INVOCACIÓN AL DULCE NOMBRE

HERMANDAD DE LA BUENA MUERTE
IGLESIA DE SANTIAGO
11 de Septiembre de 2016

Qué alegría volver,  tras años duros,

y  estar aquí de nuevo, madre mía

Mi alma rebosa llena de alegría

Al  verte una vez más entre muros.

No sé explicar mejor, te lo aseguro,

la dicha que yo  siento en este día,

que invocar al  Dulce nombre de María

es hacerlo al más bello y al más puro.

Estos versos expresan mi alegría

Este soneto, mi forma de quererte

Estas rimas, la pura dicha mía.

Santiago y Jerez están de suerte

Se alegran, se santiguan y suspiran

al veros;  DULCE NOMBRE y BUENA MUERTE

San Alfonso María de Ligorio

El eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura con tanta fuerza que se hizo desprender del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas  para hacerse hijo vuestro. Y yo, gusanillo de la tierra. ¿No he de amaros? Sí dulcísima madre mía, quiero arder en vuestro amor y propongo exhortar a otros a que os amen también.

No hay nada como una madre

Las madres son pacientes.

Son perseverantes e incansables en el cuidado de sus hijos.

No les importa ni el dolor ni  el sacrificio.

Ni las dificultades del camino.

Ni las adversidades del destino.

Son tenaces en su empeño.

Comprensivas ante nuestras faltas.

Persuasivas en sus palabras.

Sabias en sus consejos.

Una madre es el puerto donde nos cobijamos cuando hay tormenta.

Un remanso de paz cuando nos desbordan los problemas de la vida.

La sonrisa que alegra el alma herida.

La luz que alumbra la ciega impaciencia.

El sol que luce en la sombría pena.

La  calma  que sosiega las tormentas de la vida.

Una madre es paz, es alivio, es alegría.

Es refugio, es comprensión infinita.

El baluarte donde nos sentimos seguros.

Donde volvemos derrotados de la batalla.

Dios quiso venir al mundo y quiso nacer de mujer.

Y sólo Dios podía elegir quién quería tener por madre.

¿A quién escogería?

¿Quién sería la elegida?

¿Quién sería la agraciada que llevara en su vientre la salvación

del mundo?

¿La que supiera decir que sí a la  pregunta más difícil formulada jamás  a mujer alguna?

Se dejó seducir por una doncella cuyo espíritu no tenía igual en belleza y dulzura.

La más dulce de los seres,

La más sencilla y amante de Dios.

La del nombre más dulce…

MARÍA.

DIOS TE ESCOGIÓ

Dios te escogió madre mía,

entre todas las mujeres

sabiendo cuánto lo quieres

y sabiendo en quién confía

Dios te escogió a ti, María

por ser la madre que eres

la más pura de los seres

la luz que alumbra los días

Dios, te escogió, madre mía

porque aunque penas sufrieres

al mundo jamás hubiere

de faltarle tu alegría

¿A qué madre escogería?

¿Quién a luz a Él le diere

Qué vientre a Jesús tuviere

que nunca le dejaría…

¿Qué mujer soportaría

unas penas tan crueles?

porque el dolor que más duele

es contemplar la agonía

del ser al que tú más quieres.

Contigo no fallaría

Madre de nuestro Señor

Llénanos de tu consuelo

Que tu nombre es alegría

Que tu nombre es puro amor

Tu Dulce nombre es el Cielo.

Santa Teresa del Niño Jesús

¡Cantar, María, quisiera porque te amo! Porque tu Dulce Nombre me hace saltar de gozo el corazón y porque el pensamiento de tu suma grandeza a mi alma no podría inspirarle temor.

Desde que nacemos del seno de nuestra madre, iniciamos la aventura de la vida.

Deseamos vivirla por nosotros mismos y, ansiosos por emprender el vuelo, vamos atreviéndonos a cortar los lazos maternales.

Vamos cumpliendo años y nos creemos más fuertes, más independientes, más invencibles.

Seguimos quemando etapas por la senda de la vida alejándonos aún más de la mujer que nos dio la vida, la  que nos trajo al mundo, la que alumbró nuestro ser.

Nos ruborizamos de sus cuidados, de sus mimos, de sus caricias maternales.

Ignoramos sus consejos, sus palabras, sus advertencias.

