AQUELLOS VIEJOS TABANCOS DE JEREZ

Buscando viejas fotos de aquel abuelo al que no  tuve la suerte de conocer, descubrí por casualidad por qué siento pasión por los tabancos jerezanos. Y es que, sin saberlo, ese abuelo mío al que dicen me parezco mucho,  era ferviente amante de esos espacios de tertulia y de amistad en torno a una copa de vino o a un vaso de café.

Hubo un tiempo en que, poco a poco, fueron desapareciendo de nuestra ciudad esas rancias tabernas, denostadas una época por la incipiente modernidad y añoradas hoy por muchos que tratan de recuperar, con más o menos acierto,  las que conocieron nuestros abuelos.

Los que tenemos ya algunos añitos, tuvimos la suerte de conocer algunas de ellas que fueron cerrando, presa de la presión inmobiliaria o de la propia sociedad  que dejó de entender su verdadero valor.  Recordamos con cariño esas botellas de mosto o esos cortitos de fino que el camarero llenaba tras un contundente golpe en la madera,  o esas tizas en la oreja con las que apuntaban la cuenta  sobre la barra y que nunca llegaba a arruinar a nadie…

Jerez se fue ensanchando en extensión y modernidad y los viejos tabancos fueron dando paso a nuevos bares, restaurantes y cafeterías que también hacían las delicias de todos. Pero, como nos repite muchas veces la vida, las cosas no se valoran hasta que se pierden y, la muerte de los últimos tabancos, dejó un profundo vacío en el corazón de muchos jerezanos que los conocieron o habían oído hablar de ellos a sus abuelos.  Quedaban en el recuerdo y en la nostalgia de un tiempo que parecía dormirse en el pasado definitivamente.

Pero, poco a poco, algunos arrojados empresarios se armaron de valor y reabrieron viejos locales o adaptaron otros nuevos  a la vieja usanza. Muchos otros recuperaron sus nombres y trataron de emular lo que fueron.  Lo que parecía perdido, resurgió de las cenizas del pasado y, una vez más, cautivó el alma que lleva dentro un buen jerezano. Y no solo a los jerezanos sino a muchos foráneos que encontraron en ellos un tesoro escondido y me pregunté por qué.

Y viendo la foto de mi abuelo, dedicada a mi madre como el testamento que regala el secreto de saber vivir, encontré la respuesta a mi pregunta. Porque, para encontrar la felicidad en la vida,  no se necesita tanto como muchas veces nos pensamos. En esa decrépita y casi desnuda taberna, los que allí estaban, contertulios y dueños, compartían un ratito de amistad.  La felicidad de sus caras nos recuerda la importancia y la belleza de las relaciones humanas, sin más premio que unas palabras de aliento, un chiste, compartir unos recuerdos…  Esa es la magia y los verdaderos valores que encierra esos lugares de encuentro donde lo importante son las personas, solo las personas…..

¡¡Y qué mejor lugar para hacer un altar de esos valores que una viejo tabanco de Jerez!!

Paco Zurita

Julio 2020

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