TULO

No sé por qué le pusimos ese nombre, aunque supongo que tendría algo que ver con una novela de Unamuno,  de lectura obligada en aquellos años de B.U.P.  En mi casa no había vallas,  ni cercas, tan solo setos por donde los animales entraban y salían a su antojo de la finca porque,  quizás,  uno de los mayores valores que tiene cualquier ser vivo es su libertad y mi familia llevaba esa creencia hasta el extremo.

De improviso, como siempre, llegó un perro grande, peludo, de aspecto juguetón y bonachón que, enseguida, cogió confianza con nosotros.  Parecía haberse escapado de algún campo cercano o haber sido abandonado a su suerte por sus dueños.  Le quitamos una gruesa cuerda que aún colgaba de su cuello y pronto se integró en nuestro mundo y en nuestra vida.

Dormía donde quería, salía de correrías y amoríos cuando le venía en gana y volvía para comer cuando el estómago se lo pedía.  Siempre dispuesto a agradecer esta nueva y gozosa  vida que le había regalado el destino, nos obsequiaba a diario con algún calcetín u otra prenda que nos traía del tendedero como presente a nuestros desvelos.  No dudábamos en recriminar esta muestra de amor hacia nosotros mostrándole el “presente elegido y prueba del delito” mientras recibía una enérgica reprimenda verbal por tan desprendido acto.  Él nos miraba con ojos tiernos, supongo que de incomprensión, agachando la cabeza con cada reprimenda que le caía.  Pero fiel a sus principios, no dejaba de obsequiarnos cada día  con nuevas prendas que nos traía a la casa como muestra de fidelidad y agradecimiento.  Habida cuenta de la inutilidad de explicarle que no necesitábamos más presentes, la solución consistió en elevar la altura del tendedero para que no alcanzara con sus saltos ninguna prenda más.

Un buen día, tras un largo periodo de tregua,  sucedió la extraña desaparición de una chaqueta que me acababan de regalar mis tías para mi próxima graduación.  Las últimas noticias de la chaqueta  fueron dadas por la señora que venía a echar una mano en las tareas domésticas. La había planchado  y la había dejado sobre una silla de la cocina. Todos, empezando por ella, pensamos en Tulo…. 

Cuando volvió por la tarde, no traía la chaqueta en su boca ni entendió nuestras enojadas palabras.  Se limitó a mirarnos con sus ojos redondos, extrañado quizás de nuestro injusto comportamiento.  Esa noche se marchó y no volvió más.  A los pocos días apareció atropellado por un coche junto a una  cuneta a la altura de Pozoalbero.

La muerte de Tulo nos hizo olvidar su supuesta última trastada y lloramos su pérdida recordando con nostalgia los regalos y presentes que nos hacía cada día.

Meses más tarde, la chaqueta apareció entre los olivos. Tenía quemada una de las solapas y entonces lo entendimos todo.  Es fácil e injusto acusar a aquellos que no se pueden defender, tener prejuicios infundados y pensar mal de los demás…. y en esta vida…. ¡Cuántas veces lo hacemos con las personas!

Paco Zurita

Junio 2020

EL CORPUS MÁS HERMOSO

Decía el padre dominico D. Juan Franco, que tan gratos recuerdos y tan hermosas palabras nos ha dejado en nuestro triduo sacramental,  que el Señor nunca ha dejado de salir en procesión de Corpus y tampoco dejará de hacerlo este año.

Los cristianos tenemos la suerte de creer en un Dios cercano, que se hace uno de nosotros para entendernos tal y como somos.  Fue tal su determinación para cumplir con este deseo,  que eligió venir al mundo a través del vientre de una mujer. Bien podría haberlo hecho cabalgando sobre carros de fuego, rodeado de ángeles celestiales o entre estruendosos rayos y truenos. Pero, en cambio, para su primera procesión de Corpus eligió la custodia más sencilla, la más humana pero también la más hermosa.

