MURALLAS DE ARENA

La playa era para mí una tediosa obligación que había que soportar de la manera más liviana posible. Y eso implicaba poner a trabajar mis sueños de ingeniería que incluían pozos, carreteras, castillos y, sobre todo….”murallas de arena”.

Provistos de elementos y manjares que me hacían presagiar una larga jornada en aquel insoportable martirio, mis padres buscaban algún despejado lugar  en el que pudieran mantenerse a salvo de la marea,  pero fuera de la abrasadora arena seca.  Eso implicaba que tarde o temprano, tendríamos que mudarnos más arriba cuando las olas se acercaran a nuestra sombrilla.

Pero ahí estaba yo, maestro constructor e iluso perseguidor de causas imposibles.

”No hace falta que nos mudemos papá”, le dije a mi padre con seguridad y determinación,  cubo y pala en mano.

“Voy a hacer una muralla que nos proteja de la marea”.

 Mi padre, que estaba seguro del fatal destino de aquel ambicioso proyecto, no dudó ni un instante en saciar mi inagotable hiperactividad y accedió encantado a darme consejos para elevar recios muros. Era estupendo tenerme ocupado……

“Cuanta más piedras y más altura, mejor”, me dijo sonriente….

Mis pobres hermanas, una vez más, se convirtieron en fieles seguidoras de mis locos sueños y nos pusimos todos manos a la obra.

Ingentes cantidades de cubos de arena y  de piedras fueron levantando una muralla alrededor de nuestra sombrilla que causaba la admiración de los niños y la curiosidad de los padres que paseaban por la playa.

La marea se acercaba amenazante,  pero seguro de  sus sólidos cimientos y de su altas almenas, la esperábamos deseosos e impacientes, convencidos de disfrutar a su abrigo de las tortillas de patatas que había preparado mi tía.

Poco a poco, las avanzadillas de la invasión marina fueron besando los muros y, al poco rato, las andanadas de agua resbalaban gráciles hacia la retaguardia de nuestro fortín. Ya habían sucumbido las  defensas de otros vecinos que se mudaban derrotados hacia posiciones más seguras, pero la nuestra resistía orgullosa. Fue entonces cuando, ya rodeadados totalmente por el agua,  vi a mi  abuela y a mi tía coger los bolsos de la comida,  seguida por mi madre con a nevera y  a mi padre con la sombrilla, tres sillas y la mesa de playa, que salían a escape de aquella peligrosa isla.

Y allí nos quedamos los tres, asombrados por la falta de confianza de nuestra familia, pero al pie del cañón como “Los últimos de Filipinas”.

El suelo de nuestro castillo inexpugnable empezó a humedecerse, y las férreas masas de arena y piedra a desvanecerse como un helado de chocolate que se funde bajo el sol abrasador. En un inesperado envite, una ola pasó por encima de la poderosa fortaleza. El agua empezó a entrar por todas partes y tratábamos con nuestros propios cuerpos de taponar las cada vez más numerosas brechas del castillo mientras veíamos a nuestra familia comer tranquilamente la deliciosa tortilla y los filetes empanados al apacible resguardo de la sombrilla.

Derrotados en nuestro loco empeño, subíamos cabizbajos a tomarnos las viandas, que nos alegraban sobradamente las penas. Mirábamos soñolientos, ya a la caída de la tarde, los casi imperceptibles restos de nuestra portentosa muralla; las duras piedras esparcidas por la brava marea que se retiraba vencedora.

En la vida, nos sentimos poderosos cuando la marea está lejos. Creemos que somos invencibles y que estamos preparados para afrontar todas las olas que nos golpeen. Pero cuando llegan los verdaderos problemas, aunque soportemos los primeros envites, nos derrumbamos abrumados porque no sabemos cómo tapar las brechas de nuestro refugio interior.   Hemos de asumir que no somos invencibles, pero sí humanos e hijos de Dios. 

Hay una lección que obviaba entonces pero que ahora, con el paso del tiempo, empiezo  a entender.  La marea, como en mis sueños de niño, acaba retirándose y nos deja tras de sí una arena limpia y virgen en la que podemos empezar de nuevo, en la que debemos construir nuevas ilusiones.

Hoy, quizás, día de Patrona de los Mares, me otorgue Dios la oportunidad de empezar un nuevo sueño y, si me da tiempo y fuerzas para ello, puede que sea esta vez…. ¡El más hermoso!

