ORACIÓN POÉTICA AL SEÑOR DE LAS PENAS

                                                 IGLESIA DE SAN MATEO

                                                         Jerez,  4 de octubre de 2014

                                                         Francisco José Zurita Martín

“A mi  Señor de la Penas, en su tercer centenario, con todo el fervor y cariño de este cofrade de su querida Hermandad”

Ya sabían de tu llegada y el barrio de San Mateo era un hervidero. Se comentaba en el Mercado, en Ceniza, en Cabezas, en Libre y en Justicia, en los corrillos de muchachos que jugaban en la plaza, entre las señoras que llevaban la ropa a la fuente y en las tertulias del tabanco de la esquina…. ¡¡¡El Señor de las Penas ya venía de camino!!! 

Todos esperaban ansiosos a ese Señor que sería el centro y guía de la hermandad,  el manantial del que beberían esos cofrades manteros que fundaron la cofradía con el apoyo incansable de unos mercedarios enamorados de la Semana Santa jerezana.

Y alguien te esperaba de manera   muy especial; esa mujer que te llevó en su vientre porque enamoró al Espíritu Santo y te trajo al mundo de los hombres hace más de dos mil años en la humilde aldea de Belén.

Cuando en 1.714 llegaste a esta Hermandad, a tu querido templo de San Mateo,  María del Desconsuelo ya te estaba esperando.

De las manos de un tal Ignacio López, un escultor sevillano afincado en Jerez,   salieron las hermosas tallas de María del Desconsuelo y San Juan Evangelista y nuestros hermanos de entonces no tuvieron dudas a la hora de confiar en el mismo artista para que tallara la imagen del  hijo de Dios.

Creo, Señor de las Penas, que las grandes obras que hacen los hombres están inspiradas por Dios.  Y los artistas, cuando plasman en un lienzo,  o en un bloque de pino la imagen del Creador,  de alguna manera han permitido que Él  actúe en ellos, y se han dejado llevar por una inspiración divina, un diálogo con el Todopoderoso que queda marcado en el alma del artista de forma indeleble.

 Al bueno de Ignacio  López, le susurraste al oído, y se dejó embriagar por tu fuerza todopoderosa, hasta conseguir esta maravillosa imagen  que hoy nos preside. Esa imagen de Dios hecho hombre en  el momento más cercano al martirio de la cruz,  a la muerte,  a tu muerte.

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LA GUBIA DE LÓPEZ

A mi Señor de las Penas,

cubierto de cardenales,

lo llaman El Chiquitito,

teniendo el Alma tan grande.

Fue hace  trescientos años

que a un tal López confiaron

hacer la talla imposible,

la talla que ellos soñaron;

 un Señor mirando al cielo

malherido y maniatado,

sentado sobre una peña

sin más ropa que un sudario,

esperando su tormento,

sin levantar un lamento,

en la peña del calvario.

El artista preguntó:

¿Cómo puedo hacer un Cristo,

con tan poquita madera,

 siendo Él el ser más grande,

que ha habido y  que habrá en la Tierra?

Y se le hizo de noche

ante la inerte materia

sin saber cómo esculpir

al Señor de las estrellas.

Pidió a Dios que le ayudara,

que su gubia dirigiera

rascando lo que sobraba

para que un señor naciera

de ese pedazo de pino,

y que la mano divina,

diera forma al ser divino

antes de que amaneciera.

El artista se durmió

sin saber lo que había hecho.

Cuando el sol lo despertó

cayó a tierra tierra y adoró

al Señor del firmamento.

No pudo ser sino Dios

que se miró en un espejo

y, con la gubia de Ignacio,

rompió el tiempo y  el espacio

y talló su propia imagen,

dejando a Ignacio  perplejo.

Y legó a los jerezanos

del  barrio de San Mateo

a un señor de tez morena,

de cuerpo más bien pequeño,

más con un amor tan grande,

que irradia una luz que arde

e ilumina el mundo entero.

Y cuando vemos sus ojos

se tornan en alegría

las penas y los tormentos,

los lamentos y agonías

y los muchos sufrimientos

que nos depara la vida,

que aunque tan dura y sufrida,

os prometo muy de veras,

Él nos espera allá arriba

y Ella también nos espera,

que dos puertas tiene el cielo:

María del Desconsuelo

y este Señor de la Penas.

¡Qué duras serían tus penas, Señor!, sólo con mirar tu espalda escarnecida, me imagino  cuánto dolor te  debieron causar  los crueles latigazos del flagelo infame que arrancaba tu piel a tiras.  