Nos adentramos en solitario en el bosque misterioso de la adolescencia, de la juventud insaciable de libertad…

Nos llega  la madurez y nos embarcamos en la aventura de ser padres y entonces comprendemos cuánto amor se puede sentir hacia los hijos.

La vida nos maltrata y nos golpea.  Vivimos injusticias, frustraciones, desengaños…  Trabajamos por el pan de cada día, añorantes muchas veces de la lejana infancia perdida.

Es quizás en ese momento cuando echamos en falta todo lo que da una madre y, entonces,  buscamos su regazo, la ternura incansable de su ser. Esa madre que sabe comprender mejor que nadie lo que le causa dolor a  nuestra alma herida.

Y la llamamos por su nombre, el más dulce de los nombres. El nombre que escogió el mismo Dios para llamar a su madre;  MARÍA.

QUE TÚ NO ME FALTES NUNCA

Pueden faltarme azucenas

en  el jardín de la vida

y amapolas que florezcan

en lugar de mis heridas.

Pueden quedarse mis noches

sin estrellas encendidas

pero que nunca se apague

esa tu luz, Madre mía.

Puede que yermos mis campos

se sequen a mediodía

y las tinieblas me cubran

y oculten la luz del día.

Puede que el sol se retire

al caer la tarde fría,

mas que no me falte nunca

El calor de Ti, María.

Puede que me parta el alma

el dolor y la agonía

y la vida me maltrate

y se doblen mis rodillas.

Puede que fallen mis fuerzas

por la juventud perdida

pero que nunca me falte

tu regazo Madre mía.

Puede que anciano me veas

y me olvide de mis días

y del nombre de mi esposa

de aquellos que más quería.

Puede que así Tú lo quieras

porque penas me ahorrarías

mas Tú no permitas nunca,

no permitas Madre mía

que me olvide de tu nombre

tu Dulce Nombre, María.

Apóstol S. Juan, 2.

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús y sus discípulos.

¿Qué no puede hacer una madre?

¿Qué hay más fuerte que la voluntad de una madre dispuesta a darlo todo por nosotros?

¿Quién puede negarse a complacer a su madre?

¿Quién pudo convencer al mismo Dios para que convirtiera el  agua en vino?.

Muchas veces, se me viene a la cabeza ese pasaje de las bodas de Caná en el que  se narra cómo María forzó a su hijo a hacer su primer milagro. Bien de sobra sabía ella el poder que tenía Jesús y no dudó en ejercer su condición de madre para que el mismo Dios accediera a su petición. Ella sufría por aquellos novios que estaban en un aprieto. Jesús estaba en otras cosas más divinas y le contestó aquello de “¿Qué tenemos que ver Tú y Yo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”.

Ella, como mediadora nuestra, que entendía las causas más humanas, no tuvo que pedírselo otra vez….  “Haced lo que Él os diga”, pero se hizo lo que quiso Ella.

Una madre, nuestra madre

Madre de Dios y madre nuestra

Porque así lo quiso Dios, desde los tiempos eternos.

Es Ella la que comprende nuestras fatigas, nuestras debilidades humanas, nuestros anhelos perdidos….

Ella y sólo Ella sabe bien lo que nos hace daño, lo que nos causa angustia y dolor.

Ella y sólo Ella  sabe decirle a su Hijo Dios lo que pasa por nuestro corazón humano.

Y Él, sólo Él, sabe  cuánto amor siente su madre por toda la humanidad, por esa humanidad de la que María fue puerta de entrada para Dios y es puerta de entrada a los cielos para todos nosotros.

Fue en la cruz, a punto de morir, cuando Jesucristo nos confió a su madre, y confió a su madre toda la humanidad.

Fue Ella, la que cumplió hasta el final la voluntad del padre, la que aceptó como hija la voluntad de Dios, la que accedió a ser su esposa y la que tuvo la dicha de ser su madre.

Fue ella la que dio a luz a Dios y la que lo tuvo muerto en sus brazos al bajarlo de la cruz.

Fue María, la que confió en Dios y mantuvo la fe en los momentos más duros.

Fue Ella, sólo ella, la que nunca dudó de que Cristo vivía junto al Padre cuando todo parecía perdido.

María, el dulce Nombre de nuestra madre que vela por nosotros en el cielo y lleva a Dios nuestras súplicas en la tierra.

DE TU NOMBRE ENAMORADO

Qué duros se hacen los días.

Qué largas se hacen las noches.

Qué me hieren  los reproches.