María sintió en su seno  la fuerza todopoderosa del amor del Espíritu Santo que engendró en su vientre al mismísimo Dios hecho hombre. El corazón de Jesús ya latía lleno de amor en aquel templo del Espíritu Santo que había sido la puerta de entrada de Dios a este mundo.

Ese Dios hecho hombre que vivió, obró maravillas, padeció, murió y resucitó entre nosotros es el que hoy recordamos y celebramos.  Porque, siempre buscando las cosas más sencillas, más humanas, más cercanas, antes de volver al Padre que lo envió, nos dejó su presencia en forma de pan y vino para hacerse alimento y quedarse dentro de nosotros.

Con el paso del tiempo, los cristianos  hemos levantado templos, tallado hermosos altares y  repujado bellas custodias para exaltar la grandeza de quien es ya grande en sí mismo.  Hemos enriquecido  tradiciones litúrgicas con celebraciones y procesiones que han llevado al Señor por calles  de nuestros pueblos y ciudades.  Este año será distinto pero no menos hermoso. De hecho, como bien nos decía Juan Franco, habrá miles y miles de custodias por nuestras calles y plazas llevando a Jesús sacramentado dentro de nosotros.  No serán brillantes  custodias de plata, ni tampoco tan hermosas como el vientre inmaculado de María. Pero serán las custodias que Él mismo eligió aun sabiendo lo sucias e imperfectas que son.

Y nosotros, sabedores también de nuestras imperfecciones y pecados, hoy más que nunca, hemos de ser conscientes de la responsabilidad y  de la oportunidad que nos brinda el Señor haciéndonos custodias suyas.  Nunca podremos dejarlas limpias del todo, Él lo sabe y  no le importa, pero sí que podremos darle un pequeño barrido y tratar de acogerlo en nuestra casa más dispuestos a parecernos más a Él.

Antes de que se ponga el sol, podremos llevar al Señor en nuestro cuerpo, sentir su corazón de amor latiendo dentro de nosotros como lo vivió María, y estar dispuestos a ser mejores personas que, sin duda, será la mejor custodia que jamás haya tenido.

Paco Zurita

Día del Corpus 2020

ZAHARA DE LA SIERRA

Verde como el oro que dan sus olivos.

Blanco como  el pueblo que en el verde mora.

Mora como el alma que el pueblo atesora.

Turquesas las aguas de arroyos cautivos.

*

Gualdas girasoles, viñedos altivos

Rosas azaleas, un sauce que llora

Cielo azul inmenso que al poniente implora

lluvias generosas para sus cultivos.

*

Empinadas cuestas y arriba un castillo

y abajo en  el valle guardan la almazara

olivos y vides, romero y tomillo.

*

Dime, alma, dime si la paz sonara

¿Qué música hermosa me tatararías?

Y el alma a mi oído susurró…”ZAHARA”.

*

Paco Zurita

junio 2020

LA MILI

Una de las cosas que me enseñó mi padre y que procuro cumplir como regla de vida, es ver el lado positivo de cualquier situación, por muy adversa que sea o parezca ser.

Hace muchos años que el Servicio Militar obligatorio desapareció de nuestro país y, hoy, revisando viejas fotos mías,  han aflorado hermosos recuerdos de aquella etapa de mi vida.  Con 22 años acabé mi carrera y, tras las correspondientes prórrogas, ya tocaba servir a la Patria y así “perder” como militar el año que había ganado como estudiante. Algunos amigos habían optado por la objeción de conciencia, otros se habían librado por causas diversas y muchos, como yo, fueron conociendo su destino en algún cuartel de España.

Siguiendo los consejos de mi padre, me dejé inundar de un mar de nuevas experiencias, a veces duras, muchas veces preciosas y, sobre todo, siempre humanas.  En aquel año de 1990 aún había muchachos que casi no habían estudiado y aprendían a golpe de voz  himnos y canciones de un país que no conocían en profundidad pero que, en cambio,  adquirían el extraño deseo de hacer bien las cosas y aprender de las oportunidades que le brindaba esa nueva vida.

