ESTUDIANDO EN UNA BODEGA DE JEREZ

Las viejas bodegas jerezanas elevan bien alto sus vigas de madera desde los suelos de dorado Albero. De sus elevados ventanales cuelgan esteras de esparto que dejan entrar en la nave el aire fresco de la mañana y la protegen del abrasador sol del verano. En su sosegada penumbra, esas verdaderas obras de arte de ingeniería civil de otra época, con el constante riego de sus suelos y andanas, hacían de la bodega un oasis de frescor y calma que permitían a los vinos descansar plácidamente en las botas de roble americano.
Bien conocía esos secretos D. Juan Valencia, hijo de un funcionario del Banco de España, que tras un intenso aprendizaje en la empresa de tonelería y almacenaje de vino del que más tarde se convertiría en su suegro, funda en 1942 su propia bodega en la calle Lanuza. Aun le daría tiempo a Juan, antes de su larga enfermedad y muerte en 1958, pasarle el testigo de la misma a su hijo Francisco que, con la ayuda de su hermano José, siguió produciendo afamadas marcas como el amontillado “Tronío” o el brandy “Sibarita”.
Tenía D. Francisco tres hijos que llevaban en su sangre el amor al vino y toda la alegría y saber vivir que se forja en torno a él. De los tres, uno era especialmente aventajado en estas artes y eso implicaba muchas veces olvidarse de los necesarios estudios que le asegurarían un buen porvenir.
Como los resultados académicos no acompañaban, el preocupado padre tomó la determinación de llevarse a su hijo a la bodega para que allí, protegido del calor del estío jerezano y vigilado bien de cerca por él mismo, se bebiera los libros en lugar de otros placeres menos productivos. Ni siquiera el domingo lo dejaba descansar, pues lo encerraba en la bodega si bien con la licencia de estudiar con unos amigos que le aliviaran aquella soledad entre las andanas. Sabedor del peligro que corría el forzado estudiante, el sagaz padre se llevaba todas las venencias consigo para así asegurarse que no podrían acceder los estudiantes al divino tesoro que guardaban las botas.
Pero el obligado encierro y esa tentación en forma de aromas inconfundibles de Oloroso y Palo Cortado, agudizaron el ingenio de aquellos mártires universitarios y, el futuro y gran doctor, encontró la forma de acceder al caldo que le daría vida y moral para seguir estudiando. Bastaba con una botellita de quinto, que guardaba celosamente escondida, a la que amarraba por su gollete los cordones unidos de los zapatos de todos ellos. Con destreza y entusiasmo descendían incansablemente el artilugio hasta el alma de cada bota a través de su angosta boca. Y así, con paciencia y rigor, iban degustando encantados esos elixires con nombres tan prometedores y sugerentes; “Sibarita”, “Tronío”, “Rango”, “Fino Las Doce”, “Exquisito”, “Vino tónico Milagroso León XIII ”, todos a su alcance como remedios infalibles para las penas de los estudios y lograr a buen seguro lo que prometían sus nombres….
Al final de la jornada, D. Francisco los liberaba del encierro y comprobaba con alegría cómo el gran esfuerzo estudiantil se reflejaba en sus rostros cansados y en sus andares torpes, mareados sin duda por el rigor de los libros.
No fueron malos esos remedios que el padre empleaba y que el hijo encontró en aquella vieja bodega que se va perdiendo en el recuerdo de los jerezanos, pero que ayudó a forjar a ese ser humano que a lo largo de su vida alcanzó todos los éxitos profesionales y humanos que un hombre le pide a Dios.

