LA SOLIDARIDAD EN LAS CASAS DE VECINOS

Animado por mi fascinación por sus aventuras de niño, hoy mi amigo Juan me contó otra bonita historia de nuestro Jerez antiguo. Era un botones de dieciséis años…..

Desde la bodega se podían oír las campanas de la iglesia de la Victoria y del viejo convento de Capuchinos que aquel día presagiaban lúgubres noticias.  La mañana parecía tranquila cuando Juanito fue requerido de inmediato a la oficina de Dirección.  El director general, que ya estaba bien entrado en años, llevaba varios días sin ir a la bodega aquejado de una debilidad extrema y  todos se temían lo peor. El médico le había pedido unos análisis para ver por dónde perdía la salud y la energía.  Llamaron de su casa a la bodega para que se personara allí un ordenanza y a Juanito le encargaron que cogiera una bicicleta y fuera a toda velocidad a recoger a casa de D. Manuel (quizás no fuera su fuera ese su nombre) unos tarritos que tenía que llevar después a un analista de la calle Medina. 

No le llevó mucho tiempo llegar hasta la calle Sevilla, donde vivía D. Manuel, recoger una bolsa con los tarritos y emprender de nuevo la marcha con la bolsa colgada del manillar.  Camino de la casa del analista, iba por la calle Honda cuando, al esquivar un bache, fue a parar de bruces a la acera y por el ruido a cristal roto pudo intuir  que un problema gordo se le avecinaba….  Uno de los tarros se llevó la peor parte y, a juzgar por el olor que salía de la bolsa, descubrió que los manjares que toman los directores generales acaban oliendo igual de mal  que lo que comen los pobres cuando acaban su viaje a través del tubo digestivo. Pero eso importaba poco comparado con la que podía caerle encima si D. Manuel tenía que repetir la faena.

Listo y rápido de reflejos, salió pitando para la calle Cazón, donde estaba la casa de vecinos donde residía y buscar allí una solución a tal desastre. En la casa de vecinos, todos eran como una gran familia y  se volcaban en ayudarse mutuamente. En aquellas humildes moradas no existía ni la soledad ni el abandono.  La desgracia que había sufrido Juanito le podía costar el puesto al muchacho y no lo iban a permitir.   Aunque no era fácil la empresa, había que buscar un tarrito como el siniestrado y doña Pepa hacía buenos escabeches…. Ese día comería sardinas.  Ahora había que llenar el tarrito con la misma sustancia que la siniestrada.  Podría haber servido la faena de D. José pero acababa de tirar de la cadena… Tampoco valía la de Doña Lola que no andaba bien del vientre. Y D. Cosme la hacía cada dos días y hoy no le tocaba… Se ofrecieron otros muchos para tratar de forzar una rápida muestra pero finalmente fue el propio Juanito el que dio de cuerpo y completó el trabajo.  Para no desvirtuar los resultados, vació el otro tarro que estaba muy “colorao” y lo llenó del líquido oro pajizo nacido de los cortitos que se tomaba en la Moderna (puro oro líquido de Jerez). Sin duda a D. José no le diagnosticarían nada mortal.

Feliz por la solución alcanzada y agradecido a tan leales vecinos, que aún se reservaban para más muestras,  alcanzó  la calle Medina donde ya esperaban impacientes los tarros de D. Manuel. A la vuelta a la bodega le preguntaron el porqué de la tardanza a lo que respondió; “A mi también se me pincha la bicicleta.”

Al día siguiente las campanas parecían tañer más alegres, el día estaba soleado y Juan dispuesto para la larga jornada. Cuando lo llamaron a Dirección para un nuevo encargo se cruzó con D. Manuel por el pasillo. Aunque arrastrando los pies y con pasos cortos, los movía con celeridad y se mostraba sonriente y animado. Parecía un milagro ver así al que daban ya por muerto y sintió alivio al ver que, al fin y al cabo, no estaba tan enfermo. Feliz por el encuentro y el resultado le dijo al director:

  • ¡Qué alegría verlo de nuevo por aquí D. Manuel!  ¡Y con tan buen aspecto!
  • ¡¡Cómo no lo voy a tener,  Juanito, si tengo los análisis de un niño!!

Paco Zurita

Julio 2020

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