LA CUBANA ESTRECHA

 A más de un lector, tras leer el título de este artículo, se le habrá pasado por la cabeza que la trama del mismo se sitúa en la bella ex colonia española o tiene que ver con una belleza de aquella isla. Lamento desilusionarlos en  este caso, pues ni he estado en Cuba,  ni he tenido experiencia alguna con mujer que no sea la mía.  Pero sí que tiene que ver con una experiencia con un desagradable vendedor que me quitó las ganas de comprar una guayabera, también llamada “cubana”.

Para estas latitudes de España, donde vivo, los que nos vemos obligados a llevar traje en el trabajo, tenemos una alternativa para el tórrido verano y que ya vestían nuestros abuelos. Elegante y fresquita, la guayabera es una prenda ideal para ir bien vestido y no caer de un golpe de calor en el mes de agosto jerezano.

La que yo tenía estaba llegando al fin de su vida por una jubilación anticipada provocada por un exceso de tensión en la botonadura.  Decidido a buscar una que no se pegara tanto a mi barriga, acudí a un conocido centro comercial con mi mujer en busca  de una nueva.  Revisé una y otra vez las que vi en los expositores pero no había ninguna que se pareciera a la que buscaba. Harto de buscar inútilmente, logré, no sin esfuerzo, localizar a un dependiente con cara de haberse indigestado con tres platos de berza con toda su “pringá”.

Le expliqué lo que buscaba, señalando mi preciosa y algo apretada guayabera y se limitó a decirme, con un claro gesto de la cabeza, que las únicas que tenían estaban en los expositores.  Le contestamos mi mujer y yo que no era lo que buscábamos e hicimos ademán de irnos. El “simpático” dependiente que seguía sin mejorar de su  indigestión pero decidido a cerrar la venta me soltó de un plumazo:

  • Esa camisa le está estrecha y corta. Bueno, estrecha no, estrechísima y chiquitísima.

 Y con un movimiento de profesional de la costura agarró con dos dedos uno de los botones demostrándome que había poco margen para el movimiento.  No contento con la demostración empírica, me asestó:

  • Además ese modelo que usted tiene ya no se lleva. Éstas son la que están de moda Los que tenemos los tiene usted aquí. Y sin atisbos de mejorar de su supuesta indigestión añadió:
  • Si no le gustan éstas mejor vaya a una tienda con ropa de gente más mayor.

Es cierto que el verano había sido generoso conmigo y que ya no era precisamente joven, pero no me veía ni gordo ni viejo. El habilidoso dependiente me dijo lo que no quería oir….

Mi mujer y yo nos miramos y, coincidentes en nuestros pensamientos, agradecimos su esmerado y amable trato y salimos pitando de allí con la intención de no volverlo a ver más.

Hace unos días, en una oficina de correos, pudimos comprobar cómo el trato agradable y una simple sonrisa pueden hacer verdaderos milagros en el arte de vender.  Hacía tiempo que no remitíamos nada por correo y estábamos un poco perdidos para enviar un paquete a nuestra hija en Londres.  Nos atendió una amable muchacha que sonreía de forma sincera y veraz. Sus consejos eran tan sinceros y razonables que el coste del servicio nos pareció hasta barato. Parecía disfrutar con su trabajo y lo hacía extensivo a cada persona que atendió antes que a nosotros.  Abrumados por el tiempo que nos dedicaba y nuestra preocupación por entretenerla más de lo preciso, nos contestó; aquí estoy para esto.

Parece mentira que, con la feroz competencia que hay en nuestro mundo actual, haya personas que no entiendan que vivimos de los clientes y que de ellos depende nuestro puesto de trabajo. Que no comprendan que poner cara de indigestado nos hace el día a día más largo y difícil y se lo hacemos más injusto a los compañeros que contribuyen al éxito de nuestra empresa.

A aquel dependiente con cara de ogro y exceso de sinceridad no volví a verlo más, pero estoy seguro que la próxima vez que tenga que enviar algo por correo acudiré a la oficina donde trabaja esa amable muchacha que hace del trabajo un arte en la atención a las personas.

Paco Zurita

Febrero 2020

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