Paco Zurita
Marzo 2021

LOS OTROS SAN JOSÉS

Hoy, día de San José y en este año que el Papa Francisco dedica a este Santo, me he acordado de la película “El Abuelo”, basada en una novela de Benito Pérez Galdós que me marcó profundamente en mis convicciones, quizás porque relata de forma magistral dónde reside realmente la paternidad y la relación filial, independientemente del lazo de sangre que una a las personas.
Si hay un personaje en la historia que retrata perfectamente el valor de lo que debe ser un padre, aun no siendo el progenitor de la criatura, ese es San José, que aceptó la voluntad de Dios y fue el “Pater Putativus” (de ahí el origen de los Pepes), del mismísimo hijo de Altísimo. Y es que el amor es el verdadero fundamento de la paternidad y el que crea vínculos que son más poderosos que el de la mismísima sangre, como fue el caso de este padre adoptivo del hijo de la Virgen María.
Y pienso en todo esto porque en nuestro mundo de hoy que ensalza valores materiales, abusos contra la vida, abandono de hijos y tantas y tantas injusticias incalificables, cobra especial valor el gesto de tantos seres humanos que abrazan la paternidad con el corazón y no con la llamada de la naturaleza.
Y es que, gracias a Dios, sigue habiendo en nuestra sociedad actual muchos “San Josés” que demuestran que ser padre es mucho más que haber fecundado un óvulo o cumplir con obligadas sentencias judiciales. Abrazar la paternidad es sentirse padre en todos los momentos de la vida, sintiendo amor por ese ser que, bien por causa natural, bien por avatares del destino, Dios nos ha puesto en nuestro caminar por este mundo.
Y así, me acuerdo de todos aquellos que han adoptado hijos abandonados, que han dado a niños el amor que han escatimado otros, que han amado a las madres que otros han maltratado, que han donado órganos o han dado la vida por otros, que han renunciado a la paternidad para ser misioneros o ministros de Dios, que han demostrado ser los verdaderos padres aún no llevando la misma sangre en sus venas.
De igual manera, esos hijos que han crecido en el amor que se les ha dado de forma incondicional, han llenado su corazón de la misma sustancia inmaterial que han recibido de esos padres adoptivos y han conseguido diluir en el tiempo la huella de una semilla que sólo forjó su cuerpo. Porque es cierto que la carne es carne y el espíritu es espíritu y somos algo más que carne y huesos.
Y mirando hoy, en la capilla de las hermanitas, a ese San José que lleva el niño en sus brazos ante la sonriente y confiada mirada de su madre, de alguna manera comprendí por qué Dios eligió a ese piadoso hombre para ser el padre de su hijo en la tierra y por qué sigue poniendo San Josés en la vida de tantos seres que necesitan un padre de verdad.
Al fin y al cabo, ser padre es darlo todo por un hijo y eso es lo que valora Dios.

Paco Zurita
Día de San José 2021

VIVIR LA CUARESMA COMO UN NIÑO

Como cualquiera que albergue deseos de ser mejor persona, vivo la Cuaresma con la sana intención de renovar mi espíritu y tratar de acercarme a Dios una vez más y, por ende, a todos mis hermanos. Y con esa sana intención repasaba en mi mente lo que tendría que hacer para conseguirlo,   cuando,  por esos caprichos del destino o respuesta de Dios a mis peticiones, me llegó uno de tantos whatsapps que solemos pasar por alto hastiados de tanto bombardeo insustancial.  Cogía velocidad mi dedo borrando mensajes inservibles cuando una foto con halo de encanto y de profunda espiritualidad  me dejó absorto. De forma providencial, la foto de un niño que miraba cara a cara a un Cristo de rostro ensangrentado, me dejó sin palabras y con el dedo suspendido sobre el teclado del móvil. No podía venir más a propósito esa sobrecogedora fotografía para  responder a las cuestiones que me planteaba y, desarmado de mi primera intención,  la observé con gozo.

Me acordé inmediatamente de las palabras de Jesús cuando, poniendo un niño en medio de sus discípulos,  dijo:

  «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Y es que viendo la encandilada mirada del niño de la foto y la de ese Jesús que se despoja de sus vestiduras de grandeza por puro amor al ser humano, comprendí al instante esas palabras del Maestro.

Toda la transformación que pretende la Cuaresma en nosotros, construida  sobre los pilares de ayuno, caridad y oración y que tanto nos cuesta a las mayoría de los cristianos,  emanan de forma natural del alma de ese niño porque, si la cara es el espejo del alma, su mirada confirma que cumple holgadamente con los tres.

Y es que hay caridad en sus ojos al contemplar el rostro ensangrentado de aquel hombre al que ya ama  y admira sin saber quién es.  Que parece que le quiere decir ¿Cómo te puedo aliviar? Amor recíproco que se deja ver en el rostro de ese Cristo por encima de su dolor y que parece contestar  “Todo lo hago por ti”.  Y así se deja arrastrar sin temor a las profundidades de un amor sin medida. De nada nos sirve desprendernos de bienes materiales si no lo hacemos por amor al prójimo, si no lo vemos con la fe de ese niño.

