FERVORÍN DE LA MERCED 2020

A ti, madre de Dios y madre nuestra

Reina y Patrona de Jerez……

Por todas las víctimas de esta pandemia.

Hoy, madre, que llora el cielo,

Mirando al cielo te digo

Que el cielo llora de pena

Y Jerez llora contigo.




Quieres ir de Romería
y encontrarte con tu gente
y que tu Jerez te cuente
sus cosas por Tornería.
 
Quieres que se duerma el día
sintiendo  el calor ferviente
de esta gente que te siente
al son de una bulería.
 
Quieres ser su compañía
en la soledad presente
que tu rostro sonriente
nos inunde de armonía.
 
 
 
 
Quieres calmar la sequía.
Ser agua de nuestras fuentes.
Consuelo por los ausentes
y bálsamo en la agonía.
 
No pudo ser madre mía
verte en la calle este año
y que tú, Virgen María,
bendiciendo a tu rebaño
la llenes de tu alegría
una vez más desde antaño.
 
No pudo ser, madre buena,
rosa de Dios escogida,
y aunque nos dé tanta pena
que esta pandemia lo impida,
ni un nardo, ni una azucena
te faltarán en la vida.
 
No pudo ser mi Señora.
No Quiso Dios que así fuera.
Y  el ardor que nos devora
por verte, madre, allá afuera
sueña ya con esa hora
en que Dios también lo quiera.
 
Que para, Merced, rezarte,
no existe mejor manera
que, señora y baluarte
de Jerez de la Frontera,
a ti, madre, encomendarte
que la lleves a tu vera.
 
 
 
 
Y no pudiendo cantarte
desde el balcón de tu plaza
el que con su voz te abraza
viene a tu casa a  buscarte.
Quizás pueda lastimarte
tu sonrisa tan hermosa
mas sabes, morena rosa,
que  viéndose en el madero,
ese divino cordero
que nos muestras orgullosa
 
 
lleva  en su mano una cruz
y en la otra, el mundo entero
por quien se entrega postrero
el Dios  a quien diste a luz.
Sentir del pueblo Andaluz
que como dijo Machado
ve en tu hijo ensangrentado
alivio a sus propias penas,
redención a sus condenas
que entrega crucificado.
 
 
 
Pesan tanto las cadenas
que en este mundo llevamos
que, en verdad, necesitamos,
por esa tu gracia plena,
que nos des tú, madre buena,
al niño que está en tus manos.
Danos madre al niño; danos
esperanza a nuestro males,
las mercedes celestiales
que esperamos los cristianos.
 
Danos vides y trigales,
vino y pan, su cuerpo santo,
que porque nos quieres tanto,
como punzan los rosales,
te clavan siete puñales
a cambio de tu tesoro.
Por eso,  con fe te imploro,
por el amor que nos tienes,
nos colmes tú de esos bienes
que no se compran con oro.
 
 
Y, ya ves, aquí nos tienes,
mirándonos en tus ojos,
caminando entre rastrojos
y doliéndonos las sienes.
Que ese niño que sostienes,
nacido de tus entrañas,
le dio a este rincón de España,
¡Vive Dios!  ¡Al mundo entero!
el amor más verdadero
porque ni miente ni engaña.
 
 
 
Por eso, prometo y quiero
En éste, tu santuario,
ser como un buen mercedario
y ofrecerme prisionero.
Ser de su viña el obrero.
De Dios reo de por vida,
y dándola por perdida,
ganarla, madre,  en el cielo
cuando tras el largo vuelo
vea la tierra prometida.
 
Y es que cada  desconsuelo
se tornará en alegría
cuando tú, Virgen María,
Madre de Dios, su modelo,
nos llenes de tu consuelo
y de su amor sin medida.
Morena rosa escogida
de esta  tierra jerezana
que desde edad tan temprana
siempre llevas protegida.
 
Lucero de sus mañanas.
Albariza de su viña.
Agua y sol de su campiña.
Vino y flor de sus andanas.
Repicarán las campanas
cuando viéndote en la calle
tu Jerez de nuevo estalle
de alegría y de contento
y ese será el gran momento
que el  tiempo jamás acalle.
 