Pronto me integré en esa diversidad cultural que componía nuestro pequeño mundo dentro de la batería, compartiendo vivencias, confidencias y  aventuras que me permitieron forjar amistades que perduran hasta hoy.

Aprendí a conducir camiones  con remolques cuyas permisos aún conservo, trabajar en la cocina, leer en la biblioteca, rezar en la capilla, compartir cervezas en la cantina, hacer el curso de cabo, ascender a  cabo primero, conducir ambulancias, ganar un concurso de relatos, obtener un diploma por comportamiento ejemplar, hacer tres maniobras por toda España, ayudar a otros compañeros a sacar el Graduado o  aprender a mecanografiar aprovechando que un administrativo me ensañaba en las horas muertas que pasaba en la gasolinera.

Pero, sobre todo, aprendí a conocer mejor la realidad de mi país, de sus gentes, de su grandeza forjada en 500 años de historia. Aprendí valores que son privativos de la naturaleza humana pero venerados y ensalzados por los militares como  son el deber, el honor, la entrega, el sacrificio, el compañerismo y la generosidad. Valores de los que muchos antimilitaristas carecen, cómodos en sus palabras de paz pero incapaces de dar la talla cuando es preciso. Al fin y al cabo, esta paz que hoy disfrutamos en Europa no hubiera sido posible sin la sangre de los que dieron su vida por los demás ante la tiranía de nacionalismos y pensamientos execrables.

El día de la Jura de Bandera, me sentí muy orgulloso no sólo por mi o por los míos. Muchos de esos chavales también sentían la satisfacción de ver reflejado en el rostro de sus familiares el orgullo que sentían por sus hijos.

En estos tiempos duros que estamos viviendo, no podemos olvidarnos de estos compatriotas que, con sueldos estrechos pero corazones enormes, arriesgan sus vidas por los demás y honran a España y a los españoles con el cumplimiento de esos valores que aprendieron en sus Fuerzas Armadas.

Después de tanto tiempo y de ver cómo se desprecia por parte de muchos ilusos e ignorantes de la historia  esos valores que consideran trasnochados y caducos, pido a Dios con todas mis fuerzas que no tengan que vivir de nuevo tiempos en los que el espíritu y la  grandeza del militar tengan que sacarlos de un apuro.

Paco Zurita

Junio 2020

El Kempis

Thomas de Kempis fue un canónigo agustino nacido en Kempen (hoy Alemania), en 1.380  y es el autor  de “La imitación de Cristo”.  Mi madre, en un cajón de su mesilla de noche,  conserva desde niña un ejemplar  que cabe en la palma de mi mano y  que una querida tía suya le regaló en su Primera Comunión.  Ella me enseñó a leerlo al azar, dejando que el pasaje que apareciera en la página movida por el viento de un soplido, fuera la respuesta a la inquietud o al problema que me atribulara en ese momento.

El libro está lleno de preciosas frases que siguen teniendo actualidad a pesar de los años transcurridos. Los tiempos cambian, pero el mundo y las personas que viven en él, siguen teniendo los mismos defectos y las mismas preocupaciones siete siglos después.

Hoy, que tantas personas han muerto y tantos otros están llorando  por ellos, que tanta gente va a padecer las consecuencias de esta pandemia,  que tantos autónomos y emprendedores han visto truncados sus sueños y proyectos,  que tantos trabajadores han visto cómo cierran sus fábricas, son despedidos o pierden su categoría laboral,  hoy, más que nunca, dándonos cuenta de que no somos dueños de nuestra vida ni de nuestro destino, hay que volver los ojos a Dios y tratar de encontrar fuerzas más allá de las humanas.

Recuerdo que hace muchos años, acababa de recibir de mi jefe  la buena noticia de haber logrado un “bonus” por los buenos resultados alcanzados.  Iba a llamar a mi esposa, lleno de alegría,  para compartir con ella las cosas que podríamos hacer con ese dinero,  pero fue ella la que me llamó primero; “No te asustes, me dijo, pero acabo de tener un accidente y el coche está destrozado”

Ya no me importaba ni el dinero, ni los proyectos, ni el orgullo por haberlo logrado; sólo me importaba llegar cuanto antes al lugar del accidente y ver con mis propios ojos que mi hija y ella estaban bien.

