ERA ARTE Y YO NO LO SABÍA

A pesar de ser festividad local, hoy me desperté temprano. Aún era de noche cuando llegué a la esquina del parque González Hontoria,  frente a la entrada de mi oficina. No daba crédito a lo que veía y, quizás  movido por mi ignorancia,  un volcán de indignación recorrió mi interior de arriba abajo. Un mar de bolsas de plástico, botellas y lo que creía desperdicios varios, alfombraba los decrépitos jardines del parque mientras una nutrida cuadrilla de operarios municipales se afanaban en hacer montones con los mismos. Muchos jóvenes salían y deambulaban, descalzos algunos, con vasos en la mano por las inmediaciones del Hontoria.  Ya quedaban pocos en el lugar de los hechos, rendidos de tanto esfuerzo y de una noche tan larga.

Poco a poco, mi indignación inicial fue dando paso a la sosegada cordura cuando pensé fríamente en el significado de aquel pavoroso espectáculo. Aquellos jóvenes exhaustos y desaliñados habían estado toda la noche trabajando en una majestuosa alfombra de colores, digna de ser expuesta en la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid,  junto a tantas obras que allí se exponen y que, sin duda, pasarán a la historia del arte.

Era realmente una maravilla de composición, color y textura esa preciosa alfombra de plásticos multicolores junto a papeleras y contenedores vacíos que hacían las veces de mudos espectadores rendidos a la quintaesencia del arte.

Los operarios, no sin motivo, sufrían por destruir la obra pero, como todo arte que se precie en estos días, su vida es efímera, porque sólo está al alcance de mentes sensibles y privilegiadas. Y, sobre todo, porque ya esperan para la noche que nos aguarda, nuevos artistas noveles deseosos de cubrir con sus pinceles del siglo XXI los estériles y monótonos jardines del parque.

Convencido ya de tanta majestuosidad y grandeza, un detalle más me llegó al alma y me convenció de que hemos criado y educado  a toda una generación de artistas. Al fin y al cabo estamos recogiendo el fruto de muchos años de calidad de enseñanza en el colegio y en nuestros hogares. Y ese detalle, ese broche de oro,  fue el brindis que una muchacha descalza hizo al cielo cuando salía de la sala de exposiciones arrojando el vaso, con cubitos, limón y restos de la bebida  a la calle. Un taxista,  que pasaba en ese momento por allí,  celebró tan precioso gesto esquivando el objeto y con un elegante requiebro del vehículo.

Era arte, puro arte…. ¡¡Y yo no sabía!!

Francisco Zurita Martín

Feria de Jerez 2019

«AL QUE HA DESTROZADO LA ILUSIÓN DE LOS NIÑOS»

Ayer, cientos de niños jerezanos de corta edad pasaron largas horas en la calle Merced para alfombrarla al paso de patrona. Sus sonrisas e ilusiones se vieron plasmadas en variopintos dibujos de sal, que a cualquier madre alegraría, no por la belleza de sus creaciones,  sino por el gesto de hacerlo a altas horas de la noche. Fueron horas de trabajo y  de esfuerzo las que necesitaron para hacerlas…

Sólo unos pocos segundos tuvo que emplear un desalmado para destrozar con su vehículo las alfombras de los niños, esparciendo la sal por los adoquines al paso de las ruedas.

Me pregunto si era creyente o no, si albergaba algún rencor insalvable o, simplemente, le importaba poco o despreciaba todo aquello que le impedía pasar por la calle.

A la Virgen no le importa porque el regalo ya se lo hicieron los niños. Pero a los niños, que irán a ver las alfombras esta mañana con sus padres, ¿Quién les explicará el odio y el desprecio que movió a aquella persona a destruir lo que tanto trabajo les costó construir?.

La intolerancia y la falta de respeto atentan contra las personas y, seamos creyentes o no, si no sabemos respetar a los demás, a sus creencias, a sus ideas, nunca construiremos una verdadera sociedad.

Si eres tú quien ha hecho esta tropelía y lees estas notas, quiero que sepas que no siento ni desprecio ni odio hacia ti, sólo pena y compasión. Y le pido a la Virgen de la Merced que te ilumine para que aprendas a respetar a los demás.

Francisco J. Zurita Martín

PREGÓN DE NAVIDAD DE ARCOS

TEATRO OLIVARES VEAS

Arcos de la Frontera, 15 de diciembre de 2017

 

No hay amor más grande que el que Dios siente por la humanidad. Un cántaro rebosante de agua viva que no ha dejado de verterla sobre nosotros en toda la eternidad. Un agua de vida que nos hacía llegar por medio de los profetas, que nos transmitían su palabra, su mensaje de amor infinito sin que nos dejáramos mojar por ella.

Dios, enamorado de un mundo y de unos hombres que ni lo entendían ni lo conocían en realidad, contemplaba con tristeza desde el Reino de los Cielos nuestra frustración, nuestro sufrimiento, nuestros deseos de un salvador.

Porque el  mundo estaba en tinieblas y buscaba con ansiedad la luz que lo guiara en medio de la oscuridad.  El mundo buscaba ese pozo de agua viva que aliviara su sed de Dios. El mundo buscaba en vano, la forma de llegar al Él.

Dios veía con amargura que la humanidad no se apercibía de ese manantial de amor y viendo sufrir a su pueblo sediento de su Agua Viva, envió al Espíritu Santo para que el manantial estuviera entre nosotros.

Y Dios escogió a una doncella para ser el manantial de su amor en la tierra, encarnándose en ella por medio de su Espíritu y haciéndose uno de nosotros.

De ese manantial nació Jesús, hijo de Dios, fruto encarnado de su vientre y agua de Vida Eterna.

Dios que de amor rebosaba

en su reino de los cielos

viendo tantos desconsuelos

entre los que tanto amaba

 a una Virgen anunciaba

que a ese mundo al que quería

como un hombre nacería

para salvar sus pecados.

Y ese Dios enamorado

se enamoró de María.

Ese pueblo se moría

de nuevo en su desconcierto.

Si lo sacó del desierto,

¿qué por su pueblo no haría?

Y Dios tanto lo quería

que quiso venir al mundo

y era un amor tan profundo

que nadie logró entender;

solamente una mujer

no lo dudó ni un segundo.

Tenía que suceder;

esperaban al Mesías

pero pasaban los días

sin llegarlo a conocer.

El que pudiera vencer

a la nación opresora

y soñaban con la hora

de su llegada a Israel,

sin saber quién era él

ni el porqué de su demora.

Mas su fuerza creadora

le muestra sus maravillas

a las personas sencillas

y al poderoso lo ignora.

Y a una joven que lo adora

Dios le anuncia su venida

y María, decidida

fue de Dios la intercesora.

De Dios se quedó prendida

acogiéndolo en su seno.

Su espíritu de Dios lleno

engendró una nueva vida,

su llegada prometida

a este mundo misionero,

para que entienda certero                   

cómo se alcanza la gloria,

cómo comenzó la historia

del  amor  más verdadero.

El que entrega al mundo entero

un Dios que por amor muere

y que, amando así, prefiere

ser Él el manso cordero

que clavado en un madero

muera por la libertad.

No existe mayor verdad,

ni existirá tanto  amor

que el que regala el Señor

naciendo en la Navidad.

Y entonces llegó el momento en el que Dios pondría a cero el reloj de la humanidad, llegando a este mundo como un niño indefenso que no supieron reconocer ni los más poderosos, ni los más doctos, ni los más ricos.

Lejos de nacer entre riquezas y comodidades,  ese niño Dios nació como el más pobre de entre los pobres. En la aldea de Belén, la más humilde de todas las de Israel. Sin posada donde alojarse, una joven virgen iba a dar a luz  la luz del mundo, el Salvador que tantos y por tanto tiempo esperaban.

Sólo unos pobres pastores acogieron en su corazón la buena nueva.  Y es que  Dios revela sus secretos a los sencillos de corazón. Ellos sí supieron recibir la buena noticia;  pobres como Él, dormían bajo el frío cielo sin lugar donde albergarse, y recibieron con alegría la gran noticia que el Altísimo les desvelaba. “Gloria a Dios en las alturas y dichosos los hijos que ama el Señor”.

Siguieron la estrella que les había anunciado el Señor y fueron a buscar al  Niño para adorarlo esa misma noche.

Una voz del cielo le dijo:  hija mía,

bendita seas mujer afortunada.

Y Ella a Gabriel  respondió aún turbada:

Esta es la esclava de Dios y en Él confía.

Y a esa joven sierva, de nombre María

sin conocer varón, siempre inmaculada

la sombra de Dios de ella enamorada

hizo en su vientre cumplir la profecía.

Aún  de madrugada, aún no amanecía,

San  José trataba de encontrar posada

La hermosa estrella, de luz acrisolada

en Belén de Judá  por fin se detenía.

El cielo estrellado algo presentía

sobre campos blancos tras una nevada.

La joven encinta sin hallar morada

en un viejo establo de Belén paría.

Dios se revelaba, la tierra dormía

y unos pastorcillos que al relente estaban,

oyeron del cielo voces que clamaban

anunciando al mundo la gran alegría.

Gloria en la alturas al Dios que nacía.

Gloria a los humildes que a Dios escuchaban.

Gloria al Rey del Cielo al que ya buscaban,

siguiendo esa estrella cuando amanecía.

Locos de contento, aun rayando el día,

lucía la estrella que el cielo anunciaba.

Sobre un viejo establo de Belén brillaba

y allí estaba el Niño como Dios decía.

Y Dios era el niño porque relucía

y la joven madre que lo acariciaba

madre era de todos porque acurrucaba

en tan tiernos brazos al Dios que dormía.

Ella era feliz, como el mismo día,

porque amaba a Dios, porque Dios la amaba,

Y abriendo los ojos, Dios ya celebraba

que estaba en el mundo, porque sonreía.

La Navidad es capaz de obrar verdaderos milagros. Ablanda los corazones más duros, saca lo mejor de nosotros mismos, nos devuelve a la inocencia de una niñez que jamás deberíamos perder. Es el misterio de amor que nos toca  en lo más profundo de nuestra alma.

La Navidad es universal sin importar creencias, ideas o culturas, porque el bien y la entrega a los demás no conocen  fronteras ni límites.

La Navidad es capaz de parar guerras, de hacer iguales a los desiguales, de aparcar las discordias y los recelos.

 La Navidad es un regalo de Dios para todos los hombres que  Él mismo nos trae en persona haciéndose el más humilde de nosotros.

La Navidad es un espejo donde hemos de reflejar nuestra alma herida y confusa para que seamos capaces de curarla y de ver la luz.

La Navidad es Dios mismo que se hace presente entre nosotros para que creamos  en Él y en su mensaje.

Navidad es la ternura

de un niño recién nacido

que hasta este mundo ha venido

por querernos con locura.

Es ser esa criatura

de tan limpio corazón

que, sin buscar la razón,

regala lo que se anhela

y perdona aunque le duela

que no pidamos perdón.

Navidad es esa vela

que ilumina la penumbra.

Es la luz que nos alumbra

que nos guía y nos consuela.

Es la estrella que desvela

y nos enseña  el camino,

la que señala el destino

para darnos confianza.

Un rayo que nos alcanza

pero de origen divino.

Navidad es esperanza.

Es alegría y consuelo.

Es la promesa del cielo;

Nueva y eterna Alianza.

Es tener la confianza

de ver a los que se fueron,

a aquellos que ya partieron

y amamos en la memoria

y celebran en la gloria

el amor que aquí sintieron.

Navidad es la victoria

del imperio del amor.

Es contemplar al Señor

que al vernos se vanagloria

porque entendemos la historia

de ese Niño tan pequeño

que nos regaló ese sueño

de ser grande en la humildad

y  alcanzar la libertad

haciéndolo nuestro dueño.

Navidad es la verdad

más grande jamás escrita.

Es la historia más bonita

vivida en la humanidad.

Es resaltar la bondad

y los buenos sentimientos

y poner los pensamientos

en la fe y  la caridad.

Que se haga realidad

el  final de nuestros cuentos.

Sentir la necesidad

de amar al que no queremos

y que sin querer amemos

a toda la humanidad.

Amar la diversidad,

las diferentes culturas.

Soltarnos las ataduras

del odio y la intolerancia.

Es perfumar con fragancia

y  endulzar las amarguras.

Renunciar a la arrogancia,

al orgullo y a la envidia

y derrotar la desidia,

la codicia y la jactancia.

Es recuperar la infancia,

la alegría en la inocencia.

Es descubrir la presencia

del Señor entre los pobres

y  el espíritu recobre

lo que los años silencia.

Navidad es la conciencia

de sentirnos como hermanos.

Compartir lo que tengamos;

nuestras pobres pertenencias.

Es acoger esa herencia

de nuestros padres y abuelos,

de los que están en el cielo,

mostrándonos  el camino

de un pastorcito divino

que nos llenó de consuelo.

Es el soñado destino

del que encuentra lo que ansiaba.

Es la mágica mirada

que refleja el peregrino

cuando,  gozoso y rendido,

llega a la meta soñada.

La Navidad deseada

cada noche, cada día

El regalo de María

del Señor  enamorada.

Navidad es alegría,

amar donde se ha nacido,

querer donde se ha crecido,

y exclamar “Ay tierra mía”

Y así hasta  llegue el día

en el que el Señor nos llama.

Y si el cielo me reclama

pueda decir con orgullo

que en Arcos este hijo tuyo

pudo decir que te ama.

Acabado agosto,  el veranillo de San Miguel nos trae la feria del Arcángel patrón de Arcos que termina anunciando el próximo otoño.

El tiempo empieza  a cambiar de repente. Caen las hojas de los árboles y  de las viñas, amarillentas y cansadas tras el tórrido verano y, con las  primeras lluvias, las lomas y los valles de Arcos se van tiñendo de un verde intenso que anuncia tiempos de nuevas cosechas.

En estas tierras serranas el sol del ocaso proyecta sobre los campos y sembrados tonos de hermosos dorados, asomando sus rayos entre las nubes turquesas del atardecer. Y en los crepúsculos  se dejan ver los luceros que anuncian cambios venideros.

Algo en el corazón de los arcenses les susurra que se acerca la época más hermosa del año y un sentimiento de alegría les inunda el alma.

La ciudad bulle con los preparativos para tan magno y feliz acontecimiento.  En los conventos, las monjas preparan huesos de santo y mazapanes de almendra.  En las casas, las manos temblorosas de nuestras abuelas vuelven a amasar los deliciosos pestiños y buñuelos hasta que Dios las reclame para hacerlos en el cielo.

Es en esta época, ya cercana a la Navidad, cuando de vuelta a Jerez después de haber pasado el fin de semana en la finca familiar en Arcos, aparece siempre ese hermoso lucero en cielo crepuscular de poniente.

Y a mis hijos, cuando eran pequeños,  les decía: mirad, esa es la estrella de la ilusión que nos anuncia que el Niño Jesús va a nacer pronto.

Ayer, cuando atardecía,

vi de nuevo ese lucero

que anunciaba al mundo entero

que algo bueno nos vendría.

El otoño se moría

por estas tierras serranas

que con las lluvias tempranas

lucen sus verdes trigales.

Los ocasos otoñales,

tras desnudos abedules,

pintan los cielos azules

de dorados manantiales.

Se ven rayos celestiales

cuando en el monte amanece.

Cuando la  lluvia aparece

se  transforman los eriales

con los regueros fluviales

y torrentes y cascadas.

Y  la vega enamorada

de su Rio Guadalete

otra vez se compromete

con la tierra ya sembrada.

Ya huele a tierra mojada

por caminos y senderos

y  a limoneros luneros

celebrando la alborada,

más fresquita y más dorada,

tras el verano tan fiero.

Los verdes  desfiladeros

se tiñen con la blancura

de la escarcha y la blandura

de rocíos mañaneros.

La noche estrellada y pura

huele a leña requemada,

y el frescor de la almohada,

de almidonada blancura,

arrulla  con la dulzura

de los mágicos momentos.

Se desnudan los sarmientos.

Se desnuda nuestra vida.

Se desnuda, convencida

que va llegando el Adviento.

Hay un mensaje en el viento

que sopla fuerte y se calma

que nos susurra en el alma

un próximo nacimiento.

Va creciendo un sentimiento

que nos nace en las entrañas

cuando olemos las castañas

asadas a fuego lento.

Vemos cómo el tiempo pasa

al recordar los pestiños

que comíamos de niños

cuando íbamos a casa

de la abuelita que amasa

con sus manos temblorosas.

¡Cómo añoramos las cosas

que nos hicieron felices

y buscamos las raíces

con lágrimas silenciosas!

¡Qué época tan hermosa

que nos toca los adentros!

Revivimos los encuentros

del esposo con la esposa;

De aquella primera rosa,

de esa cita tan soñada,

del amado con la amada

y el corazón palpitando.

Y soñamos  añorando

esa época pasada.

Y gozamos esperando

el calor de los amigos,

ellos que son los testigos

de cómo vamos pasando.

Y  es que ya se va acercando

lo que Arcos tanto espera

y  celebra a su manera,

con las zambombas tocando

y bellas coplas cantando

al calor de las hogueras.

Subiendo por corredera,

en las casas, en su calles,

en las peñas y en los valles

y allá por la Molinera.

Qué pasión tan verdadera

desde los tiempos arcanos

siente este pueblo serrano

por su Navidad preciosa

que celebra jubilosa

el nacimiento cercano.

 Porque jóvenes y ancianos

los que están, los que se fueron.

Aquellos que lo vivieron,

todos los que aún estamos

vivimos y celebramos

con los arqueños buñuelos

que el Dios de nuestros anhelos

en Arcos habrá nacido.

Y es que viene decidido

a probarlos desde el cielo.

Cada uno de nosotros vivimos y celebramos las grandes cosas de la vida según nuestras costumbres y nuestra forma de ser. Dios lo sabe y, por eso, la Navidad se vive de una especial y genuina manera en cada uno de los rincones de la Tierra.  Él quiere ser uno de nosotros naciendo para todos los habitantes del mundo como uno más de ellos…

Nuestra tierra es generosa y alegre, agradecida por tantos días de sol y cielos azules. Hemos sido agraciados con una tierra fértil donde la vid y el olivo, el trigo y el centeno, nos dan cosechas generosas.

Hemos sido bendecidos por una cultura que hunde sus raíces en pueblos ancestrales que han dejado lo mejor de sí mismos a las generaciones venideras.

Dios nos ha regalado una fe y unas creencias que se dejan sentir en cada ciudad, en cada pueblo, en cada plaza…

Y tenemos la suerte de vivir en este rinconcito de España que ama a Dios y a su santísima Madre con todas sus fuerzas y se alegra en el alma cada Navidad cuando el Niño nace entre nosotros.

Y lo hacemos a nuestra manera, con nuestros dulces, con nuestros cantes, con belenes y colgaduras,  con esa forma de ser que sólo concede un pueblo como el nuestro.

Y Dios lo sabe y cada año vuelve a nacer en esta querida tierra de Arcos.

.

Fíjate si  Dios es grande

que nace todos los años

en un lugar de la Sierra

que lleva el nombre de Arcos,

con un castillo en la peña

y una torre en lo más alto

en honor de aquella Virgen

que pudo obrar el milagro

de concebir en su vientre

por el Espíritu Santo.

Fíjate si Dios es grande

Y, que por querernos tanto

se hizo uno de nosotros

comprendiendo nuestro llanto.

Haciendo suyas las  penas

nuestras faltas y pecados

y por esos revivimos

y por eso celebramos

que Dios quiso hacerse hombre

de este pueblo enamorado.

¡Fíjate si Dios es grande

y esto hay que celebrarlo!

Con pestiños y alfajores,

con ricos huesos de santo,

con peladillas de almendra,

mazapanes y pistachos,

polvorones y buñuelos

y fiestas en nuestros patios.

Que esta tierra generosa

le ofrece a su Dios dichosa

los dulces más deliciosos,

los presentes más preciosos,

las costumbres más señeras;

zambombas en las hogueras,

villancicos populares

y  un lugar en los hogares

para el niño que ha nacido

para el niño que ha venido

por querernos con locura.

Y colocamos  figuras

de pastores, de angelitos

y de tiernos corderitos

en brazos de los pastores.

Y también esos señores

a lomos de los camellos

con esos trajes tan bellos

y coronas relucientes.

Y los niños sonrientes

ayudan en la tarea

para que el padre los vea;

que como el Señor provee

en el que como un niño cree

el cielo tiene el que crea.

¡Fíjate si Dios es grande

que siendo Dios bien de veras

deja que con Él gocemos

viviendo a nuestra manera!

Que no hay lugar en el mundo

con un amor tan profundo

y que al Niño tanto quiera

como esta tierra bendita

patria de la Molinera.

¡Fíjate Si Dios es grande!

¡Fijaros si Dios es grande!

Que como nuevos pastores

hoy anunciamos, Señores,

que en Arcos nos ha nacido

porque así Dios lo ha querido

el Amor de los Amores.

Hay un tesoro escondido en lo más profundo del corazón de este pueblo que a lo largo de muchos años ha transmitido, de generación en generación, la alegría por el nacimiento del Niño Dios  en forma de coplas y zambombas tradicionales.  Ese patrimonio que sólo Arcos y Jerez tienen la suerte de poseer, ha estado a punto de desaparecer.  Las zambombas son la quintaesencia del amor de un pueblo por su Señor. De su pasión por expresar la alegría a su manera. De compartir su secretos más íntimos con el Dios que les dio la vida. Con nobleza, con gracia, con sincero y alegre desparpajo, este pueblo expresa con ingeniosas letras la alegría de la vida misma.

El cristiano debe ser alegre porque Dios así lo ha querido y nos lo ha transmitido. Ser cristiano es llevar las bienaventuranzas a nuestro día a día, dándonos cuenta del regalo que hemos recibido del cielo por medio del Niño Dios.

Como alegres seguidores de Cristo y como hijos de esta bendita tierra de la alegría, nuestras almas dan rienda suelta a la desbordante felicidad que nos inunda en estos días.

Y al Niño Dios no sólo no le importa que cantemos y gocemos, sino que bendice nuestra forma de ser porque esta tierra se desborda de cariño devolviéndole parte del amor que el derrama sobre nosotros.

Y si hay algo que expresa esa alegría por ser hijos de Dios y que demuestran el cariño y el regocijo por  su venida, son nuestras Zambombas, porque describen la vida tal cual es, con nuestros defectos, con nuestros sinsabores y anhelos y, también con nuestras faltas, que encuentran perdón en el profundo amor de Dios.

Y me imagino a ese Niño Dios, pidiéndole a María y a José oír una copla más antes de dormirse en tanto amor…..

LAS ZAMBOMBAS

El Señor no quiere penas.

El Señor quiere alegrías.

Y San José que lo sabe,

como lo sabe María,

hasta Arcos se han venido,

con el niño que ha nacido,

a  celebrar el gran día.

Pues saben que los arqueños

se mueren por su pequeño

y lo quieren con locura.

Y es que el Niño de sus sueños,

que es Divina Criatura,

goza y celebra risueño

nuestros cantos navideños

de tanta gracia y finura.

La esposa  que esconde a un cura

en un gran saco de trigo

y que encuentra su castigo

porque el esposo lo ve.

Y  en vez de harina, el marido

se encuentra despavorido

un sombrero calañé.

Y el curita perseguido

bautizado como Andrés

que lo amarran a la una

y lo sueltan a las tres

parecía que llevaba

el demonio entre los pies.

El niño tanto disfruta

lo que oye, lo que ve

que a San José le ha pedido

oir la de Moisés,

la que pelaba la pava,

la del cura sin calzones,

las doce retorneadas,

los sables que relucieron,

y el mozo de la estocada

que a cuatro llevó hasta el suelo.