 Las abrasiones de tus rodillas  y  tus codos deshechos me hacen imaginar cuán violentas y brutales fueron las caídas provocadas por el peso de la cruz en la calle de la amargura.

 Los regueros de sangre de tu frente, manan de unas heridas causadas por las espinas de una corona de zarzas que no merecías y que se clavaban dolorosamente en tu cabeza divina. 

Pero es tu mirada, Señor de las Penas, la que más me conmueve.  Mientras te causan tanto dolor, mientras contemplas cómo preparan la cruz en la que vas a morir injustamente, sólo miras al cielo y devuelves paz y perdón hacia los que tantas penas y sufrimientos te causan.  

Tus ojos, Señor, esconden la nobleza del que se entrega  sin ofrecer resistencia, sabiendo que lo hace por amor a los hombres y que el precio no puede ser otro que la muerte.

El dolor es consustancial al ser humano.  Nacemos provocando dolor a nuestras madres, vivimos sufriendo enfermedades, accidentes, violencia, guerras… Verte lleno de dolor y de sufrimiento me conmueve y me hace darme cuenta de que sólo así te hiciste hombre de verdad.  Derramaste tu sangre en abundancia y entregaste tu cuerpo por nosotros y pudimos contemplar al varón de los dolores sufrir como sufre cualquier ser humano.   

Y compartir tu sufrimiento nos acerca a Ti, Señor,  y Tú así a nosotros….

ESPERANDO LA MUERTE

Viéndote esperar la muerte

Señor y dador de vida

¡¡¡qué penita me da verte!!!

Ver tu espalda malherida

y perdiéndose en el cielo

esa mirada perdida

Tú,  Señor de mis anhelos

Tú, Señor el de mis Penas

Consuelo de desconsuelos

Dueño de la mar serena,

calma de la tempestad,

Luz que todo lo llena.

El bien frente a la maldad,

que casándose a la cruz,

sólo devuelve  bondad.

Tus ojos irradian luz;

Tu mirada,  pura paz.

Sentir del pueblo andaluz,

que en la sangre de tu faz

ve regueros de esperanza

frente a la muerte voraz,

que preparan sin tardanza

con martillos y barrenas,

judíos con vil templanza.

Atravesarán tus venas

clavos de odio certeros

que dirán al mundo entero

Qué duras fueron tus penas.

 Y pienso que ahí está nuestro verdadero consuelo,  Señor, en que sólo con mirar tus ojos, encontramos una profunda paz, porque comprendes mejor que nadie lo que sentimos, lo que nos preocupa, lo que anhelamos…

  No hay que decirte nada,  Señor, tú lo sabes todo de nosotros.  Y aún así, a pesar del profundo dolor que atraviesa tu alma humana y divina, aún te sobra amor para repartir entre los que buscan tu muerte y te hacen tanto daño.

Me pregunto, Señor,  cuánto amor es necesario para perdonar a esos judíos que preparan la cruz donde te van a clavar de pies y manos.  Perdonar cada golpe de martillo, cada chirrido de la barrena.

 Me pregunto, Señor, cuánta misericordia hace falta,  para mirar con esos ojos de ternura a los romanos que se sortean la túnica, tejida por las manos benditas de tu madre.   Y aún así, perdonas cada carcajada, cada mofa, cada arrebato de violencia innecesaria.

Me pregunto también, Señor, cuánta paciencia y entrega tuviste que reunir  para contemplar con tanta paz y mansedumbre los clavos que iban a atravesarte, ante la incomprensión y  el desprecio de aquellos por quienes hacías todos estos sacrificios.

Tú lo sabías, Señor.  Sabías que los tuyos te abandonarían, los que iban a dar la vida por ti, los que te consideraban maestro y Señor.

Y ahora me pregunto, si no fue esa soledad la que te provocó tan profunda tristeza y no la cruz.  ¿Cómo pudiste seguir adelante con tu propio sacrificio dando tanto por tantos desagradecidos? 

Miraste al cielo y encontraste la fuerza, miraste a Ella y encontraste las respuestas porque, a pesar de su profundo Desconsuelo, sus lágrimas te hicieron ver que sólo con tu sacrificio se podrían enjugar las nuestras para   toda la eternidad.

Ya se lo dijo Simeón a María, tu madre, cuando aún eras muy niño: “Éste está puesto para la salvación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción. Y a Ti misma, una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Y te arrojaste a la muerte, dócilmente, como oveja llevada al matadero……

SONETO DE LA PEÑA

Paciente en la peña de condena

miras al cielo,  mi señor silente.