 
Y hasta entonces, si hay lamentos….
con tus mejillas morenas
nos endulzarás las penas
y los agrios sufrimientos.
Son los puros sentimientos,
forjados ya en mi niñez,
por los que pido otra vez
que en la vida y en la muerte
no dejemos de tenerte
Reina y Madre de Jerez.

BASÍLICA DE LA MERCED CORONADA

24 de septiembre de 2020

AQUELLA CARRERA DE BICICLETAS DE 1973

En uno de mis paseos mañaneros en mi bicicleta por los confines de Jerez, no hace mucho recalé en la Plaza San Francisco de Guadalcacín,  donde vino a mi memoria una vieja experiencia que viví en mi niñez….

Aquel día había algo que celebrar pero no recuerdo qué. Era un sábado de 1973 y en el colegio de aquella entrañable pedanía jerezana, se congregaron alumnos, profesores y casi toda su población para vivir competiciones y terminar con una convivencia en una de las blancas aulas, compartiendo las cosas que cada cual llevara.

Hubo carrera de sacos, de relevos de huevos llevados en cucharas de boca en boca, concursos de redacciones y dibujos, de canciones y cuentos… Y una curiosa carrera de bicicletas que prometía vibrantes emociones.

Era sin duda la estrella de las competiciones porque su premio era el mejor dotado; un enorme lote de productos de la tierra de Caulina que los buenos colonos donaron para tan noble causa. Los chavales de entonces no disponían  de los mejores bólidos de dos ruedas. Muchas bicis eran prestadas y los cambios de marchas no habían llegado aún al pueblo.  En aquel patio del colegio, todos se preguntaban cómo podrían correr sin derrapar en las curvas. Y otros muchos protestaban porque había alumnos, a los que ya les crecía la barba, que competían con niños que casi no llevaban a los pedales.

Esa carrera la organizaba Santiago Zurita y todos aguardaban expectantes recibir las instrucciones para empezar a darle a los pedales con todas sus fuerzas. Ordenó a los participantes que se dispusieran en las calles dibujadas con  tiza y que habían servido para la carrera de sacos. Parecía una locura que esa carrera consistiera en esprintar en esos pocos metros sin tragarse la valla del fondo. Pero tratándose de ese profesor… cualquier cosa era posible.

Los más jóvenes protestaban y recriminaban a los organizadores lo injusto de la situación; era sencillamente imposible ganar a los mayores. Los mayores se frotaban las manos y miraban con suficiencia el corto recorrido que les restaba hasta el lote de hermosos rábanos, patatas y demás….

Y se alzó la voz de D. Santiago con una sospechosa sonrisa que anunciaba, para sorpresa de los concursantes y jolgorio de los asistentes,  que el ganador sería el último en llegar a la meta sin salirse de la calle. Era como un mazazo para unos y una esperanza para otros…

Sonó el silbato y las bicis, como presas de una impresionante borrachera, hacían verdaderos esfuerzos ondulantes para ralentizar la marcha sin pisar las rayas de tiza y viendo la amenazante línea de meta cada vez más cerca. Unos se cayeron presa de tanta parsimonia. Otros se descalificaron metiéndose en la calle del vecino. Otros llegaron demasiado pronto al final del camino. Y uno, el vencedor de la carrera, tuvo la habilidad de plantar la bici de forma milagrosa sin avanzar un milímetro.

A veces en la vida queremos correr demasiado y no nos paramos a pensar y a disfrutar por el camino. A veces pensamos que llegar el primero es lo que más nos conviene. A veces nos creemos menos que los demás y, en nuestra ciega y absurda competencia, no damos lo mejor de nosotros mismos pensando que no podemos…

Aquellos chavales ganaron mucho más que ese lote de buenas hortalizas. Aprendieron que en la vida nada es imposible y  que todos podemos alcanzar la meta de nuestros sueños.

Paco Zurita

Septiembre 2020

ES LA PLACA…..

