POPEYE

El Primer coche que tuvieron mis padres era un Renault 4L al que llamamos  “Popeye”.  Tenía el color de un cielo encapotado, un perfil grácil y ligero,  apariencia frágil y delgadez extrema pero su noble corazón de hierro  nos llevaba a todas partes con diligencia y seguridad. Al igual que el marinero de la pipa y de las espinacas que le dio nombre, nuestro endeble coche se volvía fuerte y vigoroso cuando ingería gasolina Súper.  Él se conformaba con la barata pero, mi padre decía que a Popeye le gustaba de la buena.   ¡¡Y vaya si respondía a las espinacas de 97 octanos de la  CAMPSA!!

En aquellos años de 1970, Jerez era muy distinta y a los coches se les permitía transitar por casi todas partes. A Popeye le encantaba pasear por la Calle Larga y por la plaza Plateros  o quedarse paciente en doble fila en la plaza del Arenal mientras mi padre arreglaba papeles en la gestoría del Señor de la Puerta Real. En septiembre, durante la Feria de la Vendimia, nos llevaba hasta la misma entrada de la caseta del Casino Jerezano y se quedaba en el albero, bajo la sombra de los árboles del parque, ´hasta que regresábamos a su lado con algodones de azúcar en las manos y algún que otro capricho de los puestos ambulantes. Me encantaba ver el del Tío de la Bota, que tenía unos vendimiadores que pisaban un lagar y del que salía un vino que debía de estar muy bueno.  Disfrutaba con las excursiones al campo y se adentraba tierra adentro hasta encontrar la sombra de un acebuche o de una encina que nos permitiera sacar las fiambreras y echarnos una siestecita después.

En verano nos llevaba hasta la misma arena de la playa abriendo sus ventanas correderas para hacernos el trayecto más llevadero sobre sus duros asientos. Yo afortunadamente iba blandito encima de las generosas y confortables piernas de mi abuela que me agarraba con determinación a falta de cinturones de seguridad. A veces, mis hermanas y yo íbamos en el maletero que Popeye nos habría generoso cuando había que llevar a algún invitado imprevisto. No le importaba el sobrepeso y rugía con sus espinacas de gasolina Súper muy agradecido. Si algún vecino del campito se ponía enfermo, siempre dispuesto a hacer un favor,  hacía de improvisada ambulancia hasta el hospital  de Santa Isabel que había en la calle Merced; Pronto lo cerraron e íbamos a otro que abrieron en las afueras y que llevaba el mismo nombre del gran general jerezano que hay en la plaza del Arenal.    Por carretera se comportaba con un campeón y llegó a visitar la Cibeles varias veces, con mis hermanas y mi abuela en sus entrañas….  No era delicado y, si tenía que pisar charcos o pasar por los baches del barrio de San Mateo,  Popeye lo hacía sin rechistar pues sabía que mi padre le dejaría sus paragolpes niquelados y su delicada piel gris como nueva; después de todo, era muy presumido.

Avisaba con una voz aguda y divertida, generosa y alegre, parecida a que después oíamos en los dibujos  animados del Correcaminos. Si pinchaba, mi padre lo elevaba con un gato de manivela y le cambiaba sus zapatos que le arreglaban en la calle Córdoba.

Con los achaques de la vejez se recalentaba y le chirriaba el portón del maletero. El chirrido se acallaba con un esparadrapo en la cerradura que hacían más leves sus chillidos y,  sus fiebres,   con un termómetro que le colocó el mecánico permitiéndonos así detectar sus calenturas y darle  agua a tiempo.

Pero un día, al viejo Popeye se le rompió el corazón de acero y ya no pudo arrancar más. Había que jubilarlo y mi padre le retiró su medalla de la hermandad del Desconsuelo que siempre colgó de su espejo retrovisor.

Recuerdo aquella tarde en la que grúa que se lo llevó con sus redondos ojos brillantes mirando hacia nosotros, sabedor quizás que era su última mirada a la familia que lo había querido tanto.

