LA OTRA PESTE

En la iglesia de San Mateo aún pueden verse paredes y bóvedas encaladas en algunas de sus capillas sobre las que no se actuó en la última restauración del templo. Son los vestigios de las epidemias de peste que azotaron la ciudad en distintos periodos de la historia hasta bien entrado en siglo XVII.
En aquellos duros tiempos, a falta de hospitales y medios adecuados para tratar la mortal epidemia, se dispusieron las iglesias para atender a los enfermos y moribundos. Una de las pocas certezas que se tenía en aquella época sobre la enfermedad era que la cal desinfectaba y, así, se procedió a encalar el interior de los templos desde abajo hasta las mismas bóvedas.
Puedo imaginarme el magnífico templo lleno de personas moribundas sobre camastros improvisados, y cristianos ayudando a los demás entre sollozos, lamentos, vómitos y heces de esos pobres desgraciados.
En aquel dantesco espectáculo, brillaría la luz de Dios en el Sagrario, testigo fiel de la presencia real de Cristo entre los más necesitados a los que acogía en su propia casa.
Imagino que en aquellos terribles años se vivió una Semana Santa distinta, viendo a Jesús en cada uno de esos enfermos que vivían su Pasión con la cruz de la enfermedad. Viendo también a muchos Cireneos ayudando a llevarla aún a riesgo de morir en ese Calvario de la plaga. Viendo a muchas mujeres de Jerusalem cruzar los dedos en señal de plegaria para que Dios alejara el mal de nuestra tierra.
Hoy, casi tres siglos después, ya no hacen falta paredes encaladas y el incienso inunda con su aroma la belleza de nuestros templos, de nuestros altares de cultos, de nuestras sagradas imágenes y de los vivos deseos de todos nosotros de verlos salir a la calle. Hoy, hay hospitales modernos, conocimientos científicos avanzados y muchos más recursos para hacer frente a las enfermedades. Pero, aun así, no es suficiente para atajar el mal. Fue la determinación y la fe de la gente de aquella época la que doblegó a la Peste, con medidas drásticas y dolorosas.
Hoy, como cristianos, tenemos el deber moral de dar ejemplo de civismo y amor al prójimo siguiendo las recomendaciones de los expertos. Sabiendo que, como dijo el mismo Jesucristo, no se ha hecho el hombre para sábado sino el sábado para el hombre. Poniendo por delante el interés común a nuestros propios egoísmos. Siendo conscientes de que la mayor contribución que podemos hacer como seguidores de Cristo a la superación de esta enfermedad es respetar escrupulosamente los consejos que nos hacen los responsables civiles, médicos y de nuestra propia Iglesia.
Debemos recordar también que habrá mucha gente que sufrirá consecuencias económicas. Empresas y profesionales volcados en nuestras cofradías. Gente de bien que confía en nuestro buen hacer. Las papeletas de sitio y otras ayudas o donativos que prestamos en las hermandades no son pago por el lugar que ocupemos en el desfile procesional sino gestos de generosidad que redundan en la sociedad que nos rodea y a la que ayudamos durante todo el año.
Si esta Semana Santa el Señor quiere que le ayudemos a llevar “la cruz” de quedarnos sin procesiones, sin cultos, sin traslados o sin cualquier otro acto, rezaremos en lo “secreto” porque, el Señor que ve en lo “secreto”, nos lo recompensará.

Paco Zurita
Marzo 2020

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