En 1978, con los mundiales de Argentina, mi padre se presentó un día con una Tele en Color. Fue la única manera de jubilar a la vieja Zenith que, tras muchos años de servicio llegaba exhausta a los nuevos tiempos. Los años no pasaban en balde y el fiel televisor necesitaba cada vez con mayor frecuencia la visita del bueno de Cesáreo,  su técnico de “cabecera, ” que conocía sus achaques al dedillo y casi formaba parte de nuestra familia.

La primera vez que supe el significado de “placa” fue al  llevar mi coche a la ITV que no pasó porque uno de los testigos, carente en absoluto de importancia, no había forma de apagarlo. Pobre de mí que pensaba que en la casa oficial lo solucionarían con un pequeño toque de destornillador.  <Es la placa> me dijo con gesto serio el jefe de taller. <No tiene reparación y hay que poner una nueva. Son 430 euros ¿La voy encargando?>. Entendí al instante el significado del dicho “muerte o susto” o lo que es lo mismo, “placa o coche nuevo”.

Desde aquel amargo bautizo del conocimiento de lo que es una “placa”, he experimentado muchas más veces en mis carnes el zarpazo inmisericorde de esta filosofía de producción eufemísticamente llamada “obsolescencia programada” y que tiene su cerebro del tiempo en la dichosa “plaquita”.

Ya casi no quedan técnicos a domicilio y, los que quedan, más bien parecen empleados de una funeraria que hacen el trabajo de retirar el cadáver del difunto aparato una vez certificada que la causa es esa maldita pieza que nos obliga a jubilar los electrodomésticos y otros dispositivos cuando aún parecen nuevos….

Los tiempos cambian y casi todos los ciudadanos de este primer mundo disfrutan del llamado “estado del bienestar”.   Es ese mundo en el que se resalta el concepto de “calidad de vida” en el que se desecha todo aquello que ya no sirve y que no merece la pena conservar. Esta sociedad venera lo novedoso, la última moda, lo más moderno y avanzado, obligándonos a jubilar cosas que funcionan. Ocurre con todo lo que nos rodea y, de alguna manera, queramos o no queramos,  la tendencia imperante nos marca el ritmo de nuestro estilo de vida y nos aboca a un consumismo desmesurado.

Y lo peor de esta filosofía de vida es que cada vez son más los individuos que la hacen extensiva a las personas, arrojando a ancianos a las residencias, abandonándolos a su suerte o promulgando para ellos  una “muerte digna” cuando ya no se puedan valer por sí mismos y a nosotros nos salte la “placa” del egoísmo humano.

Ojalá algún día reconozcamos que algo falla en este mundo cuando basamos nuestro bienestar en un hedonismo caduco y ciego que lleva a nuestra propia destrucción como seres humanos, alejándonos de los valores que nos hacen, precisamente, humanos.

Quizás porque soy un nostálgico empedernido, aún conservo un viejo transistor que me regaló mi querido tío abuelo Paco y que aún funciona, quizás porque le doy cariño y no tiene placa  de caducidad en sus entrañas.

Paco Zurita

Septiembre 2020

LOS HIJOS SÍ SON DE LOS PADRES

Este pasado agosto, decidido a descansar y a apartarme de aquellas tareas que me tienen absorbido y ocupado durante todo el año, dediqué mis tres semanas de vacaciones a leer ese libro que el padre Felipe Ortuno me recomendó hace ya algún tiempo y que, hasta ahora, no había sido capaz de terminar.

Las confesiones de San Agustín no me han dejado indiferente y han hecho que mi pobre y humilde espíritu haya entablado conversaciones con Dios más profundas de las que jamás había sospechado tener. Esa mente culta, reflexiva y profunda del Santo de Tagaste,  está al alcance de muy pocos mortales, pero San Agustín no hubiera alcanzado tan alta gloria si no  fuera por la perseverancia y confianza en Dios de su madre, Santa Mónica.

Las inquietudes y sentimientos humanos en la Roma del s. IV en la que a Agustín le toco vivir, no eran muy diferentes de las que hoy tenemos la mayor parte de los mortales.  El ansia de conocimiento,  lucha de poderes,  pasiones, sufrimientos, frustraciones y búsqueda de nuestro propio ser, no son muy distintas de las que vivió el santo a lo largo de su vida.