Corren  ríos de sangre por tu frente

que se escapa a chorros por tus venas.

De roja cera tus espaldas llenas,

castigadas por el flagelo hiriente.

 Aceptas la  muerte dulcemente

 y esperas la peor de las esperas.

Oh mi Señor orante silencioso

que derramas tu gracia a manos llenas

entregando tu cuerpo,  generoso.

Libéranos   Señor de las cadenas

y  llévanos al cielo prometido,

alegrándonos la vida con tus Penas.

         Con el paso del tiempo, la Hermandad te buscó compañía en la soledad del Calvario.  De la mano del artista valenciano Ramón Chaveli, primero se incorporaron dos sayones tallados feos a conciencia, que fueron conocidos como “Los Judíos de San Mateo”.  Más tarde, de la mano del mismo artista, tres romanos y un niño, completaron un conjunto que dicen que es uno de los mejor logrados de la Semana Santa jerezana, por la acertada descripción del pasaje evangélico de los  momentos previos a la crucifixión.

Me pregunto, Señor, si te hubieras  quedado  solo en el Calvario del paso,  sentirías tanta soledad, como la que veo que sientes.

¿No es acaso más soledad ver cómo los judíos te dan la espalda mientras se afanan con el martillo y la barrena preparando el martirio de su salvador? Ellos no  sabían lo que hacían como tú  mismo le dijiste al padre pidiendo su perdón. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”. Cuántas veces, Señor, también nosotros te damos la espalda y te seguimos crucificando cada día y Tú nos sigues perdonando.

¿No es acaso, Señor,  mayor soledad, que unos romanos se sorteen tus vestiduras antes de haberte crucificado? Ellos tampoco sabían que esas vestiduras eran las de su salvador porque Tú también morías por ellos. Y aún así, reían y se jugaban a los dados la prenda, sin una sola costura, que con tanto amor te hizo María. Cuántas veces, Señor, nos dejamos llevar por el materialismo y nos olvidamos  de que lo más importante eres Tú.

¿No es acaso más soledad,  Señor, que un niño, precisamente uno de esos niños que querían jugar contigo, que tú pedías que dejaran acercarse  a Ti, fuera el que sujetara en sus brazos la túnica? Él tampoco lo sabía y, en su inocencia de niño ignoraba el profundo amor que sentías por él y por todos los que son como él.

Cuántas veces, Señor, nos olvidamos de ser como niños y dejamos que se corrompa nuestra alma de adulto.

Ninguno te miraba, ni  advertía la presencia de Dios, ni le importaba tu sufrimiento. 

Yo no están los tuyos, Señor,  aquellos que iban a dar la vida por Ti. Aquellos que no te negarían nunca, aquellos que conocieron en persona la luz del mundo y  no la vieron en la oscuridad de sus corazones.

Pero siempre estará ella…  A lo lejos,  María,  con un profundo Desconsuelo, a pesar de tener a Juan a su lado, lloraba la amargura de no poder estar más cerca de Ti.

Y hoy, después de tantos años, por miedo, por vergüenza a reconocerte ante los demás, por falta de arrojo, aún te seguimos negando y Tú nos sigues amando desde la soledad de tu Peña.

¡¡¡Cuánta soledad, Señor!!!

Con todo ello, Señor de las Penas, Tú lo llenas todo. Llenas todo el espacio y el tiempo congelando la mirada en el infinito seguro de lo que estás haciendo. Sabiendo que sólo de esta manera puedes ayudar a los que hoy te dejan tan solo, te desprecian y se burlan de ti,  para sean ellos lo que no estén solos en este mundo.

DESPERTAR EN UN CALVARIO

Ayer me quedé dormido

y desperté en un Calvario

ante un Señor dolorido.

No sé si estaba durmiendo

o eran los delirios míos,

mas,  cuando vi lo que vi,

corrieron escalofríos

por lo más dentro de mí.

Dos judíos se afanaban

trabajando en una cruz;

Uno con una barrena

bizco y de horrible testuz.

El otro con gesto serio

y  una verruga en la cara,

con un martillo en la mano,

la madera golpeaba.

Y detrás se sorteaban,

tres romanos a los dados,

la prenda  que sostenía

un golfillo desgarbado.

La túnica era encarnada,

sin una sola costura,

que en un derroche de amor,

la madre del Redentor,

le hizo a la  criatura

que le engendró el mismo Dios.

En medio de todos ellos

un Señor al cielo oraba

sentado sobre una Peña

y un cordel de pura leña

sus manos atenazaba.