También hay ayuno en su mirada, porque esa pequeña criatura parece saciarse al contemplar aquella imagen. Ayunar no es sólo dejar de comer carne, ni abstenernos de otras cosas;   es desprendernos de todo lo superfluo que no sacia nuestro espíritu y alimentarnos de la palabra de Dios. Es llenarnos de Él como se llena ese niño.

Y qué hablar de la oración. Cuántas veces repetimos jaculatorias sin saber lo que estamos diciendo y no llegamos al corazón de Dios. Ver ese cruce de miradas de los dos protagonistas de la foto basta para darnos cuenta de que uno y otro se lo dicen todo sin hablar. Es la unión intima de dos almas que se entienden con la mirada. ¿Hay oración más hermosa?

Es el amor el que mueve todo lo bueno de este mundo y en el que se basa la Buena Noticia de Cristo. Entendiendo y aprehendiendo ese amor en nuestro corazón, podemos transformar nuestro interior y, por extensión,   la sociedad en la que vivimos.

En nuestro laberinto interior que busca desesperadamente a Dios, la salida es seguir con sencillez los consejos del Maestro y ser y comportarnos  en esta Cuaresma como el niño de esa foto.  No hay nada más sencillo ni más difícil a la vez. ¡Son las cosas de Dios!

Paco Zurita

Marzo 2021

IN MEMORIAM

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ELLAS TAMBIÉN SON MUJERES

Amanece y regresan al convento, tras pasar la noche en vela junto a una anciana enferma, dos hermanas de la Cruz. Nacieron mujeres y renunciaron a la maternidad para ser madres de muchos desfavorecidos. Ayudan sin importarles a quién,  aun a sabiendas de ser muchas veces engañadas por gente que se aprovecha de su buena voluntad.  No reclaman ni enarbolan sus derechos,  pero luchan y trabajan por los de los demás sin buscar culpables para defenderlos. No tienen un trabajo remunerado,  ni sindicatos que las defiendan, ni exigen nada a cambio,  pero trabajan sin descanso día y noche, privándose de  horas de sueño para que descansen otras personas.  Recogen las zurrapas  del café que otros tiramos y con ellas hacen el suyo,  dejando los granos recién molidos para las ancianas que cuidan con esmero y que muchos abandonamos y olvidamos. Defienden la vida ayudando a jóvenes que, huyendo de una sociedad que les aconseja abortar, buscan refugio en ellas para darle una oportunidad a los seres indefensos que crecen inocentes en sus vientres.  Regalan oportunidades a muchas parejas jóvenes a los que otros insensatos inoculan la falacia de  que el aborto es un derecho de las madres y la solución a sus embarazos indeseados cuando, ese ser que se abre camino  en sus entrañas,  afecta a la vida de tres. 

Mujeres que acogen a familias rotas por la violencia cruel y sin sentido de algunos que se creen hombres pero que, haciendo daño a mujeres indefensas, demuestran su pura cobardía olvidándose que también nacieron de  mujer.  Que auxilian a enfermos en sus casas, a familias sin recursos, a madres solteras, a viudas, a huérfanos, a ex presidiarios, a proscritos…  Que irradian amor y rezuman esperanza que entregan generosas a tantas ancianas que otros pretenden ayudar acortando sus “inútiles”  días con la muerte inducida a la que llaman eutanasia.  Que renuncian a todo lo que no sea esencial para vivir, pero viven una vida plena porque sólo Dios les basta para ser libres y felices en esta vida y alcanzar el gozo eterno en la otra.

Pero sobre todo rezan, rezan sin descanso, para que Dios escuche sus plegarias y alivie las penas de la humanidad y de todas las almas perdidas que no encuentran otros hombros donde llorar sus penas.