Si algo me llama poderosamente la atención de la vida de San Agustín es su conversión en Cristo desde posturas doctrinales escépticas y alejadas de la Iglesia Católica, precisamente por la misma razón por la que me cautiva el apóstol  San Pablo; personas cultas e incansables en búsqueda de la verdad que han caído enamoradas y convencidas del mensaje de Jesucristo.

Existía en sus épocas y existe ahora, un deseo indisimulado de los poderes gobernantes por adoctrinar y hacernos ver que nuestros hijos y los valores que ellos desarrollen son propiedad del Estado. Que una sociedad culta y madura debe estar alejada de pensamientos retrógrados y contrarios al progreso que un Dios imaginario representa. Que, nacidos como somos de mujer, hemos de romper esa ligazón meramente biológica con nuestros progenitores en aras de un progreso que sólo puede venir de una sociedad laica y dirigida por la autosuficiencia humana que el estado representa.

Pero la naturaleza es sabia,  fuerte y poderosa y no se deja amedrentar por aquellos que no entienden por qué  el mismo Jesucristo quiso venir al mundo en el vientre de una mujer. Quizás algunos ilusos piensen aún que los hijos son del Estado y que serán en su vida lo que ese Estado tenga a bien hacer de sus vidas.  Pobres mortales, creídos en sus ensoñaciones de grandeza que acabarán recordando y abrazando el amor de una madre y de una familia cuando el sol caiga en el atardecer de sus vidas.

Afortunadamente, el alma humana  inteligente,  como la de San Agustín, busca valores eternos e intemporales que no sucumben a la carcoma de la fragilidad humana y de aquellos que se creen más que Dios.

Por suerte, los hijos  sí son de los padres, especialmente de las madres que recibieron del mismo Dios la fuerza creadora y el lazo inconfundible de un amor puro y verdadero que sólo busca el bien para el que crió en su vientre.

Cuando pienso en las personas que aún creen que los hijos no son de los padres,  miro esta foto de mi madre y yo en sus brazos y me acuerdo de santa Mónica que, pidiéndole a Dios que la oyera, pudo vencer a todos los poderes terrenales que tenían presa el alma de su hijo y éste finalmente alcanzó la libertad que ansiaba.  No hay adoctrinamiento que pueda romper poder tan grande porque, sencillamente, no es eterno y muere.

Paco Zurita

Septiembre 2020

VINO DE JEREZ

Es la sangre de mi tierra

desde los tiempos arcanos,

de albarizas y secanos

de azul  mar y verde sierra.

Allá respira y se entierra

la noble vid Palomino,

madre del jugo divino,

que en barricas de buen roble

envejece  y se hace noble

de vinos, el mejor vino.