La vida cambia de un momento a otro. Hoy vivimos y mañana podemos estar muertos. Hoy reímos y mañana podemos estar llorando. Hoy soñamos con el futuro y mañana sentir cómo el  futuro puede  truncar nuestros sueños.  Y entonces, descubrimos cuán insignificantes  somos. Nos damos cuenta de que no podemos añadir un dedo a nuestra pequeñez.  Vemos cómo se desploman nuestra vanidad, nuestra soberbia y nuestro orgullo.

 Algunos, tratando de justificarse a sí mismos o respaldar sus decisiones querrán hacernos sentir culpables, incapaces, caducos o amortizados. Podremos caer en la autocomplacencia, en el abandono, en la desidia o  la más profunda depresión. O, en cambio,  podemos respirar hondo y encontrar respuestas celestiales frente a la podredumbre e indiferencia del mundo que nos rodea.

Y así, curado de humildad, es cuando abro una vez más el Kempis para encontrar respuesta a lo sucedido y hallar un pilar en el que basar la vida que me espera.  Y abierto con el soplido que mis anhelos suspiran, surge la frase que me susurra al oído el mismo Cristo al que el Beato Kempis nos dice cómo imitar:

“No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen, lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más”.

Lo que estamos viviendo es duro, como lo es una guerra, una tragedia natural, un accidente imprevisto….. No hay que buscar culpables, ni sentirse culpable, ni pensar que todo está perdido. Sólo tenemos que ponernos ante ese espejo con el que Dios nos ve y mirarnos también nosotros y,  con esa persona que vemos,   construir nuevas y preciosas  ilusiones.

Yo me he vuelto a mirar en él y he sonreído….

Paco Zurita

Mayo 2020

Recuerdos de mi infancia

Un sauce, una mimosa y una higuera
Unos cipreses que lentamente mueren
Rosales que al coger sus rosas hieren
Y espirias cada nueva primavera

Rastrojos que crepitan en la hoguera,
un viejo pozo que sueña que cayeren
las lluvias que a la tierra bendijeren
y a la huerta oliendo a tomatera

El olor de la tierra y de los pinos
regados por mi abuela cada tarde.
El sol de ocaso, que al dormirse arde
con los trigos dorados del camino.

Azucenas, jazmines blanquecinos,
clavellinas, geranios y azahares,
dos palmeras, los tercos cañizares
y el asno solitario del vecino.

La cancela verde, como las macetas.
La pérgola verde, como los olivos.
Como el toldo verde, verdes llamativos.
Verdes las ruedas de las dos carretas.

Y blancas las flores, blancas las paredes
de la vieja casa, de la vieja alberca
y de los poyetes, de la blanca cerca.
Blancos mis recuerdos que confieso a ustedes.

Paco Zurita

Mayo 2020

«EL MORORQUE»

(A mi hermana Beli, inseparable compañera de juegos)

Cuando veo a tantos niños y jóvenes encerrados en sus cuartos,  ensimismados ante una pantalla de ordenador y con los nervios sueltos por los avatares de los videojuegos,  siento tristeza.  Quizás porque los de mi generación no conocimos estos avances de la ciencia o porque teníamos mejores cosas que hacer, pudimos gozar de otras diversiones, no por ello menos intensas.

Mis dos hermanas y yo, junto a nuestros padres, mi abuela y tres hermanos de ella, vivíamos en una casa de campo de la carretera de Sevilla cerca de Cañada Ancha.  Y yo, alma inquieta y soñadora, veía oportunidades de diversión en aquel aislamiento voluntario que iban más allá de las indicadas por los fabricantes de los juguetes con que contábamos….