Paco Zurita

Junio 2021

LA SEMILLA DEL MAL

Pocas son las personas que estos pasados días no han sentido repulsa, incomprensión y dolor por el vil asesinato de dos niñas inocentes a manos de su propio padre.  Pocos serán los que no se han hecho preguntas sobre la fuerza que mueve a un hombre a matar a sus propias hijas de forma premeditada, despiadada y cruel.  Todos hemos visto cómo, una vez más, se llenan las calles de protestas y los medios de declaraciones vanas pidiendo justicia y medidas para que no se vuelvan a repetir actos tan viles de violencia y muerte.

Pasada la tormenta de furia y duelo, volveremos desgraciadamente a vivir nuevos asesinatos de inocentes y llegarán nuevos lamentos por la impasividad de una sociedad que no sabe poner remedio a esta situación. Y es que, para erradicar el mal de forma definitiva,  hay que ir a la raíz del problema, al embrión que acaba convirtiéndose en planta carnívora, a la semilla del mal……

Un mal que se forja en la más tierna infancia, que se hereda en algunos casos o que se cultiva y riega en otros con la inconsciencia de los padres o la permisividad de una sociedad que mira para otro lado. Un mal que fomenta el odio, la intransigencia, la superioridad moral, ética o cultural,  el individualismo disgregador, el desprecio a los valores morales o religiosos, la permisividad desmesurada, la relativización de todo lo trascendente que habita en el corazón del ser humano. Es la obra silente y perniciosa del príncipe de este mundo que quiere acabar con Dios a toda costa, alejándonos de todo lo bueno que alberga el corazón del ser humano.

Este mal es tan fuerte que pasa por encima de cualquier otro gesto o atisbo de humanidad, sacrificando vidas o sociedades enteras para seguir alimentando el odio que bulle potente en sus venas. Es un mal oportunista, movido por intereses ocultos y egoístas que llevan a la colectividad aborregada a un barranco de desgracias y calamidades.

Podremos endurecer las leyes, prejuzgar a todos los hombres como culpables, hablar de violencia machista como el origen del mal….. Pero no solucionaremos el problema porque ese mal sigue habitando en el interior de esos seres que se han amamantado de esos vicios que hemos fomentado y consentido. No importa los años de cárcel que se le impongan a estos demonios terrestres;  cuando salgan volverán a hacerlo con más saña,  alentados por el odio acumulado en sus años de cautiverio.   

Lo que sí podemos hacer es recuperar aquellos valores que hacen de la sociedad un mundo mejor, donde primen la concordia, el bien común, el sacrificio, la solidaridad y la entrega por los demás. Un mundo donde se ahogue en amor el odio que sembramos en tantos niños que mañana se pueden convertir en maltratadores y asesinos.

De momento, con los que ya son plantas adultas y dan frutos de odio y dolor, habrá que apartarlos indefinidamente de la sociedad hasta que se encuentre un remedio al mal que padecen. Mientras tanto seguiré rezando por ellos y por todos los seres humanos para que encuentren en sus corazones el bien que hemos despreciado y perdido por el camino…..

Paco Zurita

Junio 2021

EL COMERCIO TRADICIONAL

No seré quien niegue que el progreso y un futuro prometedor son aspiraciones legítimas de una humanidad que ansía mejorar su calidad de vida y la de las generaciones venideras. Si en los seres humanos no imperara esa voluntad de progreso, seguiríamos viviendo en cuevas y cubiertos por pieles de animales para protegernos del frío.

Pero, en esa evolución histórica que nos ha llevado hasta el bienestar de nuestros días, hemos ido dejando por el camino muchos tesoros que se han perdido en aras de ese progreso alcanzado.

Pensaba en todo ello cuando pasé por delante de la desaparecida “droguería España”, uno de tantos comercios tradiciones que han cerrado sus puertas víctimas de los centros comerciales y de la desidia y comodidad de todos nosotros. Ese entrañable comercio de la plaza Plateros, fue el último en desaparecer de otros de su gremio, como la de Quirós, o la  Agustín el la plaza del Mercado.

Sentí una profunda nostalgia, no solo de sus peculiares aromas que mezclaban olores de jabones, inciensos, tintes y almizcles, talcos y betunes, colonias y áloes, ceras y barnices, talcos perfumados, cosméticos exclusivos, brea, alcanfor, estropajo, colonias…. Pero sobre todo, atención y cariño de unas personas que te encontraban el producto y el remedio justo y necesario que andabas buscando.

