LO EFÍMERO

De esa foto de la plaza del Arenal de Jerez de principios del siglo XX ya no queda nada; sólo el recuerdo de un tiempo en el que vivieron aquellos jerezanos que también soñaban con un mundo mejor. Los viejos edificios, las pequeñas palmeras, el carro, el borriquillo….. Y las personas que sonreían ante el fotógrafo que creía  inmortalizarlos para la posteridad.

Me quedé absorto mirando la escena de una tarde, quizás de una primavera de hace cien años,  delatada por unas sombras  que empezaban a alargarse y buscaban cansadas la calle Lancería. Miré a las personas que quedaron presas del tiempo en esa instantánea de su existencia. Pensé en lo  que serían sus vidas,  marcadas por una época de incomodidades y privaciones, pero en la que también había momentos para reunirse con amigos en el bar del toldo desvencijado, terminar las tareas de reparto en el carro de grandes ruedas o en el asno de los serones de esparto. Me fijé en el hombre sentado y cabizbajo a  la sombra de una palmera y en las mujeres que se arremolinaban en torno a un banco  de hierro forjado, quizás poniéndose al corriente de los últimos chismorreos, verdaderas telenovelas de la época.

Pensé en todos ellos, ausentes de un futuro de dolor que unos años más tarde rasgaría a España en dos mitades. En aquellos años en los que nuestro país no hacía mucho  tiempo que había perdido Cuba y Filipinas y aún se desangraba en las tierras del Rif, empezaron a sembrase las semillas de dolorosos espinos que desangraría a nuestra patria en una fratricida contienda en la que se enfrentarían, quizás, el del asno con el del carro.

Hoy, más de un siglo después, pasé con mi bicicleta por esa misma plaza, y pensé otra vez en aquellos que la habitaron cuando el  Titanic se hundía una fría noche de abril de 1912. Pensé también en nosotros, en nuestros hijos y  en los hijos de nuestros hijos. En los edificios, en las palmeras, en los negocios que hoy reabren jubilosos en los mismos locales donde, derrotados, cerraron las puertas otros que les precedieron.  Pensé en la vida y en lo poco que dura y en las personas que se creen que perduran dejando huellas en la arena.  Pensé en todas las plazas del mundo…..

Pensé que, cuando pasen otros cien años, quizás nos arrepintamos de  haber vuelto a sembrar semillas de odio y estéril división y enfrentamiento.  Plantas que satisfacen las ansias de poder de algunos,  pero que envenenan con sus hojas a la mayoría de sus coetáneos.  Lo sufrirán las nuevas generaciones, inocentes de la herencia recibida por esa ceguera, como el que posa sonriente ante el fotógrafo, ausente de su propia responsabilidad ante la historia.

Pero, para unos y para otros, al final de los tiempos, no quedará nada en esa plaza,  ni en todas las plazas del mundo, ni personas, ni edificios ni palmeras, ni siquiera la plaza…

¿Quedará el dolor y el sufrimiento que causaron los egoístas e insensatos que se creían que iban a dejar sus nombres grabados en alguna parte que ya no existe? Ni siquiera eso.

Quedará sólo  Dios.

Paco Zurita

Noviembre 2020

PATRIA

Al término de la serie “PATRIA” me preguntó mi hijo, cinéfilo donde los haya,  qué personaje de la misma me había suscitado la mayor simpatía y cuál la mayor aversión. Le di más de una vuelta antes de contestarle, quizás porque me costó trabajo encontrar aquel que me resultara especialmente repulsivo, aún habiendo varios candidatos al “premio”.

Para cualquier español que no haya vivido los años duros del terrorismo,  es especialmente recomendable que vea esta producción y que, analizándola en conciencia, le ayude a entender que no debemos repetir los errores que nos llevaron a tantos sufrimientos.

Estaba claro a priori que aquellos que practicaban abiertamente la violencia o la secundaban, eran las primeras opciones para mi elección definitiva,  pero no resultaba tan fácil como yo pensaba,  porque también sufrieron las consecuencias de la irresponsabilidad y las ensoñaciones de otros.

En aquel tranquilo y pacífico pueblo del País Vasco donde se desarrolla la historia, se sembró el germen del odio.  Los que eran amigos, familiares y creyentes, se volvieron enemigos, desconocidos e increyentes. El amor humano se transformó en ciego fanatismo que trituró las más mínimas muestras de la caridad humana.

