LA CABEZA DEL REY

En esta España, aburrida de mirarse en un espejo y no reconocerse a sí misma, surgen iluminados advenedizos e insensatos aprovechados que buscan en la figura del Rey o en la institución monárquica la cabeza de turco con la que justificar sus verdaderas dañinas intenciones.

La persona del Rey no es precisamente la que molesta a los que elevan la voz pidiendo un cambio de régimen; lo que verdaderamente les produce urticaria a su piel hipersensible al concepto de España es lo que  éste representa.

Y, si en aras de la unidad de la España  (a la que odian y desprecian esos insensatos), convencen a muchos incautos de la necesidad de buscar otro marco que nos englobe a todos,  sacrificando al monarca por tan “justa” causa, habremos caído en la trampa de la que nos advierte repetidamente  la Historia.

Aunque  creo firmemente en la Institución monárquica como garante de la unidad y símbolo de la permanencia del Estado más allá de la alternancia y vaivenes políticos, diría lo mismo si se atacase al presidente de una hipotética República Española. A fin y al cabo, España está por encima del régimen que nos demos. Pero el que tenemos ahora ha permitido un marco de convivencia que ha dado grandes y buenos frutos, con sus luces y sus sombras, con sus defensores y detractores,  y respetado y avalado por la mayoría del pueblo español.

No   debemos permanecer callados e impasibles cuando somos indignados testigos mudos del desprecio con el que una minoría,  de forma temeraria, sectaria y desleal, pone en peligro la convivencia de todos los españoles, especialmente la de los catalanes. Cómo individuos sectarios, instruidos por años de adoctrinamiento se burlan una y otra vez del marco constitucional que tanto sacrificio y generosidad les costó a nuestros padres y abuelos.

Esos pensamientos que comparten la inmensa mayoría de los españoles  y,  desde luego, la mayor parte de los catalanes, son a los que puso voz nuestro rey el día 3 de octubre de 2017. Un discurso valiente que fue aprovechado por la minoría intransigente y separatista para justificar los desprecios al propio rey y  a todos los españoles a los que representa.

 Siento asco y repugnancia de aquellas actitudes que promueven el odio y la división, aprovechándose de circunstancias como un atentado, un partido de fútbol o una visita institucional para alentar pitidos, abucheos o insultos hacia el representante del Estado. Esta repugnancia es aún más profunda cuando, determinados dirigentes, que habiendo instado y propiciado  algaradas y altercados, esbozan una cobarde e indisimulada sonrisa de satisfacción cuando ven los brotes de las malas hierbas que han sembrado.

 Siento vergüenza cuando, sin pudor alguno, se utilizan y se manipulan a niños adoctrinándolos en el odio hacia España en las escuelas o llevándolos a manifestaciones en las que son inconscientes activistas, en aras de una libertad que niegan  a los demás y que los propios niños no entienden.

Siento pena de que muchos españoles que piensan como yo, se queden callados viendo cómo juegan con nuestro futuro y con el de nuestros hijos y miran para otro lado cuando los partidos  a los que han votado hacen  interpretaciones egoístamente interesadas de unos resultados electorales que marcan una inequívoca voluntad de buscar acuerdos amplios y no una división entre dos bloques.

Hay que dejar atrás el concepto de  las dos Españas; basta con ver las tibias reacciones del conjunto de españoles al traslado de los restos de Franco,  a pesar de los intentos de los nostálgicos de uno y otro lado por reabrir las heridas.  La España que tenemos hoy está cimentada en la madurez de más de 500 años de historia común, construida con el sacrificio, sangre y sudor de muchas generaciones de españoles y renovada en  la generosidad y concordia que supuso  nuestra Carta Magna. El Rey, garante y depositario  de esa rica herencia, sólo dijo en voz alta lo que muchos callan y por eso, aunque sea sólo un grano en la arena de la playa, elevo mi voz para reconocerlo. Muchos granos hacen la playa y espero que se unan muchos más granos.

Es necesario que en este marco de estabilidad los partidos políticos lean con nitidez lo que une a los votantes de uno y otro lado. Que respetando las Leyes, encuentren un punto de acuerdo que permita a España seguir avanzando por la senda de la unidad y de la estabilidad.  Que sepan abrir cauces de diálogo que acaben con diferencias malévolamente creadas entre catalanes, entre españoles…

Es imperativo que haya un gobierno que devuelva la ilusión a esos compatriotas que están perdiendo la fe en España. 

