esas tres escenas  en ese mismo sagrario fueron reproducidas inconscientemente en mi alma;  vi el alegre y cristalino nacimiento del rio, su discurrir por meandros, rápidos y cataratas y  por el lento y manso paso del agua casi a punto de alcanzar el mar.

Quizás en este mundo hedonista y superficial en el que vivimos, carezca de sentido a los ojos de muchos, este testimonio de un hombre casado y agradecido de estarlo con la mujer que Dios le puso en el camino.  No hay amor sin renuncia y compromiso, ni compromiso que no nazca de un sincero y verdadero amor. Quizás pocos lo entiendan, salvo aquellos que lo han saboreado y, celosos del tesoro que han encontrado,  no lo cambian por nada.

Ese amor es eterno, como el mismo Dios del que emana y lo bendice.  Llegará maduro, libre de ataduras y de todo lo superfluo que enmascara su verdadero ser.  Más tarde o más temprano, llegaremos hasta esa puerta a los pies de María que nos mostrará la luz que nos guiaba.  Esperaré yo o esperará ella en el inmenso mar que nos aguarda,  donde ya no hay cataratas, ni rápidos, ni meandros,  ni turbias  desembocaduras,  sino un nuevo nacimiento cristalino; una eternidad azul como el mismo cielo. Nos fundiremos  allí para siempre con el amor  que nos engendró y nos unió en un solo ser.

Paco Zurita

Noviembre 2020