Tras su partida tuvimos más coches, más caros, más bonitos y más confortables pero ninguno pudo hacer que nos olvidáramos de  nuestro Popeye que nos hizo la vida más fácil y más hermosa en aquellos entrañables años.

Paco Zurita

Marzo 2020

LA GALLINA MATAHARI

Mi padre  en aquellos años  dirigía la oficina de la Caja de Ahorros de Jerez de Guadalcacín. Había sido maestro, secretario del ayuntamiento, librero y muchas más cosas en aquella entrañable pedanía jerezana. Guadalcacín era un pueblo de colonización en tierras de Caulina entre Jerez y el aeropuerto de la Parra que quedaba muy cerquita de nuestra casa en la carretera de Sevilla. Buena parte de sus habitantes venían de pueblecitos de Granada y de otras partes de Andalucía en busca de una tierra que le diera nuevas oportunidades.

Todo el mundo conocía a D. Santiago y Santiago conocía a todo el pueblo. Con su manera de ser, ayudó a mucha gente a conseguir sus proyectos y sus sueños y a superar sus problemas financieros. Muchos habían sido alumnos suyos y,  el maestro conocía tan bien cómo era cada uno de ellos,  que no necesitaba de los modernos “scorings” para tomar una decisión sobre el riesgo.

Los colonos de aquellas tierras de colonización eran gente trabajadora y agradecida que daban lo mejor que tenían, aunque fuera poco lo que tuviesen.  A mi casa llegaban patatas, lechugas, rábanos….. y gallinas.

Un buen día llegó mi padre con una collera de pollos ingleses de preciosos colores que pasaron a habitar de inmediato el gallinero que estaba ya en desuso.

El amor que se tenían los dos pollos o la necesidad por no tener otra opción,  dio fruto y la collera tuvo descendencia. Vinieron los hijos, los nietos, los bisnietos….. y un montón de pequeños huevos que nos comíamos para controlar la población y que el coste del pienso fuera asumible.

La vida era feliz en el gallinero, con un orden establecido de gallos y gallinas, hasta que otro buen día mi padre vino con una gallinita muy distinta. Si pequeños eran los ingleses, la nueva muchachita, de una especie americana,  era diminuta.  Se la regalaron como algo muy especial y, en verdad que lo era.  No tenía los hermosos colores de las inglesas,  pero enseguida nos percatamos que atesoraba  un encanto que la hacía única.  Aunque temerosos por la acogida que podría tener la jovencita entre el resto de gallinas ya curtidas en mil batallas y su posible linchamiento por el clan, no tuvimos más elección que internarla en el gallinero para que afrontara su fatal desenlace.

Su llegada provocó una verdadera tormenta en el, hasta ese momento, plácido gallinero. Las hembras, una a una, fueron probando las ocultas habilidades de la americana que se convirtió en la preferida de los machos que, ensimismados por tantas finezas, cayeron rendidos ante la exótica gallinita. Era chiquitita pero matona y afrontaba las picaduras de las más grandes con  habilidosos y rápidos saltos que cogían a las veteranas por sorpresa, de tal guiso que no paraban de recibir avisos en forma de acertados picotazos en sus crestas. Los pollos tenían claro que esa pequeña experta en artes marciales gallináceos debería ser la madre de sus hijos y pujaron sin miramiento por sus favores ante la resignada mirada del resto de muchachas que habían perdido sus galones.

Mi abuela, con su pícara e innata sagacidad, enseguida se dio cuenta de que la enana hacía valer sus encantos ocultos a los acalorados y enamorados gallos y bautizó a la gallina como “Mata Hari”.

Pronto “La Mata Hari” se convirtió en la reina  del gallinero y fue madre, abuela y bisabuela de las generaciones posteriores que, aunque de menor tamaño que las inglesas, tenían hermosos colores y ponían diminutos huevos que estaban deliciosos.

En 1978 una fuerte tromba de agua asoló Jerez y nuestro campito no se libró de la misma. La riada fue tan grande que el agua alcanzó un nivel de casi dos metros en el gallinero, cogiendo a nuestras gallinas por sorpresa, atrapándolas irremisiblemente. 

