LA ANCIANA DE LOS PATITOS

En uno de mis viajes por el norte de España, subí a uno de los dos montes que flanquean una hermosísima bahía donde, cual perenne centinela,  emerge de un mar con forma de concha una verde isla llamada Santa Clara. En ese monte, que los donostiarras llaman Igueldo,  hay un pequeño parque de atracciones y desde allí se disfrutan las vistas más hermosas de San Sebastián. La tarde de verano estaba tranquila y el mar azul reflejaba el brillo de un sol que empezaba a dormirse.

En una de las atracciones del parque, me llamó la atención la presencia de una anciana que hacía ya muchos años que debería haberse jubilado. Estimé que rondaría los ochenta años porque sus arrugas y su escaso pelo cano,  recogido en un rodete bien dispuesto, no dejaba lugar a dudas. Sostenía varias cañas,  de esas que los niños utilizan para  pescar patitos con puntos escondidos en sus panzas planas. No había mucha gente en su puesto y la vi con la mirada perdida en sus pensamientos, quizás cansada de tantos años de trabajo o puede que sumergida en aquellos tiempos de su lejana juventud.

Me pregunté cuántas ferias llevaba en su anciano cuerpo, cuántas necesidades la mantenían aún de pie, cuantos avatares de la vida la obligaban a seguir trabajando a pesar de sus muchos años.

Sentí lástima de la anciana y de todas las personas que, como ella, pasan desapercibidas para la mayoría de nosotros que no valoramos en justicia su duro y abnegado trabajo. Pensé en los que asan castañas en otoño, en los que mortifican su manos cogiendo higos chumbos al amanecer de un verano o en los que pasan las noches en vela en hospitales cuidando a los ancianos de otros.

Sentí aún más frustración cuando vi más tarde  a una muchacha joven tumbada en el suelo con la mano extendida para mendigar unas monedas para “comer”.  Volví la mirada a la anciana de los patitos que seguía de pie, aún sin clientes que quisieran “pescar” algunos de sus patitos.  Curiosamente, la joven ya tenía varias monedas en su cesta y más de un turista, conmovido por el duro mensaje que tenía  escrito en un cartón, echaba alguna más.

Es este mundo hipócrita y falso muchos pretenden tapar sus vergüenzas dando unas pocas monedas al que interpela a sus conciencias, negándoles una oportunidad a los que buscan pan a cambio de su esfuerzo. Son los que  prefieren aliviar sus conciencias ayudando con peces baratos y no apostando por cañas para que pesquen los que madrugan y trabajan.

En esta crisis que se avecina, tenemos que ser generosos dando trabajo a los que lo que buscan o dando dinero y recursos a instituciones benéficas y de acción social que atiende a los que no lo encuentran. Hemos de ser solidarios colaborando con instituciones como Cáritas que saben dónde están los que realmente necesitan nuestra ayuda evitando que algunos se aprovechen de la generosidad de muchos, privando de ayuda a los que realmente la precisan.

Yo, por eso, por respeto a los se esfuerzan para ganar unos cuartos asando castañas, pelando higos chumbos u ofreciendo cañas para pescar patitos, no doy nada a los que se apostan a la puerta de una iglesia sentados horas y horas, días y días, año tras año….. Sí, en cambio, probaré fortuna con una caña, con el más dulce los higos o con las más tierna de las castañas.  Quizás no cubra necesidades imperiosas,  pero habré ayudado a  gente como esa anciana de los patitos a ganarse honradamente la vida.

Paco Zurita

Noviembre 2020

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