Los zapatos gurripatos

Un truhán cebollinero

que al cabo de nueve meses

dejó en posada un mancebo.

Y el pobre esposo engañao

estaba tan despistao

que invita encima a biñuelos.

María no entiende nada.

San José lo caza al vuelo

y se santigua ante el cielo

de forma disimulada.

Pero el Niño Dios se ríe

asomado al almizcate,

que esa serie de coplitas

le hace mover sus manitas

aplaudiendo sus dislates.

Disfruta con la frescura

de nobles almas tan puras

cantando los disparates

de sus coplas y zambombas.

Viéndoles regar gaznates

con los vinos y aguardientes.

Y es que son tan diferentes,

de tanta gracia y nobleza,

que con todo se embelesa

y disfruta sonriente.

Porque adoran a su madre,

Porque quieren a su padre,

el Dios que todo lo puede

y que lo envió a este mundo

para que en él que nos quede.

Y es que cantan tantas cosas

que , viendo lo que  sucede

en esta Villa de Arcos,

mis versos se quedan parcos

para explicar lo que siente.

Que al ver cómo tanta gente

celebra su nacimiento

Él revienta de contento

y casi baila en pañales.

Que estas zambombas geniales

le transmiten sentimientos

de los felices momentos

que viven por su Señor.

Y Dios viendo tanto amor

por su hijo y por María

nos refleja su alegría

en la luz de las hogueras.

Y es que no hay mejor manera

de vivir la Navidad

que hacerlo en esta ciudad

de Arcos de la Frontera.

Los franciscanos fueron los padres del Belén que nació en Italia en tiempos de San Francisco de Asís. Poco a poco se fue extendiendo por toda la península itálica y a mediados del s.  XVIII pasó a España.  Y en España esa tradición se generalizó  por todos los pueblos y ciudades,  imprimiéndole cada lugar su personalidad y estilo propio. 

En Arcos existe una gran tradición belenística, fruto del trabajo de magníficos artistas que hacen de sus belenes verdaderos catecismos que explican sin palabras cómo fue el nacimiento de nuestro Salvador.

La pasión por los belenes tiene tanta fuerza y arraigo que en cualquier época del año podemos contemplar el hermoso museo del Belén, donde Dios se hace presente en cada uno de los momentos representados.

Pero Arcos es un Belén en sí mismo que en la época de Navidad invita al viajero a adentrarse en sus angostas calles para buscar el pesebre donde nace el Niño Dios.

Cada callejuela empinada jalonada de arcos y vistas al lago o a la campiña, o sus cuevas y rincones,  es una visión prodigiosa y mágica que en la época de Navidad nos recuerda cómo sería aquel nacimiento en Belén.

¿Quién no ha soñado alguna vez adentrarse en aquel primer Belén de la historia y presenciar el milagro del nacimiento de Dios?

¿Quién no se ha dejado seducir por la magia de un Belén y, por un momento, verse dentro de él  convirtiéndose en un mudo espectador del momento más importante de la historia.

¿Quién no se ha imaginado alguna vez recorrer esas angostas calles de Belén y vivir el momento junto a los pastores?

Basta con venir a Arcos y dejarse embriagar por la maravilla de su Belén viviente que hace realidad el sueño de ver nacer al Niño Jesús todos los años….

EL BELÉN VIVIENTE

¿Quién de niño no ha soñado

que ha visto a Jesús naciendo

y que el Niño sonriendo

con ternura lo ha mirado?

¿Quién tal vez no ha deseado

ser pastorcito del Niño

y llevarle unos pestiños

y buñuelos a María

y expresarle la alegría

por  su entrega y su cariño?

¿Quién no ha soñado de día?

¿Quién no ha soñado despierto

haber cruzado el desierto

para servirle de guía

cuando de Herodes huía

a Egipto desde Belén?

¿Quién no ha soñado que ven

nuestros ojos  el momento

en que locos de contento

los pastores saben quién

es el vivo testamento

de  nuestra nueva Alianza

y con fe y  con confianza,

llevando a Dios en su aliento,

ya sueñan con el momento

de ir al portal a adolarlo.

¿Quién no quiere celebrarlo?

¿Quién no ha soñado vivirlo?

¿Quién no ha querido sentirlo

y en el portal contemplarlo?

Y así, casi sin pensarlo

soñé un pueblo que vestía

su peña con crestería

de blancura al contemplarlo.

Y os juro que, al recordarlo,

un  Belén me parecía.

Brillaba la luz del día

y vi casas encaladas

por sus angostas calzadas

a medida que subía

por calles encaramadas.

Y mi alma viajera

empezó en la Corredera

a sentir las dentelladas

de certezas consumadas

de hallar lo que había soñado.

Cuando vi desconcertado

a un pastorcito pequeño

que me preguntó risueño

¿Buen hombre qué estás buscando?

Pensé que estaba soñando

mi alma casi sin dueño.

Viendo el niño preguntando,

viendo el niño sonriendo,

yo ya  me estaba muriendo

por ver qué estaba pasando.

Y así seguí caminando

hasta que llegué a un castillo

y en pañales vi a un chiquillo

que allí estaban adorando.

Un halo de puro brillo

refulgía en  su carita

y una joven muy bonita,

sin ni siquiera un zarcillo,

sonreía ante  a un corrillo

con regalos y presentes.

Y la joven sonriente

bendecía a un pastorcillo.

Me abrí paso entre la gente

para verlo más cerquita

y levantó su manita

como diciéndome,  ¡vente!

Mi corazón obediente,

confuso por lo que oía,

oyó  a un hombre que decía

¿Era él el que soñaba?

A  María preguntaba.

Sí, José, le respondía.

Mi corazón palpitaba,

jubiloso y sorprendido,

sin saber si lo vivido

lo vivía o lo soñaba,

porque tanto lo anhelaba,

porque tanto lo quería

que cuando escuché  “María”

y a José que la miraba

el cielo me desvelaba

la razón de mi alegría.

Y es que un buey los calentaba

también una mula había

y junto a la cuna ardía

un fuego que lo alumbraba

¿Seguro que no soñaba?

¿Seguro que lo vivía?

Y en la esquina aparecía

un cortejo con tres reyes

con camellos y con bueyes,

cuando la tarde caía.

Tres cofres lo que traían.

Tres pajes los escoltaban.

Tres camellos cabalgaban,

y hacia el castillo venían.

Sus coronas relucían

y sus ropajes brillaban

y unos cofres que anunciaban

que algo grande contendrían.

Los cofres al Niño abrían.

Los Reyes se arrodillaban.

Todos alegres cantaban

y sonaban panderetas

y en calles y en plazoletas

vecinos se alborozaban.

Mis ojos se iluminaban

de ver lo que estaba viendo

¿Estaría yo durmiendo

o mis sueños me engañaban?

Los vecinos me miraban

con sus ojos asintiendo.

Y así seguí recorriendo

las calles que había soñado

de ese  Belén deseado

que me estaba poseyendo

Y  mi corazón latiendo,

de ese pueblo enamorado,

Se quedó como parado.

¡¡¡Dios era el recién nacido

y  me había reconocido

de cómo me había mirado!!!

¿No lo habría imaginado?

¿Fue cierto lo que sentí?

¿No fue verdad lo que vi?

Y así estando atribulado

oí el susurro a mi lado

de una hermosa piconera;

Tu palabra es verdadera.

No es sueño lo que has vivido

que el Señor nos ha nacido

en Arcos de la Frontera.

Cuenta la tradición que tres magos de oriente acudieron a Belén a adorar al Niño Dios, siguiendo su estrella. No sabemos cómo eran en realidad esos magos o reyes que cruzaron medio mundo para llevar ricos presentes a un recién nacido en una humilde aldea de Israel.

Emulando a esos magos,  el día de  la Epifanía del Señor, cada uno de nosotros vivimos con alegría la tradición de regalar felicidad a los seres queridos y  a aquellas personas que necesitan recibir amor y cariño.

Para muchos increyentes y enemigos de esta hermosa tradición, hacemos de los más pequeños objeto de nuestros engaños. Y yo les digo, bendito engaño que ha dejado tan hermosos recuerdos en la mayoría de nosotros y que nos hace seguir practicándolo en nuestros hijos para arrancar de ellos sus sonrisas.

Y no sólo de los más pequeños, sino de todas las personas que necesitan recibir amor y cariño en tiempos de tanta indiferencia y laicidad.

Este tesoro, esta magia, esta bendita fantasía nacen del corazón de las personas de buena voluntad que dan lo mejor de sí mismos para hacer la vida más hermosa y llevadera a los demás.

Y ese milagro se hace presente cada año en las preciosas calles de Arcos que ven desbordar su alegría cuando ven a sus Reyes repartir caramelos y presentes por toda la ciudad.

Todas esas personas que hacen posible la magia y la ilusión, son los verdaderos Reyes Magos.

LOS REYES MAGOS

Dicen que por las canteras

ya vienen los Reyes Magos

con sus camellos y pajes

cargaditos de regalos.

Vienen de la Molinera

y  han parado junto al lago

donde beben los camellos

y esos corceles tan bellos

tras un camino tan largo.

Dicen que vienen contentos

que vienen entusiasmados.

Que Arcos quiere mucho al niño

y en Arcos no hay niños malos.

Se oyen remotos tambores

y a lo lejos, los colores,

de sus preciosos vestidos

que levantan los clamores

de los niños atraídos

por esos ricos señores

que llegan desde tan lejos.

Junto a ellos van pastores

Cargaditos de presentes

Y los niños sonrientes

buscan ansiosos el suyo

Hay júbilo en el ambiente

Alegría desbordada

Ilusión en la mirada

de los niños inocentes

que ya esperan impacientes

el regalo que han pedido.

Y Arcos espera rendido

en sus calles relucientes

que los Reyes nuevamente

hagan realidad los sueños

de mayores y pequeños

y de tanta buena gente

que, al servir a Dios de puente,

son de la magia los dueños;

pensando en los que no tienen,

en los que sufren y lloran.

En los que trabajo imploran

por aquellos que sostienen

a los que falta el sustento

la vivienda, el alimento,

el cariño y el consuelo.

Son los que logran el cielo

de nuestro Dios en la tierra

buscando paz en las guerras,

concediendo los anhelos

de los pobres pequeñuelos

de un mundo que tanto yerra

pero tiene a Dios presente.

Y dejadme que os lo cuente:

Que este Arcos tan bendito

con amor de Dios ha escrito

cómo el milagro se labra:

Basta con una palabra

que vale más que las leyes:

Esa palabra es cariño

Que quienes aman a un niño

son los verdaderos reyes.

Cuando las fiestas llegan a su fin y las luces y decorados navideños se apagan hasta el próximo año. Cuando acabamos esos últimos dulces y delicias que aún quedan en la despensa. Cuando volvemos a la rutina del día a día, entonces es cuanto tenemos que mirar atrás y quedarnos con el verdadero sentido de la Navidad, saboreando el mensaje de alegría que nos dejó el Niño Dios.

 La Navidad hay que vivirla cada día del año recordando en nuestros corazones la verdadera esencia de la misma, manteniendo ese espíritu que nos hizo ser tan distintos, tan felices, tan solidarios con nuestros hermanos durante esos preciosos días.

Recién apagadas esas luces, esta tierra ya se prepara para la culminación del proyecto que Dios tiene para nosotros, viviendo con pasión la Cuaresma y la Semana Santa que nos llevará a la Resurrección de nuestro Señor.

Él vino a nacer entre nosotros, disfrutó con nuestras zambombas, con nuestros dulces, con nuestra alegría. Estará con nosotros en los momentos difíciles, en los de sufrimiento y tribulación. Morirá por nosotros y nos demostrará que aquí no acaba todo.

Pero todo empezó con un niño venido del cielo que ha de nacer cada día en cada uno de nuestros corazones….

Cuando las luces se apaguen,

se silencien las canciones

y las risas y emociones

por el infinito vaguen.

Cuando nuestros miedos plaguen

nuestra vida y su rutina

y se borre en la retina

la alegría ya pasada;

Hay que volver la mirada

a esa carita divina

de mirada enamorada,

que nos trajo la alegría.

Hay que pensar en María

que de amor de Dios prendada,

entregó sacrificada

su vida por nuestras vidas.

Pues las horas doloridas

de nuestra existencia humana

tienen  respuesta cristiana.

Cuando llegan las caídas,

cuando acaban las mañanas

y la madrugada llega.

Cuando la vista se ciega

o se acallan las campanas

Cuando nos llegan las canas

y el cansancio nos derrota.

Cuando con el alma rota

de dolor desfallecemos

al perder lo que queremos

o el alma se nos agota.

Por aquello que perdemos.

Por aquello que nos duele.

Por la vida que nos muele,

miremos y recordemos

el milagro que tenemos

en el niño que ha nacido.

Que Dios nos ha comprendido

y al saber lo que pasamos

responde a cuanto rezamos

y Él mismo al mundo ha venido.

Y es que se queda prendido

en las cumbres y en los valles

a ese niño que en las calles

cantábamos que ha nacido.

Y este pueblo agradecido,

entendiendo su venida,

ya espera la cruz teñida

con  la sangre del Señor

que derrama por amor

a esta tierra prometida

Y que le canta rendida

a su amor  y a su  grandeza.

Que le canta y que le reza

y le llora arrepentida,

con su alma en dos partida,

cuando la Cuaresma llega.

Que lo mismo que lo niega,

el Señor tanto nos ama

que su sangre la derrama,

y por nosotros la entrega.

Y a su Navidad nos llama

a vivir con alegría,

que nos espera María

si la muerte nos reclama.

Que este pueblo que la aclama

por ser su reina y señora

hasta que llegue esa hora

en ella espera y confía

y hallará su compañía,

no importa el día o la hora.

Y hasta que llegue ese día

que siempre nos acordemos

y que juntos celebremos

lo que en Arcos nos nacía.

Y si alguien nos porfía

y niega la  realidad,

le digamos que es verdad;

Que Jesús nos ha nacido,

de amor por Arcos prendido,

una nueva Navidad

ORACIÓN POÉTICA AL SEÑOR DE LAS PENAS

                                                 IGLESIA DE SAN MATEO

                                                         Jerez,  4 de octubre de 2014

                                                         Francisco José Zurita Martín

“A mi  Señor de la Penas, en su tercer centenario, con todo el fervor y cariño de este cofrade de su querida Hermandad”

Ya sabían de tu llegada y el barrio de San Mateo era un hervidero. Se comentaba en el Mercado, en Ceniza, en Cabezas, en Libre y en Justicia, en los corrillos de muchachos que jugaban en la plaza, entre las señoras que llevaban la ropa a la fuente y en las tertulias del tabanco de la esquina…. ¡¡¡El Señor de las Penas ya venía de camino!!! 

Todos esperaban ansiosos a ese Señor que sería el centro y guía de la hermandad,  el manantial del que beberían esos cofrades manteros que fundaron la cofradía con el apoyo incansable de unos mercedarios enamorados de la Semana Santa jerezana.

Y alguien te esperaba de manera   muy especial; esa mujer que te llevó en su vientre porque enamoró al Espíritu Santo y te trajo al mundo de los hombres hace más de dos mil años en la humilde aldea de Belén.

Cuando en 1.714 llegaste a esta Hermandad, a tu querido templo de San Mateo,  María del Desconsuelo ya te estaba esperando.

De las manos de un tal Ignacio López, un escultor sevillano afincado en Jerez,   salieron las hermosas tallas de María del Desconsuelo y San Juan Evangelista y nuestros hermanos de entonces no tuvieron dudas a la hora de confiar en el mismo artista para que tallara la imagen del  hijo de Dios.

Creo, Señor de las Penas, que las grandes obras que hacen los hombres están inspiradas por Dios.  Y los artistas, cuando plasman en un lienzo,  o en un bloque de pino la imagen del Creador,  de alguna manera han permitido que Él  actúe en ellos, y se han dejado llevar por una inspiración divina, un diálogo con el Todopoderoso que queda marcado en el alma del artista de forma indeleble.

 Al bueno de Ignacio  López, le susurraste al oído, y se dejó embriagar por tu fuerza todopoderosa, hasta conseguir esta maravillosa imagen  que hoy nos preside. Esa imagen de Dios hecho hombre en  el momento más cercano al martirio de la cruz,  a la muerte,  a tu muerte.

.

LA GUBIA DE LÓPEZ

A mi Señor de las Penas,

cubierto de cardenales,

lo llaman El Chiquitito,

teniendo el Alma tan grande.

Fue hace  trescientos años

que a un tal López confiaron

hacer la talla imposible,

la talla que ellos soñaron;

 un Señor mirando al cielo

malherido y maniatado,

sentado sobre una peña

sin más ropa que un sudario,

esperando su tormento,

sin levantar un lamento,

en la peña del calvario.

El artista preguntó:

¿Cómo puedo hacer un Cristo,

con tan poquita madera,

 siendo Él el ser más grande,

que ha habido y  que habrá en la Tierra?

Y se le hizo de noche

ante la inerte materia

sin saber cómo esculpir

al Señor de las estrellas.

Pidió a Dios que le ayudara,

que su gubia dirigiera

rascando lo que sobraba

para que un señor naciera

de ese pedazo de pino,

y que la mano divina,

diera forma al ser divino

antes de que amaneciera.

El artista se durmió

sin saber lo que había hecho.

Cuando el sol lo despertó

cayó a tierra tierra y adoró

al Señor del firmamento.

No pudo ser sino Dios

que se miró en un espejo

y, con la gubia de Ignacio,

rompió el tiempo y  el espacio

y talló su propia imagen,

dejando a Ignacio  perplejo.

Y legó a los jerezanos

del  barrio de San Mateo

a un señor de tez morena,

de cuerpo más bien pequeño,

más con un amor tan grande,

que irradia una luz que arde

e ilumina el mundo entero.

Y cuando vemos sus ojos

se tornan en alegría

las penas y los tormentos,

los lamentos y agonías

y los muchos sufrimientos

que nos depara la vida,

que aunque tan dura y sufrida,

os prometo muy de veras,

Él nos espera allá arriba

y Ella también nos espera,

que dos puertas tiene el cielo:

María del Desconsuelo

y este Señor de la Penas.

¡Qué duras serían tus penas, Señor!, sólo con mirar tu espalda escarnecida, me imagino  cuánto dolor te  debieron causar  los crueles latigazos del flagelo infame que arrancaba tu piel a tiras.  

 Las abrasiones de tus rodillas  y  tus codos deshechos me hacen imaginar cuán violentas y brutales fueron las caídas provocadas por el peso de la cruz en la calle de la amargura.

 Los regueros de sangre de tu frente, manan de unas heridas causadas por las espinas de una corona de zarzas que no merecías y que se clavaban dolorosamente en tu cabeza divina. 

Pero es tu mirada, Señor de las Penas, la que más me conmueve.  Mientras te causan tanto dolor, mientras contemplas cómo preparan la cruz en la que vas a morir injustamente, sólo miras al cielo y devuelves paz y perdón hacia los que tantas penas y sufrimientos te causan.  

Tus ojos, Señor, esconden la nobleza del que se entrega  sin ofrecer resistencia, sabiendo que lo hace por amor a los hombres y que el precio no puede ser otro que la muerte.

El dolor es consustancial al ser humano.  Nacemos provocando dolor a nuestras madres, vivimos sufriendo enfermedades, accidentes, violencia, guerras… Verte lleno de dolor y de sufrimiento me conmueve y me hace darme cuenta de que sólo así te hiciste hombre de verdad.  Derramaste tu sangre en abundancia y entregaste tu cuerpo por nosotros y pudimos contemplar al varón de los dolores sufrir como sufre cualquier ser humano.   

Y compartir tu sufrimiento nos acerca a Ti, Señor,  y Tú así a nosotros….

ESPERANDO LA MUERTE

Viéndote esperar la muerte

Señor y dador de vida

¡¡¡qué penita me da verte!!!

Ver tu espalda malherida

y perdiéndose en el cielo

esa mirada perdida

Tú,  Señor de mis anhelos

Tú, Señor el de mis Penas

Consuelo de desconsuelos

Dueño de la mar serena,

calma de la tempestad,

Luz que todo lo llena.

El bien frente a la maldad,

que casándose a la cruz,

sólo devuelve  bondad.

Tus ojos irradian luz;

Tu mirada,  pura paz.

Sentir del pueblo andaluz,

que en la sangre de tu faz

ve regueros de esperanza

frente a la muerte voraz,

que preparan sin tardanza

con martillos y barrenas,

judíos con vil templanza.

Atravesarán tus venas

clavos de odio certeros

que dirán al mundo entero

Qué duras fueron tus penas.

 Y pienso que ahí está nuestro verdadero consuelo,  Señor, en que sólo con mirar tus ojos, encontramos una profunda paz, porque comprendes mejor que nadie lo que sentimos, lo que nos preocupa, lo que anhelamos…

  No hay que decirte nada,  Señor, tú lo sabes todo de nosotros.  Y aún así, a pesar del profundo dolor que atraviesa tu alma humana y divina, aún te sobra amor para repartir entre los que buscan tu muerte y te hacen tanto daño.

Me pregunto, Señor,  cuánto amor es necesario para perdonar a esos judíos que preparan la cruz donde te van a clavar de pies y manos.  Perdonar cada golpe de martillo, cada chirrido de la barrena.

 Me pregunto, Señor, cuánta misericordia hace falta,  para mirar con esos ojos de ternura a los romanos que se sortean la túnica, tejida por las manos benditas de tu madre.   Y aún así, perdonas cada carcajada, cada mofa, cada arrebato de violencia innecesaria.

Me pregunto también, Señor, cuánta paciencia y entrega tuviste que reunir  para contemplar con tanta paz y mansedumbre los clavos que iban a atravesarte, ante la incomprensión y  el desprecio de aquellos por quienes hacías todos estos sacrificios.

Tú lo sabías, Señor.  Sabías que los tuyos te abandonarían, los que iban a dar la vida por ti, los que te consideraban maestro y Señor.

Y ahora me pregunto, si no fue esa soledad la que te provocó tan profunda tristeza y no la cruz.  ¿Cómo pudiste seguir adelante con tu propio sacrificio dando tanto por tantos desagradecidos? 

Miraste al cielo y encontraste la fuerza, miraste a Ella y encontraste las respuestas porque, a pesar de su profundo Desconsuelo, sus lágrimas te hicieron ver que sólo con tu sacrificio se podrían enjugar las nuestras para   toda la eternidad.

Ya se lo dijo Simeón a María, tu madre, cuando aún eras muy niño: “Éste está puesto para la salvación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción. Y a Ti misma, una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Y te arrojaste a la muerte, dócilmente, como oveja llevada al matadero……

SONETO DE LA PEÑA

Paciente en la peña de condena

miras al cielo,  mi señor silente.

Corren  ríos de sangre por tu frente

que se escapa a chorros por tus venas.

De roja cera tus espaldas llenas,

castigadas por el flagelo hiriente.

 Aceptas la  muerte dulcemente

 y esperas la peor de las esperas.

Oh mi Señor orante silencioso

que derramas tu gracia a manos llenas

entregando tu cuerpo,  generoso.

Libéranos   Señor de las cadenas

y  llévanos al cielo prometido,

alegrándonos la vida con tus Penas.

         Con el paso del tiempo, la Hermandad te buscó compañía en la soledad del Calvario.  De la mano del artista valenciano Ramón Chaveli, primero se incorporaron dos sayones tallados feos a conciencia, que fueron conocidos como “Los Judíos de San Mateo”.  Más tarde, de la mano del mismo artista, tres romanos y un niño, completaron un conjunto que dicen que es uno de los mejor logrados de la Semana Santa jerezana, por la acertada descripción del pasaje evangélico de los  momentos previos a la crucifixión.

Me pregunto, Señor, si te hubieras  quedado  solo en el Calvario del paso,  sentirías tanta soledad, como la que veo que sientes.