Cuando bajaron las aguas y pudimos entrar en el corral, entre el lodo apareció inerte el cuerpo de la gallinita americana que había vuelto locos a los pollos ingleses. Esparcidos por el suelo embarrado, fueron apareciendo para nuestro pesar, los cuerpos sin vida de todas las gallinitas. Tan sólo un gallo, que pudo alzar el vuelo antes de la riada, miraba con dolor el triste espectáculo desde las ramas de la vieja morera.

Cuando volvimos a la casa, entre lágrimas contenidas, contemplamos el recuerdo postrero que nos dejó la intrépida americana; Un cesto con los últimos huevos que puso la Mata Hari antes de alzar su último vuelo en esta vida.

Paco Zurita

Febrero 2020

EL MULO DE DOMINGO

No muy lejos de Caulina, cerca de Cañada Ancha,  vivía mi familia donde teníamos una casa de campo y un buen trozo de tierra donde la hierba crecía salvaje y generosa al llegar las primeras lluvias.  Mis padres no cultivaban la tierra y el único fruto que obteníamos de ella eran caracoles que abundaban en el mes de mayo y flores silvestres que adornaban los santos de mi abuela.

No tardó mucho tiempo Domingo, que así se llamaba el protagonista de esta historia,  en darse cuenta del manjar que podrían degustar sus vacas y pidió permiso a mis padres para segar la hierba de la finca.

Siempre dispuestos a hacer un favor a quien hiciera falta, mis padres accedieron a su petición y cada semana, el bueno de Domingo llegaba con su carro tirado por un solitario pero robusto mulo.  No faltaba nunca a la cita y poco a poco fue dejando calvo con su hoz el verde cabello de nuestro campito. Agradecido el hombre, nos dejaba un par de botellas de leche recién ordeñada. No hay precio que pague tan exquisito manjar que dejaba los vasos turbios de nata, un profundo e intenso sabor en el paladar y  el inconfundible olor de la leche natural que aún inundan mis recuerdos.

No quedaban ahí los beneficios de tan gratuita cesión de hierba, pues el buen hombre, mientras la segaba, dejaba a su mulo disfrutar del campo y despacharse a  gusto y, antes de engancharlo de nuevo, nos daba a mis hermanas y a mí una vueltecita en el noble animal. En nuestra tranquila y sosegada vida, libres de Play Station y otros artefactos inútiles, la vueltecita en el mulo era todo un acontecimiento, que nos aseguraba un rato de diversión.

A la caída de la tarde, Domingo se marchaba con su carro rebosante de fresca hierba que iba esparciendo  por el camino y por la carretera de vuelta.

Nos quedábamos mirando el lento caminar del animal hasta que desaparecía en el lejano horizonte de Cañada Ancha camino de Caulina, como va perdiéndose lentamente el recuerdo de nuestra más tierna infancia.

Ya mi madre estaría hirviendo la leche de esas vacas que se comían nuestra hierba pero que nos daban tantas satisfacciones y alegrías.

Ya no quedan vaquerías en Caulina,  ni trabajos como el de Domingo en busca de hierba fresca con un carro tirado por mulos. Se van perdiendo esos oficios, llenos de esfuerzo y sudor, que forjaron el bienestar que hoy tenemos, las comodidades que disfrutamos y las diversiones que la sociedad nos ofrece.

Pero no deben perderse esos valores que nos hicieron más fuertes, más humanos, más conscientes de lo que somos y de lo que debemos ser como personas.

Paco Zurita

Febrero 2020

TIEMPOS DUROS

Vivimos tan ensimismados mirándonos el ombligo de nuestros problemas que no somos capaces de levantar la mirada y ver que los demás también sufren y padecen. Nos lamentamos una y otra vez de los duros tiempos que nos ha tocado vivir, de las dificultades de nuestro trabajo, de las presiones a las que nos somete la vida. Las enfermedades y las desgracias vienen solas y sólo nos queda afrontarlas con resignación. Pero muchas de las frustraciones que siembran nuestra infelicidad son fruto de exigencias y expectativas que nosotros mismos nos forjamos como falsos instrumentos de la felicidad.