PACO ZURITA

Agosto 2020

CARTA AL REY JUAN CARLOS I


S.M. D. Juan Carlos I

Rey Emérito de España

Majestad:
Quizás en la distancia, allá donde se encuentre, puedan servirle de algo las palabras de un español de 53 años que vivió buena parte de su vida bajo su histórico reinado.
Son los seres y las cosas que amamos las que también nos provocan los mayores sufrimientos y puedo entender el profundo dolor que está sintiendo en su alma por verse alejado y así correspondido por la tierra a la que tanto ama. Créame, Majestad, que ese dolor que usted siente, lo vivimos muchos españoles que sentimos por usted el cariño, la admiración y la gratitud por habernos dado más de cuarenta años de paz, libertad y prosperidad.
Dicen que a un hijo se le perdona todo y usted ya habrá perdonado en lo profundo de su corazón a aquellos españoles que, ajenos e ignorantes de su historia, no han sabido o no han querido ver cuánto tenemos que agradecer a nuestro Rey. Si le sirve de consuelo, también a los padres debemos perdonar las debilidades humanas porque, en la balanza de la vida, pesa mucho más su sacrificio por todo el bien que nos han dado.
Yo que tengo la edad de D. Felipe y mi padre la de su Majestad, no puedo ignorar los sentimientos que les deben de embargar a Él como hijo y a usted como padre. No puedo pasar por alto la grandeza de un español que pone por encima de ese amor filial el amor a su patria. No quiero ignorar el gran sacrificio, una vez más, que realiza por el bien de España.
En su soledad, allá donde se encuentre, puede que estas líneas le lleven un poquito de calor en la frialdad de la noche; la Historia sitúa a cada cual en el lugar que realmente merece y usted merece uno de los mejores en nuestra larga Historia.
Aunque algunos pretendan ignorar su obra o desprestigiarla en aras de sus propios intereses, sigue siendo una inmensa mayoría de españoles la que cree en el valor que la Monarquía Constitucional representa. Somos muchos los que nos sentimos heridos en nuestras más profundas convicciones por una minoría que quiere introducir un debate inane e indeseado por una sociedad ávida de soluciones a sus verdaderos problemas e inquietudes.
Mientras tanto, confíe en Dios y en la mayoría del pueblo español que sabrán perdonar sus defectos, valorar sus muchas virtudes y agradecer su entrega por España.

Dios lo guarde muchos años.


Fdo.: Francisco José Zurita Martín
Jerez

TERTULIAS A LA FRESQUITA

La mañana empezó fresquita pero saltó el Levante y llegó la “caló” muy malo para el cuerpo y peor para los ánimos. Al mediodía no había ni un alma por las calles y todos andaban refugiados en sus casas con las persianas echadas y las ventanas entreabiertas.

En aquel barrio jerezano a mediados del siglo pasado  la gente se conocía al dedillo y esperaba a que refrescara para hacer la vida en la calle. El sol ya iba cayendo y,  poco a poco,  fueron apareciendo los primeros vecinos.  Era un domingo de julio en el que” el Lorenzo” se empleó a fondo con los jerezanos….

Del número cuatro sale  D. José, «el Brocha», pintor toda su vida y ya retirado, vestido con su mejor camiseta de tirantas y se sienta en una butaquita que ha sacado a la calle. Relajado mientras se fuma un pitillo, espera ya impaciente  a que aparezca su Petra con la cafetera.  La “Patizamba”, como así se la conoce,   calla con la mirada el intento de protesta del marido por la tardanza y el pobre hombre se toma el café sin rechistar.

En el número cinco ya hay movimiento y se abre la puerta del seis. Van saliendo sillas y butacas que se incorporan para la alegre tertulia cuando la sombra se alarga sobre el ardiente adoquinado. La calle va cobrando vida, el calor se atempera pero las conversaciones suben de grados cuando sale Dña. Amparo, más conocida como “La Veneno”.  Es una vieja casi calva pero que aún conserva un impoluto rodete bien tieso y redondo que sostiene con los cuatro pelos que le quedan.

<Ozú, Parece que hoy tampoco sale Filomena…..>, dice la vieja con sorna. < A la niña se le está hinchando mucho el vientre y la Filo debe estar preocupá…..>

Doña Paca, “La Poleá”,  que se ha sentado para hacer ganchillo, levanta la mirada como Manolete mientras sigue con la faena y añade:

<La niña frecuenta mucho el puesto de verduras de Manolito, el del Colmao…>

Y la Veneno replica con una malévola sonrisa…  <Pues se le debe de haber atragantado un pepino y bien gordo….>

< Ese le ha visto ya el frutero entero, te lo digo yo, dice Doña Pepa que acaba de incorporarse a la conversación>

Todas ríen de contento cuando un golpe las solivianta de repente; se abre como un fuerte estruendo la ventana de Filomena que ha escuchado la “encantadora” conversación y dice a grito pelado:

< Mira, Amparito,  mi niña es muy decente y si se le está hinchando la barriga, a ti te importa bien poco si es por la fruta de Manué, que a tu Luisita le gustan los chicharrones del carnicero y cualquier día se le va a indigestar un chorizo>  <Y tú “Veneno” cualquier día te vas a envenenar con la bilis que echas por esa boca> <Y Pepa, a ver si el borracho de tu marido le presta atención a tu frutero que hace tiempo que lo tiene desatendido…>

