ERA ARTE Y YO NO LO SABÍA

A pesar de ser festividad local, hoy me desperté temprano. Aún era de noche cuando llegué a la esquina del parque González Hontoria,  frente a la entrada de mi oficina. No daba crédito a lo que veía y, quizás  movido por mi ignorancia,  un volcán de indignación recorrió mi interior de arriba abajo. Un mar de bolsas de plástico, botellas y lo que creía desperdicios varios, alfombraba los decrépitos jardines del parque mientras una nutrida cuadrilla de operarios municipales se afanaban en hacer montones con los mismos. Muchos jóvenes salían y deambulaban, descalzos algunos, con vasos en la mano por las inmediaciones del Hontoria.  Ya quedaban pocos en el lugar de los hechos, rendidos de tanto esfuerzo y de una noche tan larga.

Poco a poco, mi indignación inicial fue dando paso a la sosegada cordura cuando pensé fríamente en el significado de aquel pavoroso espectáculo. Aquellos jóvenes exhaustos y desaliñados habían estado toda la noche trabajando en una majestuosa alfombra de colores, digna de ser expuesta en la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid,  junto a tantas obras que allí se exponen y que, sin duda, pasarán a la historia del arte.

Era realmente una maravilla de composición, color y textura esa preciosa alfombra de plásticos multicolores junto a papeleras y contenedores vacíos que hacían las veces de mudos espectadores rendidos a la quintaesencia del arte.

Los operarios, no sin motivo, sufrían por destruir la obra pero, como todo arte que se precie en estos días, su vida es efímera, porque sólo está al alcance de mentes sensibles y privilegiadas. Y, sobre todo, porque ya esperan para la noche que nos aguarda, nuevos artistas noveles deseosos de cubrir con sus pinceles del siglo XXI los estériles y monótonos jardines del parque.

Convencido ya de tanta majestuosidad y grandeza, un detalle más me llegó al alma y me convenció de que hemos criado y educado  a toda una generación de artistas. Al fin y al cabo estamos recogiendo el fruto de muchos años de calidad de enseñanza en el colegio y en nuestros hogares. Y ese detalle, ese broche de oro,  fue el brindis que una muchacha descalza hizo al cielo cuando salía de la sala de exposiciones arrojando el vaso, con cubitos, limón y restos de la bebida  a la calle. Un taxista,  que pasaba en ese momento por allí,  celebró tan precioso gesto esquivando el objeto y con un elegante requiebro del vehículo.

Era arte, puro arte…. ¡¡Y yo no sabía!!

Francisco Zurita Martín

Feria de Jerez 2019

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