Por su espalda rezumaban

torrentes de sangre pura

que no conseguían borrar

su mirada de dulzura,

las llagas de sus torturas

doliéndole a reventar.

¿Estaría yo soñando?

¿O muerto y no lo sabía?

Más ese Señor sufriendo

ya me estaba descubriendo

lo mejor del alma mía.

Que ver tanto sufrimiento

tantas penas  y agonías

y tan  crueles tormentos

marcando su carne viva,

me hicieron ver y entender,

al ver tanto padecer,

lo mucho que nos quería.

Es en tu sufrimiento, Señor de las Penas,  donde encontramos mayor consuelo.  Ver tus llagas, tu sangre, tu corona de espinas nos hace ver y entender que Tú, mejor que nadie, sabes cómo sufrimos.  No podemos hablarle de sufrimiento al que no sufre, al que no sabe sufrir. Es necesario padecer para entender al que padece. Por eso, Señor de las Penas, tenías que padecer tanto.  

Tú mismo sufriste el dolor por la muerte de tu amigo Lázaro.  Como hombre, que también eras, comprendiste cómo sufren nuestros corazones por la pérdida de un ser querido.  Tú mismo, Señor, sentiste compasión de aquel ciego de Siloé al que devolviste la vista. Ya se lo dijiste a la muchedumbre en el sermón de la Montaña; “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”.

El dolor humano te conmovía, Señor, hasta el punto de elegir el peor de los tormentos para experimentarlo en su mayor dimensión; la cruz.

Quisiste hacerte uno de nosotros, sufriendo hasta el extremo, naciendo pobre, viviendo pobre, sin tener donde reclinar la cabeza. Y moriste desnudo, despojado de cualquier posesión material.

No podía ser de otra manera. Tú mismo se lo dijiste a tus hermanos que no te entendían. “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, ser entregado, y muerto para resucitar al tercer día”.

Pero, tus dolores y tus penas no fueron en vano, Señor, aunque muchas veces no lo comprendamos….

JESÚS SUFRIENTE

¿Por qué, Señor, tus dolores?

¿Por qué Señor te condenas?

¿Por qué sufre tantas penas,

El  Amor de los Amores?

Tú que curaste a los ciegos,

que multiplicaste panes,

que a Lázaro diste vida,

y que calmaste los mares.

Llenaste cestas de peces,

y redes de pescadores,

perdonaste a pecadores

siete por setenta veces

Siendo Rey, naciste pobre

Y, como pobre, viviste.

Siendo Dios, te hiciste hombre

y, como hombre, moriste.

Señor de la vida eterna,

muerto entre malhechores,

¿Por qué viniste a la tierra

tan llena de sinsabores?

Que el hombre no se merece

que tu sangre se derrame,

ni por mucho que te rece,

ni porque Señor te llame.

Porque es mentira, Señor;

que aunque diga que te quiere,

dijere lo que dijere,

no es por verdadero amor.

Sólo se acuerda de Ti

si padece sufrimientos,

rezándote con lamentos,

porque no puede vivir.

Y sabiéndolo, nos amas,

perdonándonos con creces

porque nadie se merece

esa sangre que derramas.

¡Mirad a Dios a la cara!

¡Miradle bien a los ojos!

¡Contemplad esos despojos,

que entregó a la causa humana!

 Amemos  a Dios mejor,

amemos bien a los otros,

que el amor entre nosotros,

es lo que quiere el Señor.  

Cuántas personas, Señor de las Penas, habrán acudido a ti a lo largo de estos trescientos años para contarte las suyas, para pedirte perdón,  para darte las gracias por tantos favores recibidos.

Cuántos ojos sollozantes se habrán fijado en tus ojos buscando consuelo a los sinsabores de este mundo. Cuántos, Señor, habrán encontrado paz y alivio a sus dolores, a sus enfermedades a sus sufrimientos. Cuántos, Señor, habrán pedido por seres queridos acudiendo a Ti como única esperanza.

Es en la soledad como mejor se reza a Dios. La misma soledad que sentiste Tú, cuando te dirigías al Padre en el huerto de los Olivos, cuando subías solo a la montaña a orar,  o  cuándo estabas a punto de ser crucificado en la soledad de la peña.

 Ya se lo dijiste a los tuyos “Pero tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo”

Cuando te busco a solas en el Sagrario sin más ruido que mi propia respiración, es cuando más me acerco a Tí, despojándome de todo lo superfluo, dejando fluir las palabras que Tú me susurras al oído del alma.

No me canso de buscar el momento en sentir de nuevo tu presencia aunque muchas veces me desespero cuando pasa el tiempo y no la encuentro.

