LA SONRISA DE UN ANCIANO

Quizá porque he crecido rodeado de personas ancianas,  siempre he tenido una gran sensibilidad hacia aquellos seres humanos que afrontan el atardecer de sus vidas.

 A la propia enriquecedora experiencia de dejarse empapar por sus historias y recuerdos, he encontrado en ellos un referente, un ejemplo, un pozo sin fondo de consejos con el que afrontar mi propia vida. Y desde el puro sentido humano del amor sincero, hablar, convivir y hacerles vivir con alegría sus años otoñales me ha dado satisfacciones difíciles de explicar a los que no han tenido la suerte de sentirlas.

Quizá por esta razón me cautiva ver a personas,  como las Hermanas de la Cruz,  que dedican sus vidas a dar cariño, amor y consuelo a tantas ancianas cuya mejor compañía es la constante presencia de esas abnegadas mujeres, verdaderos ángeles de Dios en la tierra.

Decía Jesucristo que aquellos que no se hacen como niños no entrarían en el Reino de los Cielos.  Y es verdad que la vida nos transforma, nos corroe, nos oxida con todos los vicios y pecados que nos alejan de ese niño que fuimos, de esa inocencia con que nacimos, de esa felicidad por no saber el sentido del bien y del mal. Es verdad que algunas personas pierden la sonrisa de ese niño, su confianza en los demás, la falta de recelos, a de envidias y odios que vamos acumulando con el paso del tiempo.

Eso ya lo sabía Cristo que también quiso vivir en sus carnes y en su alma humana el dolor, las afrentas, los desengaños, el abandono, la traición y bien conocía  lo difícil que resultaba mantener esa sonrisa o volver a ella.

Pero ese anciano que ha vivido tantos  años, que ha sufrido, que ha llegado a sentir el odio, el escarnio, la traición, la envidia, el desengaño y las más bajas debilidades humanas y, aun así, sonríe, ese anciano,  lleva a Dios dentro.  Por eso, cada vez que veo a un anciano sonreir me acuerdo de aquel pasaje y pienso:

“Tú sí que has entendido qué es volver a ser como un niño”.

Paco Zurita. Octubre 2019

CONFIANZA EN DIOS

Señor, cuando desconfío,
Los temores me confunden
Y, al dudar, mis pies se hunden
En el mar oscuro y frío.
Y en el ciego desvarío,
Sin tener dónde agarrarme
Tú llegas sin avisarme
Y me sostienes de nuevo
Y al mirarte me conmuevo
De cuánto debes amarme.

Paco Zurita

ESPERANZA

El sol cansado se acuesta
entre los campos de hinojos
y contemplo ante mis ojos
cómo la noche se apresta
a rendir siempre dispuesta
la última luz del día.
Si se acaba la alegría
no hay que perder la esperanza
que a la vez en lontananza
ese sol amanecía.

Paco Zurita

EN DEFENSA DE LA CULTURA

Quizás por hastío, aburrimiento o estresante frustración, han dejado de interesarme desde hace tiempo los foros o programas de índole política. Huyendo de ese mundo, que en realidad me apasiona por su naturaleza esencial de servir y procurar el bien y progreso de la sociedad, solo participo en foros culturales o veo programas de historia o del mundo animal.
Este verano, para matar demasiadas horas de asueto, he repasado más intensamente los grupos de Facebook en los que estoy presente disfrutando con banalidades varias, alegrías compartidas y muchos documentos y recuerdos históricos que algunos internautas tienen el acierto de publicar. Y en ese remanso de paz y disfrute de viejas fotografías de la ciudad, monumentos desaparecidos y nostálgicas imágenes de nuestros abuelos, prende la chispa de la insensatez y surge un comentario sobre el busto retirado de un personaje histórico. Lo que era un mar de tranquilidad y disfrute, se convierte en un acalorado debate y cruce de opiniones sobre la conveniencia o no de retirarlo de donde estaba. Lejos de amainar la tormenta, llegan los soldados de ambas causas, casi olvidadas por la mayoría, y se enzarzan en inútiles acusaciones que ya no importan ni a los nietos de los protagonistas. Y entonces me doy cuenta del pernicioso efecto que provoca la política en todo lo que toca, haciendo que muchos participantes en el foro dejaran al aire sus vergüenzas de pura ignorancia opinando sin rigor o, simplemente, repicando como un eco, afirmaciones de otros que no se han dignado ni siquiera en contrastar.
Y así nos luce el pelo a los que formamos esta sociedad nuestra que juzga a las personas por sus ideas, por su época, por alguna de sus acciones y no por su talento. Así, de las manos de hordas bárbaras insensatas, han caído muchos intelectuales que hacían a España más grande, más culta, más humana. Así se perdieron grandes valores como Lorca, Miguel Hernández, Pedro Muñoz Seca…. O personas buenas y entregadas a la sociedad sólo por defender unas creencias… ¡¡¡ Qué pena y qué triste!!! Y qué dramático que muchas personas, sin conocimiento de causa se dejen manipular y arrastrar por la corriente reinante en cada momento y apoyen sin pudor lo que dice la mayoría.
Mientras tanto, tras haberme tomado un pequeño respiro a mi auto impuesta abstinencia de política, seguiré refugiándome en los documentales de lucha animal. Al fin y cabo, para ellos es una cuestión de supervivencia.