¿No es acaso más soledad ver cómo los judíos te dan la espalda mientras se afanan con el martillo y la barrena preparando el martirio de su salvador? Ellos no  sabían lo que hacían como tú  mismo le dijiste al padre pidiendo su perdón. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”. Cuántas veces, Señor, también nosotros te damos la espalda y te seguimos crucificando cada día y Tú nos sigues perdonando.

¿No es acaso, Señor,  mayor soledad, que unos romanos se sorteen tus vestiduras antes de haberte crucificado? Ellos tampoco sabían que esas vestiduras eran las de su salvador porque Tú también morías por ellos. Y aún así, reían y se jugaban a los dados la prenda, sin una sola costura, que con tanto amor te hizo María. Cuántas veces, Señor, nos dejamos llevar por el materialismo y nos olvidamos  de que lo más importante eres Tú.

¿No es acaso más soledad,  Señor, que un niño, precisamente uno de esos niños que querían jugar contigo, que tú pedías que dejaran acercarse  a Ti, fuera el que sujetara en sus brazos la túnica? Él tampoco lo sabía y, en su inocencia de niño ignoraba el profundo amor que sentías por él y por todos los que son como él.

Cuántas veces, Señor, nos olvidamos de ser como niños y dejamos que se corrompa nuestra alma de adulto.

Ninguno te miraba, ni  advertía la presencia de Dios, ni le importaba tu sufrimiento. 

Yo no están los tuyos, Señor,  aquellos que iban a dar la vida por Ti. Aquellos que no te negarían nunca, aquellos que conocieron en persona la luz del mundo y  no la vieron en la oscuridad de sus corazones.

Pero siempre estará ella…  A lo lejos,  María,  con un profundo Desconsuelo, a pesar de tener a Juan a su lado, lloraba la amargura de no poder estar más cerca de Ti.

Y hoy, después de tantos años, por miedo, por vergüenza a reconocerte ante los demás, por falta de arrojo, aún te seguimos negando y Tú nos sigues amando desde la soledad de tu Peña.

¡¡¡Cuánta soledad, Señor!!!

Con todo ello, Señor de las Penas, Tú lo llenas todo. Llenas todo el espacio y el tiempo congelando la mirada en el infinito seguro de lo que estás haciendo. Sabiendo que sólo de esta manera puedes ayudar a los que hoy te dejan tan solo, te desprecian y se burlan de ti,  para sean ellos lo que no estén solos en este mundo.

DESPERTAR EN UN CALVARIO

Ayer me quedé dormido

y desperté en un Calvario

ante un Señor dolorido.

No sé si estaba durmiendo

o eran los delirios míos,

mas,  cuando vi lo que vi,

corrieron escalofríos

por lo más dentro de mí.

Dos judíos se afanaban

trabajando en una cruz;

Uno con una barrena

bizco y de horrible testuz.

El otro con gesto serio

y  una verruga en la cara,

con un martillo en la mano,

la madera golpeaba.

Y detrás se sorteaban,

tres romanos a los dados,

la prenda  que sostenía

un golfillo desgarbado.

La túnica era encarnada,

sin una sola costura,

que en un derroche de amor,

la madre del Redentor,

le hizo a la  criatura

que le engendró el mismo Dios.

En medio de todos ellos

un Señor al cielo oraba

sentado sobre una Peña

y un cordel de pura leña

sus manos atenazaba.

Por su espalda rezumaban

torrentes de sangre pura

que no conseguían borrar

su mirada de dulzura,

las llagas de sus torturas

doliéndole a reventar.

¿Estaría yo soñando?

¿O muerto y no lo sabía?

Más ese Señor sufriendo

ya me estaba descubriendo

lo mejor del alma mía.

Que ver tanto sufrimiento

tantas penas  y agonías

y tan  crueles tormentos

marcando su carne viva,

me hicieron ver y entender,

al ver tanto padecer,

lo mucho que nos quería.

Es en tu sufrimiento, Señor de las Penas,  donde encontramos mayor consuelo.  Ver tus llagas, tu sangre, tu corona de espinas nos hace ver y entender que Tú, mejor que nadie, sabes cómo sufrimos.  No podemos hablarle de sufrimiento al que no sufre, al que no sabe sufrir. Es necesario padecer para entender al que padece. Por eso, Señor de las Penas, tenías que padecer tanto.  

Tú mismo sufriste el dolor por la muerte de tu amigo Lázaro.  Como hombre, que también eras, comprendiste cómo sufren nuestros corazones por la pérdida de un ser querido.  Tú mismo, Señor, sentiste compasión de aquel ciego de Siloé al que devolviste la vista. Ya se lo dijiste a la muchedumbre en el sermón de la Montaña; “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”.

El dolor humano te conmovía, Señor, hasta el punto de elegir el peor de los tormentos para experimentarlo en su mayor dimensión; la cruz.

Quisiste hacerte uno de nosotros, sufriendo hasta el extremo, naciendo pobre, viviendo pobre, sin tener donde reclinar la cabeza. Y moriste desnudo, despojado de cualquier posesión material.

No podía ser de otra manera. Tú mismo se lo dijiste a tus hermanos que no te entendían. “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, ser entregado, y muerto para resucitar al tercer día”.

Pero, tus dolores y tus penas no fueron en vano, Señor, aunque muchas veces no lo comprendamos….

JESÚS SUFRIENTE

¿Por qué, Señor, tus dolores?

¿Por qué Señor te condenas?

¿Por qué sufre tantas penas,

El  Amor de los Amores?

Tú que curaste a los ciegos,

que multiplicaste panes,

que a Lázaro diste vida,

y que calmaste los mares.

Llenaste cestas de peces,

y redes de pescadores,

perdonaste a pecadores

siete por setenta veces

Siendo Rey, naciste pobre

Y, como pobre, viviste.

Siendo Dios, te hiciste hombre

y, como hombre, moriste.

Señor de la vida eterna,

muerto entre malhechores,

¿Por qué viniste a la tierra

tan llena de sinsabores?

Que el hombre no se merece

que tu sangre se derrame,

ni por mucho que te rece,

ni porque Señor te llame.

Porque es mentira, Señor;

que aunque diga que te quiere,

dijere lo que dijere,

no es por verdadero amor.

Sólo se acuerda de Ti

si padece sufrimientos,

rezándote con lamentos,

porque no puede vivir.

Y sabiéndolo, nos amas,

perdonándonos con creces

porque nadie se merece

esa sangre que derramas.

¡Mirad a Dios a la cara!

¡Miradle bien a los ojos!

¡Contemplad esos despojos,

que entregó a la causa humana!

 Amemos  a Dios mejor,

amemos bien a los otros,

que el amor entre nosotros,

es lo que quiere el Señor.  

Cuántas personas, Señor de las Penas, habrán acudido a ti a lo largo de estos trescientos años para contarte las suyas, para pedirte perdón,  para darte las gracias por tantos favores recibidos.

Cuántos ojos sollozantes se habrán fijado en tus ojos buscando consuelo a los sinsabores de este mundo. Cuántos, Señor, habrán encontrado paz y alivio a sus dolores, a sus enfermedades a sus sufrimientos. Cuántos, Señor, habrán pedido por seres queridos acudiendo a Ti como única esperanza.

Es en la soledad como mejor se reza a Dios. La misma soledad que sentiste Tú, cuando te dirigías al Padre en el huerto de los Olivos, cuando subías solo a la montaña a orar,  o  cuándo estabas a punto de ser crucificado en la soledad de la peña.

 Ya se lo dijiste a los tuyos “Pero tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo”

Cuando te busco a solas en el Sagrario sin más ruido que mi propia respiración, es cuando más me acerco a Tí, despojándome de todo lo superfluo, dejando fluir las palabras que Tú me susurras al oído del alma.

No me canso de buscar el momento en sentir de nuevo tu presencia aunque muchas veces me desespero cuando pasa el tiempo y no la encuentro.

Para Ti  no hay secretos, Señor. Nada te podemos ocultar. Incluso podemos engañarnos a nosotros mismos, pero no a Ti.  No hay mejor confidente que Tú y por eso, te busco en la soledad, cuando se han acallado las últimas voces del Martes Santo y queda el paso en silencio,  tal y como mi padre me enseñó un día ya de Madrugada del Miércoles Santo.

En mi imaginación, veo a una anciana saetera que, desesperada por una gran angustia que se clavaba en su corazón, te buscó un día en la soledad del templo cuando nadie se había despertado todavía…. Aquel Martes Santo muy de mañana, antes del alba, te dejó su petición escrita en un papel y lo escondió en tu sudario…. Y cuando lloraba, por el dolor que solo ella conocía, te rezó con toda su alma como mejor sabía…. Cantando por seguirillas…..

A LA SAETERA VIEJA

Nadie supo qué decía,

pero el Señor de las Penas

lleva dentro del sudario

haciendo de relicario,

una notita escondida

que una saetera vieja

le dejó al Señor un día.

Nadie supo qué pedía

ni por quién se atribulaba

que esa señora rezaba

mirando a Dios a la cara

hincándose de rodillas.

Nadie supo sus pesares.

Nadie por quién se afligía.

Pero esa voz desgarrada,

rezaba mientras cantaba

saetas por seguirillas.

Nadie sabía quién era.

Nadie lo descubriría.

Que en la iglesia solitaria,

retumbaba su plegaria,

justo cuando amanecía.

Nadie sabía de ella,

Ni nadie la conocía.

Pero cada Martes Santo

retumbaba un triste llanto

que a la gente estremecía.

Nadie preguntó por ella,

ni nadie preguntaría.

Porque cuando a Dios se ora

como rezó esa señora,

sólo a Dios se le confía.

Señor, Tú también esperas pacientemente en tu capilla las visitas de todos aquellos necesitados de Ti y que te quieren confiar su vida y sus intenciones.  Pero Tú, cada Martes Santo, sales a su encuentro por las calles de Jerez,  para que todos los jerezanos puedan ver y creer esta historia de profundo amor que llevó al hijo de Dios a hacerse hombre, y  sufrir y morir por todos  nosotros.

Y en nuestra tierra jerezana, no hay mejor manera de llevarte por las calles que sobre los hombros de tus hijos costaleros. Ser costalero es algo muy grande. No hay puesto en la cofradía que te tenga tan cerca como te tiene el hermano de la molía.

El costalero es también penitente, es peregrino y es, sobre todo, misionero. Cargar con el  paso de su Señor,  es anunciar tu muerte y resurrección a todos los jerezanos. En cada chicotá, en cada levantá, pone el alma, sabiendo que está llevando sobre sus hombros la salvación del mundo, algo demasiado grande para dejarlo en San Mateo y no llevársela a todos lo que puedan conocerla.

Es necesario haber compartido esa trabajadera para entender y comprender lo que siente el costalero…. Porque el costalero que no lo sienta, no es costalero.

A vosotros, mis hermanos que lleváis al Señor de la Penas y a María Santísima del Desconsuelo por las calles de nuestra ciudad, os digo de verdad que la molía de plata  que muchos de vosotros lleva en la solapa es algo más que el reconocimiento a vuestro esfuerzo y dedicación. Es una forma de vida, es una responsabilidad, es un reconocimiento público de fe. Es decirle a todos aquellos que no conocen a Cristo que merece la pena conocerlo y llevarlo sobre los hombros cada día, cada hora, cada minuto.

Que vuestro sudor y el peso de las andas que portáis cada Martes Santo,  sea el colofón de un año de esfuerzos y ejemplo de buen cristiano en las trabajaderas de la vida.

A LOS COSTALEROS DEL SEÑOR DE LAS PENAS

¡Costaleros no corred!

que el Señor está rezando

con la mirada en el cielo.

Él ruega por sus hermanos,

por los que no tiene fe,

por los que están sin trabajo

por aquellos que se fueron,

por los que están junto a Él

y lo llevan a la muerte

clavándolo en un madero.

¡Capataz páralo ahí!

que el Señor está rezando

por el llanto de una madre

que tiene a su niño malo.

Mirando a Dios a los ojos,

ya sabe que se ha curado,

que no se puede morir

un niño de siete años

que quiere ser costalero

cuando llegue a ser muchacho.

¡Costaleros más despacio!

Que tanto daño le han hecho,

que se muere desangrado,

Que manan por sus heridas

lágrimas de Martes Santo

rojas como de amapolas,

vertidas por los quebrantos

de un pueblo que está sufriendo

de penas y desencantos

¡Costaleros id al cielo!

¡Llevadlo fuerte a lo alto!

Que este Señor de Las Penas

coronado  y azotado

deja escapar por sus venas

regueros de rojo santo

rojo de sangre vertida

por tantos necesitados.

¡Costaleros, más deprisa!

¡Id echándole más paso!

Que este señor se nos muere

a pasos agigantados.

Llevadlo con paso firme

decidido y alargado

que no se quiere morir

sin volver a ver su barrio.

¡Costaleros peregrinos,

echadle ya menos paso!

Que parezca que camina

sobre claveles y nardos,

sobre lirios y amapolas,

sobre crisantemos blancos,

que este Señor que lleváis,

de vuelta a su templo santo,

pueda seguir por nosotros,

mirando al cielo y rezando.

Que hay muchos que están sufriendo.

Que hay muchos que están llorando.

Y que hay muchos padeciendo

el peor de los pecados

¡Costaleros, menos paso!

¡Dejadlo ya descansando!

Que ha  pasado por Jerez

con su silente calvario

El Señor de los silencios.

El del cuerpo ensangrentado.

El de la espalda amapola,

sangrando por todos lados.

¡Capataz, páralo ahí!

¡Déjalo a solas orando!

Que aunque dejemos el templo

silencioso y solitario,

nuestro Señor de las Penas

no se cansa de pedir,

que entregándose a morir,

el Señor del Mates Santo

lleva orando por nosotros

más de los trescientos años.

Al contemplarte, Jesús de las Penas, me pregunto, cómo siendo Dios, te dejaste humillar de esa manera….  Con cuánta paciencia y humildad aguantaste los insultos, los latigazos, los golpes, los salivazos… ¿Qué necesidad tenías de hacerlo así?.  Pudiste demostrar en el Calvario ante todos los que dudaban de Ti, que eras el Hijo de Dios…

No lo entendieron los tuyos, que te abandonaron, pero hoy, tampoco lo entendemos nosotros. ¡¡ Y cuántas veces trataste de explicárselo a tus discípulos y lo sigues explicando hoy a través de los Evangelios!!

Nos enseñaste a poner la otra mejilla porque quien a hierro mata a hierro muere y  porque la violencia sólo engendra más violencia. No te hicieron caso entonces y  tu mensaje de paz  a lo largo de los siglos  no siempre hemos sabido respetarlo ni seguirlo como Tú querías.  Hoy,  Señor de las Penas, sigues sufriendo en esa Peña, más por la incomprensión de nosotros que por las torturas físicas que padeces.

La noche antes de morir dejaste escrito tu Testamento,  tu última voluntad…. Nos dejaste tu Cuerpo y tu Sangre, pero también la esencia de todo tu mensaje de salvación. El amor.

Lavando los pies a los apóstoles les enseñaste el camino…. Pero ni Pedro lo entendió.  Ya lo había dicho el profeta Isaías “Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán”.   ¿Comprendemos nosotros hoy?.   Me temo que no, que seguimos igual que Pedro aquel primer jueves Santo. Queremos el protagonismo de ser los primeros, de tener el mejor puesto, de ir más cerca de Ti…  con lo fácil que es estar contigo  haciendo tu voluntad y cumpliendo tu palabra; ser el último para ser el primero, morir para vivir, negarse a sí mismo, cargar con la cruz que nos toque y seguirte hasta tu morada.

LA HUMILLACIÓN

El mismo Dios se humilló

haciendo de lavandero,

lavando los pies de Pedro

y de Juan y de Mateo..

y de todos sus hermanos

Él que era el Rey  del cielo.

Nos dio ejemplo de humildad.

Enseñó que  amor fraterno

y que ser buenos  cristianos

es  amar a los que amamos

y a los que nunca queremos.

Cómo humillándonos somos

más dignos de ser los dueños

de ese divino tesoro,

que no  lo compra el dinero.

Él perdonó sin cansancio,

Él se humilló hasta el extremo

y desnudo en el Calvario,

lo traspasaron con clavos,

colgándolo de un madero.

Y aún así, Él perdonaba

a ese romano lancero

al judío que le ayudaba

y al niño que sujetaba

su túnica en un sorteo.

Al ladrón arrepentido,

y al gentío que gritaba

que aunque a Dios mismo insultaba,

no sabía que era Dios mismo.

Y nosotros, miserables,

decimos que perdonamos,

pero que nunca    olvidamos

las ofensas que nos hacen.

Miremos a este Jesús,

que es la única verdad,

que si Él pudo perdonar

¿Cómo negarnos nosotros?

que perdonar a los otros  

es perdonar y olvidar,

ser humilde y penitente,

que amándonos bien la gente

es como se hace hermandad.

Yo también quiero pedirte cosas, Señor de las Penas.  Quiero pedir por todas las personas que han formado parte de nuestra querida hermandad a lo largo de estos trescientos años. Te quiero pedir también  por los que aún estamos aquí y por los que estarán cuando nosotros no estemos.

 Han sido muchos los hermanos que han formado parte de esta corporación a lo largo de su historia y todos hemos compartido el profundo amor que sentimos por Ti, por tu bendita imagen que tanto consuelo nos da.

 Te pido especialmente por los enfermos, por los que sufren, por los que están pasando necesidades  por la falta de trabajo.

 También te pido, Señor, por aquellos que han perdido la confianza en tu divina Misericordia y están viviendo su noche oscura del alma. Tú, en tu infinito amor, sabrás devolverle la esperanza porque Tú, mejor que nadie, sabes lo débil de nuestra condición humana.

Y cómo no, Señor, sobre todo te pido por que entre nosotros reine la paz que nos dejaste y nos diste, disculpando nuestra terca sinrazón y sanando las heridas que tan ciegamente nos hacemos los unos a los otros. Que seamos dignos de Ti, sintiéndonos hermanos en la Fe.

Y  Te pido, Señor, que nos bendigas, para que seamos dignos de alcanzar la vida eterna y verte allá arriba, en el Cielo.

ORACIÓN

Quiero, Señor, pedirte humildemente

que bendigas a  todos mis hermanos

que confían en ti tan ciegamente.

Quisiera desatarte esas  tus manos

amarradas por el cordel infame

y  aliviar tus tormentos inhumanos.

Quiero Señor y espero que nos llames

y nos lleves al cielo prometido,

aunque no merezcamos que nos ames.

Y a pesar de no habernos convertido,

perdónanos, Señor, nuestros pecados

y a este corazón arrepentido.

Tú eres, mi Señor, nuestro abogado.

La fortaleza que nos libra del maligno.

El padre bueno, siempre a nuestro lado.

¿Cómo de Ti podríamos ser dignos,

si no vemos  lo mucho que nos amas

e ignoramos las señales y los signos,

que sobre nuestras vidas, Tú derramas?

Y sabiendo lo débiles que somos,

de tu tronco nos dejas ser las ramas,

ramas que pesan como el mismo plomo.

Ves preparar la cruz con entereza,

esperando la muerte con aplomo.

Te insultan y ni mueves la cabeza,

te condenan y perdonas los pecados.

Y conociendo nuestra vil naturaleza

te entregas como padre enamorado.

Hoy te ruego, Señor, en este templo

al contemplar tu rostro ensangrentado,

nos des fuerza para  seguir tu ejemplo,

caminando  por  la senda de tu amor,

amor que mana cuando yo contemplo,

tu rostro escarnecido y redentor.

Te pido por aquellos que marcharon,

Confiando su vida al Salvador.

Seguro que  tu Reino ya  alcanzaron

 y sedientos al final de sus caminos

en los ríos del cielo se saciaron,

que no hay ríos así de cristalinos.

Y te pido por nosotros, tus cofrades,

aún en esta tierra peregrinos.

Reconozcamos la verdad de las verdades,

el mensaje de amor que no tus diste:

Devolver por el mal solo bondades.

Devolver la alegría al que está triste.

Hablarle al que muere,  de la vida

y que muriendo tú,  lo  redimiste.

Curar entre nosotros las heridas,

y olvidar el mal que recibimos

aceptando las disculpas doloridas,

pidiéndolas también a quien dolimos.

Porque por Ti, Señor, y por tu muerte

recorridos así nuestros caminos,

en el cielo, Señor, podamos verte.

El cielo Señor podamos verte….

De nada, Señor, habrían servido tus Penas, si no nos hubieras dado la certeza del cielo prometido.  Hacia Ti vamos, Señor, en continuo peregrinar por esta vida nuestra.  Y mientras esperamos, soñamos con ese cielo porque nuestra pobre condición humana no podría alcanzar a adivinar cómo es en realidad…

Un color nunca visto, un sonido más profundo que el propio silencio, la caricia de un viento desconocido o el aroma de una flor que no existe… Sólo puedo imaginar y soñar en volver a ver a los seres queridos que se fueron, a los que nunca conocimos y, sobre todo, Señor, ver tu rostro y el de tu bendita madre.

Pienso muchas veces, Señor, en ese pequeño aperitivo que les diste a Pedro, a Juan y  a Santiago en el monte Tabor. Allí, cuando te transfiguraste, ellos exclamaron ¡¡¡Qué bien se está aquí!!!. Les hiciste prometer que no dijeran nada a nadie hasta que todo hubiera ocurrido…

Imagino, Señor, tu rostro resplandeciente, lleno de una luz que sea capaz de apagar todas las tinieblas que nos han cegado durante nuestra vida terrenal y sentir la profunda paz de saber que nada puede ya causarnos más dolor o sufrimiento.

Y  cuando te viera, Señor, cara a cara, Tú me dirías  ¿Sólo con esto te conformas?, Aquí, en el cielo, tendrás esto y mucho más.

Mientras tanto, solo puedo seguir imaginando, seguir soñando en ese cielo que nos tienes preparado.

En mi sueño veo a una inmensa multitud, porque tenías razón cuando nos dijiste que en la casa de tu padre había muchas estancias.  Allí cabemos todos.

Y  con ese sueño del cielo me quiero despedir, Señor,   pidiéndoles a cada uno de mis hermanos que vea reflejado en las personas que vi en mi sueño a cada ser querido que le espera allá arriba. Yo sólo puedo nombrar a unos poquitos, unos poquitos que representan a todos, porque la misericordia de  Dios es tan grande que no puede dejar a ninguno de sus hijos fuera de ese Cielo.

EN EL CIELO

Ayer soñé con el cielo

y cuando llegué a la entrada

en la puerta me esperaba

la Virgen del Desconsuelo.

Me tiraba de los pelos

pensando que era una broma

que a  la Virgen sin corona,

ni manto de terciopelo,

sólo la cubría un velo

como la luz de la aurora.

Al ver mi cara echa un lío,

María me sonrió

y al punto me preguntó:

¿No eres tú de los Judíos?

Corre, que están reunidos,

porque hoy es Martes Santo

y andan todos celebrando

un Martes Santo divino.

Y así empredí mi camino

buscando el rojo cortejo

y pude ver a lo lejos

más gente que en el Rocío.

Eso sí que era un gentío.

De miles habría, cientos.

¡Qué digo yo!, ¡ni los cuento!

Muchos,  conocidos míos.

Allí estaba Don Benito,

con un bastón en la mano,

enseñando a un angelito

cómo se prepara un ramo.

Y también los Gorriones,

Paco y Diego de los Santos

que dirigían dos tableros

con angelitos jugando

a ser buenos costaleros.

¡No salía de mi asombro!

Con un pincel ante un lienzo

pude ver cómo pintaba

el bueno de Juan Rivero.

Pero Juan ¿Qué estás haciendo

con voz clara y sin pañuelo?

Es que Dios me encarga Cuadros

y los pinto con esmero,

porque Él mismo los reparte

a los angelitos buenos.