Aún me acuerdo de Carmen, ya anciana pero enamorada de su oficio que,  tras el viejo mostrador de su droguería “España”, sonreía cuando facilitaba la solución perfecta que hallaba entre sus centenarias estanterías de donde colgaban escobas, fregonas y utensilios que ya utilizaban nuestras abuelas.  O la de Agustín que,  en su reducida estancia de la plaza del Mercado, tenía los mejores óleos y utensilios para artistas y pintores. O de tantos y tantos profesionales de comercios tradicionales que daban un valor añadido insustituible a sus productos que, hoy en día, venden empaquetados y por lotes inseparables en unas despersonalizadas estanterías de algún gran centro comercial.

Ese factor humano, cercano y cariñoso, profesional y experto, preciso e insustituible, es uno de esos tesoros que nos vamos dejando por el camino en aras de un supuesto progreso.

Por supuesto que no podemos renunciar a esos grandes centros donde se ofrece de todo, en un lugar concreto, que nos ahorra tiempo y puede que dinero. Por descontado que el progreso implica renuncia a viejos usos y costumbres que van quedando obsoletos.  Sin duda que el futuro implica dejar atrás muchas cosas que se sacrifican en favor del progreso.

Pero hemos de ser conscientes que, engullidos por ese progreso, hemos perdido y seguimos perdiendo muchas cosas que,  no sólo cubrían y cubren  nuestras necesidades, sino también el puro placer de adquirir esas cosas que necesitamos y el trato y consejo humano de quienes nos las proporcionan.

Leyendo esta semana en la prensa local que siguen cerrando comercios en el centro de nuestra ciudad, me imaginaba amargamente cómo sería Jerez dentro de algunos años. Pensaba en los propietarios de esos comercios tradicionales, en sus familias, en sus sabios y desapercibidos consejos para una población acomodada y presa de las prisas y egoísmos. Pensaba en que no es necesario comprar un lote completo de puntillas cuando sólo se necesita un mero clavo que vende encantado, tras un viejo mostrador y con una bata azul, el amable empleado de una ferretería de toda la vida.

Quizás por ellos, pero también por nosotros mismos, deberíamos recapacitar seriamente sobre la necesidad de contar con estos comercios tradicionales que, no sólo satisfacen nuestras necesidades materiales, sino  que  también nos elevan a la categoría de seres humanos cuando añaden a esos productos que adquirimos su saber, su experiencia, su cariño…… y su HUMANIDAD.

Paco Zurita

Mayo 2021

PELUSO

Recuerdo bien aquella dorada tarde en la que eclosionaron los huevos de una muy especial camada de la gallina Pepa. Uno a uno, los pollitos fueron abriéndose paso a la vida desde el interior de sus fracturados cascarones. Eran todos blancos como la leche, excepto uno que salió de un color pardo amarillento y con un plumón tan generoso y suave que al pequeñín le pusimos por nombre “Peluso”.
No pareció gustarle mucho a Pepa ese tono de plumón que tenía el recién nacido y fue apartándolo poco a poco del resto de la prole a base de severos picotazos en la cabeza del pequeñín. De alguna manera la gallina intuía que el polluelo no procedía de uno de sus huevos y que alguna desvergonzada vecina quería aprovecharse de sus maternales virtudes.
Yo por entonces, dedicaba buena parte de mi tiempo libre a observar el comportamiento de los animales que teníamos en el campito, fascinado sin duda por sus patrones de conducta, no tan distintos de los humanos. Preocupado por el destino del pobre Peluso, no dudé en ningún momento en consultarle el grave problema a D. Juan Antonio Arbosa, un entrañable marianista y querido profesor de Biología, que con su impoluta bata blanca seguirá impartiendo clases en el cielo. Con absoluto convencimiento y una sonrisa de sabiduría, me aconsejó que blanqueara su plumón con polvos de talco para engañar así los recelos de la disoluta gallina. Aunque el remedio causaba espasmos y estornudos en el desdichado animalito, como por arte de magia, la gallina dejó de castigar al pollito durante un tiempo. Pero el viento se llevaba el polvo tarde o temprano y la muy pícara de Pepa, volvía a sus crueles andadas al sospechar de Juanita, una gallina despendolada a la que le importaba un comino la suerte que corrieran sus huevos.
Para evitar que el desgraciado polluelo muriera a picotazos, finalmente Peluso se vino a vivir a nuestra casa y pasó a ser alimentado directamente por mis hermanas y, especialmente por mí. Crecía sano y feliz degustando los mejores y más ricos manjares que pudiera soñar un pollo. Su plumón pardo fue dando paso a un hermoso plumaje de vivos colores y, con el paso del tiempo, su inicial fragilidad se convirtió en una envidiable fortaleza. Cuando, ya crecido, lo devolvimos al gallinero, poco a poco fue ganándose el respeto de sus congéneres, bien por sus encantos con las damas, bien por su pose guerrera que no dejaba cresta sin merecido castigo. Ni siquiera Pepa o Juanita rechistaban cuando Peluso se decantaba por la Matahari a la que hacía suya ante la envidia y resignación de los gallos blancos.
A la caída de la tarde, después de una dura jornada poniendo orden en el corral, Peluso saltaba volando la valla del gallinero y, orgulloso, se acercaba feliz al porche de la casa desde donde veíamos la puesta del sol. Allí compartía con nosotros un delicioso ratito en familia y, para acompañarnos en la merienda, no despreciaba su platito de alpiste mojado en ron. Desde pequeño le encantaba esta especialidad mía que le preparaba con cariño y es que cuando terminaba su ración, batía vigorosamente las alas y se balanceaba eructando de un lado a otro como muestra de sincero agradecimiento.