Mi abnegada y noble hermana Beli, que así conocemos en mi familia a la hoy catedrática y  Doctora en Derecho, era mi inseparable compañera de juegos,  siempre dispuesta y confiada a participar en las brillantes pero, muchas veces descabelladas, ideas de su hermano.

Así, no tenía problemas  en ceder sus preciosas muñecas para que yo las vistiera de Vírgenes sobre una mesa de playa. O  para hacer de capataz del improvisado pasito para que el costalero Paco, lo llevara con su cabeza por media finca.  Tampoco para que su ingenioso hermano diseccionara el interior de las muñecas en busca del disco que las hacía hablar porque, en el fondo, miraba con admiración los increíbles “conocimientos científicos” del Nene.  O  para quemarse en la azotea junto a mí, viendo pasar camiones y tractores de remolacha hasta que la cola llegaba a nuestra misma portada porque en eso consistía la trama del juego……

No existía el aburrimiento en nuestras vidas y, menos, cuando llegó mi tractor…….

Pocos juguetes he gozado tanto en mi vida como ese precioso tractor a pedales que hizo nuestra vida mucho más amena y divertida.  Eran innumerables las aplicaciones del ingenio y, claro, mi hermana formaba parte de casi todas ellas.

Un día, a pesar de las advertencias de mi abuela,  monté a mi  hermana en el “mororque” , que así me refería yo al coqueto remolque que traía el tractor y probé la potencia del aparato por rutas indómitas.   Ella,  feliz y ajena al peligro que se cernía, disfrutaba del paseíto hasta que el “moroque” se soltó y  fue a rodar cabeza abajo por un desnivel junto al pozo.  Alertada por el llanto de mi hermana, mi abuela la rescató de la zanja  y a mí de los sueños de tractorista experimentado.   Con una mano llevaba a mi hermana y con la otra el “mororque” que acabó sus días embarcado en la alberca.  De vuelta, con las dos manos libres, me condujo hacia las estancias donde se guardaban las herramientas y aperos (y la amenaza de algún que otro bicho)  donde, muerto  de miedo,  estuve un buen rato encerrado “reflexionando”  sobre mi próximo futuro profesional.

Hoy recuerdo con cariño aquellos intensos años de diversión e ilusiones que se forjaron sin ingenios electrónicos pero con mucho ingenio humano.   Aquellos preciosos años en los que la imaginación de unos niños construyó  un mundo real  en contraposición al virtual que hoy venden a nuestra juventud.

Paco Zurita

Mayo 2020

LA HUELLA DEL DELITO

Aquel año se celebraban las II olimpiadas Marianistas en Jerez y nuestro colegio estaba precioso. Tras San Sebastián, es el más antiguo de España y en 1981 contaba con el único polideportivo de la ciudad, el Santa Fe,  y una gran piscina olímpica.  Era todo un acontecimiento y un verdadero orgullo recibir a las delegaciones de casi  20 colegios marianistas de toda España y se había hecho un gran trabajo.

Faltaban dos días para que comenzaran los actos y sólo restaba dar un último repaso a las magníficas instalaciones del colegio. Aprovechando que teníamos gimnasia aquella tarde, el profesor de deporte no encontró mejor manera de aprovecharla que destinarnos a la pista de atletismo y hacer labores de limpieza, advirtiéndonos que no nos acercáramos al círculo de lanzamiento de disco porque estaba  aún fresca la lechada de cemento.

Como la tentación de Eva con la manzana en el Paraíso, Manolo (no diré el apodo para no delatarlo), no pudo resistir la curiosidad de acercarse y comprobar por sí mismo el  estado de cuajado  del cemento. No contento con la vista,  presa de la tentación de aquel atrayente círculo que parecía hecho de chocolate Fondant,  posó suavemente su pie sobre el mismo y dejó su huella marcada como si de una estrella de Hollywood se tratara.

Consciente de haber  mordido la manzana del pecado Original, salió sigiloso y disimuladamente del lugar de los hechos, sólo descubierto por algunos de nosotros que habíamos presenciado la trastada del compañero.