Y buscando a más hermanos

se helaron todas mis venas.

En medio de un grupo estaba,

congelando mi mirada,

Nuestro Señor de las Penas.

No llevaba las potencias,

ni la corona de espinas,

ni sangraban sus espaldas,

ni tampoco sus heridas.

Hablaba y se sonreía

con túnica reluciente.

Del color del sol naciente,

su rostro, resplandecía.

Pregunté si alguien sabía

dónde estaban las señales

de clavos, de cardenales

y la corona de espinas.

Él se volvió y me miró

y con ternura me dijo:

Escucha bien esto, hijo,

en el cielo no hay dolor,

ni torturas, ni tormentos,

ni penas, ni sufrimientos,

que esta es la casa de Dios.

Absorto, le pregunté;

¿Puedo quedarme yo aquí?

¿Puedo quedarme, Señor?

Que estoy harto de sufrir

y en este cielo, vivir,

es morir de puro amor.

Y el Señor me respondió:

Cuando te llegue la hora

podrás cumplir tus anhelos,

más vuélvete a San Mateo

y diles a mis hermanos

que tengo libres las manos

y que ya no tengo llagas,

ni señales de los clavos.

Diles que viste la gloria,

diles que viven los muertos

Que los guardo en mi memoria,

que sé lo que están sufriendo,

que sé lo que están pasando,

que por eso me hice hombre

y morí crucificado.

Diles que al cielo se viene

muriendo en vida y amando.

Si te hieren, perdonando

y dando al que menos tien

Que tengo las manos llenas,

que los estoy esperando,

que aquí ya no existe el llanto,

ni Desconsuelos, ni Penas.

INVOCACIÓN AL DULCE NOMBRE

HERMANDAD DE LA BUENA MUERTE
IGLESIA DE SANTIAGO
11 de Septiembre de 2016

Qué alegría volver,  tras años duros,

y  estar aquí de nuevo, madre mía

Mi alma rebosa llena de alegría

Al  verte una vez más entre muros.

No sé explicar mejor, te lo aseguro,

la dicha que yo  siento en este día,

que invocar al  Dulce nombre de María

es hacerlo al más bello y al más puro.

Estos versos expresan mi alegría

Este soneto, mi forma de quererte

Estas rimas, la pura dicha mía.

Santiago y Jerez están de suerte

Se alegran, se santiguan y suspiran

al veros;  DULCE NOMBRE y BUENA MUERTE

San Alfonso María de Ligorio

El eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura con tanta fuerza que se hizo desprender del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas  para hacerse hijo vuestro. Y yo, gusanillo de la tierra. ¿No he de amaros? Sí dulcísima madre mía, quiero arder en vuestro amor y propongo exhortar a otros a que os amen también.

No hay nada como una madre

Las madres son pacientes.

Son perseverantes e incansables en el cuidado de sus hijos.

No les importa ni el dolor ni  el sacrificio.

Ni las dificultades del camino.

Ni las adversidades del destino.

Son tenaces en su empeño.

Comprensivas ante nuestras faltas.

Persuasivas en sus palabras.

Sabias en sus consejos.

Una madre es el puerto donde nos cobijamos cuando hay tormenta.

Un remanso de paz cuando nos desbordan los problemas de la vida.

La sonrisa que alegra el alma herida.

La luz que alumbra la ciega impaciencia.

El sol que luce en la sombría pena.

La  calma  que sosiega las tormentas de la vida.

Una madre es paz, es alivio, es alegría.

Es refugio, es comprensión infinita.

El baluarte donde nos sentimos seguros.

Donde volvemos derrotados de la batalla.

Dios quiso venir al mundo y quiso nacer de mujer.

Y sólo Dios podía elegir quién quería tener por madre.

¿A quién escogería?

¿Quién sería la elegida?

¿Quién sería la agraciada que llevara en su vientre la salvación

del mundo?

¿La que supiera decir que sí a la  pregunta más difícil formulada jamás  a mujer alguna?

Se dejó seducir por una doncella cuyo espíritu no tenía igual en belleza y dulzura.

La más dulce de los seres,

La más sencilla y amante de Dios.

La del nombre más dulce…

MARÍA.

DIOS TE ESCOGIÓ

Dios te escogió madre mía,

entre todas las mujeres

sabiendo cuánto lo quieres

y sabiendo en quién confía

Dios te escogió a ti, María

por ser la madre que eres

la más pura de los seres

la luz que alumbra los días

Dios, te escogió, madre mía

porque aunque penas sufrieres

al mundo jamás hubiere

de faltarle tu alegría

¿A qué madre escogería?

¿Quién a luz a Él le diere

Qué vientre a Jesús tuviere

que nunca le dejaría…

¿Qué mujer soportaría

unas penas tan crueles?

porque el dolor que más duele

es contemplar la agonía

del ser al que tú más quieres.

Contigo no fallaría

Madre de nuestro Señor

Llénanos de tu consuelo

Que tu nombre es alegría

Que tu nombre es puro amor

Tu Dulce nombre es el Cielo.

Santa Teresa del Niño Jesús

¡Cantar, María, quisiera porque te amo! Porque tu Dulce Nombre me hace saltar de gozo el corazón y porque el pensamiento de tu suma grandeza a mi alma no podría inspirarle temor.

Desde que nacemos del seno de nuestra madre, iniciamos la aventura de la vida.

Deseamos vivirla por nosotros mismos y, ansiosos por emprender el vuelo, vamos atreviéndonos a cortar los lazos maternales.

Vamos cumpliendo años y nos creemos más fuertes, más independientes, más invencibles.

Seguimos quemando etapas por la senda de la vida alejándonos aún más de la mujer que nos dio la vida, la  que nos trajo al mundo, la que alumbró nuestro ser.

Nos ruborizamos de sus cuidados, de sus mimos, de sus caricias maternales.

Ignoramos sus consejos, sus palabras, sus advertencias.

Nos adentramos en solitario en el bosque misterioso de la adolescencia, de la juventud insaciable de libertad…

Nos llega  la madurez y nos embarcamos en la aventura de ser padres y entonces comprendemos cuánto amor se puede sentir hacia los hijos.

La vida nos maltrata y nos golpea.  Vivimos injusticias, frustraciones, desengaños…  Trabajamos por el pan de cada día, añorantes muchas veces de la lejana infancia perdida.

Es quizás en ese momento cuando echamos en falta todo lo que da una madre y, entonces,  buscamos su regazo, la ternura incansable de su ser. Esa madre que sabe comprender mejor que nadie lo que le causa dolor a  nuestra alma herida.

Y la llamamos por su nombre, el más dulce de los nombres. El nombre que escogió el mismo Dios para llamar a su madre;  MARÍA.

QUE TÚ NO ME FALTES NUNCA

Pueden faltarme azucenas

en  el jardín de la vida

y amapolas que florezcan

en lugar de mis heridas.

Pueden quedarse mis noches

sin estrellas encendidas

pero que nunca se apague

esa tu luz, Madre mía.

Puede que yermos mis campos

se sequen a mediodía

y las tinieblas me cubran

y oculten la luz del día.

Puede que el sol se retire

al caer la tarde fría,

mas que no me falte nunca

El calor de Ti, María.

Puede que me parta el alma

el dolor y la agonía

y la vida me maltrate

y se doblen mis rodillas.

Puede que fallen mis fuerzas

por la juventud perdida

pero que nunca me falte

tu regazo Madre mía.

Puede que anciano me veas

y me olvide de mis días

y del nombre de mi esposa

de aquellos que más quería.

Puede que así Tú lo quieras

porque penas me ahorrarías

mas Tú no permitas nunca,

no permitas Madre mía

que me olvide de tu nombre

tu Dulce Nombre, María.

Apóstol S. Juan, 2.

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús y sus discípulos.

¿Qué no puede hacer una madre?

¿Qué hay más fuerte que la voluntad de una madre dispuesta a darlo todo por nosotros?

¿Quién puede negarse a complacer a su madre?

¿Quién pudo convencer al mismo Dios para que convirtiera el  agua en vino?.

Muchas veces, se me viene a la cabeza ese pasaje de las bodas de Caná en el que  se narra cómo María forzó a su hijo a hacer su primer milagro. Bien de sobra sabía ella el poder que tenía Jesús y no dudó en ejercer su condición de madre para que el mismo Dios accediera a su petición. Ella sufría por aquellos novios que estaban en un aprieto. Jesús estaba en otras cosas más divinas y le contestó aquello de “¿Qué tenemos que ver Tú y Yo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”.

Ella, como mediadora nuestra, que entendía las causas más humanas, no tuvo que pedírselo otra vez….  “Haced lo que Él os diga”, pero se hizo lo que quiso Ella.

Una madre, nuestra madre

Madre de Dios y madre nuestra

Porque así lo quiso Dios, desde los tiempos eternos.

Es Ella la que comprende nuestras fatigas, nuestras debilidades humanas, nuestros anhelos perdidos….

Ella y sólo Ella sabe bien lo que nos hace daño, lo que nos causa angustia y dolor.

Ella y sólo Ella  sabe decirle a su Hijo Dios lo que pasa por nuestro corazón humano.

Y Él, sólo Él, sabe  cuánto amor siente su madre por toda la humanidad, por esa humanidad de la que María fue puerta de entrada para Dios y es puerta de entrada a los cielos para todos nosotros.

Fue en la cruz, a punto de morir, cuando Jesucristo nos confió a su madre, y confió a su madre toda la humanidad.

Fue Ella, la que cumplió hasta el final la voluntad del padre, la que aceptó como hija la voluntad de Dios, la que accedió a ser su esposa y la que tuvo la dicha de ser su madre.

Fue ella la que dio a luz a Dios y la que lo tuvo muerto en sus brazos al bajarlo de la cruz.

Fue María, la que confió en Dios y mantuvo la fe en los momentos más duros.

Fue Ella, sólo ella, la que nunca dudó de que Cristo vivía junto al Padre cuando todo parecía perdido.

María, el dulce Nombre de nuestra madre que vela por nosotros en el cielo y lleva a Dios nuestras súplicas en la tierra.

DE TU NOMBRE ENAMORADO

Qué duros se hacen los días.

Qué largas se hacen las noches.

Qué me hieren  los reproches.

Qué me duelen las porfías.

Mi alma a veces lloraría

lúgubres lágrimas negras,

mas sale el sol y se alegra

viendo tu rostro, María.

Que esta vida se hace dura.

Que esta vida se hace amarga.

Qué pesadas son sus cargas.

Qué duras sus amarguras.

Buscando la luz a oscuras

gritamos madre tu nombre

porque el hombre,  no es un hombre

si le falta tu ternura.

Tú, madre de tu Señor,

sólo Tú pudiste hacer

que ese hijo de tu Ser

mirándote con amor

se rindiera a tu candor

convirtiendo el agua en vino;

porque el Cordero Divino

no pudo decir que no

a aquella que lo alumbró

y quitare sus espinos.

Que en la cruz, en el Calvario

junto a Él permanecías

tan sólo Tú comprendías

el misterio trinitario

Tú recogiste el sudario

del hijo crucificado

de ese Dios encandilado

que su Espíritu envió

y que de Ti nos nació

de tu nombre enamorado.

Miguel de Unamuno

Acuérdate, acuérdate, dulce escogida reina que tienes de nosotros, los hombres pecadores, toda tu dignidad. ¿Cómo te llamarías Madre de la Gracia y de la Misericordia a no ser por nuestra miseria que necesita gracia y misericordia?

San Alfonso María de Ligorio

Contemplando a su buena Madre, el enamorado San Bernardo le dice con ternura:

“Oh excelsa, o piadosa, o digna de toda alabanza, Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a Ti y a Dios y, sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansia de amarte”

Cuando ya no tenemos a quién acudir porque nos sentimos vulnerables y pequeños ante las dificultades y frustraciones de la vida.

Cuando nuestro orgullo se evapora como un azucarillo en agua hirviendo, impotente ante adversidades que nos parecen insalvables.

Cuando nuestra vanidad se desnuda porque nos damos cuenta de que no somos más que polvo y ceniza.

Cuando reconocemos nuestras miserias humanas y nos despertamos de los desengaños que nos producen muchas personas en los que confiábamos.

Entonces es cuando buscamos su consuelo. Vamos avergonzados, arrepentidos por nuestro alejamiento, por nuestra soberbia, por nuestra ciega suficiencia y vanidad.

Pero también vamos esperanzados y confiados porque, a pesar de todas nuestras faltas, Ella, lejos de condenarnos y pedirnos cuentas, calla y nos mira a los ojos, perdonando en silencio todas nuestras faltas y debilidades humanas.

Ella, musita una sonrisa en medio de su llanto y nos dice con sus ojos que no ha dejado nunca de amarnos y nos sigue amando cada día de nuestra existencia. Ese abrazo maternal que nos da en el alma nos reconforta y nos llena de gozo. Salimos llenos de alegría,  impregnados de gracia maternal.

Saciados de sed de madre, sentimos el gozo de amor que nos inunda el alma. Ese amor que nos devuelve la seguridad y nos  guía de nuevo por las dificultades de la vida.

Hasta aquellos que no creen en Dios, pronuncian dentro de su alma la palabra “madre” cuando están cercados por los problemas de la vida. Como el mismo Unamuno, que después de abrazar el ateísmo, conservó y acrecentó  la fe gracias a la santísima Virgen.  Y a esos que no encuentran a Dios me gustaría decirles que esa madre del cielo es también madre de ellos, madre de todos. Que sólo tienen que pronunciar su nombre para sentir alivio en el alma, consuelo a sus penas, respuestas a sus preguntas.

Porque cuando fallan los hombres, nos queda Ella. La que nunca nos falla.

TU NOMBRE ME CONSUELA

¿Por qué será que te busco

cuando me fallan los hombres?

¿Por qué, madre,  me consuela

pronunciar tu  Dulce nombre?

¿Por qué busco tu  regazo,

y por qué tu compañía,

cuando las penas me alcanzan

y me falta tu alegría?

¿Por qué  dime tú por qué,

cuando se pierden  mis bríos,

al mirar, madre, tu ojos

se alegran los ojos míos?

¿Por qué será que te rezo

como el susurro al oído

que susurraba a mi madre

al sentirme confundido?

¿Por qué encuentro en ti consuelo,

cuando el silencio contesta?

¿Cómo sabes mis anhelos

cuando, madre, miro al cielo

suplicándote respuestas?

¿Por qué, madre, me perdonas?

¿Cómo tan bien me conoces?

¿Por qué de entre tantas voces,

por  un eco que resuena

desaparecen mis penas

como corceles veloces?

¿Por qué será, madre mía?

¿Por qué será madre buena?

Ni me juzgas, ni condenas

por mis acciones impías.

Que mis noches se hacen días

cuando vengo arrepentido

y escucho dulce un sonido

que se cuela por mis venas.

Mi alma goza y se serena

y se siente más segura

y ya de las amarguras

no quedan restos apenas.

¿Qué será este sentimiento

que hace que yo  vuelva a ti?

¿Por  qué desde que nací

pongo en ti mis pensamientos

como rosa entre sarmientos

que florece con la aurora?

¿Dime tú por qué señora

oigo tu nombre y respiro

y al pronunciarlo suspiro

y  mi alma se enamora

de tu nombre madre mía.

No importa cuál sea el día.

Tampoco importa la hora.

Que mi temor se evapora

cuando pronuncio “MARÍA”.

San Bernando de Claraval

“Si se levanta la tempestad de las tentaciones. Si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la estrella del mar. Invoca a María”

Y es que son muchas las dificultades que nos encontramos en la vida.   Desde que nacemos vamos descubriendo enfermedades, miserias, guerras, terrorismo, injusticias, separaciones matrimoniales, desengaños, desgracias, calamidades, violencia….

Miramos a Ti, madre de Dios y madre nuestra. Pensamos en todos tus nombres, en todas tus advocaciones. Y al repetirlos, encontramos siempre uno  que da respuesta a nuestras preocupaciones. Porque siempre hay a uno para cada una de ellas…

Buscamos tu socorro, tu auxilio, tu consuelo, tu gracia, tu amparo, tu misericordia, tu estrella, tu paz, tu guía, tu buen consejo, tu caridad, tu merced, tu consolación, tu luz, tu esperanza, tu pilar, tu purificación, tu Salud…

 Te buscamos, madre, porque no hay nadie mejor Tú  a quien acudir en los momentos difíciles. Nos ponemos en tus manos y confiamos en tu corazón. Sólo Tú sabes transmitirnos esa paz y esa tranquilidad que sólo una madre sabe dar.

Nos acordamos de nuestras madres y sabemos que nadie mejor que tú entiendes nuestras tribulaciones, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos.

Nos acordamos de ti, madre, porque nos rendimos a nuestra debilidad humana.

Nos acordamos de ti, María, porque nos damos cuenta de que somos como niños indefensos a los que el mundo maltrata y buscan el refugio en el regazo de aquella que nos dio vida y ser. De aquella que nos tuvo en su vientre y nos alumbró al mundo. De aquella que, a pesar de todas nuestras faltas y desamores, no duda en perdonar y olvidar.

Y Tú te fundes con ella. Con la madre que nos trajo al mundo y con la madre que nuestro Dios nos dejó antes de morir. Tú te conviertes en esa madre que nunca olvidamos y que no se olvida de nosotros.

Y Tú no  nos fallas. Tú acudes solícita en nuestra ayuda y sabes comprender mejor que nadie cuánto necesitamos de Ti.  Tú lo miras a Él y le susurras al oído lo mucho que significa para nosotros cada una de nuestras peticiones.  Tú vuelves a decirle que convierta el agua de nuestras amarguras, en el dulce vino de nuestras alegrías.

Y repetimos, como en la hermosa letanía del Santo Rosario tus nombres, tus bellos y dulces nombres….

ESTRELLA DE LA MAÑANA

Estrella de la mañana,

mañana de primavera,

primavera que a tu vera

es de veras más galana.

Madre nuestra y soberana.

Reina de los confesores.

La más bella de las flores.

De jardín la flor más bella.

Luz del día, clara estrella.

Refugio de pecadores.

Digna de Veneración.

Madre de Misericordia.

Paz que acalla las discordias.

Vasija de devoción.

La más pura Concepción.

Madre buena, Madre amable.

Virgen pura y admirable.

Virgen digna de alabanza.

Justo fiel de la balanza.

El amor más deseable.

Madre de Nuestro Señor.

Puerta que nos lleva al cielo.

Consuelo de desconsuelos.

Grial del divino amor.

Vaso de gloria y honor.

Virgen pura, virgen fiel.

Rosa escogida, pincel

que pinta sabiduría.

Causa de nuestra alegría.

Arca de oro, clavel,

azucena, rosa mística.

Hermosa casa de oro.

Casa de David, tesoro

de la belleza helenística.

Torre de marfil artística.

Sol de la buena ventura.

Madre nuestra, Virgen pura.

Madre de Dios, de los hombres.

María, madre, es tu nombre;

No hay nombre con más dulzura.

Mateo, 19

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús dijo: Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí, de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí.

San Juan Pablo II

“Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura”

Esta querida hermandad que se fundó a partir de la congregación del Santísimo Niño Jesús, lleva uno de los títulos más hermosos que una hermandad pueda llevar.

Ser como un niño es lo que más nos acerca al corazón puro y limpio de Jesús y al de su bendita y dulce madre.

Mirarse en el espejo del niño Jesús es hacerlo en el crisol de la inocencia, de la bondad, del amor puro y sincero.

Cuando somos niños y aún no hemos sido maltratados por los vicios y pecados de la vida, es cuando más nos parecemos a Jesús.  Él pudo mantener su alma como la de un niño hasta el mismo momento de morir en la cruz.

Cuando somos niños miramos a nuestros padres con la devoción y confianza que Jesús nos pide para el suyo, para el mismo Dios.

Creemos ciegamente en sus palabras, imitamos sus gestos, seguimos sus ejemplos.

Nuestros padres nos parecen invencibles, todopoderosos. No hay nadie como ellos.

Pero con el paso del tiempo, esa confianza se va quebrando y la fe ciega en ellos va dejando paso a la duda, al desapego, a la creencia de que somos más fuertes y estamos más cerca de la verdad que aquellos que nos dieron la vida y sacrificaron la suya para que no nos perdiéramos en la nuestra.

Jesús se refería en una parábola a la necesidad de ser como niños para alcanzar el reino de los cielos.

María fue capaz de mantener su espíritu como el de un niño, cuando Dios le encargó la tarea de ser su madre.

Por eso, el Dulce nombre de María y el Dulce nombre de Jesús, deben ser el espejo en el que hemos de mirarnos para no perdernos en esta vida. 

Y para conseguirlo, ¡seamos como niños!

COMO UN NIÑO

Me acerco a ti como un niño,

como un tierno niño, madre

con mi corazón de padre

loco por ti de cariño.

Hazme de tu  amor un guiño,

madre buena y bondadosa:

que tus manos primorosas

sostengan siempre las mías

y como un niño, María,

te diga cosas hermosas.

Que como un ramo de rosas

siempre regale inocencia

y mantenga mi conciencia,

Madre dulce y piadosa,

como tú, Inmaculada,

dando sin esperar nada

por interés o dinero

ni para ser el primero

ante Dios en su morada.

Quisiera ser siempre así

como un niño entre tus brazos

y sentarme en tu regazo

y que cuides Tú de mí.

Cumplir lo que prometí

con un corazón sincero

cuando el mundo traicionero

no pervierte nuestra infancia

y el odio y la intolerancia

vuelven el alma de acero.

De acero se vuelve el alma

con el paso de los años

y vamos haciendo daño

y no dormimos en calma.

Nos cargamos con enjalmas

que pesan en nuestras vidas

y cuando están doloridas

recodamos con cariño

tus maternales abrazos

descansando  en tu regazo

como entonces, como un niño.

Juan, 19

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba dijo a su madre, “mujer ahí tienes a tu hijo” luego dijo al discípulo “Ahí tienes a tu madre” Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

San Juan Pablo II

Nos has dado a tu madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la palabra y poniéndola en práctica se hizo la más perfecta madre.

Es en los momentos duros y difíciles cuando la fe y la esperanza se convierten en los pilares fundamentales de las personas ungidas por Dios.  Es en esos momentos, cuando la calma y la entereza  se convierten en el baluarte donde buscan refugio los que andan perdidos y confundidos.  Cuando muere Jesús en la cruz, la mayoría de sus discípulos huyen despavoridos del Calvario. Hasta ese momento parecían albergar la esperanza de que su maestro fuera a hacer una demostración de su poder y no permitiera que los poderes terrenales acabaran con el suyo.

Sólo quedaba Ella junto al discípulo amado, paciente y abnegada por el sacrificio que tenía que hacer como madre para complacer al Padre que se lo encomendó.

La hermosa talla de la Virgen del Dulce nombre que el genial   artista sevillano  Antonio Castillo Lastrucci tallara para esta hermandad en 1964, recoge magistralmente este momento.  Es difícil calificar de “dulce” el llanto de una madre cuando son tan amargas las lágrimas por la muerte de un hijo, pero en esta talla, el llanto de María lo es, porque llora como madre, pero espera  y confía como  madre de Dios.

Nadie como ella sabía los secretos que el Creador le confió en la historia de la redención.  Su profunda mirada denota la esperanza y la fe que tiene en su hijo, en su Dios. Mira de frente, decidida a liderar el encargo que le hizo poco antes de morir. Sólo queda ella para apacentar al rebaño de ovejas descarriadas y asustadas tras la muerte de Jesús.  Sabe que su hijo duerme en el Padre y sus labios parecen musitar un “hasta luego”  esbozando una sonrisa del alma que recuerda los dichosos momentos vividos junto a su hijo desde que lo diera a luz en Belén. Es el comienzo de la Iglesia que en ella tiene la esperanza.