Para Ti  no hay secretos, Señor. Nada te podemos ocultar. Incluso podemos engañarnos a nosotros mismos, pero no a Ti.  No hay mejor confidente que Tú y por eso, te busco en la soledad, cuando se han acallado las últimas voces del Martes Santo y queda el paso en silencio,  tal y como mi padre me enseñó un día ya de Madrugada del Miércoles Santo.

En mi imaginación, veo a una anciana saetera que, desesperada por una gran angustia que se clavaba en su corazón, te buscó un día en la soledad del templo cuando nadie se había despertado todavía…. Aquel Martes Santo muy de mañana, antes del alba, te dejó su petición escrita en un papel y lo escondió en tu sudario…. Y cuando lloraba, por el dolor que solo ella conocía, te rezó con toda su alma como mejor sabía…. Cantando por seguirillas…..

A LA SAETERA VIEJA

Nadie supo qué decía,

pero el Señor de las Penas

lleva dentro del sudario

haciendo de relicario,

una notita escondida

que una saetera vieja

le dejó al Señor un día.

Nadie supo qué pedía

ni por quién se atribulaba

que esa señora rezaba

mirando a Dios a la cara

hincándose de rodillas.

Nadie supo sus pesares.

Nadie por quién se afligía.

Pero esa voz desgarrada,

rezaba mientras cantaba

saetas por seguirillas.

Nadie sabía quién era.

Nadie lo descubriría.

Que en la iglesia solitaria,

retumbaba su plegaria,

justo cuando amanecía.

Nadie sabía de ella,

Ni nadie la conocía.

Pero cada Martes Santo

retumbaba un triste llanto

que a la gente estremecía.

Nadie preguntó por ella,

ni nadie preguntaría.

Porque cuando a Dios se ora

como rezó esa señora,

sólo a Dios se le confía.

Señor, Tú también esperas pacientemente en tu capilla las visitas de todos aquellos necesitados de Ti y que te quieren confiar su vida y sus intenciones.  Pero Tú, cada Martes Santo, sales a su encuentro por las calles de Jerez,  para que todos los jerezanos puedan ver y creer esta historia de profundo amor que llevó al hijo de Dios a hacerse hombre, y  sufrir y morir por todos  nosotros.

Y en nuestra tierra jerezana, no hay mejor manera de llevarte por las calles que sobre los hombros de tus hijos costaleros. Ser costalero es algo muy grande. No hay puesto en la cofradía que te tenga tan cerca como te tiene el hermano de la molía.

El costalero es también penitente, es peregrino y es, sobre todo, misionero. Cargar con el  paso de su Señor,  es anunciar tu muerte y resurrección a todos los jerezanos. En cada chicotá, en cada levantá, pone el alma, sabiendo que está llevando sobre sus hombros la salvación del mundo, algo demasiado grande para dejarlo en San Mateo y no llevársela a todos lo que puedan conocerla.

Es necesario haber compartido esa trabajadera para entender y comprender lo que siente el costalero…. Porque el costalero que no lo sienta, no es costalero.

A vosotros, mis hermanos que lleváis al Señor de la Penas y a María Santísima del Desconsuelo por las calles de nuestra ciudad, os digo de verdad que la molía de plata  que muchos de vosotros lleva en la solapa es algo más que el reconocimiento a vuestro esfuerzo y dedicación. Es una forma de vida, es una responsabilidad, es un reconocimiento público de fe. Es decirle a todos aquellos que no conocen a Cristo que merece la pena conocerlo y llevarlo sobre los hombros cada día, cada hora, cada minuto.

Que vuestro sudor y el peso de las andas que portáis cada Martes Santo,  sea el colofón de un año de esfuerzos y ejemplo de buen cristiano en las trabajaderas de la vida.

A LOS COSTALEROS DEL SEÑOR DE LAS PENAS

¡Costaleros no corred!

que el Señor está rezando

con la mirada en el cielo.

Él ruega por sus hermanos,

por los que no tiene fe,

por los que están sin trabajo

por aquellos que se fueron,

por los que están junto a Él

y lo llevan a la muerte

clavándolo en un madero.

¡Capataz páralo ahí!

que el Señor está rezando

por el llanto de una madre

que tiene a su niño malo.

Mirando a Dios a los ojos,

ya sabe que se ha curado,

que no se puede morir

un niño de siete años

que quiere ser costalero

cuando llegue a ser muchacho.

¡Costaleros más despacio!