Afirmo, sin temor a equivocarme, que la mayor satisfacción que me aporta mi trabajo es tratar con muchas y distintas personas. De cada una de ellas he aprendido a lo largo de mi vida muchas lecciones y he tenido motivos para la esperanza, dándome cuenta de  los valores a los que renunciamos, sencillamente porque no los vemos.

Quizás el hecho de haber crecido entre personas de avanzada edad me ha dado un don especial para tratar ellos.  Cada anciano es una enciclopedia en la aventura de la vida y siempre me entrego encantado a deliciosas conversaciones cuando la ocasión se muestra propicia. Y de empezar a hablar de sus asuntos financieros a otros de más índole humana sólo hay un pequeño trecho que es fácil de recorrer cuando existe voluntad por ambas partes.

Hace ya muchos años conocí a un cliente de Arcos de la Frontera que me dio una lección magistral sobre la dureza del trabajo en tiempos más difíciles que los que ahora vivimos.

No estaba mal pertrechado, económicamente hablando, pero sus arrugas en la frente advertían que su vida no había sido precisamente fácil.

Yo le decía que mi generación vivía estresada, agobiada por objetivos y exigencias de una vida a la que le pedíamos demasiado. Que, tras acabar la jornada de trabajo, muchos empleados del sector financiero no conseguíamos desconectar de nuestras preocupaciones. Él escuchaba pacientemente; es una de las grandes virtudes de las personas mayores.

Me miró comprensivo y con una inmensa y tierna sonrisa me dijo:

“Cuando yo tenía unos quince años, tenía que ayudar a mi familia a salir adelante.  Cada mañana me levantaba  a las cuatro de la mañana para ir a la lonja de El Puerto de Santa María a comprar pescado y estar de vuelta a medio día para venderlo en Arcos”.

Viendo que yo me quedé pensativo, quizás preguntándome cómo un chaval podía conducir los más de 50 kilómetros que separan las dos localidades sin ser detenido por la Guardia Civil, el hombre, esta vez riéndose, me espetó: 

 ¡¡¡En bicicleta!!!

Recordaba con cariño aquellos días de su adolescencia a pesar del tremendo esfuerzo que le suponía madrugar,  recorrer esa considerable distancia en una bicicleta de piñón fijo,  con dos serones llenos de pescado y renunciar a otras diversiones propias de su juventud.

Yo también sonreía absorto y pensativo, imaginándome a mis hijos haciendo lo mismo, sin  jugar a la Play Station, sin clases de Inglés  o música y  sin tiempo libre para salir con sus amigos. Me imaginaba a nuestros jóvenes a los que damos “de todo” y creen que no tienen “de nada”.

Me imaginaba a este anciano con quince años cruzando media provincia de Cádiz con una bicicleta para ganarse unos cuartos con los que ayudar a su familia, simplemente por una necesidad vital en aquellos tiempos de carestía y privaciones.  Y, a pesar de todo, me reconocía con esa sonrisa en los labios que creció en una familia unida y feliz.

Le di la mano. Le sonreí. Volví a mi quehacer diario dándome cuenta de lo mucho que nos quejamos.  Quedé feliz y convencido de que los tiempos que nos ha tocado vivir serán más o menos duros en función  de cómo queramos  verlos.

Paco Zurita

Febrero 2020

LA HUMANIDAD CREA VALOR

Los tiempos cambian y, lejos de buscar la robotización humana, se busca la humanización de los robots.  El hombre lleva muchas décadas tratando de sustituir la participación humana en diferentes tareas  por máquinas capaces de llevarlas a cabo con ahorro de tiempo y costes.  Las máquinas trabajan sin descanso, no se ponen en huelga, no suelen cometer errores,  no piden aumento de sueldo y cuando  hay que despedirlas no hay que ir a una conciliación laboral. Pero, a pesar de los constantes avances por hacerlas parecer humanas, lo cierto es que no son humanas. Esto es un hecho irrefutable que pone en valor nuestra innata humanidad en contraposición con frialdad disimulada de los robots. 