Tras devanarme mucho, mucho, mucho los sesos, llegué a la convencida  conclusión de que casi todos los personajes fueron víctimas de aquella inútil, estéril y manipulada violencia.

Sentí lástima de casi todos ellos; del que murió  vilmente asesinado con dos tiros en la nuca, de sus desesperados hijos, de su desconsolada viuda, de su inseparable amigo y padre  de un etarra, de la pobre y buena hermana de ese pobre terrorista y hasta  de la impertérrita y enfervorizada madre del asesino que parecía enferma de odio.……. Sí, sentí lástima de todos ellos, de todos menos de uno; de  aquel supuesto siervo de Dios que utilizó el mensaje de Cristo para enfrentar a sus hermanos y sembrar la discordia entre gente ávida de un mensaje de cordura entre tanta locura.

Aquel párroco nacionalista, siervo de algunos hombres pero no de Dios, no entendió que su PATRIA  no es de este mundo y que su palabra hizo más daño que las balas y las bombas que esos pobres desdichados ponían para salvar supuestamente a un pueblo que ansiaba la paz y la libertad por encima de cualquier otro valor.

Me acordé enseguida de aquella frase de Jesús a unos hipócritas fariseos; “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Me acordé también de todos los que siembran la muerte y  el odio en nombre de Dios, sea cual sea el nombre que le quieran dar al creador del universo o sea cual sea la religión que pretendan representar y defender. Ese Dios, que es uno sólo, lo llamemos como lo llamemos,  estará estupefacto en los confines del cielo viendo cómo nos matamos en su nombre.

Si algo es especialmente hermoso en esa serie,  es el perdón que aflora de tantos corazones rotos. Perdón que sana las almas del que perdona y del que es perdonado.  Perdón que es necesario hoy  en día después de tantos años. Perdón al que muchos herederos de aquella locura renuncian reivindicando unos planteamientos que causaron tanto daño y dolor y que ahora pretender imponer aprovechándose de la ambición personal y extrema debilidad del que debe gobernarnos a todos.

La paz es el fruto de la sangre de los que dieron su vida por los demás y no cedieron al chantaje de los que sembraban muerte y dolor. La paz la merecen todas las personas de buena voluntad que lucharon por una causa que creyeron justa, engañados por aquellos que emponzoñaron su alma.  La paz no la merecen aquellos que utilizaron la violencia para sus propios intereses y arengaron a pobres infelices a luchar por una libertad que nunca alcanzarían por la violencia. La paz no es para esos que dicen que el perdón es integrar a aquellos que aún no han pedido perdón.  No, esos no la merecen. La paz es de todos,  pero no de aquellos que venden su alma y la de cualquier mortal que se cruce en su camino por un puñado de votos manchados de sangre de tantos inocentes. Esos tampoco la merecen.

Ha pasado ya mucho tiempo desde aquellos siniestros años de plomo y llanto, pero los que lo vivimos y recordamos,  sentimos asco y pena al ver cómo los herederos de esa perdida causa pretenden cambiar el régimen, con la aquiescencia interesada de los que gobiernan. Un régimen, el del 78, que con tanto esfuerzo nos dimos y que en buena medida se construyó sobre la sangre de tantos, tantos y tantos inocentes.

Paco Zurita

Noviembre 2020

LA ANCIANA DE LOS PATITOS

En uno de mis viajes por el norte de España, subí a uno de los dos montes que flanquean una hermosísima bahía donde, cual perenne centinela,  emerge de un mar con forma de concha una verde isla llamada Santa Clara. En ese monte, que los donostiarras llaman Igueldo,  hay un pequeño parque de atracciones y desde allí se disfrutan las vistas más hermosas de San Sebastián. La tarde de verano estaba tranquila y el mar azul reflejaba el brillo de un sol que empezaba a dormirse.

En una de las atracciones del parque, me llamó la atención la presencia de una anciana que hacía ya muchos años que debería haberse jubilado. Estimé que rondaría los ochenta años porque sus arrugas y su escaso pelo cano,  recogido en un rodete bien dispuesto, no dejaba lugar a dudas. Sostenía varias cañas,  de esas que los niños utilizan para  pescar patitos con puntos escondidos en sus panzas planas. No había mucha gente en su puesto y la vi con la mirada perdida en sus pensamientos, quizás cansada de tantos años de trabajo o puede que sumergida en aquellos tiempos de su lejana juventud.

