RESPETAR LO PRIVADO PARA MEJORAR LO PÚBLICO

Hoy he desayudado con nuevos anuncios en los medios de comunicación sobre las intenciones del actual ejecutivo acerca de la próxima reforma fiscal. Sin obviar la necesidad imperiosa de equilibrar las maltrechas cuentas públicas, como españolito medio y también como economista que soy, no puedo dejar de advertir de los peligros y amenazas que se vislumbran en un oscuro horizonte.
Esta pandemia nos va a causar un fuerte varapalo a nuestros ya endebles bolsillos. Pero aún nos van a aparecer más boquetes en los mismos causados por los sablazos inmisericordes de aquellos que disfrazan sus verdaderas intenciones de un traje de supuesta justicia social y de un castigador mazo contra los presuntos ricos. Y es que, aunque muchos no puedan, no sepan o no quieran verlo, las medidas que se anticipan harán a los ricos más ricos, a los pobres más pobres y a los que estamos en medio más cerca de éstos últimos que de los primeros.
No defender la propiedad privada del abuso de los llamados “okupas”, que campan a sus anchas aplaudidos por unos con la aquiescencia de otros es ya norma habitual en nuestros días y entra dentro de lo “políticamente correcto”. Atacar a la educación concertada, a la sanidad privada, a los planes de pensiones, y a todo aquello que suene a “privado”, puede contentar a aquellos que se creen la estúpida falacia y la interesada historia de un Robin Hood de nuestros días, pero acabará afectando negativamente a todos, incluyendo a ellos mismos y a todos los que defienden legitimamente un sector público al servicio de todos. Supongo, sin temor a equivocarme, que a nadie de los que piensan así les guste encontrarse a la vuelta de una cena a gente cenando en su casa y abriendo sus neveras hasta que un juez, años después, reconozca que era la suya.
No sólo es difícil justificar que se “premie” a los españoles que se sacrifican por una sanidad más rápida, por una educación elegida para sus hijos o por ahorrar para su jubilación, subiéndoles el IVA, imponiéndole más impuestos directos o menos deducciones; es además contraproducente desde un aspecto meramente económico y social. Desincentivar estas actitudes hará que la sanidad pública se colapse aún más, que la escuela pública tenga que dotarse con más recursos o que las pensiones públicas deban garantizar una mayor tasa de sustitución de cara al futuro, ante la falta de incentivos por complementarlas con las privadas.
La falta, además, de actividad en estos sectores afectados, redundará en peores resultados empresariales, más paro y menos ingresos para el propio Estado.
No pretendo, Dios me libre, desdeñar ni despreciar la imperiosa necesidad de contar con un estado del bienestar al alcance de todos. Precisamente lo que pretendo es que no se destruya el que tenemos y que, más aún, lo mejoremos. Y, por eso, desde mi humilde opinión, veo negros nubarrones en nuestro futuro económico en forma de medidas más ideológicas que efectivamente económicas.
Son tiempos difíciles en los que toca trabajar más duro, ser más generoso con los que menos recursos tienen, afianzar nuestras instituciones y estado de derecho con objeto de mejorar la estabilidad y, sobre todo, ser pragmático y ortodoxo en las medidas económicas que han funcionado en los países más desarrollados.
Yo apuesto por ello en aras de nuestro propio bien y el de nuestros hijos.

Francisco José Zurita Martín
Octubre 2020

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