FELIZ NAVIDAD

Paco Zurita
Navidad 2021

Puede que esperes, hermano,
salud, riquezas y amor.
Si no lo quiere el Señor,
sabes que esperas en vano.
Pero si vas de su mano
y confías de verdad
hallarás felicidad
en aquello que Dios quiere
porque fuere lo que fuere
Él te espera en Navidad

PICCOLO

Hay personas que convierten la calle en un lugar más hermoso, más placentero, más humano. Son aquellas almas únicas que disfrutan de la vida y hacen de ella una pasión y un arte que transmiten de forma natural  a los demás. Y hoy,  que ansiaba un rato de evasión y dejarme embriagar por  la preciosa mañana de otoño jerezano, me escapé fugazmente de mi oficina deambulando por calles aledañas. Ya de vuelta,  quizás resistiéndome a volver a la rutina, me paré un buen rato a charlar  con mi amigo Manolo Romero Barragán.

En plena calle Larga, frente al arco de la de Gravina, mi amigo se planta cada mañana con su caballete y su ristra de pinceles para dibujar con acuarelas el alma de Jerez. Tan bien  la retrata con sus prodigiosos  trazos de colores que, no sólo cautivan a nuestros ojos, sino a los cinco sentidos de todos aquellos que reconocemos  a qué sabe, a qué huele, cómo suena y cómo eriza la piel  la magia  y el hechizo  de nuestra tierra.

Cada lámina pintada por Piccolo, que así firma sus obras adoptando el segundo apellido de su madre, es un diálogo vivo entre sus personajes y evoca lugares, tiempos y vivencias que afloran generosas desde lo más profundo del propio ser. Son escenas que cobran vida y que se salen de la propia obra para compartir con quienes las contemplan innumerables recuerdos, palabras y sensaciones  que Piccolo expresa con cada trazo.  Escenas que aprendió a amar de niño de la bodega donde trabajaba su padre, del tabanco que regentaba su abuelo, de toros y de Flamenco, de doradas albarizas y de azul Guadalquivir de su Sanlúcar paterna.

De ascendencia  italiana lleva ese apellido  “Piccolo” que significa “pequeño”y  que él  ha hecho “grande” con cada una de sus obras; un prodigio de arte y de puro ensueño pictórico.  Y como  uno de tantos artistas jerezanos que rebosan talento que emana de una manantial de grandeza ancestral, sólo rascando un poco en su piel de inocente modestia, quedé aún más absorto y perplejo cuando, móvil en la mano, fue mostrándome los óleos que lleva cincuenta años pintando; Y era un tesoro escondido…… Lienzos de oscuros grises donde surgen con fuerza luminosa aquellos elementos principales que el artista resalta con armonía portentosa.   Mientras yo me admiraba, él me confesó con pasmosa humildad que ya había expuesto en varias ocasiones  pero que prefiere la calle y las láminas de acuarelas que, al pesar menos que los incómodos lienzos, lleva y vende con mayor facilidad.  Y si los ingresos de su pintura flojean, retoma su trabajo de guardia de seguridad para salir del bache.

Caprichos de un ciclista  de la quinta de Perico Delgado  que obtuvo grandes premios con las dos ruedas y que sigue pedaleando por la vida a golpe de pincel, libre ante el viento y siempre con una sonrisa en la cara. Excepcional cualidad de los bohemios que viven con lo justo y hacen justo lo que quieren para ser felices.

Me volví a mi rutina entre las cuatro paredes  de mi oficina, alumbrada con neones y ventilada por las rejillas del aire acondicionado. Me quedé pensando en él, en la vida y en lo que verdaderamente importa. En ese deseo de prolongar la placentera sensación de respirar aire fresco y naranjos en plena recolección, abrí el rollo de acuarela que me regaló minutos antes; un trozo de Jerez y de su vida, dibujados por un verdadero artista que algún día valdrá un imperio.

Paco Zurita

Noviembre 2021

MANUÉ

Apartados del  bombardeo mediático al que nos someten en Halloween con sangrientos cadáveres y de niños martilleando de forma inmisericorde los timbres de nuestras puertas hasta fundirle los plomos, aún quedamos muchos a los que nos sigue apeteciendo celebrar con frutos secos el día de todos los Santos.  Y así, con el deseo de celebrar la vida de los que están allá arriba y no los muertos vivientes que nos fastidian aquí abajo,  tras tantos meses de pandemia, este pasado día 1 de noviembre disfrutamos en nuestra casa de hermandad de una  entrañable convivencia que rematamos con unas deliciosas castañas asadas.