Me pregunté cuántas ferias llevaba en su anciano cuerpo, cuántas necesidades la mantenían aún de pie, cuantos avatares de la vida la obligaban a seguir trabajando a pesar de sus muchos años.

Sentí lástima de la anciana y de todas las personas que, como ella, pasan desapercibidas para la mayoría de nosotros que no valoramos en justicia su duro y abnegado trabajo. Pensé en los que asan castañas en otoño, en los que mortifican su manos cogiendo higos chumbos al amanecer de un verano o en los que pasan las noches en vela en hospitales cuidando a los ancianos de otros.

Sentí aún más frustración cuando vi más tarde  a una muchacha joven tumbada en el suelo con la mano extendida para mendigar unas monedas para “comer”.  Volví la mirada a la anciana de los patitos que seguía de pie, aún sin clientes que quisieran “pescar” algunos de sus patitos.  Curiosamente, la joven ya tenía varias monedas en su cesta y más de un turista, conmovido por el duro mensaje que tenía  escrito en un cartón, echaba alguna más.

Es este mundo hipócrita y falso muchos pretenden tapar sus vergüenzas dando unas pocas monedas al que interpela a sus conciencias, negándoles una oportunidad a los que buscan pan a cambio de su esfuerzo. Son los que  prefieren aliviar sus conciencias ayudando con peces baratos y no apostando por cañas para que pesquen los que madrugan y trabajan.

En esta crisis que se avecina, tenemos que ser generosos dando trabajo a los que lo que buscan o dando dinero y recursos a instituciones benéficas y de acción social que atiende a los que no lo encuentran. Hemos de ser solidarios colaborando con instituciones como Cáritas que saben dónde están los que realmente necesitan nuestra ayuda evitando que algunos se aprovechen de la generosidad de muchos, privando de ayuda a los que realmente la precisan.

Yo, por eso, por respeto a los se esfuerzan para ganar unos cuartos asando castañas, pelando higos chumbos u ofreciendo cañas para pescar patitos, no doy nada a los que se apostan a la puerta de una iglesia sentados horas y horas, días y días, año tras año….. Sí, en cambio, probaré fortuna con una caña, con el más dulce los higos o con las más tierna de las castañas.  Quizás no cubra necesidades imperiosas,  pero habré ayudado a  gente como esa anciana de los patitos a ganarse honradamente la vida.

Paco Zurita

Noviembre 2020

LIBERTAD DE ENSEÑANZA

Mi padre trabajaba de sol a sol para que nuestro nivel de vida fuera el mejor posible. No teníamos un gran coche, ni grandes lujos, ni nos íbamos de veraneo con mesa y mantel puesto. Pero buena parte del esfuerzo de mi padre y de los desvelos económicos de mi madre tenían como principal objetivo dotarnos de una formación académica y humana que nos permitiera desarrollarnos como personas y estar preparados para el mundo laboral.

Por aquel entonces no había educación concertada y solo los pudientes o los que, renunciando a otras comodidades, les llegaba el presupuesto,  podían llevar a sus hijos a colegios privados. Y entre las prioridades y firmes convicciones de mis padres estaba la formación humana y religiosa que nos otorgaron colegios como Los Marianistas, en mi caso, y Jesús María en el de mis dos hermanas.

Tanto bien recibimos de esos sacrificios que mi mujer y yo buscamos para nuestros hijos esa misma educación que nos regalaron nuestros padres.

Fruto de la Democracia, del entendimiento y del buen hacer de políticos de esos primeros años de concordia política, nació la educación concertada. Con sus errores y aciertos, la reforma posibilitó el acceso a la otrora inalcanzable opción para la mayoría de los ciudadanos; una educación diferenciada en función de creencias, orientaciones formativas o de otra índole y, sobre todo, elegida libremente.

Esos centros privados, con las ayuda generosa de padres y de las propias comunidades educativas, vieron reforzada su vocación formativa  y humanista haciéndola accesible  a las familias con menos recursos pero que también buscaban una educación diferenciada  y centrada en determinados valores.

Me cuesta trabajo creer que un gobierno que pretende respetar a minorías de diferentes creencias religiosas y que pone medios para cubrir sus necesidades educativas, tenga tanta aversión a aquellas que siguen la mayoría de nuestros compatriotas. Si lo primero es absolutamente respetable, lo segundo no tiene explicación alguna, salvo que respondan a motivaciones ideológicas o adoctrinadoras en valores distintos a los elegidos por los padres.