Es preciso que las empresas catalanas vuelvan a la tierra emprendedora que las vio nacer auspiciando desde el Gobierno Central medidas urgentes y necesarias para  la defensa del marco de estabilidad que han perdido.

Esto no se consigue derrocando al Rey, cambiando de régimen o cediendo al chantaje de una minoría.  El problema del chantaje es que no tiene límites y no muere hasta que se acaba de raíz con el propio chantajista.

Es absolutamente imprescindible tener un gobierno de amplio espectro que ponga  por encima de los intereses electorales el futuro y el  bienestar de España. Que inste a recomponer las relaciones entre catalanes y entre éstos y el resto de españoles. Habrá tiempo para la generosidad y para la altura de miras, pero desde una posición de firmeza y unidad.

Una unidad que pasa por arropar, se sea monárquico o republicano, al actual Jefe del Estado que resulta ser el Rey de España.

Francisco José Zurita Martín

Jerez, 30/11/2019

EL MILAGRO DEL CUARTEL DE LA MONTAÑA

Cada verano, desde que conocí a mi mujer, paso los veranos en Sanlúcar, en la casa que mis suegros allí poseen. Recuerdo que que hace ya muchos años, recién llegado a la familia,   los viernes, cuando terminaba mi jornada de trabajo, recogía a los abuelos de mi entonces novia para que pasaran el fin de semana en compañía de la familia en la casa sanluqueña.

Cada mañana del fin de semana, muy tempranito, salía con mi coche en dirección al centro de la localidad para tomarme un café y disfrutar de ese momento mágico de las primeras luces del alba.

No pasó mucho tiempo hasta que descubrí que el abuelo se levantaba también temprano y se preparaba, con sombrero y todo, listo para salir a la calle. Ya no fui más veces solo mientras él estaba allí, porque, desde la primera vez que se lo propuse, se tomaba lo del café de por la mañana como un mandamiento de su Ley de Dios.

Tengo que decir, sin pudor alguno, que disfrutaba enormemente con sus conversaciones, llenas de la sabiduría que da una vida octogenaria, curtida en los sufrimientos de una España a la que se le partió el alma. Hablábamos de todo; de la familia, de política, de Dios, de historia, de cómo llevarse bien con la esposa. De entre todas esas conversaciones, no puedo dejar de recordar la que ahora voy a relatar…

Corría el año 1936, concretamente el dieciocho de julio, día  que marcó el  inicio de la Guerra Civil española. Él estaba haciendo el servicio militar en el cuartel de la Montaña. En realidad estudiaba Arte en Madrid y tuvo que interrumpir los estudios para incorporarse a filas.

Para los que no lo saben, en aquel cuartel se libró uno de los episodios más sangrientos de los prolegómenos de la guerra. En Madrid el levantamiento no prosperó y el cuartel que nos ocupa, donde hoy queda un monumento conmemorativo en los jardines de Rosales, era el último reducto de los sublevados.  Él, al igual que muchos de sus compañeros, no tenía ni idea de política y se vieron encerrados en una ratonera con la consigna de resistir hasta la muerte. Fuera, los republicanos, sitiaron el cuartel y fueron tomándolo a sangre y fuego.

Ni unos ni otros sabían por qué luchaban o por qué morían, pero la sangre de unos y de otros fue derramándose por el interior de aquel cuartel tiñendo de rojo el gris que se cernía sobre España. Una España dividida que se iba a desgarrar en dos mitades y cuya consiguiente y trágica guerra fraticida iba a costarnos más de un millón de muertos…

La dotación que quedaba con vida decidió rendirse y, entonces, empezaron los improvisados fusilamientos. Algunos de sus compañeros optaron por quitarse la vida, encerrados en los cuartos de baño del cuartel. Mientras se oían las descargas de fusilería, algo le dijo a Pepe, que así se llamaba el abuelo  de mi mujer, que no lo hiciera, porque él no iba a morir.

No era una persona que se considerara especialmente religiosa, pero creía firmemente en Dios. Según me decía, Dios estaba dentro de cada uno de nosotros.