Son mujeres, sólo mujeres y nada más que mujeres…… Mujeres que reúnen el coraje y la fuerza interior necesarias para, libremente, regalar la verdadera libertad a tantos desfavorecidos y desheredados de una sociedad que les marca,  interesadamente,  su destino. Que dejan en sus celdas sus debilidades humanas para, con la ayuda de Dios, repartir fortaleza a los que ya no la tienen.  Mujeres que no juzgan, ni critican, ni rechazan las peticiones de ningún necesitado. Que sólo ayudan en nombre de Dios a todo aquel que  llame a sus puertas y que aceptan para los necesitados cuántos donativos les llueva del cielo. Piden para dar y lo agradecen con una sonrisa y  con un  amoroso “que Dios se lo pague” que resuena imponente en el alma de todo aquel que puede desprenderse de unas monedas.

Hoy, cercano el día internacional de la mujer, me he acordado de ellas, de esas Hermanas de la Cruz y de tantas y tantas siervas de Dios que trabajan sin descanso en todo el orbe conocido en favor de los demás.  De esas madres sin hijos que han reservado ese instinto maternal para amar a tantos descarriados y desfavorecidos que comparten la vida con nosotros.

Por ellas brindo y por todas las mujeres de este mundo que lo han hecho más grande y más justo;   trabajadoras,  servidoras públicas, directivas, científicas, artistas, maestras, voluntarias, sanitarias, madres  y defensoras en general de una sociedad más próspera y solidaria. Brindo por ellas,  que no necesitan gritar, ni provocar,  ni manifestarse con tambores y panderetas de estupidez para que la sociedad aprecie lo que vale la mujer. Que, en silencio y con constancia, luchan por una igualdad que se han ganado a pulso y para que, rendidos ante su grandeza, entendamos todos por qué   nacemos de mujer.  Una sociedad que no se sostendría sin el valor de esos seres premiados por la naturaleza a las que Dios ha encomendado la sublime tarea de dar vida,  de protegerla y de  perpetuarla. 

Por todas vosotras.

Paco Zurita

marzo 2021

LA SOLE

Aún no están puestas ni las calles cuando, en la de Doña Blanca, Sole ya está montando su puesto de tagarninas, esa planta herbácea que los científicos llaman  “Scolymus hispanicus” pero  que  solo las sabias y expertas manos de las abuelas de Jerez convierten en verdadero manjar cocinándolas  en sus cazuelas de barro.

Solía acompañar a su madre en ese mismo puesto cuando sólo tenía dos años. Allí recibió las primeras lecciones de su vida en el arte de vender los productos que daba el campo de su padre.  La menor de nueve hermanos, no pudo ir al colegio y me confesaba hoy con cierto rubor,  pero con una noble sonrisa en sus labios,  que no aprendió ni a leer y ni a escribir.

A su madre la perdió muy prontito y ella siguió ocupándose del puesto cuando aún era una niña, día  tras día, año tras año, hasta esos cuarenta y siete que tiene ahora aunque no lo parezca;  El tiempo pasa deprisa por la piel de aquellas personas que tienen que ganarse la vida desde muy temprana edad en trabajos duros y abnegados bajo el calor del verano o ante  frío del invierno.

Se levanta a las seis de la mañana y su padre la deja a las siete en la plaza de abastos con todos los trastos y  una partida de tagarninas, de rábanos, de lechugas, de cardos  de caracoles… No importa que llueva, que la queme el sol o la congele el frío de enero. Prepara los hierros y los tablones, para exponer el género  y empieza la faena de limpiar las duras herbáceas de espinos, dejándolas listas para que,  por unos  pocos cuartos, podamos hacerlas “esparragás” y cuajarles un huevo en nuestros hogares.

Ya es abuela de una hija que tuvo de muy joven y cuida de dos hermanos y de su padre cuyos lomos están ya rotos de tantos años cultivando la huerta.  Ella sonríe, satisfecha y orgullosa de tirar del carro con tanta gente encima y de la pequeña fortuna de su puesto que hace el milagro de levantar un dinerito del que viven todos .  A las dos de la tarde, la recoge de  nuevo el viejo hortelano para llevarla de vuelta, y ya en casa, aun le espera a mi amiga una larga jornada de trabajo y tareas domésticas.

No  hay espacio para el descanso ni para desayunar en este oficio pero,  afortunadamente, junto al puesto de Churros de Antonio, sirven café de los buenos y no tiene ni que dejar el puesto para tomar algo calentito. En todo caso, siempre hay quien puede echarle un ojito al género por si hay que ausentarse para alguna tarea inexcusable.