Qué me duelen las porfías.

Mi alma a veces lloraría

lúgubres lágrimas negras,

mas sale el sol y se alegra

viendo tu rostro, María.

Que esta vida se hace dura.

Que esta vida se hace amarga.

Qué pesadas son sus cargas.

Qué duras sus amarguras.

Buscando la luz a oscuras

gritamos madre tu nombre

porque el hombre,  no es un hombre

si le falta tu ternura.

Tú, madre de tu Señor,

sólo Tú pudiste hacer

que ese hijo de tu Ser

mirándote con amor

se rindiera a tu candor

convirtiendo el agua en vino;

porque el Cordero Divino

no pudo decir que no

a aquella que lo alumbró

y quitare sus espinos.

Que en la cruz, en el Calvario

junto a Él permanecías

tan sólo Tú comprendías

el misterio trinitario

Tú recogiste el sudario

del hijo crucificado

de ese Dios encandilado

que su Espíritu envió

y que de Ti nos nació

de tu nombre enamorado.

Miguel de Unamuno

Acuérdate, acuérdate, dulce escogida reina que tienes de nosotros, los hombres pecadores, toda tu dignidad. ¿Cómo te llamarías Madre de la Gracia y de la Misericordia a no ser por nuestra miseria que necesita gracia y misericordia?

San Alfonso María de Ligorio

Contemplando a su buena Madre, el enamorado San Bernardo le dice con ternura:

“Oh excelsa, o piadosa, o digna de toda alabanza, Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a Ti y a Dios y, sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansia de amarte”

Cuando ya no tenemos a quién acudir porque nos sentimos vulnerables y pequeños ante las dificultades y frustraciones de la vida.

Cuando nuestro orgullo se evapora como un azucarillo en agua hirviendo, impotente ante adversidades que nos parecen insalvables.

Cuando nuestra vanidad se desnuda porque nos damos cuenta de que no somos más que polvo y ceniza.

Cuando reconocemos nuestras miserias humanas y nos despertamos de los desengaños que nos producen muchas personas en los que confiábamos.

Entonces es cuando buscamos su consuelo. Vamos avergonzados, arrepentidos por nuestro alejamiento, por nuestra soberbia, por nuestra ciega suficiencia y vanidad.

Pero también vamos esperanzados y confiados porque, a pesar de todas nuestras faltas, Ella, lejos de condenarnos y pedirnos cuentas, calla y nos mira a los ojos, perdonando en silencio todas nuestras faltas y debilidades humanas.

Ella, musita una sonrisa en medio de su llanto y nos dice con sus ojos que no ha dejado nunca de amarnos y nos sigue amando cada día de nuestra existencia. Ese abrazo maternal que nos da en el alma nos reconforta y nos llena de gozo. Salimos llenos de alegría,  impregnados de gracia maternal.

Saciados de sed de madre, sentimos el gozo de amor que nos inunda el alma. Ese amor que nos devuelve la seguridad y nos  guía de nuevo por las dificultades de la vida.

Hasta aquellos que no creen en Dios, pronuncian dentro de su alma la palabra “madre” cuando están cercados por los problemas de la vida. Como el mismo Unamuno, que después de abrazar el ateísmo, conservó y acrecentó  la fe gracias a la santísima Virgen.  Y a esos que no encuentran a Dios me gustaría decirles que esa madre del cielo es también madre de ellos, madre de todos. Que sólo tienen que pronunciar su nombre para sentir alivio en el alma, consuelo a sus penas, respuestas a sus preguntas.

Porque cuando fallan los hombres, nos queda Ella. La que nunca nos falla.

TU NOMBRE ME CONSUELA

¿Por qué será que te busco

cuando me fallan los hombres?

¿Por qué, madre,  me consuela

pronunciar tu  Dulce nombre?

¿Por qué busco tu  regazo,

y por qué tu compañía,

cuando las penas me alcanzan

y me falta tu alegría?

¿Por qué  dime tú por qué,

cuando se pierden  mis bríos,

al mirar, madre, tu ojos

se alegran los ojos míos?

¿Por qué será que te rezo

como el susurro al oído

que susurraba a mi madre

al sentirme confundido?

¿Por qué encuentro en ti consuelo,

cuando el silencio contesta?

¿Cómo sabes mis anhelos

cuando, madre, miro al cielo

suplicándote respuestas?

¿Por qué, madre, me perdonas?