Con esta determinación, nuestro hombre se entregó a los milicianos republicanos y puso su vida en manos del destino. Tras varias descargas más de fusilería, llegó su turno y se preparó junto a otros compañeros para recibir la muerte. Miró al cielo y se preguntó, qué había hecho para que mereciera morir de esa manera. En ese momento, irrumpieron en el patio del cuartel un grupo de mujeres que gritaban con fuerza ¡¡¡A los soldados no!!!, ¡¡¡A los soldados no!!!  Un miliciano que iba con las mujeres, se interpuso entre Pepe y el pelotón de fusilamiento y gritó con fuerza ¡¡¡basta ya!!!, son sólo soldados y no tienen la culpa de la locura de sus jefes.

El miliciano se llamaba Ángel. Su ángel de la guarda, como él mismo me lo describía. Un ángel enviado por Dios, por su Dios, que le había gritado con fuerza, en la soledad del cuartel rendido, que no se quitara la vida.

Si hoy Pepe viviera me diría mirándome a los ojos; «Que no tengáis nunca que vivir una cosa así»

SONETO AL VIEJO SAUCE LLORÓN. Aquel verano de 2016 mi amigo Federico se moría….

Aquel verano de 2016 mi amigo Federico se moría, al igual que aquel viejo sauce llorón… A Federico, gran amigo de la familia, mejor cristiano, a los tres años de su muerte.

No puede con su alma el viejo sauce

con su grueso tronco carcomido

que, orgulloso de haber reverdecido,

se rinde a la evidencia y se deshace.

Ya no importa que un rayo lo amenace

o el viento lo desgaje de un soplido,

que el sol abrase el brote renacido

y el frío cada hoja que renace.

Sólo queda erguido en la esperanza

su enorme tronco, herido ya de muerte,

y sus escasas hojas como abrigo.

Y ahora te digo, viejo sauce al verte

que me evocas las penas de un amigo

que llora, como tú, tu misma suerte.

PACO ZURITA, OCTUBRE 2016

Vuelta a Trujillo

Recuerdo que de chiquillo
vine con mi padre a verte
y ahora de nuevo la suerte
me ha traído hasta Trujillo.
Llevo en mi mano un anillo
y de mi brazo una esposa
Mi alma vive gozosa
Un regalo tan sublime.
Dime tú, Trujillo, dime
si no te traigo una rosa.

Paco Zurita

Noviembre 2019

EL ARTE DE LOS MEDIOCRES

Hoy, una vez más, hemos visto con tristeza cómo se utilizan los sentimientos religiosos para lograr notoriedad en aras del “arte”. El verdadero arte eleva al ser humano por encima de otros seres de la creación. El verdadero arte crea, no destruye. El verdadero arte eleva,  no denigra. El verdadero arte convence, no ofende.

            Cada vez con más profusión muchos que se llaman a sí mismo artistas, incapaces de crear, ávidos de notoriedad, escapan a su mediocridad creando polémica, hiriendo sentimientos, violentando valores que ni ellos mismos son capaces de comprender.

            Esas “obras de arte” les permiten estar por un tiempo en las portadas de los periódicos, en las pantallas de televisión, en las redes sociales. Se sienten henchidos y satisfechos por su gran poder mediático. Creen haber creado una gran obra que muchos “ignorantes, intolerantes  e incultos” no saben interpretar.

            No importa a quién ofendan porque todas las creencias son dignas de respetar. Lo que realmente importa es que sus acciones encuentren eco, comprensión o disculpa entre buena parte de la sociedad.

            No me sorprende que así sea porque estamos desvalorizando nuestro mundo. No me causa sorpresa porque guardamos silencio por temor a ser considerados retrógrados. No me extraña lo más mínimo porque miramos para otra parte cuando se falta al respeto de tantas personas, aunque no opinen como nosotros y tengan distintas creencias.

            A esos “artistas” que, incapaces de crear de la nada basan su arte en herir sentimientos religiosos, da igual la religión, la creencia o el credo,  les digo con contundencia pero también con caridad cristiana;  Con esas parodias, con esas máscaras, con esas burdas representaciones sólo habéis conseguido la efímera notoriedad del mediocre. Cuando se apaguen las luces de vuestr “éxito”, no quedará nada de vuestra obra, amigos mío;  sólo quedará la infamia de haber ofendido a muchas personas de bien que se entristecerán seguro de vuestra insignificancia humana.