En otros puestos, se ven ancianas de rodete de pelos canos e impolutos delantales, que ofrecen sus delicias a los que quieran comprar lo mejor de la huerta jerezana. Ya casi no quedan jóvenes que estén dispuestos a dejarse los mejores años de su vida en un trabajo tan duro pero, gracias a Dios, aún quedan muchas personas que saben apreciar la calidad  de estos manjares y la bondad  insuperable de quienes los venden. Si hay gente que se merece nuestro aprecio y apoyo  en esta sociedad es la que se esfuerza por ganarse la vida y aquí no caben dudas. Y, como dijo el Maestro;   ¡El que tenga oídos que oiga!

En la plaza de abastos de Jerez, todos forman una gran familia y viven con pasión el bullicio del centro neurálgico de la ciudad. Se respira alegría a pesar de la dureza y las penurias que, a veces, tiene este trabajo de tantas y tantas horas…. Si queréis saber lo que es bueno, compradle unas tagarninas que han dejado libre de espinas las mejores manos,  desde que con dos añitos lo aprendiera de su madre. Sólo tenéis que preguntar por “La Sole”. En el mercado  la conoce todo el mundo.

Paco Zurita

Febrero 2021

ESTE NIÑO TIENE LOMBRICES

Aquella noche descubrí las maravillas de la medicina tradicional puesta en práctica por mis abuelas y que estaba basada en remedios ancestrales y en el moderno asesoramiento de D. José, mi viejo pediatra que ya rondaba los 90 años de edad.  Aunque ahora pueda resultar difícil creerlo, cuando era niño era más delgado que Olivia, la abnegada y fiel esposa de Popeye, hecho que dejaba sin sueño a mi abuela y a mis tías abuelas que creían firmemente que me iría prontito para el otro barrio si no actuaban de inmediato.  La dilatada y contrastada experiencia de esta cohorte de mujeres,  que se desvivía por mí,  parecía ya intuir el origen de mi mal.

                Me veían inquieto y nervioso, me rechinaban los dientes y, con demasiada frecuencia para ellas, surgía en mí la imperante necesidad de aliviar un picor surgido en una recóndita parte de mi cuerpo.  No lo achacaban en absoluto a aquel añorado e ineficaz papel “Elefante”, parecido a un trozo de periódico sin letras. De extremada dureza y de tacto rasposo, no hacía correctamente el trabajo para el que estaba pensado pero,  en aquellos tiempos,  era  el único que se podía adquirir en los ultramarinos de Jerez.  En nuestra España  de los años 70 aún no habían llegado los sedosos papeles de ahora,  ni mucho menos las toallitas perfumadas que utilizan nuestros hijos para las faenas más íntimas.

                El cuadro médico que advertían las “doctoras en ejercicio”, reconocido hábilmente por una sabiduría heredada de madres y abuelas,  no les albergaba ninguna duda y fue suficiente para  lograr convencer a D. José de la necesidad de hacer la “prueba del algodón”. Con ella constatarían  lo que a todas luces parecían ya saber.

 Ante la preocupada mirada de mi madre, que aún era novata en estas lides, mi tío abuelo mantenía un sepulcral  silencio,  mientras observaba por encima del periódico la deliberación de sus sabias hermanas. Hombre de pocas pero certeras palabras,  buen conocedor en sus carnes de la dichosa prueba del algodoncito,   dijo a mi madre;  “Salud, tu niño tiene lombrices”

                Yo,  ajeno a la  gravedad del mal y a la desagradable prueba para diagnosticarlo, me fui sin darle importancia alguna  a hacer alguna trastada que me hiciera olvidar la próxima ingesta de comida a punta de pistola que me había sido impuesta por el directorio militar. Ya rendido por el sueño,  dormía plácidamente en mi cama  cuando el equipo médico entró en mi habitación para hacer la  artesana e infame prueba.

                En un algodoncito habían puesto una pócima bien trabajada, cuya composición no recuerdo,  pero cuyo olor y textura aceitosa me dejó una huella imborrable en mi memoria y, sobre todo,  en  mi culo.  Deseoso de volverme a dormir, traté de olvidarme de ese pegajoso e incómodo  tapón en lugar tan sensible y  que me colocaron a modo de cebo para que durante la noche,  las lombrices, atraídas por tan exquisito manjar, se quedaran pegadas en el algodón con el ungüento.