LA HERMOSURA DE TU LLANTO

Hasta tu llanto es hermoso

y tus lágrimas son  perlas

que sólo madre con verlas

hacen el dolor dichoso.

Que tu llanto generoso

alivia, madre, mis penas,

viéndote llorar serena

con paz en tu dulce rostro.

Anti ti, madre, me postro;

mi  alma de Ti se llena.

Lloras por él dulcemente

perdidos tus pensamientos

en los dichosos momentos

viviéndolos nuevamente.

Y pareces complaciente

con lo que Dios te exigió;

que el Hijo que te envió

y que llevaste en tu seno

duerme su muerte sereno

y te espera junto a Dios.

Por eso miras de frente

a la muerte, cara a cara,

y el que te mira repara,

viendo tu rostro doliente,

que si alguna pena siente,

es menos pena contigo.

Como el hombro del amigo

que llora tu mismo llanto

y te quiere tanto,  tanto

que encuentras en él abrigo.

Y Lastrucci bien sabía

el bello rostro que ansiaba

y pensó en la lo amaba

y  lo trajo al mundo un día:

Su nombre iba a ser María

Dulce como la alborada.

Pensando en su madre amada

esa gubia de renombre

le talló su  Dulce Nombre

a Jerez, de madrugada.

Miguel de Unamuno

María es, de los misterios cristianos, el más dulce. La virgen es la sencillez, la madre de ternura. De mujer nació el Hombre Dios, de la calma de la humanidad, de su sencillez.

La primera vez que  viví la  madrugada, lo hice  de la mano de mi padre. Me sentía orgulloso de estar junto a él a esas horas que antes me eran prohibidas.

Poco a poco me fue enseñando cada una de esas cofradías que sólo conocía en los libros y  en la quietud de sus templos. 

Dejó para el final la Buena muerte cuando la cofradía avanzaba silenciosa por la Por-Vera. Mi padre me confesó ese día que él fue uno de los hermanos fundadores de la cofradía y que se sentía muy orgulloso de haber contribuido a que fuera una realidad. Me habló de su sencillez y elegancia,  de la fundación en la calle Ponce, de las obras de teatro en las que participó para sufragar los gastos iniciales….

El paso del Cristo de la Buena Muerte, venía a lo lejos, silencioso, bajo el espeso toldo de las jacarandas de la Por-Vera. Me pareció soberbia aquella imagen y los pies del Cristo acariciando los claveles de aquella tupida alfombra roja del Calvario.

Seguimos remontando la calle y allí venía ella. Un sublime sonido de unos varales huecos que sonaban como campanas celestiales, acompasaban el rachear de las zapatillas de los costaleros en medio del sepulcral silencio de aquella fría madrugada.

Me quedé absorto por su penetrante mirada e impresionado por su sublime belleza.  Aquellos antiguos varales que tintineaban como campanitas del cielo, se grabaron en mi  memoria de una forma indeleble.

Cada uno de nosotros somos lo que somos en gran medida por el ejemplo  y las tradiciones que hemos recibido de nuestros mayores.  Por eso, cuando la miro, pienso en todo lo bueno que llevó a ese grupo de jóvenes enamorados del niño Jesús,  que veneraron el momento de su crucifixión y se rindieron al Dulce Nombre de su madre, a fundar esta cofradía.

Y hoy, que la tengo aquí delante le quiero decir….

HOY TENGO GANAS DE VERTE

Hoy tengo ganas de verte

y decirte muchas cosas

y que oigas tú de mi

las palabras más hermosas.

Hoy tengo ganas de verte

y decirte que te quiero

que si me olvidé de ti

por ti, madre,  sufro y muero.

Hoy tengo ganas de verte

y aliviar tu triste llanto

que verte sufrir así

duele tanto, tanto, tanto..

Hoy tengo ganas de verte

volviendo por la POR-VERA

como aquella primavera

de madrugada te vi.

No sé madre qué sentí

cuando en esa madrugada

tu cara desconsolada

la alcanzó un rayo de luz;

Tú mirabas a su cruz,

bañada por la alborada,

Camino de Santiago.

despertaba la mañana

y el balcón de una gitana,

cubierto de jaramagos,

fue testigo mudo, inerte

de una saeta sentida.

Tu llorabas dolorida

Y ella por tanto quererte.

Hoy te quiero confesar

que los recuerdos de ayer

de tu Dulce nombre, Madre,

me los enseñó mi padre,

como me enseñó a creer.

Era joven por entonces

cuando gentes de su ser,

fundaron en calle Ponce

esta hermosa cofradía.

Y hoy me acuerdo de aquel día;

De niño por la Victoria

con mi padre de la mano

viendo el despertar gitano,

contándome mil historias..

Y  hoy me viene a la memoria

ver pasar la Buena Muerte.

Y ahora ese niño, ya hombre,

Te dice ¡Oh, Dulce Nombre!,

¡¡hoy  tengo ganas de verte!!.

Santa Teresa de Lisieux

Con la práctica fiel de las virtudes más humildes y sencillas has hecho madre mía visible a todos el camino recto del cielo.

Realmente el verdadero cofrade disfruta cada día de su hermandad, de su Señor y de su Virgen. El verdadero cofrade se deleita estando delante de ella y compartiendo con el resto de sus hermanos esa devoción en la madre de Dios.

 Cada uno de nosotros hemos crecido con una imagen de referencia que ha sido testigo mudo de los momentos más importantes de nuestras vidas.

Esa imagen la llevamos en el corazón, en una estampita en la cartera o en una foto enmarcada en nuestro lugar de trabajo y la tenemos siempre en nuestros pensamientos. La tenemos siempre ahí,  para pedirle por nuestras necesidades en los momentos de duda o tribulación, para darle gracias en aquellos días en los que nos colma la felicidad, para pedirle perdón por las veces que le fallamos.

Siempre está ahí, cada día, cada hora, cada instante de nuestra existencia. Y en esta hermandad, tiene un nombre especialmente hermoso, tan hermoso como ella.

TU DULZURA

Tu dulzura, madre mía

endulza las amarguras,

alivia las desventuras,

las penas de cada día.

Tú nos llenas de alegría.

Tú nos enjugas el llanto.

Tú, Madre, nos quieres tanto

que lloras por nuestros males

¿Cuáles, madre, dime cuáles,

de nosotros merecemos

que por tu  llanto gocemos

de los prados celestiales?

Tú lloras nuestra ignorancia,

nuestras culpas y pecados,

nuestro pensar obstinado,

el odio y la intolerancia.

La vanidad, la arrogancia,

la envidia, la vil codicia,

nuestra insensata avaricia,

y aun así, Tú cada día

nos devuelves, madre mía,

tus maternales caricias.

¿Cómo, madre, no quererte?

¿Cómo, Señora afligirnos?

¿Cómo podemos sentirnos

solos, si  solo con verte

no tememos ni a la muerte?

Basta que Tú se lo pidas.

Le pidas por nuestras vidas.

Que el mismo Dios hecho hombre

se rinde a tu  Dulce nombre

y a tus lágrimas vertidas.

Miguel de Unamuno

Cuando el mayor anhelo de toda joven judía, su gloria y su honra, era poder ser la madre del Mesías, María ofreció su virginidad renunciando así al destino de toda doncella hebrea; al destino de gloria. Y por haber renunciado a ese destino, se lo concedió el Señor.  Es el caso de hallarlo todo por haber renunciado a todo.

Apocalipsis, 11

Y se abrió el santuario de Dios en el cielo y apareció el Arca de su Alianza. En el Santuario se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor de tierra y fuerte granizada.

Una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Un día que acudí a visitar a nuestra Madre de la Merced, me detuve en la capilla donde estaban  los titulares de la Hermandad de la Buena Muerte.

 María del Dulce Nombre ocupaba la hornacina central de la capilla. No pasó inadvertida una estampa que me llamó poderosamente la atención; en las paredes laterales de esa capilla estaban a un lado y a otro de la virgen las benditas imágenes del Niño Jesús  y frente a éste, la del Cristo de la Buena Muerte. Me fijé en María, mirando de frente como absorta en sus pensamientos infinitos.  Me pareció que toda su vida se resumía en esa escena que describía perfectamente el paso del  tiempo que transcurre de una imagen a la otra. Desde el nacimiento a la muerte de su hijo. De la tierna y sonriente infancia a la trágica muerte en la Cruz.

Me fijé en su fortaleza, en su hermosura, en la sensación de tranquilidad y seguridad ante el misterio que veía pasar delante de sus ojos. En la honda pena de su mirada pero a la vez su profunda serenidad y paz por el deber cumplido, sabedora del significado de todo aquello que Dios le había pedido.

Lo tuvo en su vientre y lo amamantó. A su lado se hizo hombre y en su regazo lo recogió muerto de la cruz.

Ella lo sabía, sabía lo que iba a ocurrir, sabía que un día Dios se lo llevaría de nuevo a la gloria eterna.

Fue Ella, sólo Ella, la que pudo obrar el milagro de la redención. Dios necesitaba de una mujer que hiciera posible su plan de salvación.  Antes de nacer de su vientre, Dios la había escogido como madre. Y ahora que acababa de morir su hijo, Dios la eligió para seguir siendo nuestra madre eterna.

Aquella imagen de la madre del Dulce Nombre, viendo a su niño Jesús y viéndolo ya en la cruz muerto, con San Juan como testigo, no podía ser más clarificadora de la grandeza de María.

Una grandeza que la hace nexo de unión, no sólo de muchos cristianos, sino también de musulmanes y otras confesiones que ven en ella a la madre del Salvador, a la madre de Dios, a la madre de todos nosotros….

Desde entonces y desde siempre es nuestra madre. Sigue siendo nuestra madre. La madre de toda la humanidad. Nuestra abogada, nuestra fuerza, nuestro consuelo…

Y algún día, cuando nos llame el padre, qué mejor entrada en la gloria que nos reciba ella en su regazo y escuchemos,  como música de ángeles, su dulce nombre:

María, nuestra dulce madre del cielo…

 

 

 

TU DULCE MIRADA

Dulce madre es  tu mirada.

Dulce ante nuestros silencios.

Dulce ante tantos  desprecios.

Dulce madre enamorada

Tú que das todo por nada

y olvidas nuestras ofensas

aun así nos recompensas

con cariño maternal.

Líbranos madre del mal

por esa tu Gracia inmensa

Tú sufriste de amarguras.

Tú sufriste de hondas penas.

Tú fuiste, madre, azucena

entre las hierbas impuras.

Tú fuiste, mujer, dulzura

entre amargas experiencias

viendo gente sin conciencia

maltratando a tu Señor.

Al odio pusiste amor;

A las dudas, tus creencias.

Siempre confiando en Él.

Siempre presta al sacrificio

Siempre volcada en tu oficio

de servir a Dios tan fiel.

Hasta el momento cruel

de verlo muerto en tus brazos,

tu alma rota en mil pedazos

y confiando en el padre.

y llorabas como madre

a Jesús en tu regazo.

Tú sabías todo eso;

Lo que Dios de Ti quería.

Lo mucho que te ofrecía

en el mágico suceso

en que un viento como un beso

se prendó de de Ti, MARÍA.

Que  a Dios tu vientre daría

ese hijo deseado

engendrado y no creado

para hacer su trilogía.

Pues  lo mismo que nacimos

del seno de nuestra madre,

tu  vientre nos trajo al padre

que nunca nos merecimos.

Por Él fuimos redimidos

de la muerte y del pecado

y aunque el mundo se ha olvidado

de tu Gracia, Madre Mía

no nos quites la Alegría

de quedarte a nuestro lado.

Que eres la puerta del cielo.

Que eres del cielo las llaves

y en ese cielo no cabe

ni una pena ni un pañuelo

porque eres nuestro consuelo

y también nuestra alegría.

¿Qué más quiero, madre mía?

Pues sí, Madre, que algo quiero;

que oiga al sentir que muero

tu Dulce Nombre;  María.

PREGÓN REYES MAGOS 2019

REAL ACADEMIA SAN DIONISIO. Jerez, 3 de enero de 2019

Del Evangelio de San Mateo:

Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, que unos magos del oriente llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle.

Queridos Reyes Magos:

Un año más,  con el espíritu del niño que aún hay en mí,  espero con ilusión que vuestros reales cortejos vengan cargados de regalos e ilusiones. Quizás de esas ilusiones que, a los que hemos doblado ya el ecuador de nuestras vidas, nos la hacen valorar cada día como si fuéramos niños.  Ya ni siquiera mis hijos, que hace tiempo dejaron de ser niños, me obligan a disimular la realidad humana de vuestros vistosos vestidos pero, no por ello,  siguen inundando mi alma  esos profundos deseos que llenan mi corazón de trepidante expectación cada vez que se acerca el día de vuestra llegada…..

Y hoy,  renovado en espíritu y alma, vienen a mi memoria, tamizados por la nostalgia y por la madurez impuesta por el tiempo,  vivos recuerdos imborrables que se grabaron para siempre en aquella niñez que creía olvidada…….

Aún recuerdo ese trozo de papel que escondí en un viejo cuadro de la Virgen Niña que presidía  la cabecera de mi dormitorio que, aunque ennegrecido por el paso del tiempo, aún le brillaba la estela del  Espíritu Santo que iluminaba su infantil rostro.  Era una víspera del día de Reyes y,  en mi naciente adolescencia, escribí en esa cuartilla aquellas cosas que anhelaba y que no se podían comprar con dinero. Ya sabía desde hacía varios años que mis padres estaban ya  jubilados en el menesteroso oficio de hacer de Reyes por un día y que, aunque  así no fuera, no estaba en sus manos conseguirme esos pedidos que tenían que ver más con mi proyecto de vida que con aquellos presentes que escondían en algún lugar desconocido de la casa.

 Pasó ese día, y ese año y muchos años más. Dejé la casa de mis padres  para  casarme y tener hijos y se quedó allí  aquel papel,  escondido en una rendija de la parte trasera del cuadro y olvidado en algún lugar de mi corazón.

Con mis hijos ya crecidos,  en una de esas ocasiones en que nos reuníamos todos por Navidad, vagué por las habitaciones de la casa en busca de recuerdos  y llegué al lugar donde estaba aquel viejo cuadro ennegrecido que tantas veces había sido testigo de mis secretos más profundos. Y   al verlo,  me acordé de aquel día y de aquel papel….  Esperé,  casi dándolo por imposible,  que tras veinte años, con traslados incluidos, estuviera allí, escondido donde lo dejé. Pero, para mi jubilosa sorpresa, como un viejo centinela del pasado,  me aguadaba fiel y deseoso de que  lo abriera, sin moverse exactamente del lugar en donde lo dejé; doblado y polvoriento,  incrustado  en la rendija del marco donde dormían  mis sueños de adolescente para ese futuro que aún aguardaba.  Lo abrí con expectación, desvelándose mis recuerdos a la vez que  desdoblaba aquel arrugado y viejo papel.  Tras leerlo en silencio, suspiré en lo más profundo de mis entrañas mientras veía a la Virgen Niña, fiel custodia de mis peticiones. Esos deseos de la pronta adolescencia que escribí en aquella carta a los Reyes Magos, se habían hecho realidad con el paso de los años y ni siquiera me había dado cuenta. Ellos sí se habían acordado de traerme esas anheladas peticiones y me las concedieron a su debido tiempo, cuando la Virgen Niña que me sonrió aquella noche,  vio el momento oportuno para se hicieran realidad.  Y entonces comprendí lo importante que es la magia y la ilusión cuando se cree en ellas, cuando se ve el mundo desde la fe de un adolescente que sueña con seguir soñando.  Entonces entendí que el verdadero milagro que obran los Reyes Magos es hacernos creer en ellos y en Aquel al que buscaron, llenos de fe y esperanza,  cruzando desiertos de arena.

Aquel papel que escribía

en mi juventud lejana

era el sueño del mañana

que en ese cuadro escondía.

Yo  le confié a María

que llegara a los de Oriente

sin importarme esa gente

que en el cielo no creía

la gente que se reía

del espíritu inocente.

La Virgen me sonreía

mi corazón palpitaba

y la mano me temblaba

y el aliento contenía,

porque ya me despedía

esperando aquel mañana

en que los sueños pedidos

me serían concedidos

en la madurez lejana.

Pasaron años vividos

de adolescencia expectante

y el mundo desafiante

fue forjando mis olvidos.

Y aquellos sueños dormidos

fueron de mi ya borrándose

mi corazón olvidándose

de aquel papel escondido

fue encontrado su sentido

y al mismo tiempo  curándose.

Y un buen día arrepentido

con  el cuadro ante mis ojos

como lirio entre rastrojos

vi mi papel escondido.

 Lo miraba  estremecido

 y al leerlo  comprendí

que Aquello que les pedí

en aquel papel escrito

¡¡Lo juro por Dios Bendito!!

con creces lo recibí.

Hoy Majestades creemos que los niños tienen de todo pero, muy a pesar nuestro, no es así.  Pensamos erróneamente que darle los mejores juguetes, los más caros,  los más sofisticados  es ser mejores padres.

Muchos consideran que lo más acertado es decirles a los niños la verdad y no hacerles creer en falsas historias.  Otros ni siquiera esperan al ansiado día  de Reyes y apuestan por Papá Noel o por hacer el  regalo de las fiestas de invierno. Los que se creen más racionales y  avanzados van con los niños de la mano  a los grandes almacenes y les compran los juguetes directamente para que disfruten  durante las  vacaciones.

Y  así hacemos con todo en la vida, con esta vida que estamos convirtiendo en pura materialidad despojándola de toda magia y fantasía. Es vivir deprisa y no dejar nada para más tarde. Es lo que está llevando a muchos jóvenes a vivir todo antes de tiempo, a beber de forma desenfrenada,  a mantener relaciones sexuales de forma indiscriminada, a creerse mayores  sin haber vivido su niñez. Esa niñez que les estamos negando. Esa inocencia que les estamos matando.  Esa ilusión que estamos desvelándoles sin darnos cuenta del daño que les estamos haciendo.

Esos niños que han vivido felices su niñez, que han bebido del amor y de la inocencia, que han descubierto a su debido tiempo la fuente de la fantasía, que han esperado y guardado sus ilusiones para el ser amado,  no han sufrido traumas ni daños, no han alcanzado menos metas que los demás, no han perdido tiempo ni ocasiones para disfrutar. Sencillamente han sido más felices y han aprendido a dar de lo que recibieron.   Y eso que recibieron en abundancia, lo darán también en abundancia para seguir haciendo un mundo mejor.  Por eso, no neguemos a nuestros niños esas ilusiones que forjaron nuestra madurez de hoy.  Los Reyes lo sabían y siguieron los mensajes del cielo para adorar a Aquel que nació y murió para traernos un  mundo mejor.

No negad la fantasía

a la inocencia de un niño

que en esos trajes de armiño

va escondida la alegría.

Esa que espera en el día

en que los magos de oriente

crucen el desierto ardiente

en sus enormes camellos

buscando aquellos destellos

de la estrella reluciente.

Que tras sus largos cabellos

y sus barbas y ropajes

y el cortejo de sus pajes

con esos trajes tan bellos,

ya no son hombres, son Ellos

los que sus ojos perciben.

Esos recuerdos que  escriben

los gozos que sí perduran

esos mismos que  fracturan

los que sin fe los proscriben.

Los que cegados censuran

nuestras bellas tradiciones

quizás son sus frustraciones

y heridas que no se curan

las que tristes se conjuran

y provocan su dolor:

Por eso vino  el Señor

y los Reyes lo entendieron

y  al mundo lo descubrieron

adorando al Rendentor.

Parece mentira, majestades,  que nuestro mundo de hoy, tan rico en bienes y tan avanzado en comodidades,  sea también más pobre en valores y más atrasado en solidaridad.

Que en esta sociedad tan desarrollada,  que cuenta con tantos avances médicos y científicos, haya tantos enfermos incurables.

Que en un mundo que pretende estar más globalizado que nunca, haya más  deseos de dividir y de reivindicar lo que nos separa que  de buscar y encontrar los muchos valores que nos unen.

Que en una cultura en la que ha avanzado tanto la comunicación y los medios audiovisuales estemos tan lejos unos de otros, aun viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio o en el propio seno de la familia.

¡¡Qué falta le hacen vuestros cofres a nuestro mundo de hoy y que entendamos su significado!!

Porque, Melchor,  aunque dispusiéramos de todo el oro que hay en el mundo, hay muchas cosas que no se pueden  comprar con él. Cuántos ricos tienen llenas sus arcas pero vacíos su corazones porque ese oro no compra su felicidad.  Porque se pueden comprar las mejores mansiones y decorarlas con los más  lujosos enseres, pero si  no saben llenarla de amor por los demás, de nada les sirve.  Pueden degustar los más sabrosos manjares y codearse con los más poderosos pero  si no  llegan a gozar de su aprecio sincero, en vano es su riqueza.  Pueden hacer su vida más cómoda y placentera pero si no pueden evitar los sufrimientos de la enfermedad y de la muerte ¿Qué valor tiene su oro?

Pero ese oro es un regalo extraordinario para aquellos que saben emplearlo, creando puestos de trabajo para los demás, compartiendo el hogar y los buenos ratos  con los amigos, regalando cariño y  detalles a los que menos tienen,  haciendo una sociedad más justa desde esa situación favorable…

 Porque se genera más felicidad dando que recibiendo, ayudando que ser ayudado, atendiendo que ser atendido. Es baldío si no se gasta o se gasta por puro egoísmo.  Ese cofre hay que dejarlo en este mundo cuando el Señor nos llame porque en el cielo ya no nos sirve. Y aquí tampoco nos es útil si lo dejamos arrumbado para un futuro que quizás no llegue o no abrimos el cofre para sacar felicidad de él.    Es un bien digno de reyes, de lo que era Él, porque un buen rey, un buen pastor, un buen cristiano sabe emplearlo sabiamente, justamente en favor de los demás.

Y tu incienso, Gaspar,  ese precioso presente cuyo humo y aroma exalta la grandeza de Dios, reconocía la divinidad de ese niño, de ese Dios hecho hombre.  Porque por encima del mayor poder terrenal, por encima del hombre más poderos de nuestro mundo, hay un ser muy superior al que hay que rendirse y no es otro que el mismísimo Dios.

 Hoy veneramos muchos valores a los que, cobarde e ilusamente,  rendimos pleitesía y nos olvidamos del mayor de todos; la fe en el Todopoderoso.

Rendimos culto al dinero, al poder, a la fama, a la posición social…  Educamos a nuestros hijos en la necesidad de ser líderes en los estudios, en el trabajo,  en el mundo…    Y acabamos siendo lo que somos, pura ceniza en un universo inmenso que nunca llegaremos a comprender.  Somos motas de polvo zarandeadas por un vendaval que Dios hace soplar cuando abre las ventanas en algún lugar del universo.

 Necesitamos de un incienso nuevo que nos haga darnos cuenta de la necesidad de Dios para encontrarle sentido a nuestra vida. Porque a pesar de los dioses que nos crean y nos creamos en este mundo,  éstos acaban provocando ese enorme vacío que hoy sienten muchos jóvenes y que les hacen caer en la más profunda de las frustraciones.  Son esos dioses efímeros que llenan fugazmente las vidas de nuestra juventud y que acaban sumiéndolos en mil preguntas cuyas respuestas no encuentran en ninguno de esos dioses pasajeros.

   Ese es el incienso que hoy necesitamos para que nuestro mundo recupere los  valores que le haga creer en sí mismo y en aquel que lo creó.