            Y a todas las personas de bien, creyentes o no, sólo les pido que no aplaudan, ni disculpen, ni amparen estas faltas de respeto hacia los más íntimos y puros sentimientos del ser humano. Quizá no podamos evitar que surjan nuevas ofensas pero, al menos, tendremos una sociedad que sabe respetar a los demás.

Francisco José Zurita Martín       

LA HONESTIDAD

LA HONESTIDAD EN EL TRABAJO

                Vivimos unos tiempos en los que la lucha contra la corrupción está siendo el campo de batalla de políticos de cualquier ideología que quieren o pretenden presumir de ser los más activos en estas lides.  Y digo activos porque, desgraciadamente, unos y otros acaban mordiendo la manzana del dinero y arrastrando a su partido al fango de los tramposos.  Es tan generalizada esta tendencia al enriquecimiento fácil a costa de lo ajeno que el hartazgo general de la población les está pasando factura y hace que todos, sin distinguir colores, sean sospechosos del delito.

            Pero más allá de los partidos, este mal que tanto daño hace a la sociedad no se circunscribe a la clase política, ni siquiera a las administraciones públicas.  Esta práctica atañe a la toda la sociedad en su conjunto, incluyendo empresas privadas, asociaciones, ONG y ciudadanos de a pie.             No son pocos los que aplauden la astucia de muchos picarillos que presumen de obtener paguitas fáciles, de abusar de bajas en su empresa, de eludir ERES afiliándose a la carrera, de ser vividores de la sociedad a costa de los que se “parten la pana”.  Esta clase de actitudes deberían contar con la férrea oposición de las Leyes, de políticos, de empresarios y de TODA LA SOCIEDAD.

Y claro, los primeros en reaccionar han sido los políticos que son los que más directamente reciben el “premio” en forma de votantes arrepentidos y su cuenta de resultados no puede permitir que sus ingresos en forma de diputados, concejales y poder  al fin y al cabo, se vaya por el sumidero de los desencantados por tantos sinvergüenzas.

            También la empresa privada está reaccionando porque se está dando cuenta de la importancia del “riesgo reputacional”.  Ya no sale gratis contaminar,  maltratar al cliente o  no tener una adecuada política de personal.  Salir en los telediarios por causas poco honrosas sale muy, muy caro.

            Pero más allá de esta reacción, siempre bienvenida pero más por necesidad que por convicción,  hemos de averiguar dónde está la raíz del problema para que podamos vivir en una sociedad más justa y eficiente.

            Como cristiano que soy lo tengo claro, pero hay valores universales que deberían enseñarse en las escuelas desde pequeñitos que,  religiosos o no, hacen bien a la comunidad.

            La ambición desmedida se cultiva en los niños desde que nacen, se les inculca deseos de llegar muy alto y muy rápido en la escala social y eso, en sí mismo, no es malo.  Pero, además de infundir anhelos de superación, de liderazgo, de progreso, de bienestar económico, había que indicarles el camino, porque no todo vale. Hay que premiar las actitudes positivas y despreciar aquellos comportamientos indeseables que llevan a algunos al triunfo económico para que, al menos, tengan el rechazo social por haberlo conseguido por medios ilegítimos.

            Hablarles de respeto a los demás, honestidad, honradez y legalidad no va a menoscabar su futuro de grandeza, sino todo lo contrario.  De nada sirve tener alcanzar grandes metas económicas si no se tiene el respeto y la estima de los demás, de la sociedad en su conjunto.

            Invertir en educación, valores como la solidaridad, el compañerismo, la voluntad de superación, el respeto y la HONESTIDAD,  es garantizarnos un futuro mejor. Seguramente no habría que taponar tantas heridas que podrían haberse evitado.  Con toda seguridad, volveríamos a confiar en nuestra clase política, tendríamos confianza en las empresas que nos atienden, sabríamos que nuestro dinero se invierte con justicia y rigor.

            El resultado tardará en venir, pero hay que sembrar para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos recojan el fruto de lo sembrado hoy. La semilla tiene un nombre: HONESTIDAD.