Peluso se casó con Pelusa, el amor de su vida, sobrevivió a una descumunal riada y murió de viejo, dejando una enorme descendencia que llevaba en sus plumas y en sus garras la grandeza del abuelo, que superó con tanto pundonor las trabas que le puso la vida.
Como le sucedió a Peluso, las personas muchas veces somos valoradas por una fina capa de apariencia que distingue a los buenos de los malos, a los capaces de los incapaces, a los listos de los torpes, a ojos de gente superflua. Una capa de polvo que engaña a los simples e insensibles que juzgan por el envoltorio que cubre nuestras grandezas o nuestras miserias y no por lo que realmente somos. Desprovistos, por el soplido de Dios, de esa capa engañosa, de esa máscara de falsa protección, somos lo que somos a sus divinos ojos; ojos con los que deberíamos vernos a nosotros mismos.
Ya lo dijo el grande de Thomas de Kempis; No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.
Desnuda el alma y viéndola hermosa reflejada en el espejo de nuestra propia existencia, una vida maravillosa nos espera si sabemos aceptarla, respetarla y amarla tal cual es.

Paco Zurita
Mayo 2021

UN REMANSO DE PAZ

Hay veces en las que la tensión acumulada nos obliga a respirar hondo y a buscar ayuda del cielo. En las que las preocupaciones y problemas parecen acumularse y ponerse de acuerdo para cercarnos todos a la vez. En las que, lejos de encontrar una salida a la situación sobrevenida, se van cerrando puertas y ventanas a luces de esperanza y siguen apareciendo nuevos motivos de preocupación y amargura.
Son esas veces en la que sobreviene la impotencia, nos puede la incapacidad, nos sobrecoge certero un abismo de ansiedad y miedo.
Aparejados con nuestros yugos y cargados con nuestras preocupaciones, se nos antoja imposible librarnos de ellos, aceptando resignados, en nuestra débil condición humana, la espada que nos traspasa.
Es en esos momentos cuando cobran sentido esas paternales y propicias palabras de Cristo;
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Se me antojaba hoy, tras una semana complicada, buscar un momento de paz a solas en un sagrario y repetir ante Dios esta preciosa frase para aliviarme las cargas y aflojarme el yugo que en la vida tantas veces soportamos. Fue en ese momento cuando un buen amigo, asiduo de la deliciosa calma de la Cartuja, tuvo el divino impulso de envíarme una foto de aquel remanso de paz, en el que Dios vive y repite esa frase constantemente para todo el que busca aliviarse.
Sonreí, pensando en los caprichos del cielo. Pensando en que Dios está dentro de nosotros y hace un sagrario de nuestras almas sedientas de su amor. Que se vale de otras almas generosas como la de ese buen amigo que no se guardó para sí ese tesoro y lo regaló generoso sin saber cuánto lo necesitaba en ese momento.
No desaparecieron la preocupaciones, ni se disiparon los temores, ni se borraron los miedos, pero una fuerza interior emergió de repente y abracé tembloroso la mano que Dios me tendía. Y en la debilidad latente que impregnaba mi espíritu hizo Dios prender la mecha de su fuerza poderosa para darme la fe y la esperanza que creía pedidas.
Se lo agradecí de corazón al ángel improvisado que quizás no entendiera por qué me envió esa foto de su remanso de paz.