En Jerez, en esta época del año, proliferan los asadores de castañas que inundan de humo y de aroma las calles y plazas de nuestra ciudad. Fruto de un arte heredado de los mayores, los castañeros jerezanos utilizan una técnica que convierte la áspera textura del fruto  crudo del castaño  en un manjar exquisito.  Y aunque parezca sencillo a simple vista, sólo los más experimentados consiguen el asado perfecto que hacen del proceso una verdadera obra de arte.

Ávidos de disfrutar del manjar en nuestra propia hermandad, me dispuse a buscar a uno de estos artistas de la castaña que estuviera dispuesto a llevarnos a domicilio los artilugios y su destreza para deleite de pequeños y mayores. Y con ese propósito recorrí calles y plazas recibiendo corteses negativas por respuesta. Ninguno quería perder el sitio que se había ganado a pulso en cada rincón de Jerez. Todos menos…. MANUÉ.

Era ya de noche,  víspera de Todos los Santos y Manué estaba en su humeante puesto meneando hábilmente la cazuela con las castañas que asaba cuando paré mi coche para jugar mi última carta.  Me acerqué decidido y, tras escuchar mi honesta proposición, me miró con ojos bondadosos y me preguntó; ¿A qué hora queréis las castañas porque aquí tengo que estar de vuelta a las seis de la tarde?  

Pues a las cuatro estará bien, le dije, deseoso de fichar al artesano para  que nos preparara el manjar tras la comida.

Y como un clavo, a las tres de la tarde llegó Manué, con el tubo y el carbón, la cajas y las rejillas, las castañas y su arte para que  a las cuatro todo estuviera a punto para convertir los ásperos frutos en manjar de dioses.

Me decía mientras trabajaba que nunca le ha faltado la faena. Que en los setenta y tantos años que tiene de vida, ha hecho de todo; coger higos chumbos por las mañanas y venderlos pelados  en una playa,  peinar los campos en busca de tagarninas  y venderlas limpias en  la plaza  al alba. Recolectar montañas de azufaifas que hacían las delicias en la feria. Hacer picón en invierno y la vendimia en otoño, vender cacahuetes y almendrados en primavera o camarones en el tórrido verano. Y así desde que era un niño, sin saber leer ni escribir pero “bien puesto” en cuestión de cuentas para no lo engañara nadie como me dijo orgulloso y sonriente. Y añadió, el quiere trabajar… trabaja. Y esta tierra, añado yo, la gente trabaja un montón.

La sobremesa fue deliciosa gracias a Manué, a sus historias y a sus castañas. Y mientras compartíamos cartuchos de esas delicias calentitas,  nos acordamos de todos los seres queridos que ya están en el  cielo y que, a buen seguro, se alegran en la distancia con nosotros.