Y tú, Baltasar, que le llevaste al Niño Jesús la más humilde mirra, le hiciste el mejor de los regalos.  Fue tu reconocimiento ante el mismo Dios de su inquebrantable y grandiosa vocación de amar hasta el extremo haciéndose hombre por todos nosotros. Y hoy, en  esta humanidad,  ¡¡cuánta necesidad tenemos de hacernos hombres de nuevo!! Porque estamos perdiendo el sentido de humanidad y nuestra capacidad de amar al prójimo.  Jugamos a ser Dios pero no somos capaces de aprender a amar como nos ama Él.

Siguen produciéndose catástrofes naturales, accidentes, guerras. En nuestra sinrazón queremos dominar un mundo que nos supera porque sólo somos seres humanos en mitad de un universo infinito.  Y Dios que es eterno e inmortal se hizo hombre mortal para entendernos y salvarnos de nuestra infinita ignorancia.

Por eso, queridos Reyes Magos, le pido a Dios encarecidamente que este año nos traigáis oro, en forma de generosidad, incienso en forma de fe y mirra en forma de humanidad. No habrá mejores regalos para nuestra sociedad de hoy.

Llena, Señor, de tu ciencia

los cofres de los tres Magos

para aliviar los estragos

de la falta de conciencia.

Danos, Señor, tu inocencia

y cúranos  sin demora

el cáncer que nos devora;

Prescindir de Ti, Señor,

y olvidarnos de tu amor

desde el ocaso a la aurora.

Llena el cofre de Melchor

del oro más blanco y puro;

Ese que tiene seguro

el alma del bienhechor.

Y que le llegue mejor

al prójimo desvalido,

al que llora dolorido,

al que le falta el sustento,

al indigente, al hambriento

y al emigrante acogido.

Para los que en su tormento

no tienen  a quién rezar

llena el cofre de Gaspar

de incienso puro de Adviento.

Alivia su sufrimiento

con la fuerza de los cielos.

Conociendo tu desvelos

te conocerán, Dios mío

y una fe como un gran río

les colmará sus anhelos

Para nuestro mundo impío

el cofre de Baltasar

haz que vuelva a rebosar

de mirra contra el hastío

 y que se llene el vacío

de esta pobre humanidad.

Haz que reine la bondad

y que vuelvan las personas.

Tú que no nos abandonas

alivia esta soledad.

Haz que se haga verdad

que los reyes siempre vienen

y que sus cofres contienen

la ansiada felicidad

que el hombre,  ante la maldad,

necesita cada día.

Esa es la gran alegría

que nos regaló el Señor;

Tres cofres llenos de amor

y eso es la EPIFANÍA.

Ese milagro que hacéis cada año, augustas majestades,  no sería posible sin miles de personas de buena voluntad que se convierten en vuestros pajes y que hacen realidad vuestra magia en muchos rincones del mundo. Son los padres que trasnochan para sacar los juguetes y regalos de sus escondites secretos, los bienhechores que donan recursos y medios para los niños más necesitados, los que tienen el honor y la responsabilidad de vestir los majestuosos trajes que los convierten en Reyes Magos por un día para el disfrute y gozo de tantos niños….

Aún recuerdo esas dos cabalgatas en las que hice de paje para Santiago Melchor Zurita y  para Juan Manuel Baltasar Bocarando,  padres que me tocaron en la lotería de la vida y que me brindaron la oportunidad de contribuir a su importante misión.    ¡Qué hermoso fue descubrir lo que se siente repartiendo tanta felicidad a tantos niños de Jerez!

Ilusiones que pronto vivirán Ana, Félix y Francisco, las personas que encarnarán en Jerez, con la venia del Señor,  a los Reyes Magos de Oriente  y renovarán con su testimonio la herencia  de nuestros antepasados.

Pero de esas experiencias  vividas como paje real, ninguna fue comparable a la ilusión con la que nos esperaron los niños enfermos del hospital y, especialmente, esas mujeres ancladas en la niñez de espíritu de la casa de los Dolores de  la calle Francos…. Sólo por estas personas  ya mereció la pena todo el esfuerzo llevado a cabo y ser partícipe de esta tradición tan hermosa.

Señor, Tú que escribes recto

con los renglones torcidos

¿Por qué hay tantos desvalidos

en tu divino proyecto?

¿Por qué el mundo es imperfecto?

¿Por qué sufre tanta gente?

¿Por qué te muestras ausente

Cuando el dolor nos devora?

¿Por qué retardas la hora

de salvarnos nuevamente?

Que esa gente que te implora

que alivies su sufrimiento

busca con fe ese momento

de tu fuerza sanadora.

Mas tu corazón no ignora

el dolor que confesamos

y haces que nos convirtamos

en los reyes de tu amor

y como a Ti, mi Señor,

a esos seres adoramos.

Y, así, como un buen pastor

con sus ovejas perdidas

aliviamos sus heridas

y su llanto de dolor.

Como hizo el sembrador

o ese buen samaritano

dando en tu nombre al hermano

nuestro amor más desbordante

como vi en aquel semblante

que me hizo más cristiano.

Era una cara radiante

de una sonrisa infinita

la sonrisa más bonita

ante el dolor delirante

Se me grabó en un instante

su inocencia en la retina;

Esa piel canela fina

de una mujer ya madura

que abrazaba con ternura

la muñeca que le dimos.

Y eso que todos vivimos

era amor, no era locura.

El amor que transmitimos,

el amor que recibía,

y el que también residía

en los dolores que vimos,

fueron tales que advertimos

verdades tan aplastantes;

Esas cien almas errantes

recibieron un consuelo;

el amor del mismo cielo

para sus mentes distantes.

Los trajes de terciopelo

de los Reyes simulados

con sus preciosos tocados

y bellas capas al vuelo

les aliviaron su duelo

y también sus sinsabores,

porque  a esas niñas mayores

de largos sueños aciagos

les fueron  los Reyes Magos

al hogar de los Dolores.

Muchas veces pienso, majestades, que es precisamente la falta de Dios, la ausencia de todo lo que recuerde al espíritu o a la fe, lo que hace que este mundo no se encuentre a sí mismo.  Ya se lo decía Jesucristo a los suyos cuando veía que dudaban y flaqueaban en sus fuerzas. “Si tuvierais una fe como un grano de mostaza os aseguro que si le dijerais a este sicomoro, ve y trasplántate en el mar, él os obedecería”.

Hemos de valorar esa fe que movió a esos reyes, científicos o magos, que representaban la ciencia, el poder, o la magia y les llevó a seguir esa estrella y buscar y encontrar el mensaje de los cielos.

Una fe que tenemos que hacer extensiva a todas las parcelas de la vida.  Porque, más allá de los regalos, de las celebraciones, de las buenas acciones que podamos llevar a cabo en esta época del año, hemos de comprender el gran valor que contienen el mensaje y el testimonio de esos tres personajes de oriente, que tiene plena vigencia en el mundo de hoy.

Hoy, más que nunca, tenemos que poner en práctica esa voluntad inquebrantable de encontrarle sentido a la vida a través de la búsqueda de Dios. Porque por mucho que la ciencia avance, por más poderoso que el hombre pueda llegar a ser, nunca podrá prescindir de Él.

Dios está en cada uno de nosotros. Y fue precisamente un matemático de la Ilustración, Descartes,  quien asoció la idea de bien con Dios.  Todo aquello que nos lleva a hacer el bien, viene de Dios y no hay mejor regalo que darlo a los demás.

Es ese amor el que nos lleva a hacer mejor este mundo. Y lo mismo que los tres magos se rindieron ante aquel niño indefenso tras cruzar ríos, montañas y desiertos, nosotros nos debemos rendir hoy a su grandeza celebrando su nacimiento y adorando a nuestros hermanos regalando nuestro amor.

Esta es la grandeza de la Navidad y el verdadero sentido que contiene la festividad de la Epifanía. Un Dios que se manifiesta al mundo para dar testimonio de su amor.

Cuando te venzan las prisas

deja que tu alma sueñe

y que en sus sueños te enseñe

la mejor de las sonrisas.

Que las  iras insumisas

y los dolores del alma

encuentren contigo calma

y a ser como un niño aspiren,

que siendo niños se  escriben

las leyendas de la  palma.

No importa cómo te miren

ni lo que el mundo te diga

deja que Dios te bendiga

y  sus miradas expiren.

Porque aquellos que suspiren

en busca de una esperanza

mirando tu confianza

la encontrarán algún día

como aquellos que encontraron

la estrella que les guiaron

hasta el vientre de María.

Esos que  se confiaron

a la señal de los cielos,

y superando recelos,

por la estrella se guiaron

en su caminar llegaron

a un pueblecito perdido.

Ese lugar escogido

por el Dios del firmamento

para dejar testamento

de un amor tan desmedido.

Y ni el desierto sediento,

ni las tormentas de arena,

ni el relámpago que truena,

acabaron con su aliento.

Y así llegó ese momento

de ver cumplido su sueño

y  encontraron a un pequeño

en un pesebre dormido

y así hallaron el sentido

de tanto esfuerzo y empeño.

Dios era el recién nacido.

Eran verdad las señales.

La medicina a los males

de ese mundo escarnecido.

Con su espíritu rendido

hincándose de rodillas

abrieron las maravillas

que en los tres cofres traían

que al mismo Dios ofrecían

entre las gentes sencillas.

Los pastores que veían

a reyes tan poderosos

siendo así de generosos

con el niño al que mecían,

se alegraban y entendían

el mensaje de los cielos;

Y es que sus viejos anhelos

en sus pechos acogidos

al fin se vieron cumplidos

llenos de gozo y consuelo.

Y hoy tras siglos transcurridos

siguen viviendo en nosotros

siendo  los reyes por otros

en nosotros renacidos.

Y los niños convencidos

guardarán en su memoria

esta herencia meritoria

del gran bien que han recibido            .

Esa será la victoria

que esos tres reyes buscaban:

Revivir lo que admiraban

los pastores de la historia.

Porque se  alcanza la gloria

siendo así, buenos cristianos.

Diciendo a nuestros hermanos

 que hoy también viven los reyes.

Desafiando las leyes

de agnósticos y profanos.

Que aquellos tiempos lejanos

vivan de nuevo en Jerez

y  vivamos otra vez

la herencia de los ancianos:

Niños de espíritu sanos

que busquen hacer el bien,

que no miren con desdén

esta acción tan piadosa

porque amar es otra cosa

que hay que grabarse en la sien:

Que de esta fiesta preciosa

nunca jamás les privemos

y que en Navidad gocemos

de esta historia tan hermosa.

Y ya que acabo esta glosa

no quiero premios ni halagos

porque el mejor de los pagos  

es que el Señor nos bendiga

y que el todo el mundo diga:

¡¡¡Que vivan los Reyes Magos!!!

EXALTACIÓN DE LA SAETA 2018

IGLESIA DE SAN MATEO – JEREZ

PEÑA LA BUENA GENTE
      EXALTACIÓN DE LA SAETA
    
 
Francisco José Zurita Martín
    

 9 DE MARZO DE 2018

Cuando llega la primavera,  las flores de nuestros campos, el olor de los azahares de los naranjos amargos, el incienso que se escapa por las rendijas de las puertas de los viejos templos o esos cielos azules que siguen al atardecer,  hacen que nuestra alma nazarena se vaya preparando para la semana más importante del año.  Esta tierra cofrade espera ansiosa la pasión de su Señor, viviendo con intensidad cada besamanos, cada Vía-Crucis, cada celebración religiosa que antecede a nuestra Semana Mayor.

 En cada rincón de Andalucía, las voces flamencas que han cantado villancicos o coplas  en Navidad ya preparan sus Seguirillas con los que abrirles sus corazones de par el par al Dios que les dio la vida.

La saeta, esa oración cantada desde lo más profundo del alma, es la forma que tiene Andalucía de decirle al Señor todo lo que lleva dentro, todo lo que le preocupa, todo lo que siente, todo que anhela.

En nuestra tierra, las almas de los andaluces se vuelcan con nuestro Señor de la mejor manera que saben entender; con el cante.  Porque en Andalucía vive y reza, canta y ora, sueña y vive la pasión de su Señor con la voz que sale de su garganta morena.

La brisa de la mañana

susurra a los azahares

y ya viven los hogares

la Cuaresma Jerezana

que prepara tan ufana

la pasión de su Señor.

Es la fiesta del amor

de nuestro Dios a su gente

que lo vive y que lo siente

con pasión y con  fervor.

Y es  que en su muerte y dolor

encuentra el pueblo consuelo

y abre las puertas del cielo

con la Cruz del redentor.

Es la Semana Mayor

y de la fe baluarte

que se vive en cada parte

de la España más sureña

donde Dios es Santo y Seña

Y María, es su estandarte.

Porque el alma  se le parte

viendo tu cuerpo deshecho

viéndote, Señor,  maltrecho,

ansiosa por alabarte,

sabe mi tierra cantarte

para aliviar tu agonía.

Que esta tierra de María

desde la costa a la sierra

es esa bendita tierra

que se llama Andalucía.

Donde reina la alegría,

donde la fe se hace arte

donde sabemos amarte,

Cada noche, cada día

buscando tu compañía,

buscando, Señor, quererte

y con el cante ofrecerte

un bálsamo a tus heridas.

Darte gracias por las vidas

que se salvan con tu muerte.

Esta tierra, agradecida

y rendida a tu grandeza

cantando, Señor, te reza

y rezándote rendida

allá por Pascua Florida

estalla en sus emociones

llevándote en procesiones

en canastillas hermosas

que alfombran, Señor, de rosas

y claveles de oraciones.

Que esta tierra generosa

para decir que te quiere

tiene el mejor miserere,

la oración más piadosa.

Esa súplica preciosa

con la que sueña un poeta.

La que nace en las entrañas

de este rincón de mi España

que reza con la SAETA.

El pueblo andaluz no canta, le brota el cante, le nace de sus entrañas como una necesidad de expresar sus sentimientos.  En esta tierra manifestamos las alegrías y las penas, riendo por Alegrías o llorando por Soleares.  Celebramos la Navidad, la Feria, la Semana Santa,  con Coplas navideñas,  con Bulerías, con Seguidillas, con Martinetes…

Y rezamos. Oramos a Dios como sólo lo sabe hacer esta tierra de María Santísima.  Con nuestro cante en forma de saetas que le hablan a Dios desde lo más profundo del alma.

Al igual que los poetas expresan sus sentimientos con las palabras hermosas que le salen del alma, el cantaor deja fluir los suyos con las notas que salen de su garganta como un río que nace del manantial del alma andaluza que busca llegar a Dios para que  nos escuche y atienda nuestras súplicas.

Quiero rezarte, Señor

y no encuentro la manera

la anchura de la tronera

del cañón de mi dolor.

Agua que apague el ardor

que me quema en  las  entrañas,

que con mi alma se ensaña

cuando tú no estás conmigo.

Busco con pasión tu abrigo

para que me des compaña.

Busco el hombro del amigo,

busco el modo de encontrarte

y no dejo de buscarte

para aliviar mi castigo.

Pero es que no lo consigo

ni con rezos, ni sermones.

No entiendo bien las razones,

mas llego a Ti con el cante

porque así no estás distante

y vuelven mis ilusiones.

No sé decir oraciones

para pedirte consuelo.

Me quedo mirando al cielo

Y pido que me perdones.

Ruego que no  me abandones

con mi canto entrecortao.

Me siento más aliviao

cuando mi canto te llega,

te encuentro Señor a ciegas

y sé que me has perdonao.

Te rezo con el murmullo

del alma que es mi quejío.

Sufrir los dolores míos

para aliviarte los tuyos.

Cantarte con el arrullo

que sale de mi garganta

que te reza y que te canta

que le canta y que le reza

a tu sublime grandeza

en cada semana Santa.

Que me rindo a la crudeza

de tu noble sacrificio,

sufriendo el cruel suplicio

con tanta calma y nobleza.

Tengo entonces la certeza

de aliviarte tu agonía,

venciendo mi cobardía

cuando canto esa saeta

porque esa oración secreta

Canta lo que rezaría.

Llantos por las Penas mías.

Cantos por las Penas tuyas.

Bella saeta que  arrulla

con voz quebrada a María.

Que  la oración saetera

reza a Dios a su manera

por las penas  y alegrías,

por las miserias humanas,

por nuestras faltas mundanas,

con flamencas melodías.

Mi saeta jerezana,

tan profunda, tan sincera.

La oración más verdadera,

más flamenca y más gitana

que reza a su soberana

y al Señor del mundo entero

Es la fe que al saetero

desde su tierna niñez

le enseñaron en Jerez

cantándole a Dios “Te quiero”

SAETAS

Lo que lleva a una persona a extender su brazo  y elevar su cante para dirigirse al Padre o a la santísima Virgen, sólo Dios lo sabe.  Hay cantaores famosos que no se prodigan en la saeta o quizás nunca la han cantado  y hay personas anónimas que sin ser conocidos en el mundo del flamenco han rezado a Dios en voz alta pidiéndole por causas secretas en forma de saetas.

Me contaba mi buen amigo José María Castaño que no se puede asegurar que ningún cantaor no haya cantado alguna vez en su vida una saeta, aún a pesar de no ser saetero. Me decía también que el motivo para arrancarse o el momento para hacerlo forma parte de la magia y del embrujo de este mundo flamenco al que la pasión y los sentimientos le afloran cuando menos se esperan. Que lo mismo que pedimos, también agradecemos,  que al igual que lloramos también nos alegramos y a Dios se lo decimos… cantando.

Como se arrancó en Sevilla aquel preso de la Cárcel del Pópulo cuando en la Semana Santa de 1920 le cantó a la Esperanza de Triana una saeta que dio nombre a una de las marchas más hermosas del genial Manuel Font de Anta:

Soleá dame la mano

Por las rejas de la cárcel

Que tengo muchos hermanos

Huérfanos de padre y madre.

Eres la Esperanza nuestra,

Estrella de la mañana

Luz del cielo y de la tierra

Honra grande de Triana.

Son los puros y callados sentimientos que tantos jerezanos expresan con la saeta; esa voz quebrada que, en un mar de silencio, acalla todas las voces.

¿Qué pena, mujer, qué pena

tiene tu carita hermosa

¿Qué pena tan espantosa

en esa cara morena

la torna blanca azucena

y en tu corazón se clava?

¿Qué daga te hace su esclava

y te tiene dolorida?

Dime tú para esa herida

qué clase de amor la lava?

¿Por qué esa pena escondida

la muestras con la saeta

y tu corazón  se agrieta

y lo entregas compungida?

¿Quién dejó la daga hundida

en el fondo de tu alma?

¿Qué te perturba la calma?

¿Por qué la paz te abandona?

¿Quién fue la mala persona

que leyéndote la palma

ni comprende, ni perdona

la pena que te acompaña?

Dime acaso quién se ensaña

te persigue, te presiona

para que tu voz temblona

se dirija al Dios del cielo

y busques en Él  consuelo

reposando en su mirada

y que de tu voz prendada

alivie, mujer, tu duelo.

¿Qué clase de puñalada

pudo dejarte esa huella?

¿Qué te hizo tanta mella

Y te tiene atribulada?

¿Quién es la persona amada

por quién tu llanto suspira?

¿Fue acaso amor? ¿Fue la Ira

la que te hizo ese daño?

¿Qué clase de desengaño

Sólo con tu canto expira?

Dime acaso si es mentira

que purgas penas ajenas

porque esa mano morena,

ante el palio que revira,

hacia la Virgen se estira

pidiéndole que te ayude.

Que tu garganta sacude

notas de tanta tristeza

que ante el manto de pureza

de la Virgen que solloza

el dolor que te destroza

lo alivias con su belleza.

Porque a ese palio que  roza

el balcón de tu amargura

para aliviar tu locura

un clavel se le desbroza

y  tu alma se alboroza

cuando tu canto ha escuchado.

El corazón entregado

de esa madre que te quiere

ya fuere el dolor que fuere

tu saeta lo ha aliviado.

Que con ese miserere

hacia tu Madre y Señora

el dolor que te devora

ni te duele ni te hiere.

Ella que de pena muere

por su hijo, el Redentor

también calma su dolor

al escuchar ese canto

y es que nada alivia tanto

a la madre del Señor.

 A lo largo y ancho de Jerez, en el momento menos esperado, salta esa oración cantada que rompe el silencio o acalla la voz de la banda para escuchar cómo pide, cómo agradece, cómo ensalza el amor de Dios la voz del saetero.  Son precisamente esas saetas espontáneas y sinceras las que hacen auténtica la devoción que siente nuestro pueblo por el Señor y por su bendita Madre. Hay calles y plazas donde proliferan las voces gitanas y payas que elevan sus Seguidillas de entre el gentío que se arremolina en torno a esos cantaores espontáneos. También desde balcones donde las mejores voces se afanan por rendir honores a Jesús o a su madre por éxitos alcanzados o favores recibidos.

Jerez es un referente en España porque aquí se oyen las mejores saetas y cuando menos se espera, salta esa voz inconfundible del saetero jerezano.

¿Dónde te canta Jerez?

¿ Dónde te reza, Dios mío?

¿Dónde todo ese gentío,

busca una vez y otra vez

los ecos que en su niñez

salieron de los balcones?

Esas hondas oraciones

que rezando a su manera

el Jerez que te venera

te derrama a borbotones.

Dime Tú, por qué rincones

te cantan los jerezanos

que extendiendo bien sus manos

sin saber bien las razones

te abren sus corazones

por sus plazas y sus calles.

Pidiendo que no nos falles,

sabiendo que siempre acudes

y que, Señor, nos ayudes

allá donde Tú te halles.

Cuántas gracias y virtudes

que reclaman con sus manos

piden, Señor, tus hermanos

cantando entre multitudes.

Proclamando gratitudes

por tus gracias celestiales;

Rogándote por sus males,

por los hijos, por los nietos,

con corazones inquietos

que te aman a raudales.

Dime, dime en qué lugares.

¿Es acaso en la Plazuela

cantándole a la Esperanza?

O cuando la Paz alcanza

su querida Albarizuela?

Es, Señor, por la Cruz vieja

o en sus recoletas calles

que al ver que te estás muriendo

canta San Miguel al Valle.

¿Es acaso en Tornería

al Señor del Prendimiento,

donde estallan de alegría

los gitanos sentimientos?

Dime por dónde te rezan.

Dime por donde te cantan.

Dime Tú por qué te encantan

las saetas jerezanas.

¿Al despertar las mañanas?

¿Cuando la tarde se duerme?

¿Cuando el alba de luz baña

Por  Ancha a  la Buena Muerte?

Dime Tú si no es quererte

querer alcanzar el Cielo,

cantándole al Desconsuelo

en la Plaza de San Lucas?

Dime por qué te acurrucas

en el seno de tu madre

descansando ya en el padre

y en sus Angustias benditas,

cuando a tu madre bonita

le cantan por Corredera,

lo mismo que en la Por-vera

cantan a su Soledad.

¿Dime Tú si no  es verdad

que las cuerdas que te atan

al cantarte se desatan

prendido bajo ese olivo?

Que aunque te lleven cautivo,

con la voz de los gitanos

sientes más libres tus manos

y alivian tu sufrimiento;

¡Ay Señor del Prendimiento!

¡Ay madre del Desamparo!

Decidme si no está claro

que Jerez os reverencia

o al Señor de la Sentencia

bajando por Empedrada,

o entrando en su barriada

al Señor de la Clemencia.

De día o de madrugada.

En el Jerez de intramuros.

En callejones oscuros

o en plazas iluminadas.

Desde hermosas balconadas

o desde la humilde acera,

siempre Señor a tu vera

esa voz enamorada.

¿Dime, Señor, dónde suena

la saeta más hermosa?

Esa voz que cariñosa,

de una garganta morena,

te alivia, Señor, las Penas

y  hace a tu madre dichosa;

Por aliviarle su llanto

y endulzarle esa Amargura

de ver cómo te flagelan,

de ver cómo te coronan

y al ver cómo se emocionan

las voces que la consuelan.

Y es que esos cantos que entonan

levantan, Señor, el vello.