Paco Zurita
Mayo 2021

La carretilla de la vida


Muchas veces me he preguntado qué significa realmente ser padre. Qué espera Dios de nosotros para hacer las veces de Él en la tierra con cada uno de sus hijos. Y me seguía preguntando todo esto mientras tomaba café con mi octogenario padre y contemplaba orgulloso su insaciable necesidad de seguir estando conmigo cada rato que la vida nos deja. Y mientras lo hacía, veía en él la misma entrega y efusivo entusiasmo por seguir estando cerca de mi cada instante de su existencia. Y, de la misma manera, también me preguntaba qué poderosa razón me lleva a seguir demandando y disfrutando de su vida cuando ya vislumbro el atardecer de la mía.
Ese misterio insondable del amor filial, no es otra cosa que la gracia, en forma de amor divino, que recibimos del cielo y que transmitimos generosa a nuestros hijos. Gracia regalada que no guardamos para nosotros mismos, ni escatimamos cuando no vence el egoísmo o la maldad humana.
Ese misterio es desprenderse de todo para, renunciando a nuestro propio ser, tenerlo todo. Es la semilla que muere para engendrar nuevos frutos que crecen abundantes en el árbol de la vida.
Cuando el amor fluye y se entrega generoso, deja una huella imborrable y teje un lazo irrompible que va desde la tierra al cielo y que nos une a esas personas que lo han dado todo por nosotros y que, quizás ahora, tengamos que devolverles un poquito de lo que nos han dado. Cuando se ha cumplido bien con este mandato divino, el amor recibido del cielo se ha dejado fluir hacia los hijos y éstos lo han recibido en abundancia, de tal manera que verán en él una gracia que se sólo se disfruta realmente cuando se vuelve a dar.
Es sentirse llevados, como en esa carretilla de la foto, por el mismo Dios que la levanta con los brazos de nuestro padre en la tierra y tomar decididos su relevo cuando seamos nosotros quienes llevemos la de nuestros hijos o la silla de ruedas de nuestros padres.
Buena parte de los males que nos aquejan en este mundo tienen sus raíces en el egoísmo de muchos seres que, creyéndose buenos padres, han fallado a la hora de ser generosos con sus hijos, no dando suficiente de cuanto han recibido. Y esos desdichados hijos a los que se les ha escatimado el amor recibido y no han tenido mucho para repartir lo tendrán mucho más difícil. Aún así, las almas nobles que aspiran a ser buenos padres, aún recibiendo poco, saben multiplicar lo recibido cuando lo han sabido dar con generosidad.
La vida es como esa carretilla. Hay momentos es los que debemos dejarnos llevar amados por otros, y momentos en los que la debemos llevar amando a los demás. Dejarla a un lado, oxidada y olvidada es el egoísmo que corroe su acero. Hacer que ruede y que funcione, es sonreír a la vida y saber ganarse una que lleve el mismo Dios en el cielo.

Paco Zurita
Mayo 2021

UN DÍA DE FERIA

Era una tarde preciosa de abril y a mi mujer y a mí algo nos empujaba a encaminarnos hacia el parque González Hontoria, quizás pensando que los duendes que allí habitan nos llevarían a otros tiempos de jolgorio y bulería.