Paco Zurita

Noviembre 2021

A ti, Mercedes

La naturaleza le regaló una extraordinaria belleza y la vida bienes y posición social al alcance de muy pocos. Pero el regalo más hermoso que recibió Mercedes fue el que el mismo Dios le hizo; un corazón puro y limpio con el que saber disfrutar de los dos anteriores. Y es que no todos saben aprovechar los talentos que hemos recibido en la vida y devolverlos al Señor multiplicados como él espera de nosotros.
De la afabilidad y del saber estar en cada momento y circunstancia hacía Mercedes la quintaesencia de la elegancia, sin importar si era “grande” o si era “chico” el ser humano que se cruzara en su camino. Simplemente se sumergía en el mundo que la rodeaba y con él entablaba una relación fácil y prodigiosa, haciendo de su interlocutor un ser afortunado. Y así la recuerdo siendo yo muy niño; limpiando plata en la casa de hermandad, preparando bocadillos para un acto benéfico o dejándose las manos en las púas de los cardos que adornaban el paso del Señor de las Penas. De igual manera atendía a dignatarios, ministros, obispos o personas de alta alcurnia que aún se sentían más importantes y dichosos por conocer su talento y gozar se su amistad.
Los bienes materiales que nos tocan en esta vida son un instrumento que adquieren su verdadero valor cuando se saben emplear bien. Porque hay unos que hacen de lo poco, mucho, y otros de lo mucho, poco. Y sólo aquellos que saben valorar al ser humano por lo que es y no por lo que tiene, son los que poseen el verdadero tesoro de verse reconocidos por lo que son.
Y cuando se para el reloj de esta vida basta mirar a nuestro alrededor para hacer balance de la misma. En ese último adiós estaba todo un elenco de almas expectantes que supieron verse amadas por su riqueza interior y que tan naturalmente ella sabía apreciar. La de la voz quebrada que le cantaba por bulerías, el del capote templado de medias verónicas, el del fino humor de alegres veladas, el que se sentía honrado cuando probaba sus tapas, el de impoluta chaqueta que admiraba su clase o el de porte desgarbado y humilde que también compartió su mesa. Allí estaban todos…. Y los que no estaban en la iglesia de San Mateo, porque no se cabía, lloraban en silencio sus recuerdos de aquel hermoso ser humano que se nos marchaba.
Y es que Mercedes Domecq Ybarra rompía las barreras que la sociedad impone a los que son esclavos de sus supuestas grandezas, y ella se hacía aún más grande haciéndose más pequeña, dándoles su sitio a todos, regalándoles cariño y confianza adornadas con su hermosa y encantadora sonrisa.
Pues sí, Dios le dio muchos talentos a esta gran mujer y bien sabía Él a quien se los daba porque al término de sus setenta años de vida, compartió buena parte de ellos con los que menos habían recibido, repartió amistad y alegría, fue esposa de su esposo, madre de sus hijos y señora, siempre señora en su hermandad y en la vida. Y tras repartir la mayor parte de esos talentos entre tantos hermanos, aún le quedaron los justos para el Señor de las Penas. Los que Cristo, en la desnudez del Calvario, sólo espera y desea que le devolvamos el día de nuestra partida; un simple manojo de cardos florecidos para ponerle a los pies de su peña eterna.

octubre 2021

Paco Zurita

LA CULTURA DE LOS TOROS

Con la gracia única y universal de la gente de mi tierra, me quedé pensando en la imagen de un toro luciendo flamenca mascarilla en el bar “Las Banderillas” de Jerez.  Y es que ignorantes de nuestra historia o  temerosos de nuestra fuerza en común,  muchos preferirían que fuera bozal para que no hable y diga lo que piensa.

Probablemente el llamado toro de lidia o toro bravo (Bos primigenius taurus) sea el mayor punto en común que tenemos, no sólo los españoles, sino todos los pueblos que conforman   la península ibérica. Y es que es difícil no encontrar su huella e influencia en cualquier pueblo de nuestra geografía peninsular.  Quizás por ello, a pesar de estar enraizada en las costumbres y fiestas populares de cada rincón de España, independentistas y alérgicos a cualquier cosa que nos una, hacen cuanto esté en sus manos por acabar con él. Eso sí, de cara a la galería,  porque se siguen celebrando más de 450 “correbous” en Cataluña demandados y aclamados por muchos catalanes.

El emblemático toro bravo tiene en las tierras hispanas el último reducto de supervivencia de una especie desaparecida en el resto de Europa, que prefiere bovinos más tranquilos, de carne más tierna y, sobre todo, más barata de producir.  Al fin y al cabo, los toros de lidia viven en libertad a “cuerpo de rey” pastando en grandes dehesas de verdes pastos.

Es la fiereza  y orgullo de ese toro bravo el que ha cautivado  a nuestra España a lo largo de la historia y que ha llevado a muchas generaciones a preservar su especie, constituyendo el culto al toro, elemento privilegiado en  nuestra cultura y arte populares.

Nos guste o no nos guste, ese casi mitológico animal forma parte de nuestra vida cotidiana hasta en los más mínimos detalles.  El toro es ensalzado por pintores, poetas, escultores, músicos o actores. Su presencia se deja sentir en bares, restaurantes, museos, prendas de vestir, marcas, emblemas, recuerdos turísticos, publicidad… Y  hasta ha sido “indultado” de nuestras carreteras el famoso toro de Osborne, como única publicidad permitida en los campos de España.  De su mundo viven miles de personas que encuentran en torno a él un modo de vida que sitúa a nuestro país como destino turístico por sus muchas fiestas en torno al toro reconocidas internacionalmente.  No son pocos los artistas e intelectuales de todo el mundo (de izquierdas o de derechas) que han ensalzado su cultura y han mostrado su admiración por su mundo.