Paco Zurita

OTRO DÍA EN EL PARAÍSO

Era joven, de aspecto desaliñado, casi de los que asustan cuando nos cruzamos con alguien con esas pintas en una calle solitaria, pero aquel pequeño gesto que realizó el muchacho me sorprendió gratamente y me llenó de esperanza.
Sentado en una cafetería, junto a la ventana que daba a la calle, me ensimismé observando el ir y venir de gente en un paso de peatones. Los coches que no paran, los que cruzan sin mirar, los que protestan. Me quedé absorto asomado a esa pequeña parte del mundo que me rodeaba.
En aquel paso de peatones había mucha gente; Un ejecutivo leía un periódico. Otro consultaba el móvil, otros charlaban entre sí, otro miraba el reloj impaciente. Gente bien vestida, gente aparentemente educada y social, gente, supuestamente, de bien. Gente de este mundo, de este perdido mundo…. Me recordaba aquella canción de Phil Collins “Another day in Paradise” cargada de tanto significado humano.
Me fijé en una anciana con un bastón que, insegura de cruzar la calle, llevaba un rato esperando. Nadie se percató, nadie advirtió su presencia, nadie reparó en su angustia o en sus limitaciones. Nadie, excepto ese chico, ese joven estrafalario por el que nada hubiera apostado en este mundo que no piensa en los demás.
Sorprendido por la acción que presenciaba, clavé mis ojos y detuve el tiempo, sobrecogido al ver al chico coger a la anciana del brazo y con su brazo libre bien en alto, exigir enérgicamente a los coches que se pararan. Así cruzaron ambos, despacio, sin importar el tiempo y las impacientes bocinas de los que tenían prisa, de los que hubieran cruzado antes de perder dos minutos de su vida esperando a una frágil y lenta anciana.
Y aprendí una lección que me llenó de vergüenza pero a la vez de profunda satisfacción: En este mundo hay gente con el corazón enorme a pesar de su edad, de su apariencia, de los prejuicios que podamos tener hacia ellos. Me sentí lleno de gozo y pensé en cuántas almas hermosas se esconden en las apariencias más alejadas de los valores imperantes. Me sentí, sobre todo, lleno de profunda esperanza, porque Dios sigue habitando en nuestros corazones.
Paco Zurita

A MI ABUELO, FRANCISCO MARTÍN FRIGOLET

A MI ABUELO

Fui a la tierra que tú amabas

buscando, abuelo, tus huellas

y hallé en las playas aquellas

las arenas que pisabas,

esas que tanto añorabas

de tu infancia ayamontina.

Donde bebe agua marina

y se muere el Guadiana

fue mi alma jerezana

a buscarla peregrina.

Respiraba la mañana

la brisa tenue del río

y sentí como algo mío

ver la Portugal cercana

y el repique de campana

por Angustias, su patrona.

Y mi alma se emociona

segura que lo ha vivido

como un recuerdo dormido

que nunca nos abandona.

Yo que no te he conocido

por marcharte tan temprano

hoy tu nieto jerezano

a tu encuentro se ha venido

y, abuelo, no me he sentido

en tu tierra polizonte;

Que allá desde el horizonte

del tiempo pasado, abuelo,

Mirándome desde el cielo

Vuelvas a ver Ayamonte.

EL COTO DESDE SANLÚCAR

El mar agita las olas

Y el sol ya besa la arena

Y mi alma se serena

Y busca quedarse a solas

Y pienso en las amapolas

Que florecen tras el río

En el romero de estío

En los pinos y en el brezo

Que desde aquí yo le rezo

A la Virgen del Rocío.

¡Qué grande eres Dios mío!

¡Qué grande eres, Dios mío

Pintando así atardeceres!

¡Qué grande, qué grande eres

Que al mirarlos me extasío!

¡Qué sublime poderío

Que al contemplar tal belleza

Me rindo ante tu grandeza

Y te hago más mi dueño¡

¡Que ya con tu gloria sueño

Porque así también se reza!