En nuestra tierra, cuando llega mayo, la luz lo va inundando todo, el calor aparece de improviso y nuestro reloj biológico nos dice que ya huele a feria. Pero esta pandemia se ha llevado por delante buena parte de nuestra vida y muchas vidas que ya no la volverán a ver, al menos con los ojos de este mundo.
Cruzamos el parque casi desierto, desnudo de casetas y alumbrados, hambriento de personas y bullicio y desprovisto de vida y ajetreo. Una extraña sensación de nostalgia nos recorrió el alma, confusa por la ausencia de otra Feria del Caballo. Pero cruzamos aprisa y sin mirar atrás, quizás por el oculto pero firme deseo de que fuera la última Feria pérdida.
Casi por inercia, cogí mi móvil y rebusqué entre sus entrañas alguna foto que acaso tuviera de otros años en el Real. Y, como por arte de magia, encontré una imagen que tomé hace tiempo de una foto que dormía en una vieja caja de bombones guardada celosamente por mis padres.
No sabría decir a ciencia cierta si era una Feria del caballo o una Feria de la Vendimia, pero a juzgar por el jersey que llevaba puesto, juraría que hacía fresquito aquella tarde de primavera o de otoño jerezano. Esbocé al instante una regocijante sonrisa y empecé a recordar aquella hermosa jornada que viví de niño en el real jerezano.
Recuerdo que aquel día llegamos muy temprano y aparcamos el Popeye, nuestro fiel Cuatro Latas, en la misma Feria. La caseta del Casino Jerezano lucía esplendorosa con sus grandes cortinas blancas y azules, farolillos de colores y señorial templete. Un grupo de artistas cantaba sevillanas melodiosas mientras tomábamos pimientos y calamares fritos en una mesa sevillana. A diferencia de hoy en día, se podía hablar cómodamente sin acabar con la garganta rota o con los tímpanos traspasados de dolor. ¡Qué ferias tan bellas y placenteras! ¡Qué frescor bajo los plátanos orientales del parque!
Ya con esa edad empecé a darme cuenta de lo hermosas que están las niñas vestidas de flamenca, del deseo de bailar con una preciosa rubia y de lo rico que debía de estar un vino de color pajizo que mi padre degustaba con pasión. Nosotros sorbíamos con una pajita el dulce pero insípido naranja de las Mirindas…. Yo ya ansiaba bailar con la preciosa rubia y probar esa copita de Fino, pero todo lleva su tiempo y el mío aún estaba en otras cosas. Afortunadamente, después llegaría nuestra hora y mis hermanas y yo podríamos disfrutar de lo lindo.
Después de comer nos llevaron a los cacharritos, a la tómbola, a los puestos de algodón, a tenderetes donde vendían juguetes de otros mundos…… Mi padre se paró por el camino a comprar vino del “Tío de la Bota”, que corría generoso de un lagar en el que pisan uva sin descanso dos remangados viticultores de cartón. ¡Qué rico se veía ese Tinto y quién me iba a decir entonces que el destino me llevaría a trabajar a Calatayud cerca de Cariñena, de donde ese vino venía!
Cuando el sol caía y ya íbamos de vuelta a casa nos hicimos esa foto que ha removido estos recuerdos entrañables. El caballo parecía imponente y con ayuda de mis padres nos encaramos valientes en sus lomos. Mi hermana sonreía, segura de que no la tiraría al suelo, más confiada en la nobleza del corcel que en mis habilidades como jinete; y eso que practicaba en la mula de Domingo….. Y el buen hombre, que venía Feria tras Feria con la cámara y con el trabajado animal de mentira, nos inmortalizó para siempre en ese instante de inocencia y felicidad.
Son esas pequeñas cosas de la vida que echamos de menos cuando no las tenemos, o cuando van quedando atrás. Son esos deliciosos instantes que nos colman de alegría cuando los compartimos exultantes de gozo con los seres queridos.
Y pensé, con los ojos empañados, que este virus nos podrá quitar muchas cosas, pero nunca los instantes vividos y los recuerdos que de nuevo forjaremos con la ayuda de Dios.
Paco Zurita
Abril 2021

LA ÚLTIMA ESPARTERÍA DE JEREZ

Donde la Por- Vera se ensancha, quizás buscando refugio y abrigo junto a  un lienzo de la vieja torre almohade, la última espartería de Jerez exhibe orgullosa sus razones para seguir viviendo. 

Los gemelos Juan Luis y Manuel Becerra heredaron de su padre el amor por el esparto al que dedicó la mayor parte de los días que Dios le concedió en este mundo. Y es que  el buen hombre trabajaba incansablemente de lunes a viernes en la espartería de la calle Lancería y, enamorado del oficio, los sábados y domingos echaba horas extras en la de la Por-Vera hasta que su propietario, ya jubilado, dejó su negocio en las mejores manos posibles.

Hoy me contaba orgulloso Manolo  que el establecimiento  ya ha cumplido 101 años y que es la única  espartería que queda de las cinco que existían hace unos años en Jerez. Comenzaron a trabajar con  su padre a los dieciséis años y, ¡Quién lo diría!.. ¡Ya pasan de los 62!; Toda una vida dedicada a hacer puro arte de un elemento tan humilde pero que alcanza un extraordinario valor cuando sale de sus manos. Y es que, hoy en día, son verdaderos artículos de lujo para todos aquellos que saben apreciar en las cosas la sublime elegancia de la sencillez.

Antaño, el esparto era un artículo de primera necesidad, que hacía posible la fabricación de  elementos indispensables para viñas y bodegas de Jerez. Así, persianas, alfombras y esteras, capachos y aventadores,  alpargatas, escusas, recinchos, rollos y serones, dogales y  aguaderas, alforjas y tantas y tantas cosas que hoy suenan extrañas, eran objetos y herramientas básicos hechos de esparto e insustituibles en tantos oficios y tareas en torno al negocio del vino y de la tierra. Y, sin dejar de utilizarse aún en nuestros templos del vino y en la vasta campiña jerezana, palacios y casas jerezanas lucen señoriales en sus balcones y dependencias elementos de esparto que las defienden del sol y de la humedad. Testigos mudos de un tiempo que se nos fue pero nos dejó en herencia sus ingeniosos y prácticos artilugios descubiertos por nuestros ancestros.