Pero claro, con la excusa de la barbarie que representa su lidia, muchos ignorantes se muestran beligerantes contra la tauromaquia y no tienen los “bemoles del toro” para denunciar verdaderas aberraciones y barbaries que se comenten contra seres humanos aduciendo motivos de respeto a otras culturas o religiones. Y, así, mujeres  son sometidas a mutilaciones genitales, privaciones de libertad, discriminación, sometimiento sexual y otras atrocidades que harían vomitar al mismísimo toro bravo que, al fin y al cabo, tiene más honor y vergüenza que esos mudos aquiescentes .  Y creyéndose los únicos jueces de lo que es Cultura o lo que no, excluyendo los espectáculos taurinos del lote cultural, apuestan por unos productivos bonos para jóvenes que, saliendo de nuestros maltrechos bolsillos, prometen pingües beneficios electorales. Quizás algunos de esos jóvenes tengan la nobleza del toro y embistan contra tan burda manipulación de sus conciencias porque el orgullo ibérico sigue fluyendo por sus venas.

Antes que morir como un pato al que revientan el hígado a base de sobrealimentación para hacer el mejor foie gras, el toro preferirá morir luchando en una plaza tras años de buena vida en libertad. Y es que su existencia depende de la admiración y respeto que siente la mayoría de los españoles por ese bello y noble animal.

Paco Zurita

Octubre 2021

AQUELLOS FIEROS CALZONCILLOS

Gracias a Dios empezamos a recuperar la normalidad en nuestras vidas y este pasado fin de semana pudimos disfrutar de las Bodas de Plata de unos queridos amigos. Ávidos de buenos ratos y risas, reprimidas durante tanto tiempo, gozamos en la mesa compartiendo viejas historias y contando anécdotas de aquella época vivida veinticinco años atrás.
El vino de Jerez, además de bueno, rico y saludable, hace aflorar recuerdos entrañables y secretos inconfesables, que bebedores de otros líquidos más insípidos, como decía Shakespeare, nunca podrán entender. Y, con sus prodigiosas propiedades coadyuvantes de la locuacidad, uno tras otro fue escarbando en los recuerdos de aquella época…… Y, así, enlazando temas, empezamos hablando del desaparecido y añorado Cine Jerezano, para acabar haciéndolo… ¡¡¡De los calzoncillos de mi noche de bodas!!!
El cine jerezano se inauguró en 1948 y, a pesar de estar protegido por la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía, languidece entre telarañas de olvido. Antes de cerrar sus puertas en 1998, era un lugar de obligada visita para los amantes de la gran pantalla y acogía los estrenos más esperados. En 1993 muchos jerezanos acudíamos a su sala para para la ver la proyección de la famosa película de Steven Spielberg “Jurassic Park”, que marcó toda una época y ejerció una notable influencia en la sociedad y cultura de aquel entonces. Por lo menos en la mía… Y es que hasta que contraje matrimonio en 1995, los únicos calzoncillos que había llevado puestos en mi vida eran aquellos clásicos “Ocean” de impoluto color blanco e ingeniosa abertura cruzada que facilitaba enormemente las maniobras propias de la micción masculina.
Quizás pensando que para una noche de bodas no eran los más apropiados, mi abuela y tías abuelas, siempre pendientes de mi felicidad, quisieron asegurar el éxito de tan novedosa empresa para mí. Y con estas intenciones salieron de compras para actualizar mi vetusto vestuario íntimo y, aconsejadas por el dependiente de turno, optaron, muy a pesar suyo, por adquirir unos modernos y sugerentes calzoncillos estampados con los simpáticos animales de la película de Spielberg. Apretados al contorno y más largos que mis cómodos Ocean, todo el Cretácico animal poblaba aquella prenda ajustada e incómoda pero que, según las promesas del vendedor, eran la última moda y haría las delicias de la expectante novia.
No estaba yo muy convencido del resultado, pero mi absoluta fe en las acciones de mis queridas abuelas, hizo que me abandonara ciegamente en su sabiduría femenina y dejé en sus manos el destino y éxito de la noche más esperada. Dispuesta mi maleta para el viaje de novios en la casa que iba a ser nuestro hogar, mi aún novia no pudo reprimir la curiosidad de inspeccionar el contenido del equipaje y, según me confesó años más tarde, descubrió con horror aquellos calzoncillos que no hacían presagiar nada bueno. Y es que aún frescos en su memoria los terribles recuerdos de la película, todo ese muestrario estampado del Jurásico le infundía ansiosos temores y presentimientos en forma de gigantescos Diplodocus, enormes y aguerridos Tyrannosaurus Rex o fieros y agresivos Velociraptores dispuestos a cazar y a comerse cualquier ser vivo, «o parte de él», que se le pusiera por delante. Bien es cierto que también había Microraptores y Epidendrosauros de menor tamaño incluso que un camaleón y que le permitía albergar ciertas esperanzas de no ser devorada viva…
Pasada la noche de bodas y aliviada de que aquellos negros presagios fueran sólo eso, mis flamantes calzoncillos fueron cayendo en el olvido y convertidos oportunamente en trapos para limpiar metales, prueba infalible de que no eran del gusto de mi esposa. Tampoco volví a usar mis antiguos Ocean porque, ya convencida de que los dinosaurios de Spielberg no existían en la vida real, renovó mi ropa interior con estampados más relajantes para sus gustos y más acordes con la realidad que había encontrado tras ellos. Y , como buen marido,
acataba sus designios sin rechistar y sonreía por dentro porque tenía la alegría de disfrutar de una esposa, del deseo de formar una familia y de emprender una vida llena de ilusiones y proyectos. Y hoy sonreímos los dos, emocionados por esos imborrables recuerdos y conmovidos de que aquellas ilusiones de entonces, bendecidas por Aquel que nos unió, no se hayan apagado veintiséis años después.
Paco Zurita
octubre 2021