                A la mañana siguiente, bien tempranito,  no se olvidaron de retirar el sofisticado dispositivo,  que tan sólo me supuso un alivio temporal porque,  horas más tarde, ajeno al resultado del test,  mi ya por entonces delicada apetencia gastronómica,  descubrió amargamente que podía haber cosas que supieran  mucho peor que la comida.  No podía ni sospechar  cuan duro puede resultar para un niño tragarse un brebaje que acabaría seguro con esos parásitos para toda la eternidad.  Y es que mi madre vino de la farmacia con un bote de grandes dimensiones y amenazador aspecto. Contenía un jarabe cuyo color ya me producía sudores de espanto y al tragarme el primer buche, entre espasmos de puro asco y desesperación,   no me quedó ninguna duda de que acabaría con los gusanos, con mi lengua,  con  mi garganta y  con buena parte de mis tripas.  Me consolaron diciendo que el método tradicional hubiera sido mucho peor porque  consistía en ingerir hierbabuena a palo seco hasta regurgitar verde y rumiarlo como una vaca. Sistema que, a buen seguro,  hubiera matado de pura asfixia  a los gusanos y, desde luego,  me  hubiera  hecho aborrecer para toda mi vida el fresco sabor a menta que exhala la verde hierbabuena.

Ya libre de gusanos y con el tracto digestivo como si me hubiera tragado una una espuerta de piedra pómez, seguí inapetente e igual de flaco, pero tuve especial cuidado en aliviar mis picores más íntimos sin que  la sagaz vista  de mis abuelas y tías abuelas lo detectara. No tenía duda alguna de que,   siempre preocupadas por mí, volverían a la carga y me harían una nueva prueba del algodón y todo  cuanto estuviera en sus manos para quitarme las penas.

                Hoy, tantos años después de que  partieran de este mundo, sigo acordándome de ellas todos los días  y, cada vez que la vida me golpea, como si fuera un niño, les pido  allá donde estén, me echen una manita con algún brebaje celestial para el problema que desvele mis sueños en la soledad de la noche.  Allá arriba,  seguro que habrán departido con  Santa Ana y,  esa abnegada madre de María,  les habrá desvelado alguna receta milagrosa que practicara con su nieto que, aunque era el mismísimo hijo de Dios, también fue niño y tuvo madre y abuela.

Paco Zurita

Febrero 2021

EL PELUQUERO DE OBISPOS

En este Jerez nuestro,  dormidas en la nostalgia del tiempo que se nos fue,  aún quedan en el recuerdo las imágenes de  aquellas viejas barberías de brocha, navaja y jabón, en las que mi amigo Pepe aprendió a abrirse camino en la vida.

No era más que un niño cuando en una vieja barbería de la calle Bizcocheros, continuó el oficio que le había enseñado su padre; ser maestro  de las tijeras y saber entender el alma del que  pone la cabeza en sus manos. Y digo cabeza, porque en aquellos viejos establecimientos en los que los hombres recortaban sus pelos y acicalaban sus barbas, se confesaban los más íntimos sentimientos, abriendo el corazón de par en par entre corte y corte de la tijera y pasada y pasada  de la navaja.

Mientras los clientes esperaban  su turno para  ser atendidos por el maestro peluquero, las conversaciones llenaban el tiempo de un tiempo en el que no había televisión, ni móviles ni prisas y no había temas que escaparan a  aquellas apasionantes tertulias que eran, sobre todo,  íntimas y sinceras. Y siendo Jerez la patria chica de nuestro peluquero,  en esas conversaciones no faltaba el Flamenco,  ni los Toros, ni  el vino,  ni la Feria y ni ese Jesús Nazareno que llevó en su alma desde que correteaba por la plaza San Andrés y por la Alameda Cristina.

Con el paso del tiempo, Pepe pudo abrir su propio establecimiento, siempre agradecido a aquel buen hombre  de la calle Bizcocheros que le enseñó el oficio de las tijeras. Por sus manos de artista pasaron varias generaciones de jerezanos que dejaban sus pelos en el suelo de la barbería pero también buena parte de sus preocupaciones entre sus cuatro paredes, sólo con el espejo como único testigo de la confesión, porque el peluquero se las guardaba como si de un cura se tratase.