Ya nos estábamos cambiando en los vestuarios y todo parecía tranquilo.  Pero el silencio se rompió  de repente cuando entró el profesor, que era militar de profesión, y como Tejero en el Congreso, gritó brazos en alto;  ¡¡¡Quieto todo el mundo!!!   ¡De aquí no se mueve nadie hasta que descubra quien ha sido el gracioso que ha metido el pie en el cemento! Y  allí nos quedamos, arrestada toda la compañía, mirándonos unos a otros, sabiendo todos quién había sido pero con el sagrado juramento de no delatar al culpable. El tiempo pasaba y allí no hablaba nadie, hasta que llegó el director que, con su pausada y cavernosa voz,  nos convenció con su paciencia y actitud de que  aquel encierro iba para largo…. Se mascaba la tensión en el ambiente y,  sabedor del  abnegado sacrificio de sus compañeros,  Manolo dio un paso al frente (con el pie del delito) y se declaró culpable.  Todos respiramos tranquilos y nos despedimos de Manolo con un toquecito en su espalda y una sonrisa de admiración por su sacrificio, que agracedía orgulloso por haberse entregado por nosotros.

Aquel día, que nunca olvidaré, aprendimos otra lección de la vida y de esos profesores que admiraban en silencio nuestro compañerismo.  Maestros y educadores que,  lejos de perseguir borrar la huella en aquel cemento, lo que realmente  querían  es dejar en nosotros la  huella que aún perdura en los de nuestra generación;  Saber asumir  nuestras responsabilidades por los actos que hacemos y aprender a sacrificarnos por los demás.

Paco Zurita

Mayo  2020

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MANOLITO EL DEL PUESTO

Mientras el campo se preocupa por quién va a recoger la fruta, que madura ya en los  árboles de media España, hoy me he acordado de Manolo….

Lo recuerdo alegre, empujando un carro de mano  con el que repartía  encargos a domicilio. Pese  a haber nacido con síndrome de Down,  trabajaba como el que más y se ganaba el pan sin ayuda de nadie.  La última vez que lo vi, aún más encorvado  y avejancado por los años,  recorría las calles a gran velocidad con cupones que vendía para ganarse la vida a falta de pensión que, hoy en día, reclaman muchos sin derecho a ello.

Recuerdo que de niño,  yo acompañaba a mi madre a hacer la compra en varios puestos del centro. La primera parada desde el campito en la carretera de Sevilla,  donde vivíamos, era en la calle Guadalete. Allí, antes de la Calle Escuelas, junto a donde hoy tiene su sede Radio Jerez, había un puesto  donde mi madre compraba la verdura.

En aquel tiempo, no era difícil dejar el coche en doble fila conmigo  dentro para que pudiera tocar el “pito del coche” por si algún guardia aparecía.  Mi madre saldría a toda prisa con cara de preocupación y se limitaba a dar una vuelta a la manzana para seguir con la tarea, una vez confiados los guardias.

Una vez hecha la compra, venía Manolito cargado de bolsas que colocaba en el maletero de “Popeye”,  nuestro Renault 4L.  Dejado el encargo, se sacaba una  libretita del bolsillo, cogía el lápiz de detrás de su oreja, lo mojaba con la punta de la lengua y, con una velocidad que me dejaba pasmado, sumaba la lista escrita en un papel de estraza que, Pepe, el dueño del puesto, le había entregado con las bolsas.

Mi madre siempre le daba una propinita que se tenía bien merecida  y, el bueno de Manolo  le respondía con una sonrisa que hacían  aún más dulces su cara torcida y su flequillo revuelto.

Mientras el coche arrancaba, veía por la ventana del portón trasero a Manolo perdiéndose apresuradamente con su carro por la calle Beato Juan Grande para repartir el próximo pedido. Alguna tarde, podía  también  verlo con el carro aun dando portes por medio Jerez.

En aquel tiempo  no había pensiones decentes para personas como Manolo pero, Tampoco las hubiera querido.  Trabajaba no solo por dinero, sino por sentirse como los demás.