LOS LIBERTADORES DE CAUTIVOS

No hay bien más preciado en este mundo que la vida, pero… ¿Qué vida merece ser vivida si carece de libertad? Es por ello, por ese deseo irrenunciable a ser libres,  por el que muchos hombres están dispuestos a perder la vida en aras de alcanzar la libertad.

Antes de que el siglo XII apagara sus luces, un aquitano de nacimiento y barcelonés desde su infancia, ya había sentido en sus entrañas el amor por aquellos hermanos cautivos de otros que rezaban al mismo Dios pero al que nombraban de formas distintas.  Pedro Nolasco era un próspero comerciante que entendió que las riquezas no iban a garantizarnos un tesoro en el cielo y, aprovechando sus continuos viajes a tierras moriscas, empleó buena parte de su patrimonio en liberar a esclavos y cautivos que habían sido hechos prisioneros. En 1218 se le apareció la Virgen como respuesta a sus plegarias, en búsqueda incesante por encontrar el camino que su corazón ansiaba. Y así, la Virgen de la Merced le pidió que fundara una orden para redimir a aquellos seres humanos que, aun conservando sus vidas, habían perdido la libertad.

Muchos fueron los liberados por Pedro y por todos aquellos seguidores suyos que formaron la orden de los Mercedarios quienes, una vez que agotaban todos sus recursos materiales, se ofrecían ellos mismos a cambio de sus hermanos presos.

800 años después, parecen lejanas aquellas mazmorras donde la podredumbre y el hedor de los desdichados eran peor aún que sus cadenas.  Y aunque todavía hay lugares en el mundo donde la miseria y maldad humanas no tienen límites, la mayoría de los países respetan la dignidad de los privados de libertad. Y, sin embargo, más que nunca, estamos necesitados de esas almas nobles mercedarias que renuncian a sí mismos para darse a los demás.

Porque siguen siendo muchas las cadenas y cárceles que nos privan de la libertad que cualquier ser humano merece si no pone en peligro la de los demás. Y no son de hierro sus barrotes o de acero sus cadenas, sino de casi imperceptibles telas de araña que tejen los carceleros del siglo XXI.