Los avances que se están logrando en hacer más amigables y cercanos a los aparatos informáticos son innegables. Hijos, como son, del talento humano  los dispositivos con sus correspondientes cerebros digitales que diseñan los ingenieros, se pretende que piensen y se comporten como lo haría cualquier ser humano. Quizás algún día el grado de logro en este mimetismo con el comportamiento de las personas sea tal que lleguemos al punto de no poder distinguir a las máquinas de los seres humanos.

Hay libros, películas y una larga lista de artículos que llegan a imaginar un futuro virtual en el que las personas han sido sustituidas por estos ingenios que nacieron para hacer nuestras vidas más fáciles, pero no inútiles.

Me pregunto a dónde llegaremos, dónde está el límite de lo deseable, dónde la frontera de lo conveniente, dónde el punto sin retorno en el que el ser humano ya no sea necesario en este mundo virtual. Porque en esta tendencia que parece inevitable y que puede llevarnos a la desaparición de la fuerza de trabajo humana puede acabar incluso con la propia razón de que el ser humano exista como tal.

Cada vez son más los sectores económicos que están sustituyendo personas por máquinas o por aplicaciones informáticas que ahorran mano de obra. Y esto es bueno porque la eficiencia que logran va en beneficio de la empresa y, por ende, de la economía.  Los cada vez más estrechos márgenes en una competencia feroz y las exigencias de progreso y avances en una sociedad cada vez más globalizada, agudizan el ingenio del ser humano que busca la solución en el ahorro de costes y eficiencia de los sistemas productivos.  En este contexto, puede darse la paradoja que la comodidad y eficiencia que buscamos acabe con nuestro bienestar enviándonos a las listas del paro.              Queramos o no queramos, eso es lo que hay y habrá que buscar alternativas en las que el ser humano cree valor y no tenga sustitutos en una inteligencia artificial capaz de crear por sí misma.  La inmensa mano de obra, en muchos casos valiosa, que queda ociosa por las tareas que desempeñan las máquinas, habría que reconducirla a esas tareas insustituibles y, por tanto, con gran valor añadido que habría que remunerar de forma generosa. Y habría que hacerlo porque, sencillamente, sólo la pueden hacer las personas.

Ante la desazón que pueda provocar vernos caducos o innecesarios porque podemos ser reemplazados por robots, yo enarbolo la bandera del optimismo y de la fe en las personas. Confío  en su talento, en su capacidad de superación y en su imprescindible necesidad de relación con otros seres humanos.

Hoy, en un encuentro con un cliente he podido darme cuenta que, por mucho que la ingeniería avance en lograr robots cada vez más humanos, jamás una máquina podrá sustituir la pasión que inunda el corazón humano.  De avanzada edad, atravesar toda la ciudad en autobús para traerme un pequeño obsequio, simplemente por el cariño y unos minutos de “humana conversación” al margen de la relación meramente profesional, demuestra que las personas seguimos siendo INSUSTITUIBLES.

Paco Zurita

Febrero 2020

LA CUBANA ESTRECHA

 A más de un lector, tras leer el título de este artículo, se le habrá pasado por la cabeza que la trama del mismo se sitúa en la bella ex colonia española o tiene que ver con una belleza de aquella isla. Lamento desilusionarlos en  este caso, pues ni he estado en Cuba,  ni he tenido experiencia alguna con mujer que no sea la mía.  Pero sí que tiene que ver con una experiencia con un desagradable vendedor que me quitó las ganas de comprar una guayabera, también llamada “cubana”.

Para estas latitudes de España, donde vivo, los que nos vemos obligados a llevar traje en el trabajo, tenemos una alternativa para el tórrido verano y que ya vestían nuestros abuelos. Elegante y fresquita, la guayabera es una prenda ideal para ir bien vestido y no caer de un golpe de calor en el mes de agosto jerezano.

La que yo tenía estaba llegando al fin de su vida por una jubilación anticipada provocada por un exceso de tensión en la botonadura.  Decidido a buscar una que no se pegara tanto a mi barriga, acudí a un conocido centro comercial con mi mujer en busca  de una nueva.  Revisé una y otra vez las que vi en los expositores pero no había ninguna que se pareciera a la que buscaba. Harto de buscar inútilmente, logré, no sin esfuerzo, localizar a un dependiente con cara de haberse indigestado con tres platos de berza con toda su “pringá”.