Y mientras Manolo me mostraba y explicaba gozoso todo cuanto elabora con la humilde planta, me fijé en los haces de tan tosca materia prima antes de que, en sus expertas manos, se conviertan en  pajizos y verdaderos hilos de oro entrelazados.  Me seguía hablando  de las largas horas de trabajo, de lo difícil que resulta cobrar su verdadero valor y hasta de los países donde aprecian y  reclaman su ancestral artesanía; ¡Nadie es profeta en su tierra!, le dije. Porque …. ¡Cuántas veces pasamos por alto el valor de lo que tenemos! ¡Y es tanto y tan bueno lo que tenemos en esta prodigiosa y bendita tierra!

Como tantas cosas en la vida, no apreciamos el verdadero valor de las mismas hasta que descubrimos cómo  se elaboran, su origen, su historia  y cuánto trabajo y cariño humanos hay tras cada una de ellas.  Quizás entonces, haciendo gala de un extraño y repentino ataque de buen gusto,  sepamos apreciarlas, valorarlas y adquirirlas como objetos únicos e  iniguables.

Como un tesoro escondido, aún tenemos la suerte de tener en el número 47 de la  jerezana calle Por-Vera, un templo de historia viva de esos añorados tiempos que hacían del esparto y de sus usos un arte y una razón poderosas para disfrutar de las buenas cosas de la vida.

Paco Zurita

Abril 2021

MI EMAÚS

En estos días posteriores a la Semana Santa, recuerdo vagamente los detalles de aquella madrugada; sólo sé que sentí la sobrecogedora presencia de Alguien que me acompañaba en la soledad y en el silencio de la noche.  No era la primera vez que sentía algo así, pero el recuerdo de aquella indescriptible y hermosa experiencia me dejó una huella que recuerdo hasta el día de hoy.  Y aunque digo bien cuando la defino como “indescriptible”, trataré de hacer ver con palabras humanas lo que sólo puede conocer el espíritu que llevamos  dentro cada de uno de nosotros.

Tendría catorce, quizás quince años, cuando me desvelé aquella madrugada de primavera. Me asomé a la ventana de mi habitación que daba al viejo pozo. La luna llena iluminaba las copas de los pinos, plateados por su intensa luz. Buscando saciar la sed que me invadía, atravesé toda la vieja casa de campo hasta llegar a la cocina que quedaba al otro lado de la misma. Sin saber por qué, abrí la puerta que daba al exterior y empecé a caminar en medio del sepulcral silencio y la oscuridad bajo los árboles. Sentí un cierto temor cuando me dispuse a rodear el edificio quizás pensando que alguien acechaba tras los setos buscando la oportunidad, como en otras ocasiones, de llevarse algunos aperos o animales del gallinero. Pero seguí caminando, mitad asustado, mitad expectante ante la llamada que me llevaba a continuar. Me sobrecogí cuando, en la tranquilidad de la noche de árboles y arbustos de copas inertes, una ráfaga de viento movió las hojas secas que se extendían ante mis pasos. Me sentí extrañamente confortado con la sensación de estar acompañado por alguien que me llevaba de la mano a algún lugar de su agrado.

La pérgola donde estaba el azulejo, que mi abuelo colocó en su pared cuarenta años atrás, era mi lugar predilecto de la finca y donde me refugiaba cuando necesitaba consuelo, fuerza, ánimo… Y allí llegué esa noche guiado por el soplo que movía las hojas a mi paso. Me senté, contemplando la imagen de la Virgen sosteniendo el cuerpo inerte de su hijo. También miré a las estrellas y a la luna y a las hojas que habían encontrado reposo bajo mis pies una vez que me senté. Y oré mirando  a esa imagen que me respondía con la mirada y que se fue difuminando en una luz que sentía no sé dónde. No tuve sensación más placentera ni más gratificante en mi vida. Esa extraña y única experiencia que nos lleva lejos de cualquier lugar y cerca del vacío que lo llena todo. Los sentidos se abstraen, el alma se sacia y la sed que no se calmó con el vaso de agua, se sació en aquel estado de plenitud. Sólo estaba yo y ese acompañante secreto que me protegía de cualquier peligro y disipaba mis temores.  Y el tiempo se detuvo y todo mi ser quedó inmóvil en aquel instante mágico y precioso.