Las drogas y las dependencias (móviles incluidos ), la desacralización del alma humana que la lleva a vivir de forma hedonista nuestra vida pasajera, la manipulación interesada a través de medios de comunicación, los poderes públicos que no obedecen al deber de buscar el bien común sino sus propias ambiciones,  el abominable adoctrinamiento ideológico de la infancia, la prostitución y explotación de mujeres por redes de cobardes y viles proxenetas que sacan tajada de nuestros vicios y silencios, los abusos de menores por personas sin escrúpulos pero que muchos conocen y callan, las redes sociales manipuladoras de las conciencias más débiles y tantos y tantos ejemplos de privación del derecho a ser uno mismo y a forjarse su propia vida. ¿Acaso no siguen existiendo cárceles y cadenas en este mundo nuestro?.

Hoy, festividad de la Virgen de la Merced, redentora de cautivos y patrona de mi tierra, le pido con fervor que siga haciendo de nosotros un mercedario más y nos unamos a aquella monumental obra de S. Pedro Nolasco de dar libertad para dar vida.  Que sepamos, como él, como ellos,  ver los barrotes y las cadenas que siguen encarcelando a tantos y tantos hermanos. Que también nosotros, con las palabras de Cristo impregnando nuestros corazones, seamos capaces de romperlos y abrirlos de par en par. Y que ayudando a nuestro prójimo a liberarse de sus cadenas, nos liberemos así de las nuestras hasta alcanzar la libertad eterna de Dios.

Paco Zurita

Día de la Merced  2021

LA PRÓXIMA SEMANA SANTA

Ojeando viejas fotos encontré una de mi padre en la que ofrecía al  papa Juan Pablo un cariñoso detalle de nuestra Semana Santa.  Sentí  un cierto pellizco y regocijo, porque estos días hemos empezado a oír voces de optimismo con las primeras procesiones en la calle. Cada vez cobra más fuerza el convencimiento de que nuestras hermandades volverán a procesionar en Semana Santa.

Siento en mi corazón una mezcla de escepticismo  y de alegre esperanza ante la ilusión de volver a ver a nuestras hermandades haciendo estación de penitencia. Pero  a la vez tengo fundados temores de perder todo lo bueno que hemos sabido sacar de la situación provocada por la pandemia.

Y es que ha sido tan grande y generoso el bien que han hecho nuestras cofradías por los más débiles y necesitados. Ha sido tan memorable la unión y fraternidad demostradas por todos los cofrades para con los demás y entre nosotros mismos. Ha sido tan patente nuestra entrega y pasión por hacer de nuestros hermanos el verdadero sentido de la Semana Santa, que habiendo gozado del verdadero sentido de nuestra razón de ser, tengo miedo a perderlo.

Disfrutaremos y volveremos a sentir el latido del nuestros corazones vistiendo la túnica nazarena, llevando en nuestros hombros a nuestros Sagrados Titulares, oyendo desgarradas saetas, asistiendo en los templos a triduos  y septenarios, viviendo la Pasión de Cristo en cada paso, en cada esquina, en cada rincón de nuestra ciudad.

Diremos con voz en grito que vamos a recuperar nuestra Semana Santa y yo gritaré en silencio desde fondo de mi corazón si,  finalmente, quiere Dios que así sea.

Pero también meditaré en mi alma y le pediré a Dios que nunca permita que nos olvidemos de todo aquello que nos hizo más cristianos, más solidarios, más unidos, más iguales, más misericordiosos, generosos y abnegados; más cofrades en definitiva que no es otra cosa que imitar a Cristo hasta donde nuestra pobre naturaleza humana nos permita.  Le pediré a Dios que aprovechemos lo sufrido, lo aprendido, lo vivido…. Y que recordando todas esas experiencias sepamos valorar lo que realmente somos, para qué estamos, qué significamos en el seno de la Iglesia.

Bellas por dentro, como lo hemos demostrado, no dejaremos que esa belleza interior de nuestras cofradías se marchite con el paso del tiempo, víctima de nuestros egoísmos, de nuestras envidias y rencillas, de nuestros errores y miserias humanas.

Sólo desde esa belleza interior podremos deslumbrar los ojos de todos aquellos que nos contemplen en las calles y que aún no conocen la grandeza de Cristo en sus corazones.

Sólo con la ilusión de ser misioneros de fe y esperanza podremos portar la túnica nazarena o de lacerarnos el cuello con la molía con el orgullo del deber cumplido.