Que tanto daño le han hecho,

que se muere desangrado,

Que manan por sus heridas

lágrimas de Martes Santo

rojas como de amapolas,

vertidas por los quebrantos

de un pueblo que está sufriendo

de penas y desencantos

¡Costaleros id al cielo!

¡Llevadlo fuerte a lo alto!

Que este Señor de Las Penas

coronado  y azotado

deja escapar por sus venas

regueros de rojo santo

rojo de sangre vertida

por tantos necesitados.

¡Costaleros, más deprisa!

¡Id echándole más paso!

Que este señor se nos muere

a pasos agigantados.

Llevadlo con paso firme

decidido y alargado

que no se quiere morir

sin volver a ver su barrio.

¡Costaleros peregrinos,

echadle ya menos paso!

Que parezca que camina

sobre claveles y nardos,

sobre lirios y amapolas,

sobre crisantemos blancos,

que este Señor que lleváis,

de vuelta a su templo santo,

pueda seguir por nosotros,

mirando al cielo y rezando.

Que hay muchos que están sufriendo.

Que hay muchos que están llorando.

Y que hay muchos padeciendo

el peor de los pecados

¡Costaleros, menos paso!

¡Dejadlo ya descansando!

Que ha  pasado por Jerez

con su silente calvario

El Señor de los silencios.

El del cuerpo ensangrentado.

El de la espalda amapola,

sangrando por todos lados.

¡Capataz, páralo ahí!

¡Déjalo a solas orando!

Que aunque dejemos el templo

silencioso y solitario,

nuestro Señor de las Penas

no se cansa de pedir,

que entregándose a morir,

el Señor del Mates Santo

lleva orando por nosotros

más de los trescientos años.

Al contemplarte, Jesús de las Penas, me pregunto, cómo siendo Dios, te dejaste humillar de esa manera….  Con cuánta paciencia y humildad aguantaste los insultos, los latigazos, los golpes, los salivazos… ¿Qué necesidad tenías de hacerlo así?.  Pudiste demostrar en el Calvario ante todos los que dudaban de Ti, que eras el Hijo de Dios…

No lo entendieron los tuyos, que te abandonaron, pero hoy, tampoco lo entendemos nosotros. ¡¡ Y cuántas veces trataste de explicárselo a tus discípulos y lo sigues explicando hoy a través de los Evangelios!!

Nos enseñaste a poner la otra mejilla porque quien a hierro mata a hierro muere y  porque la violencia sólo engendra más violencia. No te hicieron caso entonces y  tu mensaje de paz  a lo largo de los siglos  no siempre hemos sabido respetarlo ni seguirlo como Tú querías.  Hoy,  Señor de las Penas, sigues sufriendo en esa Peña, más por la incomprensión de nosotros que por las torturas físicas que padeces.

La noche antes de morir dejaste escrito tu Testamento,  tu última voluntad…. Nos dejaste tu Cuerpo y tu Sangre, pero también la esencia de todo tu mensaje de salvación. El amor.

Lavando los pies a los apóstoles les enseñaste el camino…. Pero ni Pedro lo entendió.  Ya lo había dicho el profeta Isaías “Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán”.   ¿Comprendemos nosotros hoy?.   Me temo que no, que seguimos igual que Pedro aquel primer jueves Santo. Queremos el protagonismo de ser los primeros, de tener el mejor puesto, de ir más cerca de Ti…  con lo fácil que es estar contigo  haciendo tu voluntad y cumpliendo tu palabra; ser el último para ser el primero, morir para vivir, negarse a sí mismo, cargar con la cruz que nos toque y seguirte hasta tu morada.

LA HUMILLACIÓN

El mismo Dios se humilló

haciendo de lavandero,

lavando los pies de Pedro

y de Juan y de Mateo..

y de todos sus hermanos

Él que era el Rey  del cielo.

Nos dio ejemplo de humildad.

Enseñó que  amor fraterno

y que ser buenos  cristianos

es  amar a los que amamos

y a los que nunca queremos.

Cómo humillándonos somos

más dignos de ser los dueños

de ese divino tesoro,

que no  lo compra el dinero.

Él perdonó sin cansancio,

Él se humilló hasta el extremo

y desnudo en el Calvario,

lo traspasaron con clavos,

colgándolo de un madero.

Y aún así, Él perdonaba

a ese romano lancero

al judío que le ayudaba

y al niño que sujetaba

su túnica en un sorteo.

Al ladrón arrepentido,

y al gentío que gritaba

que aunque a Dios mismo insultaba,

no sabía que era Dios mismo.

Y nosotros, miserables,

decimos que perdonamos,

pero que nunca    olvidamos

las ofensas que nos hacen.