                Pepa, se levanta como un resorte y, brazos en jarras le dice a grito pelado  a Filomena:

<Ya quisieras tú tener el frutero tan bien atendido como el mío, que a tu marido le gustan más otros higos y otras brevas>

                No hubo respuesta inmediata porque Filomena desapareció de la ventana y apareció al poco rato como un bicho herido saliendo de la puerta de su casa. Se fue para Pepa y la cogió por los pelos, mientras la otra se defendía  a duras penas.  Las otras dos arpías acudieron en defensa de la Pepa, pero tampoco salieron bien paradas. La vieja perdió el rodete que quedó en la mano izquierda de Filomena mientras con la derecha despeinaba a “La Veneno” que ya tenía arañazos en la cara..

La cosa se estaba poniendo fea pero D. José seguía tomándose su café y, a falta de nuestras telenovelas de hoy en día, parecía entretenerse con la animada “conversación” hasta que, con golpe de autoridad, paró la escena en seco con un golpe de bastón en la mesa.

Despeinadas y maltrechas, cada una volvió a su sitio y la paz volvió a reinar mientras el sol se ponía en aquel barrio de Jerez.  Seguramente  al día siguiente saltaría el poniente y los ánimos serían otros.  Y es que en verano, en nuestra tierra, no hay nada peor para los ánimos como un día de Levante….

Paco Zurita

Julio 2020

LA SOLIDARIDAD EN LAS CASAS DE VECINOS

Animado por mi fascinación por sus aventuras de niño, hoy mi amigo Juan me contó otra bonita historia de nuestro Jerez antiguo. Era un botones de dieciséis años…..

Desde la bodega se podían oír las campanas de la iglesia de la Victoria y del viejo convento de Capuchinos que aquel día presagiaban lúgubres noticias.  La mañana parecía tranquila cuando Juanito fue requerido de inmediato a la oficina de Dirección.  El director general, que ya estaba bien entrado en años, llevaba varios días sin ir a la bodega aquejado de una debilidad extrema y  todos se temían lo peor. El médico le había pedido unos análisis para ver por dónde perdía la salud y la energía.  Llamaron de su casa a la bodega para que se personara allí un ordenanza y a Juanito le encargaron que cogiera una bicicleta y fuera a toda velocidad a recoger a casa de D. Manuel (quizás no fuera su fuera ese su nombre) unos tarritos que tenía que llevar después a un analista de la calle Medina. 

No le llevó mucho tiempo llegar hasta la calle Sevilla, donde vivía D. Manuel, recoger una bolsa con los tarritos y emprender de nuevo la marcha con la bolsa colgada del manillar.  Camino de la casa del analista, iba por la calle Honda cuando, al esquivar un bache, fue a parar de bruces a la acera y por el ruido a cristal roto pudo intuir  que un problema gordo se le avecinaba….  Uno de los tarros se llevó la peor parte y, a juzgar por el olor que salía de la bolsa, descubrió que los manjares que toman los directores generales acaban oliendo igual de mal  que lo que comen los pobres cuando acaban su viaje a través del tubo digestivo. Pero eso importaba poco comparado con la que podía caerle encima si D. Manuel tenía que repetir la faena.

Listo y rápido de reflejos, salió pitando para la calle Cazón, donde estaba la casa de vecinos donde residía y buscar allí una solución a tal desastre. En la casa de vecinos, todos eran como una gran familia y  se volcaban en ayudarse mutuamente. En aquellas humildes moradas no existía ni la soledad ni el abandono.  La desgracia que había sufrido Juanito le podía costar el puesto al muchacho y no lo iban a permitir.   Aunque no era fácil la empresa, había que buscar un tarrito como el siniestrado y doña Pepa hacía buenos escabeches…. Ese día comería sardinas.  Ahora había que llenar el tarrito con la misma sustancia que la siniestrada.  Podría haber servido la faena de D. José pero acababa de tirar de la cadena… Tampoco valía la de Doña Lola que no andaba bien del vientre. Y D. Cosme la hacía cada dos días y hoy no le tocaba… Se ofrecieron otros muchos para tratar de forzar una rápida muestra pero finalmente fue el propio Juanito el que dio de cuerpo y completó el trabajo.  Para no desvirtuar los resultados, vació el otro tarro que estaba muy “colorao” y lo llenó del líquido oro pajizo nacido de los cortitos que se tomaba en la Moderna (puro oro líquido de Jerez). Sin duda a D. José no le diagnosticarían nada mortal.