¿Cómo tan bien me conoces?

¿Por qué de entre tantas voces,

por  un eco que resuena

desaparecen mis penas

como corceles veloces?

¿Por qué será, madre mía?

¿Por qué será madre buena?

Ni me juzgas, ni condenas

por mis acciones impías.

Que mis noches se hacen días

cuando vengo arrepentido

y escucho dulce un sonido

que se cuela por mis venas.

Mi alma goza y se serena

y se siente más segura

y ya de las amarguras

no quedan restos apenas.

¿Qué será este sentimiento

que hace que yo  vuelva a ti?

¿Por  qué desde que nací

pongo en ti mis pensamientos

como rosa entre sarmientos

que florece con la aurora?

¿Dime tú por qué señora

oigo tu nombre y respiro

y al pronunciarlo suspiro

y  mi alma se enamora

de tu nombre madre mía.

No importa cuál sea el día.

Tampoco importa la hora.

Que mi temor se evapora

cuando pronuncio “MARÍA”.

San Bernando de Claraval

“Si se levanta la tempestad de las tentaciones. Si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la estrella del mar. Invoca a María”

Y es que son muchas las dificultades que nos encontramos en la vida.   Desde que nacemos vamos descubriendo enfermedades, miserias, guerras, terrorismo, injusticias, separaciones matrimoniales, desengaños, desgracias, calamidades, violencia….

Miramos a Ti, madre de Dios y madre nuestra. Pensamos en todos tus nombres, en todas tus advocaciones. Y al repetirlos, encontramos siempre uno  que da respuesta a nuestras preocupaciones. Porque siempre hay a uno para cada una de ellas…

Buscamos tu socorro, tu auxilio, tu consuelo, tu gracia, tu amparo, tu misericordia, tu estrella, tu paz, tu guía, tu buen consejo, tu caridad, tu merced, tu consolación, tu luz, tu esperanza, tu pilar, tu purificación, tu Salud…

 Te buscamos, madre, porque no hay nadie mejor Tú  a quien acudir en los momentos difíciles. Nos ponemos en tus manos y confiamos en tu corazón. Sólo Tú sabes transmitirnos esa paz y esa tranquilidad que sólo una madre sabe dar.

Nos acordamos de nuestras madres y sabemos que nadie mejor que tú entiendes nuestras tribulaciones, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos.

Nos acordamos de ti, madre, porque nos rendimos a nuestra debilidad humana.

Nos acordamos de ti, María, porque nos damos cuenta de que somos como niños indefensos a los que el mundo maltrata y buscan el refugio en el regazo de aquella que nos dio vida y ser. De aquella que nos tuvo en su vientre y nos alumbró al mundo. De aquella que, a pesar de todas nuestras faltas y desamores, no duda en perdonar y olvidar.

Y Tú te fundes con ella. Con la madre que nos trajo al mundo y con la madre que nuestro Dios nos dejó antes de morir. Tú te conviertes en esa madre que nunca olvidamos y que no se olvida de nosotros.

Y Tú no  nos fallas. Tú acudes solícita en nuestra ayuda y sabes comprender mejor que nadie cuánto necesitamos de Ti.  Tú lo miras a Él y le susurras al oído lo mucho que significa para nosotros cada una de nuestras peticiones.  Tú vuelves a decirle que convierta el agua de nuestras amarguras, en el dulce vino de nuestras alegrías.

Y repetimos, como en la hermosa letanía del Santo Rosario tus nombres, tus bellos y dulces nombres….

ESTRELLA DE LA MAÑANA

Estrella de la mañana,

mañana de primavera,

primavera que a tu vera

es de veras más galana.

Madre nuestra y soberana.

Reina de los confesores.

La más bella de las flores.

De jardín la flor más bella.

Luz del día, clara estrella.

Refugio de pecadores.

Digna de Veneración.

Madre de Misericordia.

Paz que acalla las discordias.

Vasija de devoción.

La más pura Concepción.

Madre buena, Madre amable.

Virgen pura y admirable.

Virgen digna de alabanza.

Justo fiel de la balanza.

El amor más deseable.

Madre de Nuestro Señor.

Puerta que nos lleva al cielo.

Consuelo de desconsuelos.

Grial del divino amor.

Vaso de gloria y honor.

Virgen pura, virgen fiel.

Rosa escogida, pincel

que pinta sabiduría.

Causa de nuestra alegría.