TODOS LOS SANTOS Y UN CUADRO DE REMBRANDT

TODOS LOS SANTOS Y UN CUADRO DE REMBRANDT

Hoy, festividad de TODOS LOS SANTOS,  se me ha venido a la cabeza el cuadro de Rembrandt “El REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO”.

 No hace mucho, un buen amigo tuvo la ocasión de contemplar el original que se conserva en el museo del Hermitage de San Petersburgo.  Me confesó que se sintió sobrecogido por aquella majestuosa obra pictórica que el gran artista holandés dedicara a unos de los pasajes más conocidos y hermosos del Evangelio.

Hoy es el día de tantos y tantos santos que, a pesar de sus faltas y limitaciones humanas, ya abrazan a Dios como ese hijo pródigo es abrazado por su padre. Ese es el camino hacia la santidad que tan magistralmente nos enseña el cuadro…..

Siempre me ha interpelado esa parábola, preguntándome cuál de los dos hijos se parece más a mí, cuál de los dos quería más a su padre, cómo actuaría según quién de los dos me hubiera tocado ser en la historia.

En el cuadro, todos los personajes tienen motivo para sentir amargura;  El hijo pródigo, maltrecho y descalzo que llora arrodillado ante su padre. El hijo mayor que,  ciego de envidia y erguido de orgullo, cree que  el abrazo se lo merece él.  El administrador sentado que se golpea el pecho, quizás indignado por la incomprensible justicia de su Señor que contrasta con la que, como hombre, entiende y administra para el amo.

Pero aquellos olvidados personajes, casi imperceptibles,  que parecen no tener importancia alguna en la composición me desvelaron,  tras meditar profusamente, qué es estar en comunión con Dios.

¿Quién se asoma en la penumbra, casi imperceptible, con una mujer a su espalda, quizás su madre,  que lo entiende todo?  Ahí está la magia del cuadro, porque ese personaje sonríe con la aquiescencia y satisfacción de la mujer que lo observa desde la lejanía.

Y yo pienso,  ¡ese es el hijo perfecto!, que no aparece en la parábola pero que se alegra de corazón por su hermano y por el acto de amor de su padre.  Ese que es como su Padre,  que está en su padre,  que es hijo del hombre y que es hijo de Dios. Ese al que todos deberíamos imitar, como han hecho a lo largo de  sus vidas todos esos santos que han perseguido día a día ser lo más parecido posible  a Él.  Ese hijo que deberíamos ser cuando el padre le indica al mayor cuál es el secreto para ser SANTO, para estar en comunión con el Padre.

«Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

PACO ZURITA. DÍA DE TODOS LOS SANTOS 2019

LOS CROMOS PERDIDOS

Todo tiene una importancia relativa en esta vida nuestra. Lo que para unos puede ser trascendental, para otros, sin embargo, es algo que no merece la más mínima atención. A veces, cegados por nuestros propios egoísmos, no somos capaces de entender la importancia de un gesto, de una palabra de aliento, de una mirada de compresión hacia ese hermano que está afligido.  Es por eso por lo que, muchas veces, caemos en la comodidad de permanecer impasibles hacia el prójimo sin darnos cuenta del bien que dejamos de hacer por desidia o por desinterés.

Recuerdo aquella noche en la que fuimos a cenar fuera. Mi hijo pequeño tendría unos siete años y, sin duda,  me hizo vivir una experiencia de la que aprendí precisamente cuánto bien podemos llegar a hacer a los demás  cuando renunciamos a nuestros propios egoísmos.

Llegamos tarde  a casa  y estábamos cansados.  Aparqué el coche en el garaje, nos bajamos del mismo y empezamos a subir la escalera para irnos a dormir.  Juanma se quedó rezagado y parecía muy preocupado mientras urgaba por el interior del coche.  Le preguntamos qué ocurría y nos dijo con voz entrecortada y con gesto de profunda tristeza:

No encuentro los cromos.

Nos miramos los otros tres y, sin darle importancia al asunto y con enormes deseos de ponernos ya los pijamas para irnos a descansar,   su madre y yo le dijimos:

No te preocupes, mañana te compraremos más.