Feliz por la solución alcanzada y agradecido a tan leales vecinos, que aún se reservaban para más muestras,  alcanzó  la calle Medina donde ya esperaban impacientes los tarros de D. Manuel. A la vuelta a la bodega le preguntaron el porqué de la tardanza a lo que respondió; “A mi también se me pincha la bicicleta.”

Al día siguiente las campanas parecían tañer más alegres, el día estaba soleado y Juan dispuesto para la larga jornada. Cuando lo llamaron a Dirección para un nuevo encargo se cruzó con D. Manuel por el pasillo. Aunque arrastrando los pies y con pasos cortos, los movía con celeridad y se mostraba sonriente y animado. Parecía un milagro ver así al que daban ya por muerto y sintió alivio al ver que, al fin y al cabo, no estaba tan enfermo. Feliz por el encuentro y el resultado le dijo al director:

  • ¡Qué alegría verlo de nuevo por aquí D. Manuel!  ¡Y con tan buen aspecto!
  • ¡¡Cómo no lo voy a tener,  Juanito, si tengo los análisis de un niño!!

Paco Zurita

Julio 2020

AQUELLOS VIEJOS TABANCOS DE JEREZ

Buscando viejas fotos de aquel abuelo al que no  tuve la suerte de conocer, descubrí por casualidad por qué siento pasión por los tabancos jerezanos. Y es que, sin saberlo, ese abuelo mío al que dicen me parezco mucho,  era ferviente amante de esos espacios de tertulia y de amistad en torno a una copa de vino o a un vaso de café.

Hubo un tiempo en que, poco a poco, fueron desapareciendo de nuestra ciudad esas rancias tabernas, denostadas una época por la incipiente modernidad y añoradas hoy por muchos que tratan de recuperar, con más o menos acierto,  las que conocieron nuestros abuelos.

Los que tenemos ya algunos añitos, tuvimos la suerte de conocer algunas de ellas que fueron cerrando, presa de la presión inmobiliaria o de la propia sociedad  que dejó de entender su verdadero valor.  Recordamos con cariño esas botellas de mosto o esos cortitos de fino que el camarero llenaba tras un contundente golpe en la madera,  o esas tizas en la oreja con las que apuntaban la cuenta  sobre la barra y que nunca llegaba a arruinar a nadie…

Jerez se fue ensanchando en extensión y modernidad y los viejos tabancos fueron dando paso a nuevos bares, restaurantes y cafeterías que también hacían las delicias de todos. Pero, como nos repite muchas veces la vida, las cosas no se valoran hasta que se pierden y, la muerte de los últimos tabancos, dejó un profundo vacío en el corazón de muchos jerezanos que los conocieron o habían oído hablar de ellos a sus abuelos.  Quedaban en el recuerdo y en la nostalgia de un tiempo que parecía dormirse en el pasado definitivamente.

Pero, poco a poco, algunos arrojados empresarios se armaron de valor y reabrieron viejos locales o adaptaron otros nuevos  a la vieja usanza. Muchos otros recuperaron sus nombres y trataron de emular lo que fueron.  Lo que parecía perdido, resurgió de las cenizas del pasado y, una vez más, cautivó el alma que lleva dentro un buen jerezano. Y no solo a los jerezanos sino a muchos foráneos que encontraron en ellos un tesoro escondido y me pregunté por qué.