Quizás como ese niño Jesús de la foto que viste la túnica rojinegra de los “Judíos” y que hizo sonreír al anciano papa, debemos hacer sonreír a Cristo. Ya sabemos cómo hacerlo y si no lo olvidamos nunca……  ¡Qué hermosas Semanas Santas nos esperan!

Paco Zurita

Septiembre 2021

La ermita de la Algaida

Hoy, aburrido del letargo veraniego y expectante de luz en mi alma sombría, salí en coche sin rumbo fijo, dejando que el azar o mi oculta voluntad eligiera cada calle, cada camino, cada encrucijada. Remontado el río desde la Calzada sanluqueña y serpenteando por senderos escondidos para los foráneos, llegué a Bonanza y la dejé atrás por donde el Guadalquivir se viste de verde de Doñana y de blanco de Salinas. Me detuve a tomar café en una taberna de la Algaida y, sin mucha demora, proseguí mi camino sin saber bien lo que buscaba o hasta dónde llegaría en mi ansiosa búsqueda.
Llegué a los pinares hermanos de aquellos al otro lado del río, siguiendo por un camino abrupto y polvoriento que partía en dos el verde paraje y, al final del mismo, me encontré una ermita cerrada y solitaria a la que se llegaba ascendiendo por una escalinata que atrajo mi anhelante alma. Como la ermita, esa alma mía se encontraba sola buscando una voz que la despertara de su embriaguez y hastío.
Me detuve en una de sus ventanas, acercando mis ojos a la oxidada celosía para que mis pupilas se acostumbran a la oscuridad interior y pudieran ver qué había tras esos muros.
Olía a flores frescas pero también marchitas y a ese inconfundible aroma de un lugar de culto donde aún quedaban recuerdos de inciensos quemados y de velas encendidas y apagadas hacía ya mucho tiempo. Y, poco a poco, fue haciéndose visible la imagen de una Virgen con un niño y lo que parecía un crucifijo tumbado sobre la mesa de altar. Oré un rato a través de la celosía y me marché de allí sin encontrar eco a mis retóricas plegarias.
Salí de los Pinares por la maltrecha carretera del práctico hasta llegar a un embarcadero ya en tierras de Trebujena. Aún bajaba la marea y la corriente erosionaba los lodos de las riberas tiñendo como de chocolate los bordes del gran espejo azul del río. La belleza y soledad que imperaban me acercarían a buen seguro a la luz que andaba buscando. Y allí estuve un buen rato contemplando esa belleza y rebuscando en ella la paz de mi alma, pero no encontré nada. Me volví a Sanlúcar decepcionado una vez más por no haber hallado lo que buscaba.
Pensando en mi aciaga jornada, pero ansioso por saber más de aquella capilla, busqué en internet algo sobre esa emita. Me enteré que está consagrada a la Virgen de la Algaida y que desde tiempos ancestrales todo aquel lugar se consideraba sagrado. En la antigüedad, el río bañaba los pinares y las dunas, formando islas y, en una de ellas, los fenicios levantaron un santuario. Los pobladores, marineros y pescadores en su mayoría, buscarían a su amparo un bálsamo para sus preocupaciones e inquietudes. Sin saber por qué, busqué en aquel lugar lo mismo que el ser humano ansía desde que tiene conciencia; A DIOS.
A aquel lugar me llevó su suerte como una marioneta que mueve con sus dedos. Torpe, pasé de largo y seguí absurdamente buscando, sin percatarme entonces que Él me llevaba todo el tiempo y que Él estaba conmigo. Me dejé embriagar por el recuerdo del manso fluir del río y sentí un profundo bienestar imaginándome en sueños que esa corriente me abrazaba y me llevaba.

Sonreí.

Paco Zurita
Agosto 2021. Sanlúcar

LUNA DE DIOS

¡Ay luna de medianoche!
que de sol, tú, te amamantas
Él, ya cansado, se acuesta
y tú, alegre, te levantas.
Es la vida ¡Luna mía!
¡Del que ríe, del que llora!
Que el sol que muere y te adora
y te alumbra en su caída
lo hará siempre, cualquier día,
cada instante, cada hora.
No importa si lo ofendiste.
No importa, luna, eso ahora;
desde el día en que naciste
esa luz que te reviste
de blanco como la aurora
es la de Dios en la cruz
que, por darnos esa luz,
murió por todos, ¡Señora!

Paco Zurita
Julio 2021