Nos miró resignado pero tras sus ojos de infinita tristeza se podía advertir una enorme frustración por su negligencia  y  una indisimulada decepción hacia nosotros por no entender su desaliento.  Era un niño muy bueno, que no discutía nunca nuestras decisiones y que sentía pudor de pedir cualquier cosa.  Pero su alma de niño estaba rota y, mirándome me dijo

Es que entre los cromos está el que me faltaba para conseguir la colección, ese que llevaba tanto tiempo buscando y que ha venido en uno de los sobres que me has comprado hoy.

Y me sentí culpable, no sólo por no entender la preocupación de mi hijo por haberlos perdido, sino por no haberme dado cuenta de su alegría cuando abrió el sobre que contenía ese último cromo….

Su madre le preguntó; ¿Dónde los pusiste?.

Él, casi susurrando su confesión, señaló la bandejita que hay en el tirador de la puerta del coche.

¿Cuántas veces te he dicho que ahí se pueden caer cuando abres la puerta?, le contestó su madre al sospechar lo que había ocurrido.

Parecía una locura que a esas horas existiera la más remotísima posibilidad de encontrarlos pero se me pasó  por la cabeza volver al lugar donde teníamos aparcado el vehículo hacía ya mucho tiempo.

Le pregunté a mi niño; ¿Vamos a buscarlos?

Él, mitad atónito, mitad esperanzado,  me contestó:

Me da igual.

Era la respuesta inequívoca que me daba cuando quería realmente decir que sí que, de alguna manera, confiaba en su padre aunque ni él mismo se creyera que podía encontrar los cromos.

Mi mujer me miró y lo entendí: Ve.  No me lo pensé dos veces; nos montamos en el coche y llegamos hasta el lugar donde lo teníamos aparcado.

El viento, la gente que pasaba por aquel lugar o la propia inseguridad que tenía de que los cromos realmente se cayeran allí, hacían la empresa poco menos que imposible pero después de un buen rato mirando por debajo de los coches que ocupaban el espacio donde había estado el nuestro y casi a punto de arrojar la toalla, miré junto al bordillo de la calle. Allí, todos juntitos como una baraja….¡¡ estaban sus cromos!!. Su cara de incredulidad se tornó en profunda alegría y vino hacia a mí abrazándome en gesto de profunda admiración y agradecimiento.

En el fondo de mi alma, sentí la profunda satisfacción que da el saber que, en esta vida, no debemos dar nada por perdido por pequeña que sea su importancia. Que muchas veces en nuestro día a día de personas adultas nos rendimos muy pronto aún a sabiendas que tenemos un padre más poderoso que nos puede preguntar;     ¿Vamos a buscar esos cromos?

PACO ZURITA. OCTUBRE 2019

LA LECCIÓN DEL ANCIANO EN BARCELONA

No me gusta hablar de política pero, en realidad, no voy a hablar de ella sino de historia de la humanidad. Y es que las imágenes que estamos viendo estos días en Barcelona y  en otras ciudades catalanas no dejan indiferente a nadie y, desde luego, a mí tampoco.

No dudo de la buena voluntad de unos y otros que tratan de buscar la fórmula mágica que ponga remedio a esta peligrosa y lamentable situación y que, intereses electorales al margen, buscan el bien de sus conciudadanos.

No dudo que estamos ante una situación muy complicada, con múltiples flancos e intereses cruzados y muchas sensibilidades distintas, pero, no dudo tampoco que nos encaminamos hacia un incierto pero quizás temido destino del que nos arrepentiremos por no aprender de la Historia.

Fue la imagen, que publican hoy muchos medios, de un solitario anciano retirando barricadas ante jóvenes alborotadores, la que me hizo reflexionar sobre las lecciones que nos enseña el pasado.

Porque ese anciano habrá conocido y   sufrido en su vida los avatares de sus más de ochenta años, sabrá bien lo que nos jugamos permaneciendo de brazos cruzados, callados o prudentemente expectantes ante el abismo que se nos viene encima.

Porque fue precisamente esa pasividad la que permitió que nacionalismos exarcerbados –da igual el color que tengan- sembraran Europa de dolor y muerte buena parte del s. XX.  Fue la indiferencia de un pueblo dormido la que veía en los extremismos la solución a sus frustraciones e incapacidad.  Fue ese “mirar para otro lado” lo que permitió que muchos jóvenes fueran aleccionados, manipulados y, en síntesis, sacrificados para una causa  que creían justa y de la que finalmente renegaron viéndose traicionados por sus propios maestros de la doctrina impuesta.