Que la demanda de educación concertada sea tan elevada debe ser motivo de reflexión para un buen gobernante, cuya obligación es proveer a sus ciudadanos de la mejor calidad formativa. Lejos de esta lógica aplastante, la política educativa del actual Gobierno parece ir en sentido contrario dejando traslucir su sectaria alergia por lo privado, por la Iglesia católica  y por determinados pensamientos, privando a muchos padres del legítimo derecho de darles a sus hijos la educación que antes era privativa de las clases más altas. Justo lo contrario de lo que se le presupone a quienes pretenden proteger a los  más desfavorecidos de la sociedad.

Con objeto de alcanzar sus propios intereses ideológicos y dogmáticos, volverán a impedir el acceso a esa educación diferenciada a los que tienen menos recursos económicos, que caerán irremisiblemente en su órbita moral y de pensamiento. Habrá igualdad dogmática en la verdad única que diga el gobernante de turno,  salvo para aquellos que puedan pagar otra cosa. La libertad de pensamiento y la elección de educación no existirá para la mayor parte de los ciudadanos.

Hubo un personaje, que acabó clavado en una cruz por decir verdades como puños contra una clase dirigente que quería mantener sus privilegios por encima de un pueblo que ansiaba la libertad. Ya dijo entonces que la verdad nos haría libres. Hoy sigue habiendo gente que no quiere que se  aprenda a pensar libremente por temor a esa Verdad.

Francisco Zurita Martín

Octubre 2020

EL VIRUS DE NUESTRAS CONCIENCIAS

Este  coronavirus nos tiene a todos desnortados y está trastocando previsiones económicas, planes familiares y todas nuestras vidas. Ni expertos, ni gobiernos parecen entender el problema ni ponerse de acuerdo para buscar el remedio al mal que nos amenaza.

Y en esta situación, como drogados por el aire que respiramos de nuestras propias mascarillas, vemos pasar el tiempo con resignación,  a la espera  de que escampe y podamos vivir de nuevo aquella vida que ya empezamos a olvidar. Tarde o temprano, este virus se extinguirá por medio de vacunas o por agotamiento del propio bicho cuando ya no encuentre más seres humanos a los que infectar.

Los que parecen no extinguirse son los bichos que se han instalado en las conciencias de muchas personas que, no contentos con el daño que nos causa el virus, esparcen sus malas bilis haciendo el mal por donde pasan.  El microbio, al fin y al cabo, hace lo que tiene que hacer para seguir existiendo. El ser humano, en cambio, obra muchas veces para destruirse a sí mismo. Es curioso que, creyéndonos los más perfectos de la creación, seamos los únicos que  nos hacemos daño  a nosotros mismos, sin causa que lo justifique.

Y, así, vemos cómo se destruyen estatuas, mobiliario urbano, retablos cerámicos, propiedades ajenas…. Da igual lo que sea con tal de ver cómo desbaratan el esfuerzo, el legado o la propiedad de otros. Una risa o un subidón colectivo de adrenalina merecen el coste de sus daños. Permanecemos atónitos viendo cómo, como hordas bárbaras enloquecidas, se ceban con monumentos a Colón o de otros personajes históricos que ni han estudiado ni valorado en su justa medida.

Y viendo hace unos días una señal de tráfico en la plaza de San Mateo abatida por unos salvajes me di cuenta de por qué no podemos con este virus con forma de corona de nuestros dolores y sufrimientos.

Según me contaba el dueño del bar donde tomo café cada día, un grupo de chavales lo despertó de su sueño a las cuatro de la mañana. Se ensañaron con la señal hasta que, forzudos ellos, la derribaron. No le dio tiempo llegar para ver sus cobardes caras y denunciarlos. Dejaron tras de si una meada de podredumbre moral que se extiende perniciosa en esta sociedad acomplejada. A esas horas de la madrugada estaban esparciendo coronavirus y  también mala leche mamada de sus frustraciones y desorientación ética. Y, en el fondo, ni siquiera esos pobres chavales tienen la culpa. Tenemos la culpa nosotros, que los hemos educado y le hemos consentido comportamientos incívicos e intolerantes ante la libertad y derechos de todos los demás por miedo a resultar políticamente incorrectos.

Hemos sentado las bases de una juventud frustrada, parca de valores cívicos, perdida en el tiempo que les ha tocado vivir, manejada por intereses políticos o ideológicos de unos y de otros que la utiliza como muñecos de guiñol que actúan en sus teatros perversos y egoístas.