¿Hay acaso algo más Bello

que al despertar la mañana

la calle más jerezana

cante a Jesús Nazareno?

¡Dime Señor si no es bueno

este canto enamorado

al verte crucificado,

caminando hacia el Calvario,

bajándote en el sudario,

o en la urna amortajado!

¿Hay oración más sincera?

¿Hay oración más humana?

¿Qué hay acaso más cristiana,

que la oración saetera?

La que con su voz hilvana

susurros puros del alma,

entrando Tú con la palma

por nuestra plaza Rivero.

O al despedirte postrero

cuando enfilas el Calvario.

O a Ella, que ante el sudario,

sobre la cruz ya desierta,

llora su pena despierta

con su llanto en solitario.

¿No es un acaso un relicario

la saeta que te reza

y que exalta tu grandeza

y el misterio trinitario?

Que Jerez es tu Sagrario

cada nueva primavera

¿Quién te canta a tí, Dios Mío?

¡Todo el arte y señorío,

de Jerez de la Frontera!

SAETAS

Nadie sabe en realidad qué lleva a una persona a hablar a Dios cantándole una saeta.  Cada uno de los seres humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Mi admirado Antonio Machado decía en uno de sus poemas:

El Dios que todos llevamos.

El Dios que todos hacemos.

El Dios que todos buscamos

y que nunca encontraremos

Pero aunque Machado a veces lo dudara, el alma de un andaluz lleva a Dios dentro de su alma y lo hace presente contemplando las imágenes de su pasión, que reflejan el propio dolor humano.  Lo busca en los momentos difíciles, cuando más necesaria se hace su ayuda.  El andaluz lo encuentra cuando, mirándolo a los ojos a ese Dios del madero, le dice cantando al Padre Celestial cuánto lo necesita o cuánto le agradece su sacrificio por todos nosotros.

Desde niños, nuestra gente  crece aprendiendo a amar a Dios con los sones que mamaron de sus mayores y lleva dentro de sí la semilla del arte de hablar a Dios cantado. Muchos no lo saben ni se atreven a hacerlo ante los demás pero saben, que llegado el momento, no habría mejor manera de hablar con Él que haciéndolo directamente desde el corazón con la profundidad que una saeta.

Un día, viendo a una joven en un balcón con lágrimas en los ojos cantando una saeta, me imaginé qué pena podría sentir en el alma para que, con tanto sentimiento y entrega, cantara una desgarradora saeta por un familiar enfermo.

Puede ser la historia de cualquiera de nosotros que, llegado un momento de gran angustia, desearíamos saber cantarle a Dios  para pedirle algo grande,  como lo hizo esa muchacha.

Ay niña de mis amores

con la voz que Dios te ha dado,

¿cómo aún no le has cantado

al Señor de los señores?

Que los ángeles cantores

no cantan como tú cantas

ni salen de sus gargantas

seguidillas tan hermosas

aún sabiendo que sus glosas

salen de gargantas santas.

Son tantas cosas, son tantas

las que a Dios hay que pedirle,

Son tantas las que decirle

Con palabras amorosas,

que las notas prodigiosas

de tu garganta gitana

es la forma más cristiana

de rezar al Dios de cielo.

No hay vergüenza ni canguelo

ni intención más limpia y sana

que cuando a Dios le suplicas

y con tu voz le dedicas

la oración más jerezana.

Ay padre de mis mañanas,

de mis noches, de mis días

que yo rezo avemarías

como las buenas cristianas

y no me faltan las ganas

de cantar de mil amores.

¿No entiendes tú mis temores?

¿No entiendes tú mis recelos?

Yo rezo al rey de los cielos

con calladas oraciones

y no quiero que me implores

que cante con tanta gente.

Y aunque yo no te contente

por mis sabidos pudores

exaltaré los fervores

que hoy duermen en mi prisión

cantando con devoción

como supiste enseñarme

como supiste inculcarme

el amor de su pasión.

Ya  llegará la ocasión

de algo grande que rogarle

y yo tenga que cantarle

a Dios desde tu balcón.

Satisfaré tu ilusión,

te colmaré de alegría

y le cantaré a María

y al Señor dueño del cielo.

Porque ese, padre, es tu anhelo

lo haré realidad un día.

Y ese al que tanto quería

cayó malito en la cama.

Y la muerte lo reclama,

y lloraba esmorecía.

Esa tarde que salía

su Señor, el de las Penas,

con esa espalda morena

roja de sangre y sudores

se olvidó de sus temores

y salió al balcón serena.

Se callaron los tambores

del paso de los Judíos.

Su padre con desvaríos

y mortales estertores.

Alivia ya  los dolores

a mi Padre, padre mío,

que se muere dolorío

por los malditos tumores.

Y calló todo el gentío

puestos en ella los ojos.

Y se abrieron los cerrojos

de su canto estremecío.

No hubo canto más sentío

que ese canto que entonaba

por el padre que la amaba,

Por el padre que moría.

Al que juró cantaría

hoy su promesa pagaba.

Y esta saeta cantaba:

SAETA

Ay mi Señor de las Penas

con tus manitas atadas,

con tu espalda ensangrentada

por los ríos de tus venas.

Ay Padre, mi padre muere

y no quiero  que se muera,

mas reclámalo a tu vera

si es eso lo que Tú quieres.

Tú que sufres el castigo

de regueros de tormentos

alivia sus sufrimientos

y que se encuentre contigo.

Llévalo al Dorado trigo

y a las vides celestiales,

pero si curas sus males

que jamás te lo  he pedío

yo te prometo, Dios mío,

darte mi voz a raudales.

Y María lo escuchaba

con San Juan como testigo.

Mirando el cruel castigo,

con Desconsuelo miraba,

la espalada desvencijada

del hijo de sus entrañas.

La fe que mueve montañas

por las lágrimas sinceras,

como lloraban  las ceras

le lloraban las pestañas.

Viendo un llanto tan de veras,

la Virgen como en Canaa,

al Dios que todo lo da

le dijo:  si tú quisieras,

antes que al padre te fueras,

cura al padre de esa niña,

que hasta a la lejana viña,

junto a los campos de hinojos,

han llegado los despojos

de su canto que encariña.

Jesús con regueros rojos

oyó el llanto de María

y le dio lo que pedía:

Y ese padre abrió los ojos.

El que andaba entre rastrojos

se levantó de su lecho

y sintió dentro del pecho

una voz que le decía:

Tu hija me lo pedía

con la oración más secreta.

Sólo quiero, buen amigo

que estéis más martes conmigo….

¡¡¡ Y me cante esa saeta!!!

Gracias A Dios, vivimos momentos dulces de nuestro flamenco y, concretamente, de nuestras saetas. Hoy resulta difícilmente imaginable concebir nuestra sociedad y nuestra cultura sin ese gran tesoro que representa todo lo relacionado con el cante jondo, que tantas páginas gloriosas ha escrito en la historia de nuestra ciudad.  Pero no ha sido siempre así y ha habido momentos en los que ese gran tesoro era un bien tan escaso que quedaba reducido a las peñas flamencas, verdaderos santuarios del cante y ángeles custodios del mismo.

Hoy quiero elevar mi voz para agradecer a todas las peñas flamencas la gran labor que han realizado y realizan en favor de nuestro bien más preciado: Nuestro flamenco. Y muy especialmente a este querida peña “La Buena Gente”, tan ligada a la hermandad del Desconsuelo y que hoy tiene la dicha de celebrar esa XXX edición de la exaltación de la Saeta y que también cumple cuarenta años de la celebración del primer concurso de saetas.  Va por ellos.

Quien a su tierra no quiere

es que no quiere a su madre,

es que no honra a su padre

por todo cuanto le diere.

Quien por su tierra no muere

no sabe lo que es querer,

que un nacido de mujer

allá donde lo ha parido,

la tierra donde ha nacido

la tiene que defender.

Quien, siendo niño, ha sentido

las palmas por bulerías

Ya tiene dos alegrías:

Haber en Jerez crecido

y ante su encanto rendido

vivir en nuestro Jerez.

Que aquí desde la niñez

nuestra tierra, que enamora

esa joya que atesora

atrapa hasta la vejez.

La joya cautivadora

de su cante y su guitarra

que a esta tierra nos amarra

desde la primera hora.

El arte que nos aflora

como la flor de su vino.

Ese cante tan divino

tan flamenco y tan gitano

que cautiva al jerezano

y al que, absorto nos visita,

porque esta tierra bendita

no sabe vivir en vano.

Que el corazón le palpita,

la sangre bulle en sus venas

y su garganta morena

gritando se desgañita

por si acaso se marchita

y se duerme en el olvido

y que su pueblo dormido

se olvide de su grandeza.

Y esa es la gran proeza

de los que más la han querido;

Los que  siempre han defendido

en su alma y en su peña

un arte que no se enseña

pero que se ha transmitido,

por el amor recibido,

de nuestros padres y abuelos,

que hasta en los tablaos del cielo

a San Pedro han convencido.

Porque esos son los desvelos

de toda esa gente buena

que con su tierra se llena

y por ella siente celos,

porque colma sus anhelos

viviendo sus tradiciones.

Son los queridos rincones

donde el flamenco se cuida,

donde la tierra es querida.

Donde se escuchan los sones

de una guitarra escogida,

de una voz que se desgarra

que acompaña a una guitarra

que susurra al alma herida

de esta ciudad bendecida

por tanto arte y grandeza.

Que sabe amar la belleza

de una voz que dolorida

encuentra soporte y vida

en esas peñas sagradas,

porque están enamoradas

de esta tierra agradecida.

Las Peñas son las moradas

y los cofres del tesoro

de ese verdadero oro

de sus mágicas veladas.

De esas historias cantadas

en largas noches de ensueño.

Y hacen realidad el sueño

de mi alma nazarena

que si la saeta suena

es por su fuerza y empeño,

que fluye alegre en sus venas.

Que a su Jerez tanto quiere

que por su flamenco muere

Y estamos de enhorabuena.

Porque, buena, lo que es buena

es esa gente valiente

que a su cante tanto siente

y a sus saetas adora.

Y hoy Jerez lo corrobora

¡¡Ay  Peña La Buena Gente!!

A lo largo de la historia Jerez ha dado al mundo los mejores cantaores de saetas. Las voces de muchos de ellos se han ido  apagando con el paso de tiempo, pero aún resuenan sus ecos entrecortaos por las esquinas y balcones desde las que cantaron a Dios o la santísima Virgen. Como los Campanilleros pasan, ellos pasaron pero no se fueron. Quedan en nuestra memoria y en los corazones de los que hoy  han tomado su relevo.

Hacia allá partió hace poco Manuel Moneo que siguió la estela de tantos buenos jerezanos que oraron a Dios con sus voces y que ahora le cantan al Padre cara a cara.

A ellos se lo debemos todo y como homenaje a estas voces del cielo quiero terminar esta exaltación recordando a aquellos que ya partieron a la casa del Padre. No puedo nombrar a todos, pero va por todos ellos….

Lo que en la tierra sembramos,

en el cielo recogemos.

Aquello que desatemos

o todo aquello que atamos

lo tenemos los cristianos

del mismo modo en el cielo.

Y esos que alzaron el vuelo

por lo mucho que te amaron

a tu puerto ya arribaron

y gozan de tu consuelo.

Pienso en los que ya pasaron.

Pienso en los que ya se fueron.

Pienso en el cielo que gozan

tantos jerezanos buenos

que te rezaron  cantando,

que  te cantaron pidiendo

por sus penas y sus males,

por sus  llantos y sus miedos.

Que se mueren ya los vivos

por vivir como esos muertos

que te cantan cara a cara

desde balcones eternos.

Desde el balcón de la gloria

que me viene a la memoria

tras barrotes y macetas

tantos payos y gitanos

tantos buenos jerezanos

que te cantaron saetas:

El Garbanzo,  el Agujetas

Eduardo el Carbonero,

El Guapo con Terremoto,

El Locajo, Manuel Soto

también llamado el Sordera

y esta vez desde un balcón

al lado del Anfitrión

también canta La Paquera,

con su fuerte vozarrón.

Se desata la emoción

cuando un visillo descorre

y aparece Manuel Torre,

La bizca y la Jerezana

y la Pantoja con ganas

de revivir la memoria

de Juan Acosta o del Gloria

de Moneo o el Chocolate.

Y es que Jerez se debate

por ver quien canta mejor

a su Dios y  a su Señor

y a la fe más verdadera.

Que en Jerez de la Frontera

la saeta es oración

y la oración es saeta

y es arte y es devoción

reviviendo la pasión

cada nueva primavera.

Cuando, Señor, otra vez

oyes a tus cantaores

que te alivian los dolores

con el arte de Jerez.

Pues todo Jerez es arte

Y  aunque yo no sé cantarte

mas sueño con ese anhelo

Ay Madre del Desconsuelo;

si yo he sido de los buenos,

cuando a tus pies yo me plante,

madre, que te cante al menos,

deja  que al menos te cante,

una saeta en el cielo.

EN LA VIÑA DEL SEÑOR

EL DUEÑO DE LA VIÑA

Quizás penséis que soy un iluso visionario por ver símbolos que solo existen en mi imaginación. Pero muchas veces nos cegamos nosotros mismos los ojos del alma por no querer ver lo que siente nuestro corazón.
Este pasado fin de semana fue agotador; no en mi trabajo diario, del que me quejo más de lo necesario, sino por echar una inexperta mano en hacer la vendimia en una viña de la familia. Levantarse al alba para coger uva, llevarla en espuertas al caserío, molturarla y prensarla para acabar llenando las botas con el mosto hasta altas horas de la noche, fue realmente agotador… 
Me pregunté el primer día qué clase de descanso era ese que dice que cambiar de rutina descansa. Pero hincado de rodillas en la polvorienta albariza, las manos negras, los riñones rotos y el solano de las doce abrasando mi espalda sudorosa, me hizo pensar en aquellos que lo hacen por necesidad y no por placer o altruismo como era mi caso. Cruzó por mi mente el esfuerzo de aquellos que hacen que nuestras vidas sean más llevaderas y agradables; los que recogen por la noche nuestras basuras, los que pasan noches en vela en los hospitales, los que rezan por todos nosotros…
Y me dije; ¿De qué te quejas, Paco? ¿De qué me quejo, Señor?. Lo haré por ellos, lo haré por Ti. Y no solo coger esas uvas cuyo mosto ya deseaba probar, sino con mi trabajo diario, con sus sinsabores, con sus frustraciones, pero con sus cosas buenas, porque esa es la alegría de cruz que me has dado. Y me sentí bien y cogí ese extraño racimo en forma de cruz que impactó mi soñadora mente y lo entendí; Apareció el “Dueño de la viña” para ponerme su mano en el hombro y contarme de esa manera lo que no podía decirme con palabras.

EXALTACIÓN EUCARÍSTICA 2015

 CAPILLA DEL SAGRARIO  DE LA IGLESIA DE SAN MATEO. JEREZ.
    EXALTACIÓN EUCARÍSTICA
HERMANDAD SACRAMENTAL DE SANTIAGO
 
FRANCISCO JOSÉ ZURITA MARTÍN
4 De Junio de 2015


Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna

Dios se enamoró del hombre desde el principio de los tiempos y buscó incansablemente que éste se diera cuenta de su amor. Por ese infinito amor, el Señor envió mensajeros de su palabra para que, por medio de ella, los hombres lo conocieran. Pero el hombre era obstinadamente terco y ciego y  no supo ver  sus señales, sus signos y su mensaje de salvación,  y no lo reconoció.

Algunos hombres piadosos y temerosos de la palabra de Dios advirtieron de nuestros vicios y pecados, pero fueron despreciados y desdeñados por la mayoría. Pero Dios no se olvidó del hombre y siguió perdonando nuestros desprecios.

Muchos siglos pasaron, muchos prodigios se produjeron, muchos hombres nacieron y Dios siguió sin recibir respuesta de ellos…

No se cansó de  enviar profetas que se afanaron en proclamar el inmenso amor que sentía hacia los seres humanos y su insaciable  deseo de llegar a sus corazones.  El hombre respondía con sacrificios inútiles que no agradaban a Dios,  y seguía poniendo la Ley por encima de la misericordia,  olvidándose de la caridad y del amor.

Entristecido por la dureza del corazón humano, se preguntó Dios qué más podría hacer para llegar a su corazón  y que por fin comprendiera hasta dónde alcanzaba su misericordia. Hablaba con Sí Mismo dirigiéndose al Hijo y el Hijo también hablaba con Sí Mismo dirigiéndose al Padre y el Espíritu Santo hablaba con los Dos y no se podía distinguir quién era cada uno de ellos, porque todos eran el mismo y Único Dios.

Dios buscaba la forma de llegar definitivamente a nosotros, comprender al hombre para que el hombre Lo comprendiera de una vez y para siempre a Él.  Era tan grande su amor por el hombre que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguir llegar hasta Él.

Su palabra, que era el principio de todo, no llegaba a la obra cumbre de su creación, al ser hecho a imagen y semejanza suya, a aquel por quién sentía tan inmenso amor.

Y Dios hablaba con su Hijo y el Hijo escuchaba y  el Espíritu crecía con el amor de los dos. Y pensó Dios que su palabra tendría que hacerse carne para llegar al mundo de los hombres.

El amor del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre era tan inmenso que el Espíritu Santo sembró la palabra en la carne del hombre y  María, esa mujer sencilla y temerosa de Dios, fue esa Puerta del Cielo por la Dios llegó  a nuestro mundo.

El Espíritu Santo cubrió con su sombra a María, que acogió humildemente en su seno la voluntad de Dios  y la Palabra se hizo carne para habitar entre nosotros. Jesús, Hijo de Dios, hijo de María, nació hombre,  siendo Dios,  en Belén de Judá….

Dios Padre le preguntaba,

Dios hijo  le respondía

y el Espíritu asistía

y  con ellos dialogaba.

La Trinidad que indagaba

cómo los seres humanos,

obra de sus propias manos,

no reconocen su amor,

ni conocen al señor,

ni aman a sus hermanos.

Les fue dado el paraíso;

el paraíso soñado,

y, abrazándose al pecado,

rompieron su compromiso.

Fue porque el hombre lo quiso,

mas Dios no los dejaría,

que Moisés como guía,

los ayudó en el desierto

y en las tierras del Mar Muerto,

vieron renacer sus días.

De Egipto los fue a sacar,

de la esclavitud sufrida,

y los condujo en su huida,

separando  en dos el mar.

Qué más les podría dar

a este pueblo terco y ciego

que esculpir en piedra a fuego

unas leyes que cumplir

y así pudieran vivir

en justa paz y sosiego.

Sin vergüenza, sin decoro,

de Moisés se olvidaron

y juntos se arrodillaron

ante un becerro de oro.

Rechazaron el Tesoro

del Arca de la Alianza,

quebrando la confianza

del Dios que les dio la vida,

alma de Dios dolorida

que mantuvo la esperanza.


A profetas envió:

“Id, y enseñad mi palabra,

que el corazón se les abra

y así conozcan a  Dios”.

Más el  amor que les dio

ciegamente despreciaron

y de nuevo se olvidaron

del amor del Creador….

Mas siguió amando el Señor

a los que le abandonaron.

Tengo que hacer algo más:

Tienes que ir hijo mío,

que en este pueblo confío

y a donde yo voy Tú vas.

De una mujer nacerás,

viviendo entre los mortales

y conocerás sus males

y el porqué de sus pecados.

Yo  siempre estaré a tu lado

en los prados celestiales.

Tú serás manso cordero

por ellos  sacrificado.

Morirás crucificado

traspasado en un madero.

Yo seré tu varadero

a la hora de la muerte

y podré de nuevo verte

en la gloria de los cielos.

Te levantaré del suelo

cuando el domingo despierte.

Serás así su alimento,

su sustento, su esperanza

y cantarán alabanzas

a Dios hecho sacramento.

Tus torturas, tus tormentos

les harán reflexionar

y así se podrán salvar

de la muerte y del pecado

por el pan sacramentado

hecho Dios en el Altar.

Allí me podrán buscar

cuando sus almas perdidas

quieran curar sus heridas

y su espíritu sanar.

Cuando quieran confesar

sus flaquezas, sus errores,

sus faltas, sus sinsabores.

Que los estará esperando,

loco por ellos y amando,

“El amor de los amores”.

“Aquí está la sierva del Señor, hágase en mí, según su palabra”. Y María se convirtió en el Arca de la Nueva Alianza.

Los primeros cristianos, en los tiempos de las persecuciones, guardaban la sagrada Hostia en cajitas o lienzos que llevaban a sus casas, conscientes de que guardaban el más valioso tesoro. Se dejaban la vida en el Coliseo sabiendo que el contenido de esas cajitas era la luz verdadera y eterna.

Poco a poco estamos quitando valor a ese enorme Tesoro que nos dejó el Redentor. Muchas corrientes cristianas se alejan cada vez más de la creencia de esa Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.  Hoy, que tantos cristianos están siendo masacrados en el mundo, podríamos ver en ellos la fuerza que están recibiendo de ese Tesoro que se llama EUCARISTÍA. Ellos lo esconden por miedo a que se lo quiten. Nosotros lo escondemos por vergüenza…. Ellos mueren por defender sus creencias y nosotros, en un mundo mucho más seguro, matamos nuestras creencias….

Qué divino tesoro es saber que Dios está siempre presente en el Sagrario, no importa el día ni la hora.  Que no se cansa de esperar nuestra  visita aunque, en nuestra habitual torpeza, no sepamos qué decirle, ni sepamos qué nos quiere decir. Dios escucha en silencio nuestras intenciones, nuestras preocupaciones, nuestros desvaríos y comprende las limitaciones y las torpezas propias de nuestra condición humana.

Él se hizo hombre, en su afán por conocernos, por entendernos. Llegó al mundo como cualquier ser humano; naciendo de mujer. Una mujer escogida cuidadosamente por Dios  para que fuera ejemplar hija, abnegada esposa y dolorosa madre. Ella, María, hija predilecta de Dios, iba a ser El Arca de la Nueva Alianza y el primer sagrario del Redentor. 

Me imagino a María, camino de la casa de su prima Isabel, por aquellos inhóspitos parajes de la Palestina del siglo primero. Dentro de su vientre llevaba ya a Jesús.  Juan el Bautista ya lo reconoció estando los dos en los vientres de sus madres. Muchos se cruzarían con ella por el camino, con ese primer Sagrario humano que custodiaba al mismo Dios hecho hombre.

El Hijo de Dios y de esa Mujer llena de Espíritu pasó entre los mortales removiendo las conciencias y sembrando tempestades.  Predicó la doctrina de la verdad y del amor  porque era la única posible para ser verdaderamente libres.

Cumplió la voluntad del Padre y se entregó a la muerte, porque sólo los hombres mueren.   Como aprendí de mi admirado Felipe Ortuno, Él sintió el abismo de la muerte en Getsemaní viendo que la vida se le acababa….Experimentó  la soledad que sólo un hombre mortal puede sentir.

Dios estaba con Él y su espíritu de Dios lo sabía, pero su alma humana lo dudaba…. Y sufría….

Pero, como hombre, acabó confiando en Dios y el Dios que llevaba dentro no abandonó al hombre.  LLevaba el Espíritu de Dios porque Dios estaba con Él y  Él era Dios.      

Fue su sacrificio el que nos permitió conocer la grandiosa caridad de Dios, que se entregó a Sí mismo para que finalmente creyéramos. Él nos libró de la pesada carga del pecado  y nos enseñó a vivir de otra manera.  De Él aprendimos, como nos recordó San Pablo, que la salvación se alcanza por la doctrina del amor, amando sin límites, comprendiendo sin límites, perdonando sin límites…..

Callas, Señor, ¿Por qué callas?

Respondes en silencio a mis plegarias

y me pierdo de Ti en tu presencia.