Arca de oro, clavel,

azucena, rosa mística.

Hermosa casa de oro.

Casa de David, tesoro

de la belleza helenística.

Torre de marfil artística.

Sol de la buena ventura.

Madre nuestra, Virgen pura.

Madre de Dios, de los hombres.

María, madre, es tu nombre;

No hay nombre con más dulzura.

Mateo, 19

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús dijo: Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí, de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí.

San Juan Pablo II

“Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura”

Esta querida hermandad que se fundó a partir de la congregación del Santísimo Niño Jesús, lleva uno de los títulos más hermosos que una hermandad pueda llevar.

Ser como un niño es lo que más nos acerca al corazón puro y limpio de Jesús y al de su bendita y dulce madre.

Mirarse en el espejo del niño Jesús es hacerlo en el crisol de la inocencia, de la bondad, del amor puro y sincero.

Cuando somos niños y aún no hemos sido maltratados por los vicios y pecados de la vida, es cuando más nos parecemos a Jesús.  Él pudo mantener su alma como la de un niño hasta el mismo momento de morir en la cruz.

Cuando somos niños miramos a nuestros padres con la devoción y confianza que Jesús nos pide para el suyo, para el mismo Dios.

Creemos ciegamente en sus palabras, imitamos sus gestos, seguimos sus ejemplos.

Nuestros padres nos parecen invencibles, todopoderosos. No hay nadie como ellos.

Pero con el paso del tiempo, esa confianza se va quebrando y la fe ciega en ellos va dejando paso a la duda, al desapego, a la creencia de que somos más fuertes y estamos más cerca de la verdad que aquellos que nos dieron la vida y sacrificaron la suya para que no nos perdiéramos en la nuestra.

Jesús se refería en una parábola a la necesidad de ser como niños para alcanzar el reino de los cielos.

María fue capaz de mantener su espíritu como el de un niño, cuando Dios le encargó la tarea de ser su madre.

Por eso, el Dulce nombre de María y el Dulce nombre de Jesús, deben ser el espejo en el que hemos de mirarnos para no perdernos en esta vida. 

Y para conseguirlo, ¡seamos como niños!

COMO UN NIÑO

Me acerco a ti como un niño,

como un tierno niño, madre

con mi corazón de padre

loco por ti de cariño.

Hazme de tu  amor un guiño,

madre buena y bondadosa:

que tus manos primorosas

sostengan siempre las mías

y como un niño, María,

te diga cosas hermosas.

Que como un ramo de rosas

siempre regale inocencia

y mantenga mi conciencia,

Madre dulce y piadosa,

como tú, Inmaculada,

dando sin esperar nada

por interés o dinero

ni para ser el primero

ante Dios en su morada.

Quisiera ser siempre así

como un niño entre tus brazos

y sentarme en tu regazo

y que cuides Tú de mí.

Cumplir lo que prometí

con un corazón sincero

cuando el mundo traicionero

no pervierte nuestra infancia

y el odio y la intolerancia

vuelven el alma de acero.

De acero se vuelve el alma

con el paso de los años

y vamos haciendo daño

y no dormimos en calma.

Nos cargamos con enjalmas

que pesan en nuestras vidas

y cuando están doloridas

recodamos con cariño

tus maternales abrazos

descansando  en tu regazo

como entonces, como un niño.

Juan, 19

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba dijo a su madre, “mujer ahí tienes a tu hijo” luego dijo al discípulo “Ahí tienes a tu madre” Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

San Juan Pablo II

Nos has dado a tu madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la palabra y poniéndola en práctica se hizo la más perfecta madre.

Es en los momentos duros y difíciles cuando la fe y la esperanza se convierten en los pilares fundamentales de las personas ungidas por Dios.  Es en esos momentos, cuando la calma y la entereza  se convierten en el baluarte donde buscan refugio los que andan perdidos y confundidos.  Cuando muere Jesús en la cruz, la mayoría de sus discípulos huyen despavoridos del Calvario. Hasta ese momento parecían albergar la esperanza de que su maestro fuera a hacer una demostración de su poder y no permitiera que los poderes terrenales acabaran con el suyo.

Sólo quedaba Ella junto al discípulo amado, paciente y abnegada por el sacrificio que tenía que hacer como madre para complacer al Padre que se lo encomendó.