Y ahora que, más que nunca, hay que pedir a la sociedad que sea responsable, nos sorprenden sus fiestas, su botellones, su indisciplina… ¿De qué nos sorprendemos?

Quizás sean necesarios estados de alarma, confinamientos, toques de queda…..Pero lo que en verdad nos hace falta para superar esta pandemia y buena parte de los problemas que amenazan nuestra supervivencia como sociedad es un severo y decidido toque de educación y de formación en el respeto a los demás.


Sólo así podremos superar esta pandemia y las que restan por venir; venciendo al virus que se ha instalado en nuestras ensimismadas conciencias.

Paco Zurita

Octubre 2020

LA NIÑA DE SUS OJOS

Cuando lo conocí, el mundo y, especialmente nuestro país, atravesaban la peor crisis que se recuerda desde aquella profunda depresión de 1929. No estoy seguro de cuál era su nombre; tampoco me importa. Lo que no podré olvidar es lo que me dijo y su profunda paz y convicción cuando me lo contaba.

Entró en la oficina con una mujer de la mano. Se dirigió a ella con ternura y le dijo que se sentara en uno de los sillones de espera. La dejó allí sentada jugando con su muñeca y se dirigió a mi mesa.

Venía el buen hombre a informarse de depósitos y fondos para invertir lo que consideraba unos ahorrillos que, a decir verdad, a mi me parecían una considerable cantidad.  Ávido de captar a un buen cliente, después de presentarme,  me dispuse a ofrecerle todo lo bueno que nuestro banco tenía en productos financieros.  Pero antes de que siguiera dando lo mejor de mí,   el buen hombre me miró a los ojos y me dijo:

<<Paco me has dicho que te llamas, ¿No?   Te diré cómo tengo ese dinero y lo que busco.>>

Empezó a contarme su vida y yo fui dejándome encandilar por la historia de aquel hombre de profunda y noble mirada y con aquella sabiduría forjada a lo largo de muchos años….

Hoy, me contaba, la gente sufre por esta situación  de crisis que estamos viviendo. De niño, me crie en una choza de las que había en Caulina a las afueras de Jerez. No teníamos agua corriente, ni saneamientos y muchas veces se llovía la choza  cuando arreciaban los temporales.   Me levantaba temprano para ayudar a mi padre a ordeñar unas pocas vacas que teníamos y no tuve la suerte de ir al colegio; todo lo poco que sé, me lo ha enseñado la vida. Pero fui muy feliz en mi infancia, en mi familia y aún recuerdo con cariño esos pucheros de mi madre que humeaban sabrosos en el invierno de la choza. De joven encontré trabajo como portero de un edificio que me ha permitido lo suficiente para vivir y casarme. Dios me trajo una sola hija, esa que ves allí jugando feliz con su muñeca.  Nació con retraso y hoy ya tiene cuarenta años. Mi esposa murió hace poco y ahora solo tengo a esa “niña de mis ojos”.

Fui feliz entonces con esa hermosa mujer que me tocó por compañera y soy tremendamente feliz ahora con mi niña,  pues me concedió la suerte de ser padre y  de sentirme amado por un ser tan especial como ella.

No he tenido grandes necesidades y este dinero son los ahorros de toda una vida. Cuando ya no esté en este mundo, quizás pueda pedir a alguien que cuide de ella y que se ayude de este dinero para su sustento.

Viendo mi cara absorta y leyendo él en mi alma que yo ya leía en la suya, me volvió a mirar a los ojos y me dijo:

¿Entiendes ahora lo que busco hacer con este dinero?

Me olvidé de la crisis, de mis objetivos, de mi vida y del mundo entero. Ese buen hombre me había dado una lección de amor, de cómo aceptar lo que Dios nos envía, de cómo ser feliz en lo poco y de cómo hacer de la verdad y de la honesta sencillez una tarjeta de visita.

Ese hombre, como el buen samaritano, me pedía que pusiera esos fondos a buen recaudo para que cuidaran de su hija hasta su vuelta. Tras su marcha, rogaría a Dios a diario desde arriba que no le faltara ni  amor ni atención hasta que el día que volviera para llevarse a “la niña de sus ojos” para siempre junto a Él.