Miremos a este Jesús,

que es la única verdad,

que si Él pudo perdonar

¿Cómo negarnos nosotros?

que perdonar a los otros  

es perdonar y olvidar,

ser humilde y penitente,

que amándonos bien la gente

es como se hace hermandad.

Yo también quiero pedirte cosas, Señor de las Penas.  Quiero pedir por todas las personas que han formado parte de nuestra querida hermandad a lo largo de estos trescientos años. Te quiero pedir también  por los que aún estamos aquí y por los que estarán cuando nosotros no estemos.

 Han sido muchos los hermanos que han formado parte de esta corporación a lo largo de su historia y todos hemos compartido el profundo amor que sentimos por Ti, por tu bendita imagen que tanto consuelo nos da.

 Te pido especialmente por los enfermos, por los que sufren, por los que están pasando necesidades  por la falta de trabajo.

 También te pido, Señor, por aquellos que han perdido la confianza en tu divina Misericordia y están viviendo su noche oscura del alma. Tú, en tu infinito amor, sabrás devolverle la esperanza porque Tú, mejor que nadie, sabes lo débil de nuestra condición humana.

Y cómo no, Señor, sobre todo te pido por que entre nosotros reine la paz que nos dejaste y nos diste, disculpando nuestra terca sinrazón y sanando las heridas que tan ciegamente nos hacemos los unos a los otros. Que seamos dignos de Ti, sintiéndonos hermanos en la Fe.

Y  Te pido, Señor, que nos bendigas, para que seamos dignos de alcanzar la vida eterna y verte allá arriba, en el Cielo.

ORACIÓN

Quiero, Señor, pedirte humildemente

que bendigas a  todos mis hermanos

que confían en ti tan ciegamente.

Quisiera desatarte esas  tus manos

amarradas por el cordel infame

y  aliviar tus tormentos inhumanos.

Quiero Señor y espero que nos llames

y nos lleves al cielo prometido,

aunque no merezcamos que nos ames.

Y a pesar de no habernos convertido,

perdónanos, Señor, nuestros pecados

y a este corazón arrepentido.

Tú eres, mi Señor, nuestro abogado.

La fortaleza que nos libra del maligno.

El padre bueno, siempre a nuestro lado.

¿Cómo de Ti podríamos ser dignos,

si no vemos  lo mucho que nos amas

e ignoramos las señales y los signos,

que sobre nuestras vidas, Tú derramas?

Y sabiendo lo débiles que somos,

de tu tronco nos dejas ser las ramas,

ramas que pesan como el mismo plomo.

Ves preparar la cruz con entereza,

esperando la muerte con aplomo.

Te insultan y ni mueves la cabeza,

te condenan y perdonas los pecados.

Y conociendo nuestra vil naturaleza

te entregas como padre enamorado.

Hoy te ruego, Señor, en este templo

al contemplar tu rostro ensangrentado,

nos des fuerza para  seguir tu ejemplo,

caminando  por  la senda de tu amor,

amor que mana cuando yo contemplo,

tu rostro escarnecido y redentor.

Te pido por aquellos que marcharon,

Confiando su vida al Salvador.

Seguro que  tu Reino ya  alcanzaron

 y sedientos al final de sus caminos

en los ríos del cielo se saciaron,

que no hay ríos así de cristalinos.

Y te pido por nosotros, tus cofrades,

aún en esta tierra peregrinos.

Reconozcamos la verdad de las verdades,

el mensaje de amor que no tus diste:

Devolver por el mal solo bondades.

Devolver la alegría al que está triste.

Hablarle al que muere,  de la vida

y que muriendo tú,  lo  redimiste.

Curar entre nosotros las heridas,

y olvidar el mal que recibimos

aceptando las disculpas doloridas,

pidiéndolas también a quien dolimos.

Porque por Ti, Señor, y por tu muerte

recorridos así nuestros caminos,

en el cielo, Señor, podamos verte.

El cielo Señor podamos verte….

De nada, Señor, habrían servido tus Penas, si no nos hubieras dado la certeza del cielo prometido.  Hacia Ti vamos, Señor, en continuo peregrinar por esta vida nuestra.  Y mientras esperamos, soñamos con ese cielo porque nuestra pobre condición humana no podría alcanzar a adivinar cómo es en realidad…

Un color nunca visto, un sonido más profundo que el propio silencio, la caricia de un viento desconocido o el aroma de una flor que no existe… Sólo puedo imaginar y soñar en volver a ver a los seres queridos que se fueron, a los que nunca conocimos y, sobre todo, Señor, ver tu rostro y el de tu bendita madre.