La hermosa talla de la Virgen del Dulce nombre que el genial   artista sevillano  Antonio Castillo Lastrucci tallara para esta hermandad en 1964, recoge magistralmente este momento.  Es difícil calificar de “dulce” el llanto de una madre cuando son tan amargas las lágrimas por la muerte de un hijo, pero en esta talla, el llanto de María lo es, porque llora como madre, pero espera  y confía como  madre de Dios.

Nadie como ella sabía los secretos que el Creador le confió en la historia de la redención.  Su profunda mirada denota la esperanza y la fe que tiene en su hijo, en su Dios. Mira de frente, decidida a liderar el encargo que le hizo poco antes de morir. Sólo queda ella para apacentar al rebaño de ovejas descarriadas y asustadas tras la muerte de Jesús.  Sabe que su hijo duerme en el Padre y sus labios parecen musitar un “hasta luego”  esbozando una sonrisa del alma que recuerda los dichosos momentos vividos junto a su hijo desde que lo diera a luz en Belén. Es el comienzo de la Iglesia que en ella tiene la esperanza.

LA HERMOSURA DE TU LLANTO

Hasta tu llanto es hermoso

y tus lágrimas son  perlas

que sólo madre con verlas

hacen el dolor dichoso.

Que tu llanto generoso

alivia, madre, mis penas,

viéndote llorar serena

con paz en tu dulce rostro.

Anti ti, madre, me postro;

mi  alma de Ti se llena.

Lloras por él dulcemente

perdidos tus pensamientos

en los dichosos momentos

viviéndolos nuevamente.

Y pareces complaciente

con lo que Dios te exigió;

que el Hijo que te envió

y que llevaste en tu seno

duerme su muerte sereno

y te espera junto a Dios.

Por eso miras de frente

a la muerte, cara a cara,

y el que te mira repara,

viendo tu rostro doliente,

que si alguna pena siente,

es menos pena contigo.

Como el hombro del amigo

que llora tu mismo llanto

y te quiere tanto,  tanto

que encuentras en él abrigo.

Y Lastrucci bien sabía

el bello rostro que ansiaba

y pensó en la lo amaba

y  lo trajo al mundo un día:

Su nombre iba a ser María

Dulce como la alborada.

Pensando en su madre amada

esa gubia de renombre

le talló su  Dulce Nombre

a Jerez, de madrugada.

Miguel de Unamuno

María es, de los misterios cristianos, el más dulce. La virgen es la sencillez, la madre de ternura. De mujer nació el Hombre Dios, de la calma de la humanidad, de su sencillez.

La primera vez que  viví la  madrugada, lo hice  de la mano de mi padre. Me sentía orgulloso de estar junto a él a esas horas que antes me eran prohibidas.

Poco a poco me fue enseñando cada una de esas cofradías que sólo conocía en los libros y  en la quietud de sus templos. 

Dejó para el final la Buena muerte cuando la cofradía avanzaba silenciosa por la Por-Vera. Mi padre me confesó ese día que él fue uno de los hermanos fundadores de la cofradía y que se sentía muy orgulloso de haber contribuido a que fuera una realidad. Me habló de su sencillez y elegancia,  de la fundación en la calle Ponce, de las obras de teatro en las que participó para sufragar los gastos iniciales….

El paso del Cristo de la Buena Muerte, venía a lo lejos, silencioso, bajo el espeso toldo de las jacarandas de la Por-Vera. Me pareció soberbia aquella imagen y los pies del Cristo acariciando los claveles de aquella tupida alfombra roja del Calvario.

Seguimos remontando la calle y allí venía ella. Un sublime sonido de unos varales huecos que sonaban como campanas celestiales, acompasaban el rachear de las zapatillas de los costaleros en medio del sepulcral silencio de aquella fría madrugada.

Me quedé absorto por su penetrante mirada e impresionado por su sublime belleza.  Aquellos antiguos varales que tintineaban como campanitas del cielo, se grabaron en mi  memoria de una forma indeleble.

Cada uno de nosotros somos lo que somos en gran medida por el ejemplo  y las tradiciones que hemos recibido de nuestros mayores.  Por eso, cuando la miro, pienso en todo lo bueno que llevó a ese grupo de jóvenes enamorados del niño Jesús,  que veneraron el momento de su crucifixión y se rindieron al Dulce Nombre de su madre, a fundar esta cofradía.

Y hoy, que la tengo aquí delante le quiero decir….