No te vayas, Señor,  no te me vayas….

mi torpeza en oírte es manifiesta.

Quiero escuchar tu voz que me susurra.

Un grito que palpite en mi conciencia.

Te busco en el silencio de la aurora.

Te busco en la luz de la mañana.

Te busco como el sol entre las sombras.

Y, perdido en mi empeño, no hallo nada.

Sé que estás ahí, que no te escondes,

que me hablas sin voz en tu silencio,

que me amas Señor en mi desprecio,

que callado, Señor, Tú me respondes.

Perdóname, Señor, por mi ignorancia,

por pretender tu amor a cualquier precio,

por no entender la forma en que me hablas,

por ser tan sordo, tan ciego y ser tan necio.

Quisiera revivir esos momentos

en los que pude gozar de tu presencia,

que me duele Señor sentir tu ausencia

y de buscarte en vano me atormento.

Enséñame, Señor, a comprenderte.

Enséñame, Señor, a contemplarte.

Enséñame, Señor, a deleitarme,

escuchando tu voz sólo un momento.

¡Qué duros se me hacen tus vacíos!

¡Qué triste tu ausencia  de respuestas!

¡Qué duras, qué heridas tan molestas

alejarme  de Ti en mis desvaríos!

Sé que   escuchas, Señor, sé que lo haces.

Y si no sé  escucharte es culpa mía,

mas mi alma expectante se confía

a tanto bien, Señor, como nos haces

estando con nosotros noche y día.

Miro al Sagrario y me acuerdo de María;

la madre que te tuvo en sus entrañas,

la que oyendo palabras tan extrañas,

fue hija, fue esposa y se hizo madre

del Dios que le pidió ser su  sagrario.

Ella supo seguirte hasta el Calvario

llorando al hombre y alabando al Padre.

Te amamantaron sus pechos virginales,

te durmieron sus arrullos y sus nanas,

viviste su alegría en tus mañanas

y su temor en tus tardes otoñales.

Sonreíste a sus besos maternales.

Sufriste por sus hondos sufrimientos.

Y lloraste su llorar  por  tus tormentos,

por tu muerte en la cruz, por tu abandono.

Mi egoísmo, Señor, no me perdono,

por presentarte sólo mis lamentos.

Ahora entiendo, Señor, cuándo te siento.

Ahora entiendo tu noble sacrificio,

pues tu presencia, mi Dios, yo la acaricio

cuando te entregas a mí como alimento.

Comiéndote, Señor, te llevo dentro.

Sentir lo que sintió tu joven madre.

Sentir que vas conmigo por la vida.

Sentir cómo sanan mis heridas.

Sentirte a Ti,  Señor, mi Dios, mi padre.

¡¡¡Dios mío, Dios mío!!!  ¿Por qué me has abandonado?

Cuántas veces nos hemos sentido abandonados por Dios. Hasta el mismo Jesucristo sintió ese  doloroso abandono cuando estaba a punto de expirar en la cruz.  Cuando estamos ante un abismo de amargura y preocupaciones sólo Dios nos queda para llenarlo y, si  no lo encontramos, le culpamos de su ausencia y le reprochamos su abandono.

Jesucristo compartió con nosotros muchas experiencias que sólo los hombres pueden experimentar. Él tampoco renunció al dolor ni a la muerte.

No era insensible al sufrimiento, curando a ciegos, a paralíticos,  a poseídos, a enfermos… y resucitando a los muertos. Pero para Él no era importante darle a Lázaro unos años más de vida, que eran unas gotas de agua en el océano de los tiempos. Lo verdaderamente importante era que Él era el camino, la verdad y la vida. Vida con mayúsculas, vida eterna, vida para siempre….

Es en los momentos de angustia cuando necesitamos más a Dios y donde más se hace presente su cercanía a nosotros. En los hospitales, en las tragedias, en las injusticias, Dios está cerca y se hace uno de nosotros.  Es cuando ese Jesús sufriente, cargando con la cruz camino del Calvario, muerto de dolor por sus heridas y  sangrando por los cuatro costados,  se hace más humano y nos comprende.

Y ante el vértigo de la muerte, de lo desconocido, de nuestra humana debilidad ante ella, Dios se convierte en baluarte y refugio y le hablamos más de cerca, porque sólo queda Él.

A veces accede a alargar un poco más nuestra presencia en este mundo y otras, si Él lo quiere así, decide abrirnos las puertas del Cielo y de la Vida Verdadera.

En el Calvario, un ladrón le tentaba para que le salvara la vida en este mundo. El otro, Dimas, se puso en sus manos y  Jesús le dio la vida eterna.

No podemos evitar el sufrimiento, ni la enfermedad, ni la muerte porque forman parte sustancial de la vida humana. Jesucristo lo vivió en primera persona y por eso nos comprende mejor que nadie. No se trata de evitarla, sino de darle sentido porque en el sufrimiento, en el dolor y en la muerte está el camino que lleva a la salvación eterna.

Y ese sacrificio lo hizo Dios por nosotros. Él dio el primer paso, el marcó el camino. El fue el cordero que quita el pecado del mundo. Ese sacrificio, su sacrificio, lo tenemos aquí,  delante de nosotros…..

Es cuando más se vive  tu presencia;

En las penas, dolores, sufrimientos,

aunque torpe, Señor, llore tu ausencia.

Fuiste a la cruz, sin quejas, sin lamentos;

perdonando a los que el mal te hacían

y amando hasta tus últimos momentos.

Te insultaban, te pegaban, te escupían.

Pedían que te bajaras del madero.

Se mofaban de ti y se reían.

Y Tú, Dios mío, cual manso cordero,

 pidiendo al Padre que los perdonara,

fuiste llevado reo al matadero.

Ya en la cruz te rogó que te acordaras

de su alma, un ladrón arrepentido,

pidiéndote, Señor, que Tú lo amaras

Y Tú gozoso, de su amor prendido,

lo llevaste contigo al cielo eterno

Quedándose el ladrón en Ti dormido.

¿Por qué temer al fuego del infierno?

¿Por qué temer al pozo de la muerte?

¿Por qué temer al valle del averno?

Que amar es la  forma de tenerte.

Que amarte es la forma de adorarte.

Y sufrir;   otra forma de comerte.

Vivir tu sufrimiento para darte.

Ofrecer el dolor en sacrificio,

sufriendo, Señor, para alcanzarte.

Que es muy grande, Señor,  el beneficio.

Y  estar cerca de Ti es el tesoro

más grande, Señor, que yo codicio.

Ver tu rostro de luz lo que yo añoro.

Tras un  campo de cardos solitario.

Que en el dolor, Señor, yo no lo ignoro

Estás presente, haciéndolo sagrario.

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

               Tenía razón el Señor cuando dijo que no sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios. Tenemos necesidad de hablar con Dios y de que Dios nos hable.  Yo, imagino que como todo el mundo, he vivido etapas de grandes crisis de fe  que me sumían en un profundo pozo de tristeza y amargura. Pero Él nunca abandonaba, seguramente porque su tristeza, más fuerte aún que la mía, se transformaba en gestos de profundo amor para hacerme volver a su lado.

               No hay nada comparable a sentir a Dios y estar en gracia con Él. Hay sensaciones para las que no existen palabras ni comparaciones con otras que podamos explicar por medio de  ellas. Pero puedo Decir que en esas, siempre pocas,  ocasiones en las que he podido sentir la magia de estar cerca de Dios, todos los placeres de este mundo han quedado eclipsados por tan sublime sensación.

               Cuando me siento ante Él en el sagrario, muchas veces no digo nada o divago en las preocupaciones que me pasan por la cabeza.  Sé que está ahí.  Me siento como el hijo que va a ver a su madre y no le dice nada, pero necesita verla. Sé que me quiere y que me perdona  todo y que ella me responde en silencio llena de gozo por mi visita. 

               La oración silenciosa es la que me da fuerzas y ánimo para enfrentar el día a día y cuando  termino, le pido a Dios con insistencia  que se quede conmigo aunque no haya podido hablarle ni escucharle…

               Cuando comulgo, pienso que ese Dios al que he visitado cada día, al que he intentado hablar y escuchar, al que he contado mis miserias y mis alegrías, mis intenciones fallidas, mis propósitos fracasados, mis miedos y expectativas, mis deseos de llegar a Él, Lo llevo dentro de mí porque no le ha importado lo sucia que estuviera mi casa.  Entonces cierro los ojos y pienso cuán generoso y grande es ese Dios que se ha hecho alimento y se ha alojado en mi pobre morada para convertirla en Sagrario de su bondad.

               Pienso en ese Centurión romano que tanto amaba a su siervo judío.   No se atrevió siquiera a pedirle a Jesús que visitara su casa, pero su fe conmovió a Dios e hizo de su casa un sagrario de su amor sin ni siquiera visitarla.

A Jesús le conmovió la fe hacia un Dios que al romano le era desconocido, pero al que se aferró ardientemente y al que confió su última esperanza.  A Cristo le impresionó el amor del Centurión hacia su siervo porque el amor trasciende razas, creencias y religiones….

Y no fue necesario que acudiera a la casa de ese centurión  para salvar al siervo porque su fe lo curó.

Entonces le pido a Dios que perdone mi desorden porque, aunque no merezco que me visite, sé que no le importa hacerlo si sinceramente me avergüenzo y me arrepiento de no prepararle una morada mejor, si realmente es el amor hacia los demás lo que me guía y no mi propio egoísmo.

Y cuando está dentro, respiro hondo y me dejo inundar por su misericordia y escucho el silencio, en silencio, su voz….

Yo cuando entro en un templo

busco una luz encendida

que me indique tu presencia,

Señor y dador de Vida.

No busco grandes tesoros.

No busco oro, ni plata.

Busco en silencio tu rostro.

Busco un susurro en mi cara.

Busco tu aliento y tu fuerza.

Busco escuchar tu palabra.

Busco la paz y el consuelo.

Busco que sacies mi alma.

En el Sagrario te encuentro

esperando en la mañana,

cuando la tarde se cierne,

cuando el día ya se apaga.

No te cansas de esperar,

aunque la espera sea larga,

aunque te falle Señor

y te sea mi vida amarga.

Eres mi fuerza y mi guía.

Eres farol de esperanza.

Eres la luz que me alumbra

y el puerto que me resguarda.

Eres consuelo en la angustia.

De la tormenta eres calma.

La alegría de las penas.

El viento de la bonanza.

Eres, Señor, Buena nueva.

Oasis en lontananza.

Eres quien mi vida llena

cuando la pena me alcanza.

Qué suerte tenerte ahí,

mi Jesús Sacramentado

que yo,  que no te merezco

sólo miserias te ofrezco

y Tú ya me has perdonado.

Me has perdonado, Señor,

conociendo mis vilezas,

retirando las malezas

de la  espiga, Sembrador

No existe mejor pastor

que cuide de sus ovejas

y en su cuidado no dejas

de desparramar amor.

Amor que das a raudales

sin importar el pecado,

como amante enamorado

que se olvida de los males

Tú me conoces mejor

que me conozco a mí mismo.

Contigo lleno un abismo

de miserias personales.

Abres grandes ventanales

cuando una puerta se cierra,

semillas en buena tierra,

que renacen en trigales.

¡¡Qué suerte tenerte ahí,

Aunque no te diga nada!!

porque mi oración callada

te habla, Señor, así.

Te hablo con mi mirada.

Por mis vagos pensamientos,

conoces los sentimientos

de mi alma atribulada.

Qué suerte contar contigo,

saber que siempre me esperas

y, aunque nunca aparecieras,

sé que siempre estás conmigo.

Quiero ser tu relicario

comiéndote en pan y vino,

porque tu cuerpo divino

hacen de mí tu sagrario.

«Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.…”

Cada mañana, empiezo el día visitando al Señor en algunos de los poquitos sagrarios que están abiertos a tan temprana hora. Las Reparadoras (hoy adoratrices del Santísimo Sacramento), Las Agustinas, Las Hermanas de la Cruz y las Clarisas de la Calle Barja, son las primeras que abren. Casi siempre acudo a la capillita de las Hermanas de la Cruz. Dejo mi bici en la reja y me sumerjo en su mundo de paz y alegría. Muchas veces, no tengo palabras qué decir y dejo que mi mente fluya y deje escapar todos los problemas que me esperan en el día a día. Muchas otras, espero en vano que Dios me hable y sólo encuentro el eco de mi propia voz pidiendo respuestas.

Dios habla, claro que sí, pero muy pocas veces soy capaz de abrir mi corazón y dejar que me diga las cosas que me quiere decir.

Miro cómo encienden las velas para la Eucaristía a la que, desgraciadamente, no me puedo quedar porque el trabajo me espera. Observo el mimo con el que preparan el altar y perfuman la capilla para ungir al Señor que se entregó por ellas y por todos nosotros.

Sus caras resplandecen de alegría. Muchas no están porque han pasado la noche en vela cuidando a ancianos y a enfermos. Y las que están,  rezan, leen y escriben apuntes en sus libritos. Viven una vida llena de privaciones y  ausencia de lujos y resplandecen con  una luz que ilumina sus rostros.

Me paro a pensar en sus vidas y me doy cuenta de que Dios ya me está hablando a través de ellas.  No tienen sentido mis visitas al Sagrario si no escucho lo que Dios me quiere decir, lo que nos quiere decir. 

Cada uno tenemos nuestras propias vidas y no todos podemos ser religiosos ni tener su carisma, pero sí que podemos, en la medida de nuestras posibilidades, hacer la vida más fácil a los demás y darnos más a los que más nos necesitan.

Me dejo llevar de nuevo por el susurro de Dios y pienso en lo que soy, en lo que hago, en lo que Él, en definitiva, ha querido de mí. Pienso en mi cruz de cada día, en las tensiones del trabajo, en las dificultades que plantea la jornada que empieza, en la responsabilidad hacia  los hijos, en las obligaciones como esposo, como hijo, como hermano…

Y entonces me doy cuenta de que cada uno, en nuestro carisma, tenemos que seguir el ejemplo de Cristo y tratar de imitar su conducta como hombre, para llegar hasta el Dios que llevaba dentro, que llevamos dentro…

No siempre hacemos lo que queremos, pero si somos capaces de ver en las dificultades de la vida la mano de Dios, podremos ser más libres, más felices. Imaginar que llevamos su cruz un trechito del camino que Él cubrió hasta el Calvario, pensar que el sufrimiento es inevitable, pero que es parte del precio que hay que pagar para sentirlo más dentro de nosotros. Pensar que ese Dios que está ahí, hecho sacramento en el Sagrario, lo llevamos dentro de esa manera…. Porque Él, lo quiso así…

 Le podemos hablar a Dios cuando estamos ante el Sagrario, porque está allí. Le podemos hablar cuando comulgamos, porque está dentro de Nosotros. Y le podemos hablar cuando nos damos a los demás porque estamos comulgando con ellos y con Él.

Cada mañana, tempano,

voy a buscarte, Dios mío,

que en Ti, Señor, yo confío

pero en  mí confío en vano.

Llévame Tú de la mano

por  las sendas de la vida,

que mi alma dolorida

busca la paz y la calma,

alegrándose mi alma

de tu luz siempre encendida.

Cuando aún no ha amanecido

las monjas ya están despiertas

y abren puntual sus puertas,

aunque muchas no han dormido,

que de noche han asistido

a enfermos pobres y ancianos,

que  en esos seres humanos

ven el rostro del Señor;

Le dan paz, le dan amor

al Señor y a sus hermanos.

Y yo que pido respuestas

me encuentro con el vacío,

que este corazón impío

no entiende lo que contestas.

Ni siquiera me amonestas

por esta ceguera mía

que mi alma desvaría

por necedad y egoísmo,

pensando sólo en mí mismo

y no en lo que te daría.

Basta con mirar sus caras

su sonrisa, su alegría….

Porque te ven cada día

y Tú, Señor, las colmaras

y sus lágrimas secaras

por su entrega a los demás.

¿Cómo Tú no les darás

esa paz que tanto ansío?

y el pobre corazón mío

sabrá qué me pedirás.

Porque darse a los demás

es también el alimento

que Tú hiciste Sacramento

muriendo por Barrabás.

Por él y por muchos más,

dando así tu propia vida

y no es justo que te pida

más respuestas, más ayuda,

pues  mi alma ya  no duda

ni se encuentra confundida.

Y cuando vaya  a buscarte

con mi cesta de problemas,

me olvidaré de mis temas

y trataré de escucharte.

Porque si pretendo amarte

y, Señor, ir a tu encuentro,

he de llevarte muy dentro

comulgando  en el amor,

como el pan que, Tú, Señor

nos diste por  alimento.

Hijitos, estaré con vosotros un poco más de tiempo. Me buscaréis, y como dije a los judíos, ahora también os digo a vosotros: adonde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.

               Aquellas  pocas horas en las  que transcurrió la Última Cena con los Apóstoles, nuestro Señor Jesucristo resumió con sus palabras y sus actos toda la doctrina del Dios que lo envió. Como cualquier hombre sabedor de estar viviendo sus últimos momentos en este mundo, Jesús se rodeó de los más cercanos y les transmitió dónde encontrar las llaves del Reino de los Cielos.

               No hay  amor más grande que el que da la vida por sus amigos. San Agustín, unos años más tarde,  pronunciaría su famosa frase “Ama Deum et fac quod vis” (Ama a Dios y haz lo que quieras).

               En esa noche Dios hecho hombre anunció a sus discípulos, reunidos en el cenáculo,  una nueva y eterna alianza con los hombres.

               Eterna porque siempre existió, existe y existirá; Dios nunca nos dejará de su mano. Nueva porque esta vez la sellaría con su propia sangre para asegurarse de que esa unión fuera la definitiva.

               Etimológicamente Eucaristía, proviene de la palabra griega “Eucharistía” que quiere decir “acción de gracias”. Son innumerables las razones por las que debemos dar gracias a Dios, aunque muchas veces no lo entendamos y nos quejemos de sus supuestas ausencias.

               Cristo, en la cena, dio gracias al Padre, y se hizo alimento partiendo y repartiendo el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. No hay nada como el pan y el vino para simbolizar la unión de la obra de Dios – la tierra y sus frutos-   y la obra de su obra predilecta –el pan y el vino elaborado por los hombres-.

               Nada de ello sería posible sin el amor entre Dios y los hombres, compartido en forma de pan y vino y  simbolizando la entrega de la vida  de Jesucristo por amor a los demás…

               Comulgar es compartir, es servir, es amar… En la cena vivimos nuestros momentos más íntimos con los seres queridos, con aquellos a los queremos acoger, con todos los que ansiamos tener en nuestras vidas….  Damos lo mejor que tenemos y sabemos hacer….  Y amar a los demás es amar al mismo Dios.  

               Comulgar es seguir el ejemplo de Cristo, siendo los siervos de los demás, aceptando el sacrificio en primera persona,  alegrándonos de todo lo bueno que el Señor derrama en nuestras vidas.

               Comulgar es llevarnos a Cristo dentro de nosotros, haciendo que el milagro de la consagración nos haga sarmientos de su vid y espigas de su trigal.

               Comulgar es imitar a Cristo y alcanzar su gracia siendo parte de su Cuerpo Místico.

               Comulgar es amar, y amar es entregarnos por los demás como Cristo hizo por nosotros….

Señor, cuando yo comulgo,

cierro los ojos y pienso

que Tú mismo me estás dando

un trocito de tu Cuerpo.

Sueño que yo estaba allí

compartiendo esos momentos,

escuchando tus palabras

a la mesa, junto a Pedro.

Pienso que si yo era  el Judas

que te entregó con un beso,

o el que por amarte tanto,

se reclinaba en tu pecho.

Señor de la vida eterna,

Señor del amor eterno,

Señor que tanto perdonas,

al que tanto mal te ha hecho.

Hoy seguimos siendo aquellos,

que entonces no comprendieron,

que el amor es el señor

que abre las puertas del cielo.

Todos eran pecadores

y Jesús bien lo sabía;

Unos por falta de Fe,

Y,  Pedro, por cobardía.

En los postreros momentos

sabiendo que se moría,

nos dejó su amor eterno,

en forma de Eucaristía;

Que es lo mismo que querernos

y como Él, perdonarnos,

que entre nosotros amarnos

es sentir sus dedos tiernos

lavándonos nuestros pies,

curando nuestras heridas,

perdonando nuestras culpas,

acogiendo las disculpas

de almas arrepentidas.

Que tanto dudaron, dudan.

Que no creyeron ni creen,

aunque jurando voceen

que por ti dieran sus vidas.

Te fuiste solo a la cruz

a morir entre ladrones

y tu cuerpo, hecho jirones,

es el pan que da la luz.

Es el pan que lleva al cielo.

Que colma nuestros anhelos.

Que nos llena de tu Gracia.

Que nos cura, que nos sacia.

El que nos tiene Contigo.                           

Es la vida del amigo

que la entrega por salvarte.

¿Cómo no voy a alabarte

cuando te siento Conmigo?

Porque mi mayor castigo

es alejarme de Ti.

No sentir la Comunión

del Espíritu divino;

Pan el Cuerpo, Sangre el vino,

del que se dio por amor

El Señor, El Redentor

¡Puro amor!  y ¡ya termino!

EL BALCÓN DE LUIS

Mi padre me llevó a  verlo un lejano día de Cuaresma y hoy me ha venido a la mente su recuerdo cuando me preguntaba muchas cosas sobre la Semana Santa.

Se llamaba Luis y era hermano e hijo de insignes compositores jerezanos.  Era yo muy joven y lo recuerdo postrado en la cama, sin  cabello ni cejas que disimularan su mortecino y marmoreo semblante.  En su cuarto había un balcón con la ventana entreabierta que daba  a la calle Merced y  desde donde se podía ver, majestuosa,  la puerta principal de la iglesia de Santiago.

Cada Martes Santo, mi padre honraba a su amigo de la infancia volviendo el paso de María Santísima del Desconsuelo hacia su balcón, donde la presencia de su abnegada  hermana y enfermera, representaba la ausencia del homenajeado, ya que el desdichado Luis no podía moverse de la cama,  pero sí intuir la presencia de su Madre del Cielo a los sones de Campanilleros, que tanto le gustaba.

Esa tarde, cuando me llevó a verlo,  pude saber por qué mi padre ponía tanto empeño en volverle el paso y subir un rato a ver a su amigo antes de emprender la marcha hacia la entonces Colegial; una enfermedad degenerativa le había ido reduciendo la movilidad desde muy temprana edad hasta dejarlo postrado en su lecho y recluido en su dormitorio de la calle Merced.

Su serena y paciente actitud ante la adversidad que coronaba con una amplia,  pero sincera  sonrisa,  dejó perpleja mi soñadora alma de niño y marcó en mi alma una huella indeleble que perdura hasta hoy.

Era hermano del Prendimiento y amante de nuestra Semana Santa  y a quien  Dios  llevó por una calle de  amargura que no sospechaba pero que aceptó hasta que el Señor del Prendimiento se lo llevó al cielo bajo un olivo eterno de  inmensa alegría.  Su Semana Santa se limitaba a esos pocos momentos en los que la calle Merced veía el paso de alguna cofradía y él podía dibujar en su imaginación aquellas procesiones que dejó de ver tan joven por su precoz y larga enfermedad.

Y hoy, sin saber por qué, me acordé de él. Me acordé de su callado amor hacia la  Semana Santa, aún desde su soledad y sufrimiento. Me acordé de nuestras disputas y desencuentros por temas livianos y carentes de importancia. Me acordé de la pureza de sus sentimientos y de su callada alegría por imaginarse al Prendimiento o al Desconsuelo asomándose amorosos  a su balcón. Y pensé…..

¡Qué distinta sería la Semana Santa y nuestra vida misma  mirándolas desde tu balcón, querido Luis!.

Fdo.: Francisco José Zurita Martín