Cuando finalmente ese pueblo dormido despertó de su ensoñación ya era demasiado tarde y las crías de bestias que habían amamantado ya eran fieras adultas y con garras irreductibles. Costó más de  40 millones de muertos poner el reloj de la sensatez a cero.

Pero poco duró lo aprendido, porque siguieron muchos ciegos, egoístas,  interesados y estúpidos dirigentes visionarios de vagas grandezas alentando las diferencias y prometiendo utópicos sueños que acaban sucumbiendo a la realidad. Y lo que empieza siendo el sueño de unos pocos insensatos acaba siendo una pesadilla para muchos justos bañados en su propia sangre.

No renunciemos a las lecciones que nos da la Historia y aprendamos de esa anciano que,  aunque sin fuerzas corpóreas, sí tiene la fortaleza moral de plantarles cara y sacar de su absoluto abismo a tantos jóvenes que no la conocen.

Paco Zurita. Octubre 2019

LA SEMILLA

Cuántas veces hemos realizado algún acto que nos ha parecido rutinario, insignificante que, en resumidas cuentas, no ha servido “para nada”.  Somos proclives a realizar actos que nos reporten beneficios inmediatos; podemos estar varios meses acumulando fotos en una cámara digital y llegar al laboratorio y pagar unos euros más por tenerlas reveladas en el mismo momento. Estamos dispuestos a gastarnos más dinero si ello supone adelantarnos a los demás en el estreno de una película, un best seller o cualquier otra cosa. Pero… ¿cuántas veces no nos percatamos de los beneficios que recogemos de alguna buena acción que hemos hecho tiempo atrás y a la que no dimos, en principio, la menor importancia? 

En mi vida profesional me ha ocurrido infinidad de veces, simplemente dejando una tarjeta a alguien que atendí con especial interés sin esperar, en aquel momento, nada a cambio pero….  años más tarde esa persona recordaría el gesto y acudiría  a mí, guiado por su buena impresión, esta vez para ofrecerme algo bueno.

Cuando tenía unos dieciséis años, mientras paseaba, ocurrió un hecho al que en ese momento no di importancia y que años más tarde me hizo entender, nunca más a propósito, lo importante que es «sembrar».

En la casa de campo donde vivíamos, tras los poyetes que delimitaban el camino y los alrededores de la propia casa, había un pozo ciego y un cercado lleno de arbustos y maleza, que hacía años habíamos dejado crecer, de tal guiso que la vegetación era espesa y prácticamente intransitable. Cuando años más tarde decidimos limpiar aquella zona, apareció una palmera datilera de grandes dimensiones que no era común en nuestra finca. Nadie sabía el origen de aquella palmera hasta que recordé un hecho que había ocurrido unos 8 años antes.

Era Navidad, una tarde de un 24 de diciembre, en la que mi madre se afanaba en preparar la cena de Nochebuena. Entre las delicias que nos aguardaban, había unos dátiles rellenos de queso azul. No pude resistir la tentación de coger un puñado de ellos, aún sin preparar,  para comérmelos tranquilamente paseando por el exterior de la casa.  Conforme me los iba comiendo, practicaba uno de mis “deportes” favoritos; lanzar objetos contra algún objetivo y acertar. Fui arrojando los huesos, tratando de darle a alguna de las estacas que delimitaban el pozo, pensando que, quizás,  serían comida para las aves o para los  insectos.  Pero uno de esos huesos, ¡ quién me lo iba a decir!, de una especie tunecina, “cayó en tierra buena” y años más tarde pude comprobar el fruto de aquel hecho fortuito.

Cuántas veces no caemos en la cuenta de lo importante que son nuestras pequeñas acciones “sin importancia” que, años más tarde, dan mucho fruto. Sólo hay que hacer dos cosas; sembrar pequeñas semillas que valen poco y saber esperar la cosecha que es rica y abundante.

Ya lo decía Él en la parábola del sembrador….. “Y algunas cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto”.

Paco Zurita. Octubre 2019