HOY TENGO GANAS DE VERTE

Hoy tengo ganas de verte

y decirte muchas cosas

y que oigas tú de mi

las palabras más hermosas.

Hoy tengo ganas de verte

y decirte que te quiero

que si me olvidé de ti

por ti, madre,  sufro y muero.

Hoy tengo ganas de verte

y aliviar tu triste llanto

que verte sufrir así

duele tanto, tanto, tanto..

Hoy tengo ganas de verte

volviendo por la POR-VERA

como aquella primavera

de madrugada te vi.

No sé madre qué sentí

cuando en esa madrugada

tu cara desconsolada

la alcanzó un rayo de luz;

Tú mirabas a su cruz,

bañada por la alborada,

Camino de Santiago.

despertaba la mañana

y el balcón de una gitana,

cubierto de jaramagos,

fue testigo mudo, inerte

de una saeta sentida.

Tu llorabas dolorida

Y ella por tanto quererte.

Hoy te quiero confesar

que los recuerdos de ayer

de tu Dulce nombre, Madre,

me los enseñó mi padre,

como me enseñó a creer.

Era joven por entonces

cuando gentes de su ser,

fundaron en calle Ponce

esta hermosa cofradía.

Y hoy me acuerdo de aquel día;

De niño por la Victoria

con mi padre de la mano

viendo el despertar gitano,

contándome mil historias..

Y  hoy me viene a la memoria

ver pasar la Buena Muerte.

Y ahora ese niño, ya hombre,

Te dice ¡Oh, Dulce Nombre!,

¡¡hoy  tengo ganas de verte!!.

Santa Teresa de Lisieux

Con la práctica fiel de las virtudes más humildes y sencillas has hecho madre mía visible a todos el camino recto del cielo.

Realmente el verdadero cofrade disfruta cada día de su hermandad, de su Señor y de su Virgen. El verdadero cofrade se deleita estando delante de ella y compartiendo con el resto de sus hermanos esa devoción en la madre de Dios.

 Cada uno de nosotros hemos crecido con una imagen de referencia que ha sido testigo mudo de los momentos más importantes de nuestras vidas.

Esa imagen la llevamos en el corazón, en una estampita en la cartera o en una foto enmarcada en nuestro lugar de trabajo y la tenemos siempre en nuestros pensamientos. La tenemos siempre ahí,  para pedirle por nuestras necesidades en los momentos de duda o tribulación, para darle gracias en aquellos días en los que nos colma la felicidad, para pedirle perdón por las veces que le fallamos.

Siempre está ahí, cada día, cada hora, cada instante de nuestra existencia. Y en esta hermandad, tiene un nombre especialmente hermoso, tan hermoso como ella.

TU DULZURA

Tu dulzura, madre mía

endulza las amarguras,

alivia las desventuras,

las penas de cada día.

Tú nos llenas de alegría.

Tú nos enjugas el llanto.

Tú, Madre, nos quieres tanto

que lloras por nuestros males

¿Cuáles, madre, dime cuáles,

de nosotros merecemos

que por tu  llanto gocemos

de los prados celestiales?

Tú lloras nuestra ignorancia,

nuestras culpas y pecados,

nuestro pensar obstinado,

el odio y la intolerancia.

La vanidad, la arrogancia,

la envidia, la vil codicia,

nuestra insensata avaricia,

y aun así, Tú cada día

nos devuelves, madre mía,

tus maternales caricias.

¿Cómo, madre, no quererte?

¿Cómo, Señora afligirnos?

¿Cómo podemos sentirnos

solos, si  solo con verte

no tememos ni a la muerte?

Basta que Tú se lo pidas.

Le pidas por nuestras vidas.

Que el mismo Dios hecho hombre

se rinde a tu  Dulce nombre

y a tus lágrimas vertidas.

Miguel de Unamuno

Cuando el mayor anhelo de toda joven judía, su gloria y su honra, era poder ser la madre del Mesías, María ofreció su virginidad renunciando así al destino de toda doncella hebrea; al destino de gloria. Y por haber renunciado a ese destino, se lo concedió el Señor.  Es el caso de hallarlo todo por haber renunciado a todo.

Apocalipsis, 11

Y se abrió el santuario de Dios en el cielo y apareció el Arca de su Alianza. En el Santuario se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor de tierra y fuerte granizada.

Una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Un día que acudí a visitar a nuestra Madre de la Merced, me detuve en la capilla donde estaban  los titulares de la Hermandad de la Buena Muerte.