No sé cuánto tiempo estuve allí,  porque dejó de existir al igual que desapareció  el miedo, el frío y la oscuridad.  Ni siquiera sé cómo regresé,  ni puedo recordar  lo que hice a la mañana siguiente. Sólo me quedó el imborrable recuerdo de aquella madrugada y el ardor de haber sentido tan cerca la presencia de Dios.

En estos días, que celebramos la Pascua de Resurrección y que Dios ha vuelto a resucitar en tantos y tantos corazones que lo buscan,  sueño con sentirme tan cerca de Él como aquella noche.  Y leyendo una vez más el pasaje del Camino de Emaús, puedo imaginarme la hermosa experiencia que sentirían los discípulos del Señor al encontrárselo por el camino. Al igual que entonces,  salgamos a su encuentro con fe y con confianza. Él nos espera y seguro que lo encontramos y lo reconocemos cuando sintamos que arden nuestros corazones.

Paco Zurita

Abril 2021

ETERNO VIERNES SANTO

Hoy, a la hora nona de los romanos, hora de la Misericordia para los cristianos y,  casi las tres de la tarde para el resto de los mortales, se conmemora la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. No había muerte más cruel ni tormentos más espantosos que aquellos que eligió para sí el mismísimo hijo de Dios. Quizás por el hecho de cargar con las culpas de tantos y tantos, reunió en ese trono de tortura y muerte todo el dolor y sufrimiento que nos acompañan desde los albores de nuestros días.

Pero ese Viernes Santo de dolor y llanto es cualquier día del sufrimiento que cualquier ser humano padece desde que nace hasta que muere y que lleva sobre sus hombros el mismo Dios que  vino a sufrir y a morir por todos nosotros.

A esa misma hora nona,  en cualquier lugar del mundo, habrá muchas personas muriendo de cáncer,   de Covid, o de tantos y tantos males  que nos azotan y subyugan.   A esa hora en la que el sol ya empieza a languidecer en los horizontes del mundo, muchas madres, embriagadas de falsos consejos e intereses mundanos, habrán acabado con las  vidas de los  inocentes  que llevan en sus vientres. A esa misma hora,  abandonadas  las ilusiones por vivir, muchos ancianos olvidados por los suyos,  habrán abrazado la eutanasia. A esa hora en la que Cristo moría por nosotros, muchos inocentes habrán sido asesinados por fanáticos iluminados, se habrán ahogado en el mar tratando de escapar del hambre o habrán perecido en su intento de huir de la persecución política, de las guerras o de tantas injusticias y males que nos asolan.

A esa hora, o a cualquier otra hora; en este día o en cualquier otro día;  en este año,  o  en cualquier otro año, Cristo sigue muriendo donde el dolor y la muerte estén presentes en cada uno de nosotros.  Porque en ese Calvario de nuestros días, junto a ese ser humano  que sufre y muere, hay un Dios hecho hombre que comparte nuestro sufrimiento, dolor y muerte.

En ese momento supremo en el que nos tengamos que enfrentar al espejo de nuestra efímera existencia, próxima la hora de expirar el aliento,  no hay mayor consuelo ni mayor esperanza que volver el rostro desde nuestra cruz y encontrarnos con el de Dios. Ser ese Dimas que encontró en ese rostro las puertas del cielo y puso su destino en  sus ojos misericordiosos.

Buscaba Gestas, el mal ladrón,  entre burlas e incredulidad,  que Jesús lo bajara de aquel tormento, que le demostrara que era el hijo de Dios dándole más tiempo de vida. Un tiempo que acaba en este mundo, como se le acabó a Lázaro, como se nos acabará a todos algún día.  Esa vida, que no perdura, se la restituyó por compasión humana a su amigo y a su familia. La eterna, la verdadera vida, se la explicó Jesús con una sola frase a María, la hermana de Lázaro; YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. 

Sí;  hoy rememoramos la muerte de Cristo en un cruz de madera pero, en realidad, estamos celebrando que, con su muerte y resurrección, cuando nos llegue ese momento supremo a cada uno de nosotros, estaremos clavados también en la cruz que habremos llevado a lo largo de nuestra vida. En ese momento, ya sabemos que podremos girar nuestro rostro a un lado donde estará Él nuevamente susurrándonos al oído del alma:

TE ASEGURO QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO.

Paco Zurita

Viernes Santo 2021