Paco Zurita

Octubre 2020

EL ODIO

El odio es el sentimiento humano que nos lleva a desear todo el mal posible a aquel ser que nos ha causado dolor o nos ha ofendido. Superarlo requiere grandes dosis de misericordia al alcance de muy pocos mortales.

En muchas ocasiones, el odio no proviene de ofensa alguna u otras causas exógenas a la persona, sino del propio ser que odia. Suele nacer de una frustración, envidia o complejo, sobre los que se cimenta ese sentimiento pernicioso y obsesivo de focalizar sus infundados rencores en otros seres humanos.

A lo largo de la historia, son muchos los personajes que han hecho de su odio el leitmotiv de su existencia y han arrastrado al desastre con él a millones de seres humanos.  Adolf Hitler, un pintor frustrado y denostado en su juventud, escribió todo un manifiesto de odio en su famosa Mein Kampf (mi obra), focalizando en el pueblo judío todos los males que asolaba a la Alemania de la posguerra. Hizo que todo su pueblo acabara odiando como él, devastó su propio país provocando un holocausto en el que asesinaron  a más de 11 millones de judíos, gitanos y lo que él consideraba “razas inferiores”. La II Guerra Mundial desencadenada por su odio acabó con más de 40 millones de personas en todo el mundo. Ha habido, hay y habrá muchos otros Hitleres que han causado sufrimiento y dolor movidos por su propio odio;  Bin Laden, Calígula, Stalin, Pol Pot, Toquemada, Idi Amín…. Una lista desgraciadamente muy larga y perversa; todos ellos movidos por un odio enfermizo que aliviaban causando muerte y dolor.

En el lado opuesto, han existido, existen y existirán seres humanos que hacen del perdón, de la concordia y de la paz, instrumentos de amor sobre los que han cimentado civilizaciones, religiones, naciones y formas de pensamiento que han ayudado a hacer un mundo mejor y a salvar miles de vidas. Tal es el caso de Jesucristo, Madre Teresa de Calculta, Buda, Confucio,  Martin Luther King, Nelson Mandela, Ghandi…

En la eterna lucha entre el bien y el mal siempre acaba prevaleciendo el primero y de esos seres odiosos no quedarán ni monumentos ni reconocimientos a sus infaustos testamentos vitales; sólo desprecio y olvido para que sus ideas no sobrevivan a sus autores.

Por eso, cuando veo en nuestra sociedad de hoy a gente que odia tanto, me pregunto cuál es la frustración o complejo interno que le lleva a arrastrar con su odio a toda una generación. ¿Qué le lleva a Elisenda Paluzie, presidenta de la A.N.C.  a quemar una foto del Rey? ¿Qué hemos hecho el resto de españoles para que dirigentes insensatos como ella nos odien tanto? ¿Qué sociedad pretenden construir sobre tanto odio?  ¿Será recordada algún en las calles de Cataluña como la “libertadora” de la opresión hispana?

Para su pesar, seguiremos recordando a Gaudí, Dalí, Pau Casals, Joan Miró, Montserrat Caballé…. que amaban a su tierra y no odiaban como Elisenda, quién será olvidada por las generaciones venideras una vez se apaguen las hogueras de su fanatismo inútil.

Hoy, día nacional de España, es momento de reivindicar lo que nos une, de olvidarnos de odio y de rencores. De sentirnos orgullosos de todo lo bueno que hemos hecho juntos a lo largo de más de 500 años de historia del que forma parte inalienable el esfuerzo, ejemplo y generosidad del pueblo catalán.

Yo, español del Sur, envío un cariñoso y caluroso abrazo a todos  esos catalanes que hacen del respeto y de la concordia instrumentos de paz y de progreso y que, más pronto que tarde, harán enterrar los odios que tanto sufrimiento han causado.

Francisco Zurita Martín

Octubre 2020

ABORTAR A LOS DIECISÉIS AÑOS…

No vino en el momento apropiado porque no lo buscabas o habiéndolo buscado, otros pensaban que no lo era…. pero vino.  Alguien te confirma que una nueva vida empieza a formarse en tu vientre. El mundo, tu mundo, parece que se  desmorona tal y como lo tenías concebido y, pase lo que pase, ya nada será igual. Una amiga te ha dicho que no te preocupes;  tienes dieciséis años y ya eres mayor para decidir sobre tu cuerpo;  La Ley te ampara.