Quizás por ese arte de  saber escuchar mientras aligeraba la cabeza de cabellos, todos los obispos que han regido la diócesis jerezana han puesto sus pelos y muchas de sus preocupaciones en las manos de mi amigo. Porque hasta los que confiesan por profesión y por vocación necesitan ser escuchados por un hombre bueno y sincero que diga lo que piensa sin tapujos  y  aconseje de corazón lo que conviene al que lo escucha.

Y es que,  de los quince minutos que Pepe empleaba con cada cliente, sólo necesitaba cinco para cortarle el pelo y le sobraban los otros hermosos y valiosos  diez  para hablar de de la vida, de la fe, de su último libro….

Y esa forma de vivir la vida, de entregarla por los demás, de degustarla, es la que lo llevó a ser Hermano Mayor del Nazareno, a fundar la asociación Rafael Bellido, a escribir decenas de libros para donarla a los pobres, a ser Rey Mago, a ser pregonero de la Semana Santa y a tantas y tantas cosas que no dan dinero pero ganan un tesoro en el cielo.

Podría haber amasado una elevada fortuna de haber dedicado su valioso tiempo sólo a cortar el pelo, pero tiene la fortuna de haberse granjeado el cariño de todo Jerez que, en justicia lo hizo hijo predilecto de la ciudad en 2012.

Y como ya está bien de acordarnos de las grandes personas cuando ya no están con nosotros hoy me he acordado de mi amigo José Castaño Rubiales porque aún tenemos la suerte de tenerlo y espero que por muchos años en este Jerez nuestro.

Paco Zurita

Febrero 2021

POR TODOS LOS QUE SE HAN MARCHADO….

Cuando el gran pintor jerezano Juan Lucena realizó un lienzo dedicado a las víctimas del Covid 19, ni él mismo podría imaginarse el verdadero  alcance que llegaría a tener en nuestras vidas esta maldita pandemia pero, quizás guiado por una voz divina, lo describió magistralmente con sus pinceles….

Al otro lado de la pantalla de cristal que dibuja el artista, se pude ver cómo se van marchando los seres queridos hacia lo desconocido, contemplados por los impotentes familiares y amigos  que no pueden romper esa metafórica pantalla invisible. Sólo los gestos y los rostros de unos y de otros bastan para expresar todo lo que llevan en sus almas.

Quizás porque muchas veces el silencio lo dice todo,  hace unos días en la Basílica de la Merced, no necesitábamos palabras, ni siguiera gestos para saber qué pensamos, qué sentíamos, qué anhelábamos….

La muerte jugó su baza con una querida familia que tiene a Dios siempre presente en su vida. Golpeó con dureza el corazón que late en nuestra mortal existencia y sonrió indisimuladamente sabedora del daño que causaba a los que aman con ella.

Truncó prematuramente la vida de Ana y también la postrera existencia terrenal de su querida madre que partieron casi de la mano hacia ese destino que se pierde en el arco de luz del lienzo de Lucena.

Habló el padre Felipe, que lloraba como hombre y rezaba y hablaba  como  fiel y enamorado siervo de Dios. Cantó  el padre Enrique, que tenía el corazón quebrado pero la voz prestada por algún ángel del cielo que lo guiaba, leyó  emocionado el Evangelio el padre David, compañero de Tacho desde la  más tierna infancia, y  que sabía con él lo que duele una madre, una hermana. Rezaban y miraban en silencio el padre Juan Carlos y el padre Patrick, que vivieron en sus carnes el dolor y la muerte en las lejanas y olvidadas  tierras de Africa….

Callábamos todos, pensando en el dolor y en el vacío por la ausencia de los que ayer estaban sentados día tras día ante la imagen de  la Santísima Virgen de la Merced.   

Un móvil hacía de improvisada cámara remota para sus hijos, para sus nietos y para tantas personas que querían pero no podían estar en la basílica y que,  como nosotros, mascaban desde sus hogares, el espeso silencio que nos tocaba el alma.