 María del Dulce Nombre ocupaba la hornacina central de la capilla. No pasó inadvertida una estampa que me llamó poderosamente la atención; en las paredes laterales de esa capilla estaban a un lado y a otro de la virgen las benditas imágenes del Niño Jesús  y frente a éste, la del Cristo de la Buena Muerte. Me fijé en María, mirando de frente como absorta en sus pensamientos infinitos.  Me pareció que toda su vida se resumía en esa escena que describía perfectamente el paso del  tiempo que transcurre de una imagen a la otra. Desde el nacimiento a la muerte de su hijo. De la tierna y sonriente infancia a la trágica muerte en la Cruz.

Me fijé en su fortaleza, en su hermosura, en la sensación de tranquilidad y seguridad ante el misterio que veía pasar delante de sus ojos. En la honda pena de su mirada pero a la vez su profunda serenidad y paz por el deber cumplido, sabedora del significado de todo aquello que Dios le había pedido.

Lo tuvo en su vientre y lo amamantó. A su lado se hizo hombre y en su regazo lo recogió muerto de la cruz.

Ella lo sabía, sabía lo que iba a ocurrir, sabía que un día Dios se lo llevaría de nuevo a la gloria eterna.

Fue Ella, sólo Ella, la que pudo obrar el milagro de la redención. Dios necesitaba de una mujer que hiciera posible su plan de salvación.  Antes de nacer de su vientre, Dios la había escogido como madre. Y ahora que acababa de morir su hijo, Dios la eligió para seguir siendo nuestra madre eterna.

Aquella imagen de la madre del Dulce Nombre, viendo a su niño Jesús y viéndolo ya en la cruz muerto, con San Juan como testigo, no podía ser más clarificadora de la grandeza de María.

Una grandeza que la hace nexo de unión, no sólo de muchos cristianos, sino también de musulmanes y otras confesiones que ven en ella a la madre del Salvador, a la madre de Dios, a la madre de todos nosotros….

Desde entonces y desde siempre es nuestra madre. Sigue siendo nuestra madre. La madre de toda la humanidad. Nuestra abogada, nuestra fuerza, nuestro consuelo…

Y algún día, cuando nos llame el padre, qué mejor entrada en la gloria que nos reciba ella en su regazo y escuchemos,  como música de ángeles, su dulce nombre:

María, nuestra dulce madre del cielo…

 

 

 

TU DULCE MIRADA

Dulce madre es  tu mirada.

Dulce ante nuestros silencios.

Dulce ante tantos  desprecios.

Dulce madre enamorada

Tú que das todo por nada

y olvidas nuestras ofensas

aun así nos recompensas

con cariño maternal.

Líbranos madre del mal

por esa tu Gracia inmensa

Tú sufriste de amarguras.

Tú sufriste de hondas penas.

Tú fuiste, madre, azucena

entre las hierbas impuras.

Tú fuiste, mujer, dulzura

entre amargas experiencias

viendo gente sin conciencia

maltratando a tu Señor.

Al odio pusiste amor;

A las dudas, tus creencias.

Siempre confiando en Él.

Siempre presta al sacrificio

Siempre volcada en tu oficio

de servir a Dios tan fiel.

Hasta el momento cruel

de verlo muerto en tus brazos,

tu alma rota en mil pedazos

y confiando en el padre.

y llorabas como madre

a Jesús en tu regazo.

Tú sabías todo eso;

Lo que Dios de Ti quería.

Lo mucho que te ofrecía

en el mágico suceso

en que un viento como un beso

se prendó de de Ti, MARÍA.

Que  a Dios tu vientre daría

ese hijo deseado

engendrado y no creado

para hacer su trilogía.

Pues  lo mismo que nacimos

del seno de nuestra madre,

tu  vientre nos trajo al padre

que nunca nos merecimos.

Por Él fuimos redimidos

de la muerte y del pecado

y aunque el mundo se ha olvidado

de tu Gracia, Madre Mía

no nos quites la Alegría

de quedarte a nuestro lado.

Que eres la puerta del cielo.

Que eres del cielo las llaves

y en ese cielo no cabe

ni una pena ni un pañuelo

porque eres nuestro consuelo

y también nuestra alegría.

¿Qué más quiero, madre mía?

Pues sí, Madre, que algo quiero;

que oiga al sentir que muero

tu Dulce Nombre;  María.

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