Pero no es tan fácil como todos piensan. Tu cuerpo es un prodigio de la evolución, capaz de hacer los mayores sacrificios para proteger al ser que se está formando dentro de ti. En el fondo de tu alma o de tu conciencia de niña, sabes que lo que vas a hacer te llenará de dolor y de pena. Eres, sencillamente,  demasiado joven para darte cuenta de la trascendencia de la decisión que vas a tomar.

Aunque algunos piensen que ya puedes decidir sobre tu propio cuerpo, desconocen  el daño que pueden llegar a  causarte. Creen que la libertad, el progreso, los derechos de  la mujer, pueden medirse de forma tan trivial. Quieren cargar sobre ti la responsabilidad de decidir sobre dos vidas; la del ser que has concebido y la tuya propia. Quizás el padre de esa criatura te apoye o te lo reproche de por vida, pero tampoco importa lo que éste  piense para esos que recuerdan tu libertad como mujer.

Esa amargura que te carcome por dentro la llevas sola. No quieres compartirla con tus padres, con tu familia. Será sencillo; también decidiste hacerte un tatuaje que tu madre reprobaba. También te regalaste un piercing con el que demostraste que ya podías tomar tus propias decisiones.  Al final lo entendieron y esto lo entenderán también.

Pero no es lo mismo y tú bien lo sabes.  Una vida nueva empieza a bullir en tu interior.  Un trozo de ti se está formando como nuevo ser y morirá antes de darle la oportunidad de ver la luz, de verle sus ojos, de llamarlo por su nombre.

Quizás algún día te preguntes qué habría sido de ese ser al que no diste la más mínima oportunidad  de venir al mundo, confundida tu mente de niña por aquellos que trivializaron una decisión tan importante y trascendental para tu futuro.

Quizás algún día te preguntes por qué no compartiste esa responsabilidad con las personas que te dieron la vida y la hubieran dado de nuevo por ti. De una u otra forma, habrían comprendido tus sentimientos como lo habían hecho en tantas ocasiones.

Quizás algún día le reproches a aquellos que te permitieron abortar a los dieciséis años por qué delegaron en ti la responsabilidad de decidir por la vida de tu hijo y por la tuya propia.

Esos gobernantes negligentes que han de velar por el bienestar de los demás, te dieron la oportunidad de decidir por la muerte y no hablarte de la vida. Te hablaron de la libertad de la mujer y no del prodigio y la responsabilidad que el vientre de la mujer conlleva. Te hicieron madurar en una decisión dolorosa en vez de ayudarte a salir adelante con la nueva vida.

Es el discurso hueco de aquellos dirigentes incapaces y carentes de ideas y formación, que disfrazan sus incompetencias con atrevidas decisiones que califican “de progreso” y que esgrimen con más orgullo si atentan contra los que confiesan una fe que menosprecian.

Progreso es defender la vida, las personas, el bienestar y los valores que nos hacen, precisamente, humanos.  Aunque quieran destruirlos no lo lograrán porque, afortunadamente, hasta para los que piensan como ellos, siempre quedará la familia.