Y a través de esa magia de la tecnología, María, Tacho, Fermín y tantas personas que tenían a Ana María y a Ana bien dentro de su corazón, pudo el padre Felipe recordarles las palabras que Tacho le dijera unas horas antes… ”Dios es más sabio que nosotros y sabe bien lo que  se hace”.

Tras el cristal no sabemos lo que nos espera,  pero todos pasaremos  más tarde o más temprano ese arco de luz que se adivina en la pintura de Juan Lucena. Es cuestión de tiempo y el tiempo de nuestra vida es tan efímero que casi no nos da tiempo a mirar tras ese ilusorio cristal.

Es la fe la que da luz a ese destino y de eso andaban sobradas nuestras Anas y tantos y tantos creyentes  que esperan aún a este lado de la invisible mampara.  Alguien la atravesó  desde el otro lado hace más de dos mil años para decirnos que hay esperanza, que hay muchas estancias  allende el cristal, que su padre ha preparado para nosotros. Y nos lo hizo ver,  sufriendo y muriendo como un ser humano y rompiendo el cristal del miedo a la muerte a la que venció con la cruz de nuestras culpas y miserias.

Nos duele, que nuestros seres queridos se alejen por un tiempo, un tiempo  que sólo Dios sabe cuánto dura, pero que, con la fe de Tacho y de esta familia de Dios, sabemos que llenos de gozo nos esperan en un lugar privilegiado donde pronto podremos volverlos a ver.

Paco Zurita

Febrero 2021

A DON JUAN DEL RIO MARTÍN

Querido D. Juan,

Ahora que ya está en el cielo junto a mi abuelo, hijo de Ayamonte como usted, dígale de mi parte que lo quiero. Yo que no tuve la suerte de conocerlo, llevo esas gotas de sangre ayamontina que me lleva a la tierra de donde procedo.  Él encontró en Jerez su destino y el destino quiso que los jerezanos tuviéramos la suerte de tenerlo a usted como obispo. 

Imagino cómo la Virgen de las Angustias, patrona de esa hermosa tierra que también considero como mía, le habrá recibido sonriente a las puertas del Paraíso. Ya no importa los días de agonía por la enfermedad, por el sufrimiento, por el llanto. Porque Ella, que sostenía en sus brazos a su hijo muerto bajado de la cruz, ya no siente dolor humano, sino gozo eterno por tenerlo vivo eternamente.

No quedarán en vano, querido obispo, la entrega de una vida dedicada a curar las almas de los que peregrinamos por este mundo. No serán inútiles las palabras de aliento, las de perdón, las de misericordia del siervo de Dios que consagró su vida a servir a sus hermanos. No dejarán de dar fruto las horas, lo días, los años, dedicados sin descanso a pastorear el rebaño que Cristo le encomendó.

Aún resuenan en mis oídos como un eco que recuerda mi alma, las últimas palabras que pronunciara en San Mateo cuanto tuvo la gentileza de dedicarnos esa Solemne Función Principal de Instituto del 18 de marzo de 2018.   Ese templo que tanto nos costó levantar de sus ruinas y para el que siempre contamos con su apoyo y entrega, recibió jubiloso al que fue nuestro prelado durante ocho grandiosos años. Bien sabemos que guardaba  en su despacho con cariño ese cuadro con nuestros Titulares que le entregamos aquel día.  Le aseguro que sabremos poner en práctica todo lo que nos encomendó y seguiremos llevando nuestra hermandad, todas nuestras hermandades, por el verdadero camino que lleva a la salvación.

Quiero que sepa, D. Juan, que aquí queda mucha gente que lo quiere y que llora su partida, especialmente un peluquero de obispos y de miles de jerezanos que aún tenemos la suerte de tener entre nosotros.  Pero quédese tranquilo, que no lloramos de pena, sino de alegría porque, como usted nos dijo “Hay que encajar las sorpresas buenas y malas que nos da la vida” y, con usted allá arriba, será más fácil encajarlas a los que aún caminamos por este valle de llanto.

Ya que ahora podremos rezarle, pídale  al Señor de nuestra parte que nos ayude a andar el camino que usted nos mostró. Así volveremos a vernos cuando su Virgen de las Angustias nos reciba en la puerta del Cielo.

Paco Zurita

Enero 2021