Le expliqué lo que buscaba, señalando mi preciosa y algo apretada guayabera y se limitó a decirme, con un claro gesto de la cabeza, que las únicas que tenían estaban en los expositores.  Le contestamos mi mujer y yo que no era lo que buscábamos e hicimos ademán de irnos. El “simpático” dependiente que seguía sin mejorar de su  indigestión pero decidido a cerrar la venta me soltó de un plumazo:

  • Esa camisa le está estrecha y corta. Bueno, estrecha no, estrechísima y chiquitísima.

 Y con un movimiento de profesional de la costura agarró con dos dedos uno de los botones demostrándome que había poco margen para el movimiento.  No contento con la demostración empírica, me asestó:

  • Además ese modelo que usted tiene ya no se lleva. Éstas son la que están de moda Los que tenemos los tiene usted aquí. Y sin atisbos de mejorar de su supuesta indigestión añadió:
  • Si no le gustan éstas mejor vaya a una tienda con ropa de gente más mayor.

Es cierto que el verano había sido generoso conmigo y que ya no era precisamente joven, pero no me veía ni gordo ni viejo. El habilidoso dependiente me dijo lo que no quería oir….

Mi mujer y yo nos miramos y, coincidentes en nuestros pensamientos, agradecimos su esmerado y amable trato y salimos pitando de allí con la intención de no volverlo a ver más.

Hace unos días, en una oficina de correos, pudimos comprobar cómo el trato agradable y una simple sonrisa pueden hacer verdaderos milagros en el arte de vender.  Hacía tiempo que no remitíamos nada por correo y estábamos un poco perdidos para enviar un paquete a nuestra hija en Londres.  Nos atendió una amable muchacha que sonreía de forma sincera y veraz. Sus consejos eran tan sinceros y razonables que el coste del servicio nos pareció hasta barato. Parecía disfrutar con su trabajo y lo hacía extensivo a cada persona que atendió antes que a nosotros.  Abrumados por el tiempo que nos dedicaba y nuestra preocupación por entretenerla más de lo preciso, nos contestó; aquí estoy para esto.

Parece mentira que, con la feroz competencia que hay en nuestro mundo actual, haya personas que no entiendan que vivimos de los clientes y que de ellos depende nuestro puesto de trabajo. Que no comprendan que poner cara de indigestado nos hace el día a día más largo y difícil y se lo hacemos más injusto a los compañeros que contribuyen al éxito de nuestra empresa.

A aquel dependiente con cara de ogro y exceso de sinceridad no volví a verlo más, pero estoy seguro que la próxima vez que tenga que enviar algo por correo acudiré a la oficina donde trabaja esa amable muchacha que hace del trabajo un arte en la atención a las personas.

Paco Zurita

Febrero 2020

EL PODER DE LA ORACIÓN

Llevaba ya un buen tiempo con la moral por los suelos, fruto de varias decepciones y fracasos seguidos. Llegué a un punto en el que la única salida que veía para mi desazón y desánimo era reconocer sin más que no había más remedio que abandonar, reconocer la derrota y afrontar que nada podía hacerse salvo encerrarme en mí mismo y dejar pasar el tiempo…

 Veía a mi alrededor altos muros de piedra imposibles de escalar, enormes cadenas que ataban mis  cansados pies, una puerta cerrada con una bocallave llena de telarañas y una llave mohosa sobre un celemín visible por la tenue luz de una vela encendida.

En aquel cuarto oscuro e insalubre en el que me hallaba, miraba una y otra vez  la pequeña llave,  que reposaba oxidada y ennegrecida pero  que quizás abriera la puerta de mis esperanzas. No quería cogerla, incrédulo quizás de que la puerta abriera, o temeroso de saber lo que habría más allá.