Paco Zurita

Octubre 2020

RESPETAR LO PRIVADO PARA MEJORAR LO PÚBLICO

Hoy he desayudado con nuevos anuncios en los medios de comunicación sobre las intenciones del actual ejecutivo acerca de la próxima reforma fiscal. Sin obviar la necesidad imperiosa de equilibrar las maltrechas cuentas públicas, como españolito medio y también como economista que soy, no puedo dejar de advertir de los peligros y amenazas que se vislumbran en un oscuro horizonte.
Esta pandemia nos va a causar un fuerte varapalo a nuestros ya endebles bolsillos. Pero aún nos van a aparecer más boquetes en los mismos causados por los sablazos inmisericordes de aquellos que disfrazan sus verdaderas intenciones de un traje de supuesta justicia social y de un castigador mazo contra los presuntos ricos. Y es que, aunque muchos no puedan, no sepan o no quieran verlo, las medidas que se anticipan harán a los ricos más ricos, a los pobres más pobres y a los que estamos en medio más cerca de éstos últimos que de los primeros.
No defender la propiedad privada del abuso de los llamados “okupas”, que campan a sus anchas aplaudidos por unos con la aquiescencia de otros es ya norma habitual en nuestros días y entra dentro de lo “políticamente correcto”. Atacar a la educación concertada, a la sanidad privada, a los planes de pensiones, y a todo aquello que suene a “privado”, puede contentar a aquellos que se creen la estúpida falacia y la interesada historia de un Robin Hood de nuestros días, pero acabará afectando negativamente a todos, incluyendo a ellos mismos y a todos los que defienden legitimamente un sector público al servicio de todos. Supongo, sin temor a equivocarme, que a nadie de los que piensan así les guste encontrarse a la vuelta de una cena a gente cenando en su casa y abriendo sus neveras hasta que un juez, años después, reconozca que era la suya.
No sólo es difícil justificar que se “premie” a los españoles que se sacrifican por una sanidad más rápida, por una educación elegida para sus hijos o por ahorrar para su jubilación, subiéndoles el IVA, imponiéndole más impuestos directos o menos deducciones; es además contraproducente desde un aspecto meramente económico y social. Desincentivar estas actitudes hará que la sanidad pública se colapse aún más, que la escuela pública tenga que dotarse con más recursos o que las pensiones públicas deban garantizar una mayor tasa de sustitución de cara al futuro, ante la falta de incentivos por complementarlas con las privadas.
La falta, además, de actividad en estos sectores afectados, redundará en peores resultados empresariales, más paro y menos ingresos para el propio Estado.
No pretendo, Dios me libre, desdeñar ni despreciar la imperiosa necesidad de contar con un estado del bienestar al alcance de todos. Precisamente lo que pretendo es que no se destruya el que tenemos y que, más aún, lo mejoremos. Y, por eso, desde mi humilde opinión, veo negros nubarrones en nuestro futuro económico en forma de medidas más ideológicas que efectivamente económicas.
Son tiempos difíciles en los que toca trabajar más duro, ser más generoso con los que menos recursos tienen, afianzar nuestras instituciones y estado de derecho con objeto de mejorar la estabilidad y, sobre todo, ser pragmático y ortodoxo en las medidas económicas que han funcionado en los países más desarrollados.
Yo apuesto por ello en aras de nuestro propio bien y el de nuestros hijos.

Francisco José Zurita Martín
Octubre 2020

YO NO ME CALLO

La vergonzosa actitud de algunos dirigentes políticos que, siendo minoría en este país, están demostrando hacia el Rey de España, ante la pasividad de quienes tienen que defender el Estado de Derecho al que han jurado lealtad, está llegando a límites que hacen reventar las vesículas biliares de los que aún tenemos dignidad.

Esta España nuestra, que tantos sacrificios ha padecido en el pasado y que se dio una nueva oportunidad con la Constitución del 78 y con la  ejemplar transición democrática, no puede permitir que unos advenedizos que apenas representan el 10 % de los españoles, pongan en riesgo todo lo conseguido, colándonos una nueva transición por la puerta de atrás.

Basta con ver quiénes aplauden estas viles actitudes para darnos cuenta de sus verdaderas intenciones,  que disfrazan sagazmente de falsas promesas de bienestar futuro y supuesta libertad.

Mi libertad y la de muchos españoles que piensan como yo, se ve socavada y traicionada, por aquellos responsables políticos que no cumplen con sus obligaciones constitucionales y no hacen respetar el Estado de Derecho en aras de intereses partidistas y personales.

El Rey es obstáculo y piedra en el zapato para todos esos visionarios e insensatos que quieren llevar a España a una Arcadia feliz en la que la mayor parte de los ciudadanos pasarán necesidades y sólo sus dirigentes tendrán derecho a mansiones y banquetes como, desgraciadamente, ya estamos viendo.

Los insensatos son todos aquellos que se escudan en banderas separatistas para aumentar sus ansias de poder, en ocupaciones de casas ganadas honradamente por gente trabajadora, en hacer creer a muchos ilusos que la igualdad consiste en destrozar el lenguaje,  en reservarse el derecho de lo políticamente correcto y moralmente admisible, mientras ellos no predican con el ejemplo.   Los traidores del pueblo español son todos aquellos que lo consienten, aplauden o callan…

Que tenemos al Rey mejor preparado de la historia no lo dudan ni ellos mismos y,  precisamente por eso, estorba para sus verdaderos planes. Ese último baluarte de todo lo que nos hemos dado los españoles tras superar décadas de confrontación, es nuestro monarca, es nuestra Constitución y es nuestro Estado de Derecho.

Ya no es el Rey; somos nosotros los que nos jugamos la estabilidad, la democracia, nuestro país y la vida que conocemos….. y, por eso, yo no  me callo.

Francisco José Zurita Martín

Septiembre 2020