Este país, que ahora pasa por una crisis tan grave y que preconiza tiempos aún más difíciles, necesita de muchas personas como Manolito.

Hemos de preguntarnos  qué podemos hacer por España, por los demás, por nuestra economía.   Hemos de ser conscientes de que, con nuestras capacidades y limitaciones, somos los que tenemos que sacar a este  país de la ruina y caos  en los que un virus y otras derivas del destino, nos han dejado en herencia.

Así, ante la irresponsabilidad, negligencia,  torpeza y oportunismo interesado  de muchos de  los que tienen que dirigir nuestros pasos,  que  cada cual piense por responsabilidad cívica, de qué carro puede tirar porque, a buen seguro, pesará menos que aquel que empujaba Manolito.

PACO ZURITA

ABRIL 2020

LA TRAVESURA DE LOS BIDONES

Dicen que los niños traviesos son almas inquietas que acaban siendo grandes personas. Quizás por ello, pueda entender que la niñez de mi padre estuviera plagada de enormes travesuras que, en la distancia del tiempo, me provocaban una indisimulada sonrisa.

En la década de los cuarenta Jerez se recuperaba poco a poco de las penurias de la guerra y de los años del hambre.  Me contaban mis abuelas que dinero había pero las mercancías escaseaban y los bienes de primera necesidad estaban racionados.

En aquellos años existían los llamados “ultramarinos” o “coloniales”, nombres que hacían referencia a las tierras que componían el vasto imperio español  y que ofrecían productos de sus colonias de ultramar.  Tiendas de alimentación que, más por nostalgia que por realismo, siguieron conservando ese nombre en los tiempos de escasez y privaciones de la posguerra.

En aquel entonces no había tetra-bricks, ni envases de plástico, ni paquetes envasados. Tampoco había autoservicios, ni tarjetas de crédito ni bolsas biodegradables.  Había un mostrador tras el que despachaba un amable tendero que iba colocando,  sobre papeles de estraza,  los encargos de sus clientes tras pesarlos con mimo en aquellas viejas balanzas.

Un buen día, mi abuela salió a comprar con el pequeño Santi desde su casa en la Calle Justicia.  Parece que el pequeño se había llevado un buen berrenchín por no haber conseguido que le compraran un osito que se le había antojado en una juguetería de la calle Larga.

Ya de vuelta, entró mi abuela en un ultramarinos que había en la calle Algarve. Cuando le llegó su turno, fue encargando a un atento tendero su lista de mandados,  mientras dejaba al pequeño Santi darse un garbeo por la tienda para que se relajara un poco del disgusto.

Mi padre, que veía a su madre muy centrada en la faena, no dudó  ni un instante en aprovechar el momento para hacer una trastada de las suyas…

Había en la tienda grandes bidones de aceite, de vino y de vinagre de los que el tendero dispensaba las cantidades que demandaban sus clientes. Mientras el pobre tendero cortaba trozos de chorizo y pesaba garbanzos para mi abuela, el bueno de Santi acariciaba con sus deditos los grifos de los bidones, refrenado en su acción pero dejando ver con este gesto sus verdaderas intenciones. No pudiendo resistir más la tentación, con una hábil maniobra dejó abiertos de par en par  los tres grifos, sin que nadie lo advirtiera.  Cuando el pobre tendero se percató de los que estaba sucediendo, una ensalada de zapatos estaba siendo aliñada por los líquidos elementos. La reacción de mi abuela no tenía riesgos de ser objeto de delito en aquella época y mi padre recibió en su culo lo que la pobre mujer pagó en aceite, vino y vinagre. Según me contó  mi propio padre, el suelo de un mes de maestra….

Puedo entender que mi padre haya sentido especial predilección por los niños traviesos, muchos de ellos alumnos que, cincuenta años más tarde, son hombres de provecho  y de bien que recuerdan con cariño a su travieso profesor.  Lo importante es saber escarbar en la nobleza y en la grandeza que esconde cada corazón humano.

Paco Zurita

Abril 2020