Me quedé dormido o quizás me  desperté  de aquel sueño que me tenía absorto y a salvo de la lucha diaria y de la impotencia para salir adelante.  Abrí los ojos y me encontré ante otra puerta, sin cerradura ni llaves, por cuyas rendijas se colaba una brillante luz y aromas de incienso. Esta vez no dudé;  la empujé sin esfuerzo y apareció ante mí un hermoso Sagrario y unas monjas rezando antes de que amaneciera.

Me sentí bien; estaba dormido para mis fracasos y despierto para mis esperanzas. No hablaba en aquel silencio que se podía tocar con los dedos. Dejé que todas mis frustraciones fluyeran de mi alma como un invisible río, como una callada cascada, como un silente viento que se llevaba todo el hollín que pude ver en esa llave. Me dejé abandonar por esa sensación y una brisa de aire fresco fue inundando el espacio que ocupaba el hedor de mis miedos y fracasos.

Aquella fuerza del Espíritu alivió el peso que recaía sobre mis hombros y sentí que lo abrazaba hacia su seno como un Cireneo de nuestros tiempos. Respiré hondo y me fui en silencio sintiendo en mi interior alivio y una indescriptible sensación de haber abierto la cerradura que creía bloqueada por el hollín de mis decepciones.

Volví a abrir la puerta y estaba amaneciendo. La dorada luz del sol alumbraba tenuemente, como la de aquella vela del celemín, una pequeña leyenda a pocos pasos de la capilla:

“Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”

Paco Zurita

Febrero 2020

LA VERDADERA IGUALDAD EN EL TRABAJO

Hoy mi abuela, si viviera, tendría más de cien años. Era una persona adelantada a su época, que estudió, se licenció en su carrera y ejerció de directora de un colegio de Jerez. Tuvo que luchar en una sociedad machista, superar múltiples dificultades políticas y religiosas y, a pesar de todo ello, llegó a donde quería llegar para orgullo propio y de las personas que la tomaron como ejemplo.

Hace pocos años, cuando un verano visité la facultad donde mi hija iba a estudiar puede observar que, en una de las aulas, un grupo de estudiantes de Medicina preparaba el examen de MIR. Me causó especial impacto comprobar que más del 80 % de los mismos eran mujeres. Si hoy mi abuela levantara la cabeza, vería con satisfacción tal escena y se sentiría orgullosa de ver que las dificultades que ella encontró han sido superadas por una sociedad madura e igualitaria. No se trata de un  caso aislado. Cada vez son más las profesiones y puestos de responsabilidad que son desempeñados por personas de sexo femenino porque, sencillamente, son las que los desempeñan más eficientemente. Estas cotas de éxito que están alcanzando las mujeres en la sociedad de hoy son fruto de su propia valía, una vez superadas las limitaciones injustas e impuestas por un machismo decadente y trasnochado.  

Pero, aun así, muchos dirigentes políticos y responsables de colectivos interesados, siguen insistiendo en fomentar una igualdad que, lejos de favorecer a las mujeres a las que dicen representar, las convierten en meras favorecidas y enchufadas por cuotas impuestas.  Y, no contentos con ello, quieren arreglar el mundo retorciendo el lenguaje hasta un punto que ponen en evidencia su propia ignorancia y falta de rigor en aras de una supuesta igualdad.  Estos ignorantes, o “ignorantas” (tendré que decir para no ofender), no hacen favor alguno a las mujeres; más bien desvalorizan el esfuerzo que éstas han llevado a cabo sin ayuda de nadie para ser un pilar básico de la sociedad actual.  Más bien evidencia el complejo de inferioridad intrínseco que llevan consigo, no por ser mujeres, sino por ser personas mediocres que no pueden competir con otras mujeres que valen mucho más que ellas y que, a diferencia de sus supuestas defensoras,  son simplemente personas brillantes.

Lo que no saben esas mediocres feministas interesadas es que el Castellano, el Catalán, el Francés o cualquier otro idioma procedente del Latín, no surgieron por imposición o “imparables” revoluciones o ansias de libertad, sino por comodidad y eficiencia. Afortunadamente esa evolución la decide un pueblo llano y no unas estúpidas visionarias de una igualdad que sólo está en sus mentes menguadas e ignorantes.