UNA MIRILLA HACIA EL CIELO

Era paz, pura paz, lo que calaba en mi alma aquella preciosa mañana.  El silencio imperante sólo se perfeccionaba con el canto de los pajarillos que se despertaban con los primeros rayos del sol y las voces angelicales de las hermanas de Belén que se preparaban para la Eucaristía.

El ambiente intimista y recogido, a la luz de una solitaria lámpara encendida, me hacía reconocer que no somos de este mundo porque vamos buscando aquel de donde procedemos.

Ajeno a las prisas mundanas, el oficiante de la Eucaristía dejaba dormir el tiempo en cada palabra, en cada oración, en cada reflexión… No importa el tiempo en este paraíso en la tierra.

Pedíamos por un joven fallecido en un accidente; muerte prematura,  incomprensible e injusta para aquellos que creen que todo se acaba aquí…. No para sus padres, cuya fe me sobrecogió y me interpeló sobre la propia fortaleza de la mía.

Había paz, mucha paz. Paz en estado puro y cristalino;  En el lugar, en los que allí estábamos, en las monjas que cantaban, en los que lloraban en sus adentros la pérdida temporal del ser querido.

Al término de la eucaristía, casi flotando de adrenalina celestial, fuimos saliendo al atrio del hermoso monasterio. La madre superiora quiso despedirse de la familia que, formando un pequeño corro en torno a ella, escuchaba emocionada sus sabias palabras:

  • De aquí nos vamos todos, unos antes, otros después, todos peregrinando a nuestro ansiado y verdadero destino. Y Él ya ha llegado, ya goza de la plenitud de Dios.

¡Qué paz hay aquí, madre!, dijo uno de sus familiares.

  • Sí, pues imaginad entonces lo que nos espera allá arriba. Lo que aquí tenemos es sólo un poquito de esa paz;  “ Una mirilla por donde vemos un trocito del cielo”.

Paco Zurita

Septiembre 2019

LOS OJOS DE LA ABUELITA

En muchas ocasiones, como cofrade, me he preguntado si la labor que hacen nuestras hermandades  es del agrado de Dios.  Si los  hermanos  que  las conformamos somos verdaderos cristianos, seguidores del ejemplo de Cristo y difusores de su mensaje.

Ayer también me lo preguntaba mientras, un año más, sacábamos a San Blas por las calles del barrio. Hacía frío y muchos hubieran preferido quedarse en casa.

Este año habíamos decidido llevar rosquillas a las religiosas de los conventos que se hallaban  en el recorrido. Las Agustinas, las Hijas de la Caridad, las Hermanas de la Cruz, las Salesianas…

Llegamos al convento de las hijas de Sor Ángela que, con sus delantales de faena puestos, habían sacado a las ancianitas fuera para que pudieran recibir al santo. Las hermanitas sonreían por el regalo que les hacía Dios y las ancianitas, muchas de ellas en sillas de ruedas, miraban absortas cómo el paso embocaba la angosta calle Sor Ángela y se plantaba a escasos centímetros de sus rodillas. Con qué poquito se conforman aquellas que lo dan todo por Dios sin esperar nada a cambio. Con cuánta satisfacción reciben muchos el cariño que les dispensa un hermano dispuesto a recordarles que no están solos en este mundo.

Sus ojos ya estaban empañados y los nuestros empezaban ya  a empañarse porque veíamos en ellas a nuestras abuelas, a nuestras madres.  Cuando Edu, el capataz, les dedicó la levantá y la Superiora llamó, un regusto de satisfacción nos recorrió a todos el alma. Ya no importaba el esfuerzo de preparar la procesión, el frío de la mañana o las preguntas sin respuesta.  Yo ya tenía la mía; una de las ancianas,  cuando el paso retrocedía poco  a poco,  fijó sus ojos empañados en los míos intuyendo que mi vara dorada era la que portaba el “pastor de aquel rebaño”. Sin pronunciar palabra alguna dibujó con sus labios con una cadencia casi infinita la palabra “GRACIAS”. No hizo falta  tampoco que yo hablara  porque en mi sonrisa emocionada, la abuelita pudo encontrar el  mensaje de mi profunda gratitud.

En este mundo nuestro, donde se están perdiendo tantos valores, ayer encontré un motivo más para creer en nuestras hermandades, en un grupo de personas que comparten unas creencias, unos sentimientos, una devoción.  De nosotros depende que llegue nuestro mensaje a tantos que lo necesitan, a los que están vacíos y ansían  llenar sus vidas, a los que están perdidos a pesar de tenerlo todo.  Unidos en pos de Cristo, podemos ser capaces de cambiar el mundo y darle sentido a muchas vidas; trabajando por los demás.

Ayer me sentí feliz de pertenecer a una Hermandad, aunque sólo fuera por ver los ojos emocionados y agradecidos de esa abuelita.