Pienso muchas veces, Señor, en ese pequeño aperitivo que les diste a Pedro, a Juan y  a Santiago en el monte Tabor. Allí, cuando te transfiguraste, ellos exclamaron ¡¡¡Qué bien se está aquí!!!. Les hiciste prometer que no dijeran nada a nadie hasta que todo hubiera ocurrido…

Imagino, Señor, tu rostro resplandeciente, lleno de una luz que sea capaz de apagar todas las tinieblas que nos han cegado durante nuestra vida terrenal y sentir la profunda paz de saber que nada puede ya causarnos más dolor o sufrimiento.

Y  cuando te viera, Señor, cara a cara, Tú me dirías  ¿Sólo con esto te conformas?, Aquí, en el cielo, tendrás esto y mucho más.

Mientras tanto, solo puedo seguir imaginando, seguir soñando en ese cielo que nos tienes preparado.

En mi sueño veo a una inmensa multitud, porque tenías razón cuando nos dijiste que en la casa de tu padre había muchas estancias.  Allí cabemos todos.

Y  con ese sueño del cielo me quiero despedir, Señor,   pidiéndoles a cada uno de mis hermanos que vea reflejado en las personas que vi en mi sueño a cada ser querido que le espera allá arriba. Yo sólo puedo nombrar a unos poquitos, unos poquitos que representan a todos, porque la misericordia de  Dios es tan grande que no puede dejar a ninguno de sus hijos fuera de ese Cielo.

EN EL CIELO

Ayer soñé con el cielo

y cuando llegué a la entrada

en la puerta me esperaba

la Virgen del Desconsuelo.

Me tiraba de los pelos

pensando que era una broma

que a  la Virgen sin corona,

ni manto de terciopelo,

sólo la cubría un velo

como la luz de la aurora.

Al ver mi cara echa un lío,

María me sonrió

y al punto me preguntó:

¿No eres tú de los Judíos?

Corre, que están reunidos,

porque hoy es Martes Santo

y andan todos celebrando

un Martes Santo divino.

Y así empredí mi camino

buscando el rojo cortejo

y pude ver a lo lejos

más gente que en el Rocío.

Eso sí que era un gentío.

De miles habría, cientos.

¡Qué digo yo!, ¡ni los cuento!

Muchos,  conocidos míos.

Allí estaba Don Benito,

con un bastón en la mano,

enseñando a un angelito

cómo se prepara un ramo.

Y también los Gorriones,

Paco y Diego de los Santos

que dirigían dos tableros

con angelitos jugando

a ser buenos costaleros.

¡No salía de mi asombro!

Con un pincel ante un lienzo

pude ver cómo pintaba

el bueno de Juan Rivero.

Pero Juan ¿Qué estás haciendo

con voz clara y sin pañuelo?

Es que Dios me encarga Cuadros

y los pinto con esmero,

porque Él mismo los reparte

a los angelitos buenos.

Y buscando a más hermanos

se helaron todas mis venas.

En medio de un grupo estaba,

congelando mi mirada,

Nuestro Señor de las Penas.

No llevaba las potencias,

ni la corona de espinas,

ni sangraban sus espaldas,

ni tampoco sus heridas.

Hablaba y se sonreía

con túnica reluciente.

Del color del sol naciente,

su rostro, resplandecía.

Pregunté si alguien sabía

dónde estaban las señales

de clavos, de cardenales

y la corona de espinas.

Él se volvió y me miró

y con ternura me dijo:

Escucha bien esto, hijo,

en el cielo no hay dolor,

ni torturas, ni tormentos,

ni penas, ni sufrimientos,

que esta es la casa de Dios.

Absorto, le pregunté;

¿Puedo quedarme yo aquí?

¿Puedo quedarme, Señor?

Que estoy harto de sufrir

y en este cielo, vivir,

es morir de puro amor.

Y el Señor me respondió:

Cuando te llegue la hora

podrás cumplir tus anhelos,

más vuélvete a San Mateo

y diles a mis hermanos

que tengo libres las manos

y que ya no tengo llagas,

ni señales de los clavos.

Diles que viste la gloria,

diles que viven los muertos

Que los guardo en mi memoria,

que sé lo que están sufriendo,

que sé lo que están pasando,

que por eso me hice hombre

y morí crucificado.

Diles que al cielo se viene

muriendo en vida y amando.

Si te hieren, perdonando

y dando al que menos tien

Que tengo las manos llenas,

que los estoy esperando,

que aquí ya no existe el llanto,

ni Desconsuelos, ni Penas.

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