 Llegará el momento en que no se discriminen los puestos de trabajo en función del sexo (tal y como quieren las defensoras de la igualdad impuesta)  sino por la valía e idoneidad humana, formativa e intelectual del aspirante. Llegará un momento en que no sorprenda ver que haya mayoría de mujeres en las facultades de Medicina o en cualquier otro trabajo o disciplina, sencillamente porque veamos a personas y no a un sexo determinado. Llegará un momento en que nadie con dos dedos de frente se ofenda por decir “ESTUDIANTES” y omitir la palabra “ESTUDIANTAS”  

Cuando llegue ese momento y pasen de moda estas estúpidas formas de hablar y de interpretar la igualdad, entonces habremos alcanzado la verdadera libertad.

Paco Zurita

Febrero 2020

LIBERTAD RELIGIOSA

Reconozco, sin rubor alguno, que el tratamiento que  me he autoimpuesto de abstinencia de programas de televisión que me causen subidas de tensión o ansiedad innecesarias me está yendo a las mil maravillas. Lo poco que veo se limita a documentales de historia, cocina o viajes.

Fue precisamente uno de viajes sobre China el que hizo que me diera cuenta de lo extremadamente estúpidos que nos estamos volviendo en occidente y, más concretamente, en nuestro viejo y querido país.

Destacaba el programa, ambientado en una descomunal y concurrida iglesia católica de China, el gran auge que está tomando la Iglesia en aquel país, comunista en teoría. Lo que era una práctica perseguida y brutalmente castigada no hace muchos años, está siendo no sólo respetada, sino incluso alentada por el propio partido comunista. Entrevistados algunos miembros del partido respondían sin tapujos a la pregunta del millón;  ¿Por qué lo permiten las autoridades?  La respuesta, al estilo chino, era escueta y lógica; PORQUE HACE QUE EL PUEBLO SE SIENTA BIEN.

Uno de los principios del buen gobernante es gobernar para el pueblo, para la gente, para todos al fin y al cabo, seas cuales sean sus ideas o religión.

Hace unos días, el capellán de un hospital se lamentaba de que cada vez tiene más trabas para visitar a los enfermos terminales. Lo mismo está ocurriendo con la enseñanza de la Religión en los colegios, la presión impositiva a las instituciones religiosas o  la alergia compulsiva a símbolos y monumentos católicos en calles y plazas de nuestras ciudades.

La libertad personal no se circunscribe a la de expresión, que tantas veces invade por cierto la dignidad de otros.  El estado tiene la obligación de respetar e incluso favorecer las iniciativas, gratuitas por cierto,  que ayudan a que cada individuo goce plenamente de sus necesidades espirituales.

Recuerdo esa preciosa escena de la película “Las sandalias del pescador” en la que el papa, protagonizado por Anthony Queen, se escapa del Vaticano a pasear y entra por azar en una casa judía en la que hay un moribundo. Culto y universal como era el protagonista, no dudó en administrar auxilio espiritual por el rito judío al pobre hombre.

Hay que recordarles a nuestros gobernantes, da igual del color que se crean, que ninguno es dueño de las creencias de las personas y que la bondad de las instituciones religiosas se miden por el bien que hacen a la sociedad y no por sus principios cuadren o no con los suyos.

Es curioso que tengamos que aprender de los comunistas chinos que, por su propio interés, han visto que las ideas y doctrinas del hijo del carpintero son buenas para el pueblo.

Paco Zurita. Enero 2020

Existencia

¿Qué somos sino pobres caminantes
que andan incansables el camino
que conduce al idílico destino
de un cielo de rayos deslumbrantes?

¿Qué somos sino dos tiernos amantes
En busca del amor que han concebido
que sueñan en un cielo prometido
abrazar al amado cuanto antes?

El hombre busca el bien de dónde viene,
la luz que engendró su primavera
a quién le dio todo cuánto tiene

Busca su ser, en fin, la verdadera
luz de amor que engendrara su existencia
y encontar otra vida cuando muera.

Paco Zurita

Enero 2020