Y viendo la foto de mi abuelo, dedicada a mi madre como el testamento que regala el secreto de saber vivir, encontré la respuesta a mi pregunta. Porque, para encontrar la felicidad en la vida,  no se necesita tanto como muchas veces nos pensamos. En esa decrépita y casi desnuda taberna, los que allí estaban, contertulios y dueños, compartían un ratito de amistad.  La felicidad de sus caras nos recuerda la importancia y la belleza de las relaciones humanas, sin más premio que unas palabras de aliento, un chiste, compartir unos recuerdos…  Esa es la magia y los verdaderos valores que encierra esos lugares de encuentro donde lo importante son las personas, solo las personas…..

¡¡Y qué mejor lugar para hacer un altar de esos valores que una viejo tabanco de Jerez!!

Paco Zurita

Julio 2020

MEDIA DE ALBÓNDIGAS

Mi amigo Juan es asiduo como yo de las escapadas mañaneras y de un ratito de oración en una capilla donde el alma coge fuerzas para empezar el día. Jubilado ya desde hace años, es de esos jerezanos que se quedaron pronto sin padre y tuvieron que buscarse la vida desde muy temprana edad.

Hablando de los estudios de nuestros hijos, hoy me contaba que no hay mejor universidad que la calle, sobre todo cuando hay que “quitarse el hambre a golpe de ingenio”.  Con poco más de 14 años, entró de botones en una bodega y con los poquitos duros que ganaba, ayudaba a su madre a sacar adelante al resto de la prole a falta de padre que trajera dinero a casa. Aun así, el jornal no daba para mucho, y el estómago del joven le recordaba de vez en cuando que hay que comer para dar pedales a las bicicletas.

Había en la bodega gran cantidad de empleados que llegaban en velosoles y otros artefactos de dos ruedas,  que aparcaban a la entrada de la misma. Juan salía a hacer recados y encargos por medio Jerez y encontró la forma de matar dos pájaros de un tiro….  Fijándose en los velosoles aparcados, fue al primero que encontró y le vació una de las ruedas.  Anunció al propietario la mala noticia del «pinchazo» y acto seguido se ofreció a reparárselo en un taller aprovechando que tenía que entregar unas facturas. El propietario,  agradecido por el gesto,  le entregaba cinco pesetas, suficientes para el arreglo y una propinita por el servicio, que incluía la sorpresa de un lavado y engrasado “detalle de la casa”, porque era en su casa donde inflaba la rueda y dejaba el vehículo como nuevo.

 El duro que le daban era más que suficiente para tomarse un bocadillo de melva, media ración de albóndigas  y una cerveza en el Bar de Fernando Pacheco, más conocido como “La Moderna” y que, desde que lo fundara su padre, ya hacía las delicias de cualquiera que pasara por la Calle Larga. Hoy las siguen haciendo,  para orgullo y deleite de miles de jerezanos, Alfonso,  Atilano y Fernando.

Las semanas pasaban y los pinchazos se sucedían y,  Juanito, que se hizo famoso por su servicial disposición, era requerido una y otra vez para hacer favores de reparación de ruedas pinchadas y puesta a punto de vehículos de dos ruedas. Las visitas a “La Moderna” eran tan frecuentes como los pinchazos y Juanito también disfrutaba del placer de saciar su apetito probando las delicias que tan bien sabemos apreciar los jerezanos. Y un día, hasta tenía “convidá” extra cuando alguno de los agradecidos dueños de velosoles pinchados lo veía en el bar…… “Juanito, te he dejado pagada media ración de albóndigas que el velosol va de lujo”.  Juanito sonreía sabedor que, después de todo, había hecho un buen trabajo.

Hoy, después de tantos años, me confiesa que le decía al Señor antes de cometer la pillería… “Dios mío, perdóname por lo que hago y por el hambre que tengo, pero cuando pueda, te lo recompensaré con creces”. Los dueños de los velosoles, me decía,  están  ya todos muertos, pero aún me acuerdo de ellos…..

 Desde arriba ya habrán perdonado a Juanito con una sonrisa de comprensión y de respeto hacía aquel chaval que se ganaba ese durito para gastarlo en comida. Y hoy Juan sigue rezando por ellos.  ¿Qué mejor pago podrían tener?

Paco Zurita

Mayo 2020