LA ÚLTIMA ESPARTERÍA DE JEREZ

Donde la Por- Vera se ensancha, quizás buscando refugio y abrigo junto a  un lienzo de la vieja torre almohade, la última espartería de Jerez exhibe orgullosa sus razones para seguir viviendo. 

Los gemelos Juan Luis y Manuel Becerra heredaron de su padre el amor por el esparto al que dedicó la mayor parte de los días que Dios le concedió en este mundo. Y es que  el buen hombre trabajaba incansablemente de lunes a viernes en la espartería de la calle Lancería y, enamorado del oficio, los sábados y domingos echaba horas extras en la de la Por-Vera hasta que su propietario, ya jubilado, dejó su negocio en las mejores manos posibles.

Hoy me contaba orgulloso Manolo  que el establecimiento  ya ha cumplido 101 años y que es la única  espartería que queda de las cinco que existían hace unos años en Jerez. Comenzaron a trabajar con  su padre a los dieciséis años y, ¡Quién lo diría!.. ¡Ya pasan de los 62!; Toda una vida dedicada a hacer puro arte de un elemento tan humilde pero que alcanza un extraordinario valor cuando sale de sus manos. Y es que, hoy en día, son verdaderos artículos de lujo para todos aquellos que saben apreciar en las cosas la sublime elegancia de la sencillez.

Antaño, el esparto era un artículo de primera necesidad, que hacía posible la fabricación de  elementos indispensables para viñas y bodegas de Jerez. Así, persianas, alfombras y esteras, capachos y aventadores,  alpargatas, escusas, recinchos, rollos y serones, dogales y  aguaderas, alforjas y tantas y tantas cosas que hoy suenan extrañas, eran objetos y herramientas básicos hechos de esparto e insustituibles en tantos oficios y tareas en torno al negocio del vino y de la tierra. Y, sin dejar de utilizarse aún en nuestros templos del vino y en la vasta campiña jerezana, palacios y casas jerezanas lucen señoriales en sus balcones y dependencias elementos de esparto que las defienden del sol y de la humedad. Testigos mudos de un tiempo que se nos fue pero nos dejó en herencia sus ingeniosos y prácticos artilugios descubiertos por nuestros ancestros.

Y mientras Manolo me mostraba y explicaba gozoso todo cuanto elabora con la humilde planta, me fijé en los haces de tan tosca materia prima antes de que, en sus expertas manos, se conviertan en  pajizos y verdaderos hilos de oro entrelazados.  Me seguía hablando  de las largas horas de trabajo, de lo difícil que resulta cobrar su verdadero valor y hasta de los países donde aprecian y  reclaman su ancestral artesanía; ¡Nadie es profeta en su tierra!, le dije. Porque …. ¡Cuántas veces pasamos por alto el valor de lo que tenemos! ¡Y es tanto y tan bueno lo que tenemos en esta prodigiosa y bendita tierra!

Como tantas cosas en la vida, no apreciamos el verdadero valor de las mismas hasta que descubrimos cómo  se elaboran, su origen, su historia  y cuánto trabajo y cariño humanos hay tras cada una de ellas.  Quizás entonces, haciendo gala de un extraño y repentino ataque de buen gusto,  sepamos apreciarlas, valorarlas y adquirirlas como objetos únicos e  iniguables.

Como un tesoro escondido, aún tenemos la suerte de tener en el número 47 de la  jerezana calle Por-Vera, un templo de historia viva de esos añorados tiempos que hacían del esparto y de sus usos un arte y una razón poderosas para disfrutar de las buenas cosas de la vida.

Paco Zurita

Abril 2021

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