TIEMPOS DUROS

Vivimos tan ensimismados mirándonos el ombligo de nuestros problemas que no somos capaces de levantar la mirada y ver que los demás también sufren y padecen. Nos lamentamos una y otra vez de los duros tiempos que nos ha tocado vivir, de las dificultades de nuestro trabajo, de las presiones a las que nos somete la vida. Las enfermedades y las desgracias vienen solas y sólo nos queda afrontarlas con resignación. Pero muchas de las frustraciones que siembran nuestra infelicidad son fruto de exigencias y expectativas que nosotros mismos nos forjamos como falsos instrumentos de la felicidad.

Afirmo, sin temor a equivocarme, que la mayor satisfacción que me aporta mi trabajo es tratar con muchas y distintas personas. De cada una de ellas he aprendido a lo largo de mi vida muchas lecciones y he tenido motivos para la esperanza, dándome cuenta de  los valores a los que renunciamos, sencillamente porque no los vemos.

Quizás el hecho de haber crecido entre personas de avanzada edad me ha dado un don especial para tratar ellos.  Cada anciano es una enciclopedia en la aventura de la vida y siempre me entrego encantado a deliciosas conversaciones cuando la ocasión se muestra propicia. Y de empezar a hablar de sus asuntos financieros a otros de más índole humana sólo hay un pequeño trecho que es fácil de recorrer cuando existe voluntad por ambas partes.

Hace ya muchos años conocí a un cliente de Arcos de la Frontera que me dio una lección magistral sobre la dureza del trabajo en tiempos más difíciles que los que ahora vivimos.

No estaba mal pertrechado, económicamente hablando, pero sus arrugas en la frente advertían que su vida no había sido precisamente fácil.

Yo le decía que mi generación vivía estresada, agobiada por objetivos y exigencias de una vida a la que le pedíamos demasiado. Que, tras acabar la jornada de trabajo, muchos empleados del sector financiero no conseguíamos desconectar de nuestras preocupaciones. Él escuchaba pacientemente; es una de las grandes virtudes de las personas mayores.

Me miró comprensivo y con una inmensa y tierna sonrisa me dijo:

“Cuando yo tenía unos quince años, tenía que ayudar a mi familia a salir adelante.  Cada mañana me levantaba  a las cuatro de la mañana para ir a la lonja de El Puerto de Santa María a comprar pescado y estar de vuelta a medio día para venderlo en Arcos”.

Viendo que yo me quedé pensativo, quizás preguntándome cómo un chaval podía conducir los más de 50 kilómetros que separan las dos localidades sin ser detenido por la Guardia Civil, el hombre, esta vez riéndose, me espetó: 

 ¡¡¡En bicicleta!!!

Recordaba con cariño aquellos días de su adolescencia a pesar del tremendo esfuerzo que le suponía madrugar,  recorrer esa considerable distancia en una bicicleta de piñón fijo,  con dos serones llenos de pescado y renunciar a otras diversiones propias de su juventud.

Yo también sonreía absorto y pensativo, imaginándome a mis hijos haciendo lo mismo, sin  jugar a la Play Station, sin clases de Inglés  o música y  sin tiempo libre para salir con sus amigos. Me imaginaba a nuestros jóvenes a los que damos “de todo” y creen que no tienen “de nada”.

Me imaginaba a este anciano con quince años cruzando media provincia de Cádiz con una bicicleta para ganarse unos cuartos con los que ayudar a su familia, simplemente por una necesidad vital en aquellos tiempos de carestía y privaciones.  Y, a pesar de todo, me reconocía con esa sonrisa en los labios que creció en una familia unida y feliz.

Le di la mano. Le sonreí. Volví a mi quehacer diario dándome cuenta de lo mucho que nos quejamos.  Quedé feliz y convencido de que los tiempos que nos ha tocado vivir serán más o menos duros en función  de cómo queramos  verlos.

Paco Zurita

Febrero 2020

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